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LA ESPOSA CIEGA QUE EL CEO NO QUIERE

LA ESPOSA CIEGA QUE EL CEO NO QUIERE

Status: En proceso
Genre:CEO / Matrimonio arreglado / Romance
Popularitas:17k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

En una guerra de orgullo y desprecio, ¿quién caerá primero? ¿El hombre que lo tiene todo o la mujer que aprendió a brillar sin luz?
Puntos clave de la trama

NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 18

La adrenalina del enfrentamiento en el sótano todavía me zumbaba en los oídos, una frecuencia alta y eléctrica que hacía que el silencio de la suite de lujo se sintiera casi irreal. Alexander cerró la puerta a nuestras espaldas con un golpe seco, un sonido definitivo que pareció dejar al resto del mundo fuera. La luz de la luna suiza, fría y plateada, entraba por los ventanales e iluminaba su silueta. Se había quitado la chaqueta y la corbata colgaba deshecha de su cuello, dándole un aire de vulnerabilidad peligrosa que nunca le había visto en la oficina.

Me quedé de pie cerca de la cama, observándolo. Mi visión aún fluctuaba, los colores a veces se derramaban fuera de sus bordes, pero su presencia era innegable. Era la primera vez que lo veía realmente tras haberlo salvado, tras haberle devuelto el golpe a Marcus con la única arma que tenía: la verdad de mis sentidos.

Alexander no dijo nada durante un largo minuto. Se limitó a mirarme con esos ojos azules que ahora, sin las vendas de por medio, me resultaban casi insoportables por la intensidad de lo que transmitían. Era una mezcla de alivio, furia contenida y algo mucho más profundo que me quemaba la piel.

—¿Por qué lo hiciste? —su voz era una barítono rasgada, un susurro que vibró en el aire estático de la habitación.

—Porque era lo justo —respondí, aunque mi voz tembló un poco—. Porque Marcus no merece ganar, y porque tú... a pesar de todo el hielo que pones entre nosotros, no eres el monstruo que él quería pintar.

Él dio un paso hacia mí. Su olor a sándalo y a la frialdad de la noche me envolvió de inmediato. Sus pasos eran firmes sobre la alfombra de lana, un sonido que conocía tan bien y que ahora podía asociar con la figura imponente que se cernía sobre mí. Alexander se detuvo a centímetros de mi rostro. Su mano, cálida y pesada, subió hasta mi mejilla, y sus dedos largos acariciaron mi piel con una delicadeza que me hizo cerrar los ojos por instinto.

—Me has devuelto la vida, Elina —murmuró, y su aliento rozó mis labios—. Marcus está acabado, pero ahora el mundo sabe que puedes ver. El tablero ha cambiado.

—No me importa el tablero, Alexander —dije, abriendo los ojos para sostenerle la mirada—. Me importa lo que viene ahora. Dijiste que me querías ciega para protegerme, pero ahora puedo verte. Puedo ver el miedo en tus ojos, aunque intentes ocultarlo tras tu arrogancia de CEO.

Sus dedos se enredaron en mi cabello, tirando suavemente hacia atrás para que mi cuello quedara expuesto. Fue un gesto posesivo, cargado de una sensualidad que me recorrió la columna como una descarga. Alexander se inclinó y hundió el rostro en el hueco de mi hombro, soltando un suspiro que pareció liberar meses de tensión acumulada.

Sentí sus labios calientes contra mi piel, una caricia húmeda que me hizo jadear. Sus manos bajaron por mi espalda, trazando la curva de mi columna a través de la fina tela de mi vestido, hasta que me apretó contra su cuerpo. La dureza de su pecho contra la suavidad de mi pecho era un contraste que me recordaba que, a pesar de la luz, seguíamos siendo dos extraños unidos por un contrato de fuego.

—Solo yo tengo el derecho de estar así contigo —gruñó contra mi oído, su voz vibrando en mis huesos—. Solo yo sé cómo tiemblas cuando te toco.

