Aidan ha vuelto. Ya no es el niño asustado, sino un hombre de negocios implacable, listo para reclamar todo lo que dejó atrás. Se reencuentra con Iris, ahora una mujer poderosa, socia de la sofisticada Atelier Vértice, cuya figura irradia una elegancia que desarma.
El ya decidió irá por todo y su gordita sera de él
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CAPITULO 12.
El humo del cigarrillo de Dorian se mezclaba con la neblina del muelle, creando una barrera gris entre los dos hermanos. Iris acababa de huir hacia la casa, pero su rastro —ese aroma a flores dulces y a miedo excitado— seguía flotando en el aire. Aidan no se movió; se quedó con los puños apretados, mirando a su hermano mayor con una fijeza que prometía violencia.
Dorian soltó una carcajada seca, dejando que la ceniza cayera sobre la madera podrida del muelle.
—¿De verdad crees que nadie se da cuenta, Aidan? —preguntó Dorian, dando un paso hacia la luz de la luna—. La miras como si fuera la última gota de agua en el desierto. Te delatas solo.
—No me delato, Dorian. Reclamo —replicó Aidan con una voz que era un gruñido bajo—. Y tú deberías saber cuándo retirarte de una pelea que ya perdiste antes de empezar.
Dorian arqueó una ceja, su rostro volviéndose una máscara de frialdad absoluta. Tiró el cigarrillo al agua y lo pisó mentalmente.
—Es una mujer fascinante, lo admito —soltó Dorian, y el tono de su voz hizo que a Aidan se le tensara la mandíbula hasta casi romperse—. Tiene ese fuego de los Colman, pero también una fragilidad que... me tienta. Me gusta, Aidan. Y lo sabes. Me gusta cómo se muerde el labio cuando cree que nadie la ve.
Aidan dio un paso al frente, invadiendo el espacio de su hermano mayor. La diferencia de altura era mínima, pero la energía que emanaba Aidan era la de un volcán a punto de estallar.
—Escúchame bien, hermano —siseó Aidan, agarrando a Dorian por la solapa del traje caro—. Eso jamás va a pasar. Vas a tener que pasar sobre mi cadáver antes de ponerle una mano encima. No me importa que compartamos la misma sangre o el mismo apellido. Si te acercas a ella, te juro por lo más sagrado que te destruyo.
Dorian no se inmutó. Su mirada de hielo seguía fija en los ojos inyectados en sangre de su hermano menor.
—¿Vas a pelear conmigo por una chica que te odia? —se burló Dorian.
—Yo no voy a pelear por ella, Dorian. No hace falta —Aidan lo soltó de un empujón brusco—. Iris me pertenece. Me pertenece desde el primer día que la vi en ese jardín, desde que le tiraba del pelo para que me mirara solo a mí. Ella es mi guerra personal, mi pecado y mi salvación. Es mejor que te alejes ahora, porque no me gustaría tener que enterrar a mi propio hermano en este bosque por una mujer que nunca será tuya.
Dorian se arregló el traje con una calma insultante.
—Ya veremos, hermanito. Las piezas del tablero se mueven, y tú siempre has sido demasiado impulsivo para ganar una partida larga.
Aidan no respondió. Se dio la vuelta y se perdió en las sombras, con la mente fija en una sola cosa: entrar en la habitación de Iris y marcar su territorio de una vez por todas.
.......***IRIS***.......
La mañana siguiente llegó con un silencio pesado. No pude bajar a desayunar; no después de sentir a Dorian golpeando mi puerta y a Aidan escapando por mi balcón. Me sentía sucia, confundida y con un hambre de él que me avergonzaba. Aproveché que escuché a los Lennox hablando de negocios en el despacho para escaparme por la puerta trasera. Necesitaba aire. Necesitaba que el agua fría del lago me borrara el fuego de la piel.
Caminé por el sendero de pinos hasta llegar a una zona apartada del lago, lejos del muelle principal. Allí, el agua era más profunda y los árboles creaban una cúpula de sombra que me hacía sentir protegida. Me quité las sandalias y hundí los pies en el barro frío, soltando un suspiro de alivio.
—Huir no te va a servir de nada, Colman.
Me giré tan rápido que casi me caigo al agua. Aidan estaba allí, apoyado en un tronco de pino, con los brazos cruzados. No llevaba camisa, solo unos jeans desgastados, y el sol que se filtraba por las ramas hacía que sus músculos parecieran de bronce.
