Emilio Reyes tiene $2,800 en el banco, un departamento que se cae a pedazos y un secreto que ni él mismo conoce.
Su nuevo jefe, Sebastián Luján, es el CEO más temido de Ciudad Arcoíris: guapo, cruel, Alfa supremo. Nadie sobrevive un mes como su asistente. Emilio sobrevive dos. Y luego comete el peor error posible: le cocina pescado a la veracruzana.
Sebastián se come todo. Deja una propina de $10,000. Y desde ese día, su mirada no se despega de Emilio.
Pero hay un problema. Sebastián odia a los Omegas. Los teme con una intensidad que viene de un trauma que nadie conoce. Y Emilio... Emilio no es el Beta que todos creen.
Cuando su cuerpo lo traiciona y la diferenciación comienza, Emilio descubre que el hombre que lo ama es el mismo hombre que huye de lo que él se está convirtiendo.
*¿Puede el amor sobrevivir cuando tu biología se convierte en lo único que la persona que amas no puede aceptar?*
NovelToon tiene autorización de MarOculto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 18
Capítulo 18
Dinero propio
Emilio despertó con una manta hasta el hombro y la certeza humillante de que había dormido otra vez en territorio enemigo.
Territorio enemigo era una exageración.
Ese era el problema.
La oficina de Sebastián olía a papel, café frío y escarcha de montaña. Bolita estaba hecho una rueda blanca sobre sus pies. La luz de la mañana entraba por el ventanal y convertía la ciudad en una maqueta limpia, como si abajo no existieran familias que ahogaban, colegas que envidiaban ni cuentas bancarias que decidían cuánto podía doler una medicina.
Emilio se incorporó con cuidado.
Sebastián no estaba en el escritorio.
Sí había una nota sobre la mesa baja.
No roncas. Lara trae desayuno. No salgas sin comer.
Emilio leyó la nota dos veces.
No sabía qué parte le parecía más ofensiva: que Sebastián hubiera verificado si roncaba o que le dejara instrucciones de alimentación por escrito.
Bolita abrió un ojo.
—No me mires así. Tu dueño es raro.
Bolita bostezó, de acuerdo.
Andrés entró tres minutos después con una bolsa de pan dulce, fruta, café y la expresión de alguien que había decidido no hacer preguntas por salud mental.
—Buenos días.
—No digas nada.
—No pensaba.
—Tu cara sí.
—Mi cara no participa en conversaciones sin autorización.
Emilio tomó el café.
—Gracias.
—El señor Luján pidió que revisaras esto después de desayunar.
Andrés dejó una carpeta delgada junto a la bolsa. No era de Grupo Cénit. Era verde oscuro.
La carpeta de Valentín.
Emilio se enderezó.
—¿Él la vio?
—La recibió mensajería a tu nombre. El señor Luján la puso en tu escritorio. Luego la quitó de tu escritorio y me pidió que la trajera con el desayuno.
—Eso fue una respuesta muy larga para decir sí.
—Sí.
A las diez, Emilio había leído el contrato tres veces, marcado dos dudas y confirmado que Valentín no había escondido ninguna trampa elegante. A las diez quince, le mandó un mensaje.
Emilio Reyes: Acepto con aportación inicial mínima. No tocaré dinero médico.
Valentín Garza: Me decepcionaría menos si no sonaras tan prudente.
Emilio Reyes: Usted puso la condición.
Valentín Garza: Y tú la obedeciste. Qué tragedia.
Emilio sonrió.
No se dio cuenta de que Sebastián estaba detrás hasta que el aire se enfrió.
—¿Qué tragedia?
Emilio bloqueó el celular.
—Buenos días.
—Ya desayunaste.
—No era saludo médico.
Sebastián miró la carpeta verde.
—¿Vas a firmar?
—Sí.
La respuesta no pidió permiso.
Sebastián lo notó.
—Quiero que Legal la revise.
—Ya la revisé.
—No eres abogado.
—Tampoco soy propiedad de Grupo Cénit.
La frase salió antes de que pudiera suavizarla.
Andrés, que pasaba por la puerta, corrigió su trayectoria y desapareció con una velocidad admirable.
Sebastián se quedó quieto.
—Nunca dije que lo fueras.
—Pero a veces da instrucciones como si todo lo que me pasa tuviera que pasar primero por su escritorio.
El silencio se tensó.
Emilio sintió la glándula latir. No de dolor. De alerta.
Sebastián bajó la mirada a la carpeta.
—Garza no hace nada gratis.
—Lo sé.
—Puede usar información de tu situación.
—También lo sé.
—Entonces...
—Entonces decido yo.
Sebastián alzó los ojos.