Me besó con una urgencia que me dejó sin aliento. No fue un beso de agradecimiento, fue una reclamación. Alexander me besaba como si quisiera borrar el rastro de todos los que habían intentado hacerme daño, como si a través de ese contacto pudiera sellar nuestra alianza frente al caos que se avecinaba. Sus manos recorrieron mi cuerpo con una maestría que me dejó temblando, buscando los cierres de mi ropa con una impaciencia que revelaba cuánto le había costado mantener la compostura en la sala de conferencias.

Lo guié hacia la cama, o tal vez fue él quien me llevó, ya no podía distinguirlo en la marea de sensaciones que nos rodeaba. El roce del lino contra mi piel, el peso de su cuerpo sobre el mío, el sonido de nuestra respiración agitada compitiendo con el viento suizo fuera de la ventana... todo era nuevo y, a la vez, extrañamente familiar.

En la penumbra de la habitación, Alexander se convirtió en mi mundo entero. Ya no necesitaba que me describiera la luz, porque la luz emanaba del calor de su piel y de la forma en que sus ojos me buscaban en la oscuridad. Nos perdimos en ese contacto, en una intimidad que no conocía de contratos ni de fusiones empresariales, sino de la necesidad pura de dos personas que se habían encontrado en el naufragio.

Mucho después, cuando la adrenalina finalmente dio paso a un agotamiento dulce, Alexander se quedó a mi lado, abrazándome por la cintura mientras yo apoyaba la cabeza en su pecho. Podía oír el latido rítmico de su corazón, un tambor de guerra que por fin encontraba la paz.

—Marcus no se quedará de brazos cruzados —dije en un susurro, trazando con el dedo las líneas de su mano—. Él sabe que el testimonio del mecánico puede ser cuestionado.

—No podrá hacer nada —respondió Alexander, y su tono volvió a ser esa barítono gélida y segura—. Mis abogados ya están trabajando con el fiscal de Ginebra. Marcus ha cometido perjurio y coacción. Pero tú tenías razón, Elina. El sonido de los zapatos, el olor de su colonia... eso fue lo que realmente lo hundió. Nadie esperaba que una mujer que acababa de salir de una cirugía tuviera esa claridad.

—Fue el miedo, Alexander. El miedo es muy nítido.

Él me apretó más contra él, ocultando su rostro en mi cabello.

—Ya no tienes que tener miedo. He dado órdenes de duplicar la seguridad. Nos iremos de Ginebra mañana en el primer vuelo disponible. Iremos a un lugar donde Marcus no pueda encontrarnos mientras se resuelve el proceso legal.

—¿A dónde?

—A un lugar que mis padres compraron hace años. Una isla en el Caribe. Solo nosotros, Julian y el personal mínimo. Necesito que te recuperes del todo, que tus ojos terminen de sanar sin la presión de la prensa o de los auditores.

La idea de una isla, de un aislamiento total con el hombre que me había comprado y salvado a partes iguales, me produjo una mezcla de alivio y ansiedad. En la isla no habría sombras donde esconderse. Sería una confrontación directa con mis sentimientos por él, un "slow burn" que estaba a punto de convertirse en un incendio incontrolable.

Me quedé dormida escuchando el sonido de la nieve golpeando el cristal, sintiendo la protección obsesiva de Alexander como una manta pesada que me protegía del frío del mundo.

A la mañana siguiente, el movimiento en la suite comenzó antes de que el sol lograra perforar la niebla de los Alpes. Alexander ya estaba al teléfono, dando instrucciones cortas mientras Julian organizaba el traslado hacia el aeropuerto. Me vestí con un traje de lana suave, necesitando la textura acogedora para enfrentar la incertidumbre del viaje. Mis ojos estaban menos sensibles hoy, permitiéndome ver el ajetreo de los hombres de seguridad con una nitidez que todavía me resultaba asombrosa.

Alexander se acercó a mí justo antes de salir. Me tomó de la mano y me guio hacia el ascensor privado del hotel. Su toque era firme, seguro, el de un hombre que no iba a permitir que nada ni nadie volviera a tocar lo que consideraba suyo.

