Sin spoiled
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Epílogo y Dedicatoria
...EPÍLOGO: Las sombras que vigilan...
Seis meses después.
El puerto del Sector 7 seguía oliendo a óxido, salitre y pescado podrido. El sol de la mañana calentaba las chapas de los muelles mientras los estibadores descargaban cajas de madera sin marcas. Entre ellos, un hombre con una gorra de lana y una chaqueta de cuero desgastada movía fardos con una eficiencia silenciosa. Nadie lo llamaba Julian. Nadie recordaba a un tal Elías Solo. Para el mundo, él era simplemente "el mudo".
Se detuvo a secarse el sudor de la frente y miró hacia una pequeña taberna en la esquina del muelle. Allí, sentada en una mesa a la sombra, una mujer con un pañuelo en la cabeza leía un libro de papel viejo. No tenía cables, ni ojos azules, ni una red que la atormentara. Era solo una mujer que disfrutaba del calor del sol en su piel.
Un hombre robusto, con una cicatriz que le cruzaba la mejilla y un brazo que se movía con cierta rigidez, se acercó a ella con dos cafés. Era Manuel. Él tampoco gobernaba la ciudad, pero manejaba los hilos necesarios para que nadie hiciera preguntas sobre la pareja que vivía en el apartamento sobre la taberna.
El hombre de la gorra —Elías— cruzó una mirada con la mujer. No hubo palabras, ni señales eléctricas. Solo el entendimiento de dos supervivientes que habían robado su propia vida de las manos de dioses locos.
Julian Vane estaba muerto. La heredera de los Vesper-Zandrón había sido borrada. Pero en la penumbra del puerto, donde la tecnología todavía era una promesa lejana y el barro era real, ellos eran libres.
Elías Solo volvió a su trabajo, cargando un fardo sobre sus hombros. Sabía que en alguna parte, en los servidores de Ginebra o en los satélites silenciosos, el Consorcio seguía buscando un error que ya no existía. Pero mientras tanto, él seguiría cobrando la única deuda que realmente importaba: la de vivir un día más en las sombras.
El sistema había fallado. El hombre había ganado.
...DEDICADO A:...
A los que habitan en los márgenes de la luz.
A quienes, como Elías, saben que un traje caro puede ocultar las cicatrices, pero nunca el hambre. A los que entienden que la lealtad es la moneda más cara en un mundo de transacciones digitales, y que a veces, para encontrarse a uno mismo, es necesario borrar todo lo que el mundo cree que somos.
Para ti, que has seguido cada paso de esta ascensión y caída: que nunca olvides que, incluso en el sistema más perfecto, el error humano es lo único que nos hace libres.
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Os quiero
(No se que decir, rellenar)
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