Pesadillas terribles torturan la conciencia y cordura de un Hombre. Su deseó de proteger a los suyos y recuperar a la mujer que ama, se ven destruidos por una gran telaraña de corrupción, traición, homicidios y lo perturbador de lo desconocido y lo que no es humano. La oscuridad consumirá su cordura o soportará la locura enfermiza que proyecta la luz rojo carmesí que late al fondo del corredor como un corazón enfermo.
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El Hombre Sin Ojos. Pt17.
Me quito el abrigo y lo cuelgo en su lugar habitual. Me descuelgo la placa caminando a la cama y la dejo sobre la almohada. Héctor cuelga su abrigo café sobre la silla y abre su laptop.
El teclado empieza a sonar nuevamente como una lluvia mecánica. Yo saco la mía del cajón junto a la cama. La abro. Muerta. Ni una gota de batería.
Busco el cargador por todos lados. Nada. Maldigo. Pateo una pata del sofá. El golpe levanta polvo.
—Tranquilo —dice Héctor sin dejar de escribir—. Tengo uno.
Abre su abrigo y saca un cargador universal. Me acerco a él y lo tomo. Lo conecto al muro. La vieja máquina despierta con un zumbido. El holograma azul parpadea, y siento que vuelvo al trabajo.
—¿Tienes algo de comer? —pregunta Héctor, estirándose.
—Tal vez queden unos fideos instantáneos en la cocina… y cervezas en el refrigerador.
—Eso bastará.
Se levanta, va hasta la pequeña cocina. Abre la alacena, saca dos sopas. Llena la tetera de agua, la pone al fuego. Abre mi pequeña nevera y toma dos cervezas, me lanza una.
La atrapo.
—Salud —dice, levantando la suya.
—Por no morir quemados —respondo.
El gas de la lata se escapa con un silbido suave.
Nos sentamos frente a frente, entre montañas de papeles y fotografías amarillentas. El vapor de la tetera comienza a silbar también, llenando el silencio con un sonido tenue, constante.
Saco la cajetilla de mi bolsillo, tomo un cigarrillo y dejo la cajetilla junto al cenicero frente a Héctor. Enciendo el cigarrillo. Héctor hace lo mismo. Las primeras bocanadas llenan el aire con una bruma espesa. La luz que entra por la ventana apenas alcanza para iluminar la mesa. La habitación parece un refugio improvisado… o una tumba para secretos que nadie debería leer.
Mientras el agua empieza a hervir, un silbido bajo llena la habitación. El sonido me trae un recuerdo: la cinta de audio que encontramos en el escritorio de Slim. La había guardado sin pensar demasiado, y la olvidé, tal vez por miedo a escuchar lo que tiene dentro. Pero ahora… ya no hay vuelta atrás.
Me levanto y camino a mi abrigo colgado junto a la entrada, meto la mano al bolsillo y saco la cinta. Aún tiene grabado sobre ella con tinta negra el numero: 47-1. El tacto me deja la sensación de que no será agradable lo que escucharé. Camino a mi viejo clóset junto a la puerta del baño.
—Héctor —digo—, voy a reproducir la cinta que encontramos.
Camino hasta el clóset. Abro las puertas y el olor a polvo y aceite de arma me golpea en la cara. Dentro hay un caos: chalecos antibalas rotos, uniformes viejos, piezas de armas oxidadas, casquillos vacíos. Cada cosa me recuerda una noche distinta, un caso distinto, una muerte distinta. Revuelvo entre todo hasta que la encuentro: mi vieja radio portátil, cubierta por una capa de polvo gruesa como ceniza.
La saco, la sacudo, y me la llevo a la mesa. Héctor me mira con una mezcla de curiosidad y desconfianza.
—¿aun tienes esa antigüedad?
—Si, aun funciona a la perfección. Además, fuiste tu quien me la regaló —respondo, conectando el cable de la radio al muro junto al cargador—. Dije que la escucharía cuando tuviera el estómago para hacerlo… supongo que este es el momento.
Me siento. Coloco la cinta. La rebobino de regreso a cero. El carrete se tensa. Pulso “play”.
Por unos segundos solo se escucha estática, un murmullo sucio de fondo. Luego, una tos… ronca, enferma, como si cargara con algo tras la garganta.
La tos termina, y la voz se vuelve firme, llena de verdad y tristeza. Sin dejar espacio para las dudas dice:
"Si están escuchando esto, es porque ya no estoy vivo. Me negué a ser parte de su red. Vi demasiado. Les conté a los míos lo necesario, pero también están en esto, no me di cuenta a tiempo. Solo espero que mi familia no se vea involucrada en esto, ellos no saben nada, jamás los pondría en esa situación. Pero estos animales no ven si son niños inocentes o no. Ya no me queda más tiempo, después de ver lo que le hicieron a Marcus, sé que el siguiente seré yo. Así que me deshice de lo necesario para estancar sus planes por un tiempo. Pero no será suficiente. Guardé lo importante aquí. Espero que alguien lo encuentre. Que alguien los enfrente. Que alguien tenga los ojos para ver donde yo ya no podré ver. Solo podría confiar en un policía de este distrito, si es usted quien escucha esto. Por favor cuide de mi familia, detenga a estos monstruos. Se lo suplico… Detective…".
Silencio. Luego un duro golpe, lejano. Como si alguien —o algo— hubiera golpeado una superficie de acero muy cerca de donde estaba grabando su póstuma súplica. Después, nada. Solo el zumbido de la cinta girando en vacío. Como si hubiera grabado su sentencia.
Nadie dice una palabra. El humo del cigarrillo parece quedarse suspendido en el aire, quieto, inmóvil. Héctor extiende la mano, apaga la radio y deja escapar el aire que retenía.
—Slim sabía —dice finalmente—. Sabía que esa noche vendrían por él. Por eso grabó esto.
Yo asiento, aunque sigo mirando la radio, como si esperara que Slim hablara otra vez. Entonces escucho el pitido de la tetera, agudo, insistente. Vuelvo en mí.
—Tienes razón —digo al fin—. Sabía que era el siguiente, después del reportero. Era solo cuestión de tiempo. Pero no me gustó el final.
Héctor se levanta, apaga el fuego y llena las sopas con el agua recién hervida. El vapor sube lento, mezclándose con el humo de nuestros cigarrillos. El aroma salado de los fideos baratos se mezcla con el del tabaco, creando un ambiente denso, irrespirable.
—Comamos —dice, apartando algunos documentos para hacer espacio—. Con el estómago lleno se piensa mejor.
Nos quedamos frente a frente, cada uno con su tazón humeante. El sonido de los fideos al sorberse entre los palillos es lo único que se escucha por un rato.