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JUEGO DE BRUJAS

JUEGO DE BRUJAS

Status: Terminada
Genre:Brujas / Magia / Mundo de fantasía / Fantasía épica / Completas
Popularitas:4.1k
Nilai: 5
nombre de autor: lili saon

Cathanna creció creyendo que su destino residía únicamente en convertirse en la esposa perfecta y una madre ejemplar para los hijos que tendría con aquel hombre dispuesto a pagar una gran fortuna de oro por ella. Y, sobre todo, jamás ser como las brujas: mujeres rebeldes, descaradas e indomables, que gozaban desatarse en la impudencia dentro de una sociedad atrancada en sus pensamientos machistas, cuya única ambición era poder controlarlas y, así evitar la imperfección entre su gente.
Pero todo eso cambió cuando esas mujeres marginadas por la sociedad aparecieron delante de ella: brujas que la reclamaron como una de las suyas. Porque Cathanna D'Allessandre no era solo la hija de un importante miembro del consejo del emperador de Valtheria, también era la clave para un retorno que el imperio siempre creyó una simple leyenda.

NovelToon tiene autorización de lili saon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO QUINCE

056 del Mes de Maerythys, Diosa del Agua

Día del Último Aliento, Ciclo III

Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria

Cathanna le mordió la mano, arrancándole un pedazo de carne, y se alejó lo suficiente para sacar la espada de su espalda. Se volteó rápido, con el corazón golpeándole el pecho, encontrándose con dos hombres, vestidos con el mismo uniforme que ella. No se miraban nada amigables, por lo que un mal presentimiento se instaló en su cabeza. Con las manos temblorosas, levantó la espada hacia ellos.

—Tienes unos dientes filosos —mencionó el hombre al que le había mordido la mano—. Sí que duele. —Pasó la lengua por la herida, disfrutando la sensación de ardor—. No te alteres, hermosa. Todo estará bien. No soy tan brusco cuando someto a una mujer. Aunque, bueno, siempre terminan pidiendo más ustedes.

—Déjenme sola —tartamudeó Cathanna.

El hombre que estaba al lado del otro dio varios pasos hacia adelante con una sonrisa torcida, escaneándola de arriba abajo, haciéndola estremecer. Aceleró sus pies, obligando a Cathanna a retroceder por instinto, pero solo logró caer como un saco de papas, y antes de que pudiera reaccionar por la caída, ya lo tenía encima.

A pesar del miedo que su cuerpo comenzó a sentir, pudo darle un golpe duro en la entrepierna al hombre que no tardó en caer a su lado, retorciéndose como un pez fuera del agua. Sin pensarlo demasiado, se lanzó hacia su espada y la agarró con sus dos manos que no dejaban de temblar, apuntándola hacia el único que seguía de pie, quien avanzaba con paso despreocupado, hasta que aceleró, pero Cathanna no volvió a caer como él quería, solo esperó a que estuviera muy cerca, y entonces giró sobre sí misma, con la precisión que había obtenido de sus clases de baile, y dejó que la espada hablara por ella.

La cabeza del hombre salió disparada hasta aterrizar a pocos metros de su cuerpo, que caía de rodillas, temblando por unos segundos antes de desplomarse por completo. Cathanna llevó su mirada hacia la escena, abriendo levemente la boca, al tiempo que sus manos temblaron con más fuerza y su mente solo le decía una cosa: había asesinado a una persona. Y aunque se sintió mal, al punto de que su mirada se nubló y el mundo comenzó a dar vueltas rápidamente, una parte pequeña de su cuerpo sintió placer por eso.

Cathanna apenas pudo reaccionar cuando el otro se le abalanzó encima con la velocidad de un depredador lleno de rabia. Levantó su espada, impidiendo que el acero del otro le hiciera un corte en su carne. Ella era muy buena, pero había una gran diferencia de fuerza y habilidades con el arma, dándole demasiada ventaja a él. Pero, aun así, Cathanna logró abrirle una herida profunda en el rostro.

—Hija de tu perra madre —dijo él, enojado.

De los labios de Cathanna, escapó un grito desgarrador al sentir un ardor profundo en su cuerpo. Bajó la mirada al instante, viendo la sangre brotar de su costado como un río carmesí. De pronto, un nuevo golpe rasgó su pantalón, abriéndole una herida en el muslo, cuyo dolor la paralizó por un momento. Y después más heridas con la misma intensidad se fueron haciendo visibles en ella, deshaciéndose de toda la fuerza que tenía.

Cuando intentó retroceder un paso, sus piernas simplemente cedieron, y la espada se le escapó de la mano. Trató de tomarla nuevamente, pero su cuerpo no respondía. Levantó la vista, jadeando de cansancio, solo para encontrarse con la mirada cínica del hombre delante de ella, con la espada alzada sobre su cabeza. El mundo pareció detenerse de golpe, y guiada por puro instinto, Cathanna atrapó la hoja con sus manos desnudas.

