Él es Leonardo "Leo" Santamaría, hijo de uno de los dueños del hospital más prestigioso del país. Un médico brillante, pero arrogante y mujeriego. Es conocido por sus noches de fiesta, su actitud despreocupada y su fama de ser un profesor insoportable. Para él, la vida es un juego en el que nunca ha tenido que luchar por nada… hasta que la conoce a ella.
Ella es Isabela "Isa" Moreno, una estudiante de medicina determinada a convertirse en doctora para asegurar un futuro para su hijo. A sus 24 años, ha aprendido a ser fuerte, a sobrevivir sin ayuda y a mantener su vida privada en secreto. La última persona con la que querría cruzarse es con un profesor prepotente como Leo, pero el destino tiene otros planes.
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capítulo 16
Al día siguiente.
Isabela pensó que podría disfrutar de su café en paz, pero no había contado con que Leo también tenía la irritante habilidad de aparecer cuando menos lo quería. Apenas había tomado asiento en la sala de médicos cuando la puerta se abrió de golpe, y ahí estaba él, apoyándose en el marco con una expresión que le hervía la sangre.
—¿Te vas a quedar ahí mirándome o necesitas algo? —preguntó ella sin levantar la vista de su taza.
Leo sonrió, pero no era una sonrisa agradable. Era una de esas que usaba cuando estaba listo para el combate.
—Solo quiero entender cómo es que nadie me advirtió que trabajaría con mi peor dolor de cabeza.
Isabela chasqueó la lengua y tomó otro sorbo de café.
—Tal vez porque el mundo no gira alrededor de ti, doctor.
Leo entró en la sala y cerró la puerta detrás de él, cruzando los brazos sobre su pecho.
—Oh, no. No me digas que aún te crees el centro del universo. Pensé que con los años habrías aprendido a ser un poco más… madura.
Isabela soltó una risa sin humor.
—Y yo pensé que con los años habrías aprendido a dejar de ser un arrogante insufrible, pero ya veo que algunos hábitos son imposibles de romper.
Leo se inclinó ligeramente sobre la mesa, acercándose apenas lo suficiente para hacerla sentir su presencia sin tocarla.
—¿Sabes qué es lo más gracioso? —murmuró—. Que en todo este hospital, de todas las personas con las que podría haber trabajado, terminé con la única que realmente me saca de quicio.
Isabela sostuvo su mirada sin parpadear, sin moverse ni un centímetro.
—Entonces, hazte un favor y renuncia.
Leo dejó escapar una carcajada seca.
—¿Y darte el gusto? Ni lo sueñes.
El aire entre ellos estaba cargado, como si cualquier palabra más pudiera hacer estallar algo que ambos fingían no notar.
Finalmente, Isabela se inclinó hacia él con una sonrisa afilada.
—Entonces prepárate, Leo. Porque si crees que te sacaré el camino, vas a llevarte una gran decepción.
Se levantó con calma, tomó su café y salió de la sala, dejando a Leo con la mandíbula apretada y la certeza de que esto apenas comenzaba.
Al día siguiente, Isa estaba junto a sus colegas y residentes, escuchando atentamente las indicaciones del jefe de cirugía. Como siempre, se mantenía profesional y centrada en su trabajo.
El jefe, un hombre respetado de 58 años, tomó la palabra con seriedad.
—Como saben, este año me retiraré para dedicarme únicamente a consultas. Por eso, hemos decidido realizar una evaluación para elegir al próximo jefe de cirugía. Solo cuatro cirujanos han sido seleccionados como candidatos, y al final, uno de ustedes tomará mi lugar.
Un murmullo recorrió la sala. Isa mantuvo su expresión neutral, pero en su interior, sabía que aquello significaba competencia. Y en el mundo de la cirugía, la competencia no era un simple juego; era una lucha de egos, orgullo y habilidades.
Aunque Isa era abierta con sus residentes, no lo era con todos en el hospital. Prefería mantener una distancia con sus colegas, especialmente porque en su profesión, la ambición podía volverse peligrosa. Sabía que este concurso no solo pondría a prueba sus capacidades, sino también la resistencia de sus principios y su paciencia con aquellos que la veían como una rival.
Estimada escritora, ojo con los cambios de nombres y apellidos.