Emilio sostuvo la mirada, aunque la parte prudente de su cerebro le recordaba que estaba discutiendo con un Alfa supremo en su propia oficina.
—Si me equivoco, será mi error —dijo—. Necesito tener errores que sean míos.
Eso sí lo atravesó.
Sebastián no respondió de inmediato. La escarcha en el aire perdió filo, como si algo dentro de él hubiera retrocedido medio paso.
—¿Cuánto vas a poner?
—Eso no es asunto suyo.
—Reyes.
—Sebastián.
Fue la primera vez que lo dijo así en la oficina.
Sin "señor".
El nombre cayó entre ellos con más peso que una falta de protocolo.
Sebastián lo oyó. Emilio también.
Bolita, traidor profesional, se subió al escritorio y ronroneó.
Sebastián cerró los ojos un segundo.
—Está bien.
Emilio no esperaba eso.
—¿Está bien?
—Tu dinero. Tu error.
No sonó bonito. Sonó difícil.
Por eso importó.
Emilio soltó el aire que no sabía que sostenía.
—Gracias.
—No me agradezcas por entender algo obvio tarde.
Esa frase sí sonó diferente.
La carpeta quedó entre ambos, verde, pequeña, pesada. Emilio puso la mano encima.
—Voy a firmar después de comer.
—Come antes de firmar.
—¿Otra instrucción médica?
—Financiera. Nadie debería firmar contratos con hambre.
Emilio lo miró.
Sebastián desvió la vista primero.
Emilio bajó a comer solo.
No por orgullo. Por necesidad de hacer cuentas sin la mirada de nadie encima.
Abrió la aplicación del banco en una mesa junto a la ventana de la cafetería. El saldo ya no era aquel desastre de $2,800 MXN del primer día, pero tampoco era una red. Separó mentalmente la renta, el transporte, los estabilizadores, la aportación para la cuenta de Lucía y una cantidad pequeña para comida. Quedaba lo justo para entrar al fondo de Valentín sin jugar con la medicina.
Lo justo no era cómodo.
Lo justo era posible.
Pidió sopa de fideo con pollo y agua simple. Mientras comía, leyó una vez más la cláusula de riesgo. Podía perder dinero. Podía tardar meses en ver retorno. Podía descubrir que no era tan inteligente fuera del terreno de sobrevivir.
Aun así, el pulgar no le tembló cuando autorizó la transferencia inicial.
El comprobante apareció en pantalla con una hora exacta, un folio y su nombre completo.
Emilio tomó captura.
Durante años, cada transferencia grande que hacía salía de él hacia una emergencia ajena: Bruno, Gloria, renta, medicamentos, Lucía cuando podía. Esta era la primera que salía hacia una versión futura de sí mismo.
No sonrió.
Pero guardó el comprobante en una carpeta nueva llamada piso propio.
Más tarde, en la cafetería del piso cuarenta y nueve, Valentín revisó las firmas, confirmó la transferencia inicial y le entregó a Emilio una copia digital cifrada.
—Felicidades —dijo—. Ahora tienes una cantidad ridículamente pequeña de dinero trabajando para ti.
—Suena menos emocionante cuando lo dice así.
—La emoción es enemiga de la inversión.
—¿Y la arrogancia?
—Herramienta básica.
Valentín miró hacia el elevador. Sebastián estaba al otro lado del cristal, hablando por teléfono y fingiendo no mirar.
—Le dijiste que no era asunto suyo.
Emilio guardó la copia.
—Sí.
—¿Y sobreviviste?
—Parece.
Valentín sonrió.
—Bien. El primer interés que debes cobrarle a un hombre poderoso es que aprenda dónde termina su mano.
Emilio miró hacia Sebastián.
El Alfa supremo seguía fingiendo hablar por teléfono.
Pero cuando Emilio levantó la vista, la escarcha en el aire se suavizó apenas, como si hubiera entendido la lección y le molestara no haberla aprendido antes.
Al volver al piso cincuenta y ocho, Sebastián estaba en la puerta de su oficina.
—¿Firmaste?
—Sí.
Emilio esperó la objeción. La instrucción. El "mándame copia". Cualquier forma elegante de convertir su decisión en expediente ajeno.
Sebastián metió una mano en el bolsillo.
—Bien.
Solo eso.
Emilio parpadeó.
—¿Bien?
—Dijiste que era tu error. Entonces también es tu acierto si funciona.
La frase no era suave. Sebastián no sabía hacer suave sin romper algo.
Pero era justa.
Emilio sostuvo la carpeta contra el pecho.
—Voy a trabajar.
—Reyes.
—¿Sí?
Sebastián miró la carpeta verde, luego su cara.
—Que funcione.
No era bendición.
Era mejor: era respeto torpe, dicho como orden al futuro.