—¡Déjame en paz, Aidan! —grité, sintiendo que las lágrimas de frustración volvían a mis ojos—. Me estás volviendo loca. Me besas, me tocas, me persigues... ¡y luego actúas como si fueras mi dueño frente a tu hermano!
Aidan caminó hacia mí, ignorando el barro y el agua que empezaba a mojar sus pantalones. Sus ojos estaban fijos en los míos, cargados de una verdad que ya no podía ocultar.
—Es que soy tu dueño, Iris —dijo él, deteniéndose a centímetros de mí—. ¿Crees que te llamaba gorda porque me dabas asco? ¿Crees que me fui tres años porque quería olvidarte? ¡Fui un imbécil! Te llamaba así porque me moría de celos cada vez que un idiota se te acercaba. Quería que fueras fea para el resto del mundo para que solo yo pudiera ver lo hermosa que eres. Me fui porque si me quedaba, te habría tomado por la fuerza hace años.
Me quedé sin aire. Su confesión me golpeó más fuerte que cualquier insulto.
—¿Por qué me lo dices ahora? —susurré, con el corazón en la garganta.
Aidan no me dejó responder. Me agarró del rostro con sus manos grandes y callosas y me partió la boca con un beso que sabía a posesión, a años de espera y a una furia incontenible. No fue un beso dulce; fue un reclamo. Sus labios se estrellaron contra los míos con una violencia que me hizo gemir de placer y dolor.
Me empujó hacia atrás, haciendo que mis pies se hundieran más en el barro de la orilla, hasta que mi espalda chocó contra el tronco de un árbol caído.
—No más mentiras, Iris —gruñó él contra mis labios—. Hoy vas a saber lo que es pertenecerle a un hombre de verdad.
Sus manos bajaron por mi cuerpo con una urgencia brutal, desgarrando casi mi blusa fina. Me manoseó con hambre, apretando mis pechos, marcando mi cintura con sus dedos como si quisiera dejar su huella en mis huesos. Yo me aferré a sus hombros, clavando mis uñas en su piel sudada, devolviéndole cada beso con la misma intensidad.
Me levantó en vilo, obligándome a enredar mis piernas en su cintura. Sentí su erección, dura como el acero, presionando contra mi centro a través de la tela de mi ropa. Ya no había vuelta atrás. El bosque era nuestro único testigo, y el sonido de nuestras respiraciones agitadas tapaba el ruido de la naturaleza.
Aidan bajó a mi cuello, mordisqueándome con una ferocidad que me hizo arquear la espalda. Sus manos bajaron a mis glúteos, apretándolos, subiendo mi falda hasta que sus dedos encontraron mi humedad. Gemí en su boca cuando sentí su contacto directo, eléctrico, posesivo.
—Eres mía, Colman —siseó él, mirándome a los ojos mientras sus dedos jugaban conmigo, dándome todo lo que mi cuerpo pedía a gritos—. De Dorian, ni de nadie más. Mía.
Se deshizo de sus pantalones con una mano mientras me sostenía con la otra, con una fuerza inhumana. Me posicionó, mirándome fijamente, como queriendo grabar ese momento en mi alma.
—Dime que me quieres, Iris. Dímelo antes de que te rompa por dentro —ordenó.
—Te quiero, Aidan... te odio y te quiero tanto que me duele —logré articular entre jadeos.
Él no esperó más. Me tomó con una embestida que me dejó sin aliento, llenándome por completo, reclamando cada rincón de mi ser. El dolor inicial se convirtió rápidamente en un placer cegador, un fuego que nos consumía a los dos. Nos movíamos al ritmo del agua, en una danza salvaje y primitiva, donde el barro, el sudor y los gemidos eran lo único que importaba.
Aidan me daba con todo, con una pasión que rozaba la locura, como si quisiera recuperar en una tarde todos los años que habíamos perdido odiándonos. Me besaba, me mordía, me tocaba como si fuera su tesoro más preciado y su enemigo más odiado al mismo tiempo.
Cuando el clímax nos alcanzó, fue como una explosión de luz en medio del bosque oscuro. Me aferré a él, gritando su nombre, mientras sentía cómo me marcaba por dentro, sellando nuestro destino de una forma que ni Dorian ni nuestros padres podrían romper jamás.
Nos quedamos así, abrazados bajo la sombra de los pinos, con el barro secándose en nuestra piel y el corazón tratando de recuperar su ritmo. Aidan me besó la frente, un gesto extrañamente tierno para un hombre tan rudo.
—Ya no hay marcha atrás, Iris —susurró—. Ahora la guerra de verdad acaba de empezar.