Samantha no encaja en los estándares, y está cansada de que el mundo se lo recuerde a cada paso: en el espejo, en las miradas ajenas, en las palabras que duelen más de lo que muestran. Pero detrás de cada inseguridad hay una fuerza callada. Y cuando el nuevo profesor llega a su vida con una mirada distinta —una que no juzga, que no exige, que desea— todo comienza a cambiar.
Lo que empieza como una atracción silenciosa se convierte en algo que ninguno de los dos esperaba.
¿Podrán mantenerse al margen de lo prohibido? ¿O hay cosas que, aunque quieran ocultarse, terminan por estallar?
Una historia de deseo, ternura y valentía.
Porque a veces el amor no llega cuando te sentís lista… sino cuando por fin dejás de esconderte.
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Capítulo 17 — Miradas que dicen más
Samantha
Hoy llegué a clase más temprano de lo habitual.
No sé si fue porque el autobús vino justo a tiempo o porque, en el fondo, necesitaba estar ahí antes de que él llegara. Me senté en el lugar de siempre, al lado de Clara, fingiendo revisar mis apuntes cuando en realidad lo único que hacía era calmar mi respiración.
Clara hablaba de cualquier cosa, como siempre. Un nuevo video, un chico que le gustaba de otra clase, una frase rara que le dijeron en el pasillo. Pero yo… solo esperaba.
Y entonces lo vi entrar.
Gabriel.
Lo reconocí por la seguridad de sus pasos, por la forma en que su silueta se recortaba contra la luz del pasillo. Traía una carpeta bajo el brazo y esa expresión tranquila, como si nada pudiera alterarlo. Como si él nunca se desordenara por dentro.
Yo sí.
Porque apenas me miró —una fracción de segundo, no más— supe que él también lo recordaba.
Mi voz pronunciando su nombre.
Sin el “profesor”.
Solo él.
La clase comenzó normalmente. Dio indicaciones, explicó el trabajo para la semana siguiente. Luego comenzó a caminar por el aula, observando lo que hacíamos, deteniéndose aquí y allá.
Hasta que llegó a nuestra mesa.
Me temblaron los dedos. Clara hablaba como siempre, riendo mientras le mostraba su avance. Yo, en cambio, no sabía dónde poner las manos.
Él se inclinó ligeramente sobre la mesa, apoyando una mano al lado de mi hoja. Su perfume me envolvió. Ese aroma sutil que ya reconocía como parte de él. Me mordí el interior de la mejilla para no perder la concentración.
—¿Cómo vas con eso, Samantha? —preguntó con voz baja.
Me obligué a levantar la mirada.
Sus ojos estaban ahí.
Serenos. Atentos. Directos.
—Bien, creo. Aún no defino el color base, pero la estructura ya está.
Asintió, sin apartar la mirada.
—Me gusta cómo resolviste la composición. Tiene equilibrio sin perder movimiento.
—Gracias —susurré.
Me sonrió apenas.
Y luego se alejó.
Como si nada.
Pero yo ya no podía seguir igual.
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Cuando la clase terminó, Clara se fue primero. Tenía planes, como siempre. Yo debía quedarme en la universidad un rato más. Tenía que buscar un libro para otra materia en la biblioteca, así que aproveché el momento.
El edificio estaba silencioso. Me gustaba eso. Las luces tenues entre estanterías largas, el olor a papel viejo y tinta nueva. Buscaba algo específico cuando lo vi.
Gabriel.
Estaba de pie junto a uno de los estantes, hojeando un libro de diseño editorial. Llevaba una camisa azul oscura y una expresión concentrada. No me vio enseguida.
Pero yo me detuve.
Porque todo en mí se detuvo un segundo.
Me obligué a seguir caminando, sin hacer ruido. No quería parecer que lo espiaba. Pero justo cuando pasé junto a él, levantó la mirada.
—Samantha.
Me giré, algo nerviosa.
—Hola —dije.
Sus ojos se quedaron en los míos un momento más de lo que deberían. Cerró el libro con calma y se apoyó contra el estante, relajado.
—¿Buscás algo?
—Un libro para otra materia. Tipografía y composición.
Asintió.
—Hay uno que te puede servir más que los de la lista oficial. Vení.
Lo seguí entre las filas hasta que sacó un tomo más delgado, con una cubierta simple.
—Este. Es más claro, y tiene ejemplos más actuales.
Lo tomé entre las manos.
—Gracias.
Me observó en silencio, sin moverse.
—Estás más callada que de costumbre —comentó.
Bajé la mirada, fingiendo revisar el índice.
—Solo estoy... con demasiadas cosas en la cabeza.
—¿Querés hablar conmigo, Samantha? —preguntó, con voz baja, sin prisa.
Mi corazón dio un salto.
Sí.
Quería.
Pero también quería correr.
Quería quedarme ahí… y al mismo tiempo desaparecer.
Lo miré, obligándome a mantener la calma.
—No es importante —mentí, con una sonrisa pequeña.
Él no insistió. Asintió apenas. Pero en sus ojos había algo más. Como si supiera que lo que acababa de decir… era una excusa.
—Nos vemos en clase —murmuró, y se dio la vuelta con esa serenidad que me desarma.
Me quedé sola, con el libro entre las manos y una verdad no dicha ardiendo en la garganta.
Tal vez no era el momento.
Pero pronto… lo sería.
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