—¿Estás lista? —me preguntó, su mirada recorriendo mi rostro como si estuviera memorizando cada detalle para los momentos en que tuviera que apartar la vista.

—Lo estoy —respondí, apretando su mano.

Bajamos al garaje, donde una flota de todoterrenos negros nos esperaba con los motores en marcha. El aire era gélido, pero el interior del vehículo estaba caldeado. Alexander se sentó a mi lado, abriendo su portátil de inmediato, pero sin soltar mi mano ni por un segundo.

El trayecto hacia el aeropuerto fue rápido. Las calles de Ginebra pasaban ante mis ojos como una película a cámara rápida: los escaparates de lujo, los parques cubiertos de blanco, la gente apresurada. Todo era color, todo era vida. Pero mi atención se centraba en la pantalla del portátil de Alexander, donde los titulares seguían explotando. "Marcus Thorne arrestado por intento de homicidio y fraude". El escándalo era total.

—Él lo pagará caro —dijo Alexander, notando mi mirada—. No solo por la empresa, sino por lo que te hizo.

—Él no fue el único, Alexander. Mi padre... —me detuve, sintiendo un nudo en la garganta.

—Tu padre tendrá que responder ante ti, no ante mí —dijo él, cerrando el portátil y girándose hacia mí—. Pero ahora mismo, lo único que importa es sacarte de aquí.

Llegamos a la pista privada donde el jet de la familia Thorne nos esperaba, con las turbinas silbando en la quietud de la mañana. Alexander me ayudó a subir los escalones, su mano firme en mi codo, recordándome su presencia en cada movimiento. Al entrar en la cabina, el olor a cuero nuevo y café me dio una extraña sensación de hogar, o lo más parecido a un hogar que había conocido en este último año.

Despegamos mientras el sol finalmente rompía las nubes, iluminando las cumbres nevadas con un resplandor dorado. Alexander se quitó el abrigo y se sentó frente a mí, observándome con una intensidad que me hizo bajar la mirada.

—¿En qué piensas? —preguntó.

—En que hace una semana estaba en la oscuridad, odiándote en una mansión de cristal. Y ahora estoy volando hacia el Caribe contigo, habiéndote salvado de la cárcel. Mi vida parece una novela que no entiendo.

—Las mejores historias son las que no se entienden hasta el final —respondió él, y una sombra de sonrisa, la primera que veía en él, apareció en sus labios—. Y la nuestra apenas está empezando, Elina.

El vuelo fue largo, pero Alexander se aseguró de que no me faltara nada. Me trajo frutas frescas, me describió los lugares que sobrevolábamos y, en varios momentos, se sentó a mi lado simplemente para que mi cabeza descansara en su hombro. No hubo más sensualidad agresiva, solo una compañía silenciosa y protectora que me resultaba mucho más reveladora.

Al caer la tarde, el paisaje cambió. El blanco de la nieve fue sustituido por el azul turquesa del mar y el verde intenso de las islas que salpicaban el océano. Cuando el avión empezó a descender hacia la pista privada de la isla de los Thorne, sentí una vibración de expectativa en el pecho.

Bajamos del avión y el calor nos golpeó de inmediato. Era un aire húmedo, cargado del olor a hibiscos y salitre. Un jeep abierto nos esperaba para llevarnos a la villa principal, una construcción de piedra blanca y madera que se alzaba sobre un acantilado.

Alexander me guio a través de la casa. El suelo era de terracota fresca, y las paredes estaban abiertas para dejar entrar la brisa marina. No había mármol frío ni moquetas espesas; todo aquí era orgánico, táctil, vibrante.

—Esta es la habitación principal —dijo Alexander, llevándome hacia un balcón que daba directamente al mar—. Desde aquí puedes oír el océano toda la noche.

