"—Nos vamos a casar y punto. No tienes opción.
Esa fue su 'propuesta'. Sin anillo, sin flores, sin un 'te amo'. Solo un arrebato de control cuando intenté dejarlo."
Valeria siempre fue la esposa abnegada, la que esperaba en casa, la que justificaba cada desplante de Adrián pensando que el trabajo era su única prioridad. Nunca imaginó que el engaño no era otra mujer, sino la mentira sobre la que construyó toda su vida: él jamás la amo.
Atrapada en una jaula de cristal donde su voz no cuenta, aparece Dorian, un hombre cuya sola presencia impone respeto y temor. Él ve el dolor detrás de los ojos de Valeria y decide intervenir.
Dorian no pide permiso; destruye las defensas de Valeria con una devoción obsesiva y protectora que la hará dudar de todo lo que conoce.
Un matrimonio por manipulación. Un deseo peligroso. ¿Qué pasa cuando el hombre equivocado decide que eres suya?
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Orquídeas y acero
El vapor del café subía suavemente entre los dos mientras la tarde comenzaba a teñir el cielo de un tono violeta sobre los tejados. Dorian reposaba la espalda contra la silla de madera, observándome con una calma que no buscaba juzgar ni impresionar, solo entender.
—Me cuesta creer que una mujer con tu agudeza mental haya pasado años relegada al fondo de una mesa de centro —comentó Dorian con voz pausada, dando un sorbo a su taza—. ¿Qué hacías antes de que el apellido Van Doren te absorbiera?
Dejé la taza sobre el plato con un leve chasquido, mirando a través de los ventanales de la terraza.
—Me gradué en Finanzas y Gestión de Riesgos —respondí, dejando escapar una risa seca al recordar la ironía—. Era la primera de mi generación. Tenía ofertas para entrar a firmas de análisis de inversión... hasta que me casé con Adrián recién graduada. Él me convenció de que no hacía falta que trabajara, que dos carreras absorbentes destruirían el hogar. Lo que en realidad quería era una acompañante que no le hiciera sombra.
Dorian asentó despacio. Sus ojos se oscurecieron con un matiz de desagrado ante la mención de mi esposo, pero no interrumpió.
—¿Y qué quedó de ti debajo de todo eso? —preguntó con voz suave.
—Cosas simples que Adrián consideraba una pérdida de tiempo —sonreí levemente, sintiendo la ligereza de compartirlo por primera vez en años—. Me apasiona la botánica. Tengo un pequeño invernadero al fondo del jardín con especies de orquídeas raras que cuido yo misma. A Adrián le parecía ridículo llenarse las manos de tierra; para él, si algo no se construía en concreto y acero, no tenía valor.
—El concreto es estéril, Valeria. La paciencia para hacer crecer algo vivo requiere una inteligencia muy distinta —dijo Dorian, mirándome con un respeto genuino que me llegó directo al pecho.
Sostuve su mirada un momento. La comodidad del espacio y la franqueza entre ambos me dieron la valentía para hacer la pregunta que llevaba rondando en mi cabeza desde que escuche su nombre por primera vez.
—Dorian... ¿puedo hacerte una pregunta directa? —inquirí, inclinándome levemente hacia adelante.
Él alzó una ceja, divertido.
—Las preguntas directas son las únicas que valen la pena. Adelante.
—Es que se dicen muchas cosas de ti —dije con voz serena, bajando el tono para que solo él me escuchara—. Dicen que tu imperio no se construyó solo con contratos limpios. Dicen que hay negocios turbios, alianzas peligrosas y muertes detrás. ¿Es cierto todo lo que murmuran sobre ti?
Al escucharme, el rostro de Dorian cambió. La relajación de la tarde se evaporó por un segundo y una seriedad de piedra se asentó en sus facciones. Sus ojos oscuros se volvieron impenetrables, fríos y profundos, revelando por un instante al hombre temido que movía los hilos. La tensión flotó en la mesa como un cable a punto de romperse.
Sostuve su mirada sin pestañear, demostrándole que no me intimidaba.
Poco a poco, la rigidez de su rostro se disipó. La comisura de sus labios se elevó en una sonrisa leve, misteriosa y peligrosamente atractiva.
—Algo de eso es cierto, Valeria —admitió con una voz tan grave que pareció un susurro—. En este nivel de poder, nadie mantiene la corona estando limpio por completo. La diferencia es que yo no escondo mis garras detrás de una fachada de santidad como tu esposo. Sé exactamente quién soy y qué precio cuesta cada centímetro de mi territorio.
La honestidad brutal con la que lo reconoció, lejos de asustarme, me fascinó. Había una verdad descarada en Dorian que Adrián jamás tendría.
Terminamos los cafés y salimos juntos a la calle empedrada. El aire de la noche era fresco. Dorian caminó a mi lado a paso tranquilo hasta llegar al estacionamiento reservado a la salida del casco histórico, donde mi auto y el suyo estaban aparcados.
A pocos metros, una elegante camioneta negra blindada con vidrios polarizados esperaba con el motor en marcha y su chófer de uniforme parado junto a la puerta trasera, manteniendo una distancia prudente.
Nos detuvimos junto a mi vehículo. Dorian se giró hacia mí, acortando el espacio entre ambos.
—Ha sido la mejor tarde que he tenido en años, Valeria —dijo con voz tibia.
—Para mí también lo fue, Dorian —contesté.
Antes de que pudiera dar un paso hacia la puerta de mi auto, Dorian levantó la mano con lentitud. Con la yema de sus dedos, rozó con infinita delicadeza la línea de mi mandíbula para acomodarme un mechón de cabello que el viento había despeinado detrás de la oreja. Su tacto fue tibio, firme, y dejó una descarga de electricidad sobre mi piel que me cortó la respiración.
Sus ojos descendieron un segundo hacia mis labios antes de volver a sostener mi mirada.
—Maneja con cuidado —murmuró, dando un paso atrás con impecable elegancia mientras su chófer le abría la puerta del vehículo.
Me subí a mi auto con el corazón latiendo a mil por hora. Mientras encendía el motor y veía la camioneta de Dorian alejarse en la penumbra.