No todas las cicatrices se ven en la piel. Algunas habitan en la memoria, en las emociones y en los recuerdos que tratamos de callar. La historia de Liam es un testimonio vivo de esas cicatrices invisibles y de la valentía de ponerlas en palabras.
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Capítulo 17: El peso de las etiquetas
El edificio no dormía, solo fingía hacerlo.
Hazel ya estaba instalada en mi sala, pero el hambre y el agotamiento físico nos obligaron a salir un momento del refugio para recoger un pedido de comida que el repartidor no podía subir. El pasillo olía a detergente barato y a humedad antigua. Las luces blancas del techo parpadeaban con una constancia irritante, como si incluso la electricidad estuviera cansada. Caminé unos pasos delante de Hazel, cargando con la incomodidad de haber traído a alguien a un espacio que nunca fue pensado para compartirse.
Ella avanzaba despacio, aún envuelta en mi camisa. La tela le rozaba las piernas con cada paso, demasiado larga, demasiado mía. No parecía avergonzada por estar en un edificio ajeno vestida así; solo parecía exhausta.
Fue entonces cuando sentí las miradas.
No eran directas, nunca lo son. Eran esas miradas laterales, entrenadas, rápidas, que juzgan sin detenerse demasiado para no parecer culpables. Una mujer mayor salía de su apartamento con una bolsa de basura; un hombre con bata y pantuflas fingía buscar las llaves mientras observaba el reflejo del ascensor. La escena debía parecerles clara: yo, empapado, desaliñado; ella, demasiado bonita para estar allí, demasiado fuera de lugar.
—Las lluvias sacan lo peor de la ciudad —comentó la mujer, sin mirarnos del todo—. Y a veces… malas compañías.
No dijo nada más. No hizo falta. Sentí cómo algo se tensaba en mi pecho. Era esa vieja sensación de ser reducido a una caricatura útil: el chico equivocado, el error social.
Hazel se detuvo. No fue abrupto. Simplemente dejó de caminar, como si su cuerpo hubiera decidido que no daría un paso más bajo ese juicio silencioso. La mujer la miró por fin, con esa mezcla de condescendencia y falsa preocupación.
—Cariño —añadió—, solo digo que deberías tener cuidado. Este tipo de chicos saben engatusar.
El pasillo quedó suspendido en un silencio incómodo. Yo sentí el impulso automático de intervenir, de poner distancia, de decirle a la mujer que se metiera en sus asuntos. Pero Hazel no me miró. Respiró. Y entonces habló.
—Sí —dijo, con una calma que me desarmó—. Estamos en una relación.
Giró apenas el rostro, lo suficiente para que la mujer la viera de frente.
—¿Y qué?
No levantó la voz. Fue una afirmación limpia, directa, agotada de explicarse al mundo. La mujer parpadeó, bajó la mirada, murmuró algo ininteligible y siguió su camino. El hombre de la bata desapareció tras su puerta. El pasillo volvió a respirar. Yo no.
Retomamos el camino y, una vez con la comida en las manos, volvimos a entrar al apartamento. Cerré la puerta detrás de nosotros con un clic seco. El sonido resonó más de lo normal.
Hazel dejó la bolsa sobre la mesa y se quitó los zapatos con un suspiro largo. Caminó unos pasos, observando el lugar como quien entra a un territorio ajeno, pero no hostil.
—Por cierto —dijo de pronto, sin mirarme—, tus vecinas son las mejores cámaras de seguridad que conozco.
Me giré hacia ella. Hazel se encogió de hombros, una sombra de sonrisa cansada en los labios.
—En serio. No se les escapa nada. Si desapareces algún día, bastará con preguntar en el tercer piso.
Parpadeé, desconcertado.
—No es gracioso —murmuré, más por reflejo que por convicción.
—No —concedió ella—. Pero es cierto.
Se sentó en el sofá, abrazando sus rodillas mientras el olor a comida caliente empezaba a llenar el salón. La ligereza de su comentario no borraba el cansancio de su cuerpo, solo lo hacía más llevadero. Algo en mi pecho cedió. Apenas un milímetro. Pero lo suficiente como para notar la diferencia.
No me reí. Pero por primera vez en mucho tiempo, tampoco sentí la necesidad de controlar el silencio.