Me apoyé en la barandilla, dejando que el viento cálido agitara mi vestido. El sol se estaba poniendo, tiñendo el cielo de púrpuras y naranjas que me dolían de hermosura. Sentí a Alexander pararse detrás de mí, rodeando mi cintura con sus brazos.

—¿Puedes verlo? —susurró contra mi cuello.

—Es... es demasiado —respondí, sintiendo las lágrimas asomar de nuevo—. No recordaba que el mundo pudiera tener tantos colores.

—Yo tampoco lo recordaba hasta que tú empezaste a verlos por mí —dijo él, y me giró para que lo mirara.

Su rostro estaba iluminado por la luz del atardecer, dándole un aire casi místico. Alexander me tomó de la mano y me llevó hacia el interior de la suite, donde la cama de dosel estaba rodeada de mosquiteras blancas que ondeaban como fantasmas bajo la brisa.

—Mañana empezaremos de nuevo, Elina —dijo, su voz volviéndose de nuevo esa caricia oscura y cargada de promesa—. Mañana aprenderemos quiénes somos cuando no hay sombras que nos separen.

Me besó con una ternura que me desarmó, una promesa de que en esta isla no habría contratos ni deudas, solo nosotros dos aprendiendo a caminar en la luz. Sin embargo, mientras nos perdíamos en el calor de la noche tropical, un pequeño detalle me llamó la atención en la mesita de noche de Alexander: un teléfono satelital que parpadeaba con una luz roja constante, indicando que el mundo que habíamos dejado atrás no estaba dispuesto a dejarnos ir tan fácilmente.

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Clarita Gonzalez
estás istorias ya se están volviendo aburridoras asi
Clarita Gonzalez
😭😭😭😭😭
Clarita Gonzalez
Huy no está buena pero cuando terminara está istoria y como será el final no será esperar cuando pongan los otros capítulos q rrabia
Clarita Gonzalez
bueno escritora hasta cuándo esperamos los últimos capitulos ya muchas semanas y nada no deje las novelas a medias
Sonia Nalbandian
Holaa.. tendrías q buscar y utilizar otro término,ya q en infinidades de oportunidades repetis😭 SEXUALIDAD!!!
Clarita Gonzalez
🤭🤭😭😭😭
Clarita Gonzalez: q rrabia no termina las novelas completas y uno espere y espere semanas y nada
total 1 replies
Clarita Gonzalez
😭🤭
Melanny Guevara
no entendí, no la habían operado antes?
Clarita Gonzalez
😭😭
Clarita Gonzalez
hay q pereza lo dejan a uno en ascuas y la escritora no deja BN los capitulos ni los termina😭
Clarita Gonzalez
escritora lleva cuatro semanas q no escribe los capitulos de la novela porfavor son varias q se quedan así por falta de escritura
Clarita Gonzalez
cuando sube los otros capítulos escritora 👏
Clarita Gonzalez
hay escritora porq tan corto este capítulo porfavor no nos deje así en ascuas siga la lectura de la historia porfavor gracias eee dejado de leer varias novelas pensando q terminaban así 👏🥰
Clarita Gonzalez
faltan más capitulos escritora porfavor espero q estés BN para q termines los capitulos dios te bendiga grandemente tus manos para q sigas escribiendo 🥰
Luisana Carmona
me gusta el contraste de las palabras y la secuencia de la narración extensa que te atrapa y sigues leyendo cada palabra sin parar Hasta el final
Luisana Carmona
está novela oh es muy nueva o solo no comentan ☺️
Clarita Gonzalez
hay escritora q termine BN está istoria muy traumática para ellos pero el muy lindo como la proteje🥰
Betty Saavedra Alvarado
Elina te obligaron a casarte con Alexander tu le vas a dar guerra
Cliente anónimo
Por que en cada capítulo colocas al sensualidad ?
Clarita Gonzalez
escritora y como termina esta historia no hay final o sigue la otra parte y cuando
Clarita Gonzalez: si me gustó y mucho pero le falta para saber en qué termina esta maravillosa historieta 👏
total 1 replies
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