Dejó escapar un grito desgarrador, al tiempo que la sangre brotaba de sus manos hacia su rostro, el mismo que, debía permanecer siempre limpio, digno para recibir la admiración de las personas, pero en ese momento, ya no significaba nada importante para ella. Volvió a soltar un grito, empujando la espada hacia delante, y aunque pensó que no funcionaría, el hombre perdió el equilibrio y cayó de forma brutal contra el suelo manchado de sangre.

Con la vista nublada, Cathanna alcanzó a distinguir una daga junto al cadáver que había decapitado. Se arrastró lo más rápido posible, soltando gemidos de dolor, agarró el arma y, sin darle tiempo a ese hombre a recuperar la compostura, se lanzó encima de él, llena de una furia que le calentó la sangre. Hundió la daga en su pecho, una, dos, tres veces, hasta que el cuerpo debajo de ella se volvió totalmente irreconocible.

No se detuvo al verlo de esa manera tan inhumana. Continuó clavándole la daga en el cuerpo, porque su mirada, su asquerosa sonrisa cínica, todo eso la había devuelto a ese momento en el castillo, a esa sensación de angustia, a ese recuerdo que ya no quería tener presente en su vida. Porque sabía lo que ellos querían hacerle, y no estaba dispuesta a permitir que un hombre la dañara de esa manera nunca. Alzó la daga otra vez y la clavó en sus brazos, en su cuello.

Y a pesar de que sabía más que nadie que matar era un delito gravísimo, también tenía presente que nadie ahí afuera saldría en su defensa, y eso la encendió más, hasta el punto de destrozarle toda la cabeza a ese hombre, imaginando que se trataba de su abuelo, y buscando a través de esa muerte, vengarse de él y de toda su familia.

Se dejó caer al suelo, mirando sus palmas destrozadas, con las lágrimas bajando por su rostro. Sentía una tormenta en su interior que rugía como un huracán furioso, amenazando con tragárselo todo a su paso, y ella solo quería cerrarle la puerta. Porque le tenía mucho miedo. Porque, aunque fuera una mujer por fuera, seguía siendo solo una niña por dentro que necesitaba a su mamá, una mujer que nunca supo amarla como ella quería, pero que, aun así, no podía dejar de querer con cada fibra de su sistema.

Parpadeó varias veces, con una confusión que le nubló la mente, y un grito llenó el espacio, mientras sus manos ensangrentadas se aferraban a su pecho, tratando de aliviar esa desesperación que le cerraba la garganta, impidiendo que el aire entrara a sus pulmones.

—Madre —dijo mirando al suelo, con los ojos llorosos— siempre dijiste que tenía que ser una mujer de verdad. Una que no tenía que pensar como un hombre. Una que nunca debía usar una espada para defenderse porque un hombre siempre la salvaría, pero madre... ningún hombre ha venido a salvarme. —Sus labios se abultaron, y las lágrimas tocaron la tierra—. No hay ningún hombre aquí, lleno de la sangre que tengo ahora. Ojalá pudieras verme ahora, madre. Me defendí a muerte de esos hombres que tanto decías que me iban a proteger. Y sé que no estarás orgullosa de mí.

Las náuseas golpearon cada parte de su cuerpo con una intensidad que la obligó rápido a rendirse ante ellas. Después se limpió la boca con el dorso de la mano, dejando sus labios llenos de sangre. Bajó la vista al suelo, clavando los ojos en un punto invisible. No estaba pensando en nada, tampoco sentía algo más que no fuera vacío. Solo existía, rodeada de dos hombres muertos.

—¿Qué hubiera pasado ahora si nunca hubiera aprendido a usar esa espada? —Sonrió con amargura—. Estaría muerta, madre. No sería más que un nombre que pronto sería reemplazado por otro. Y a pesar de todo, de que no estés aquí, en este lugar, escuchando lo que tengo por decirte, te seguiré amando por siempre. Porque, aunque me odies con toda la fuerza del mundo, seguirás siendo esa mujer a la que siempre buscaré cuando sienta que ya no puedo más. Tal vez ya no te importe, pero yo... yo sigo siendo esa niña que se partía la voz llamándote al anochecer.

Varios minutos después, su mirada se desvió hacia unas figuras que se acercaban de manera lenta, envueltas en túnicas rojas con destellos dorados. Cathanna sabía lo que eran y porque razón se encontraban en ese lugar. Nadie nunca había visto como se llevaban los cuerpos de las personas caídas en batalla, pues se decía que era una maldición que dañaba el cuerpo y el alma de los espectadores de una manera tan atroz que ni los dioses tenían manera de curarlo.

Cathanna se levantó como pudo y se apresuró a correr, alejándose de ellos, casi arrastrando los pies. No miró atrás ni una sola vez. No quería ver sus rostros esqueléticos, ni sentir el peso de esas dos bolas de hierro que tenían como ojos, clavados en su espalda.

Cuando sus piernas ya no pudieron correr más lejos, se desplomó bajo un árbol, sacando jadeos pequeños, debido al intenso dolor que sentía su cuerpo. Al cerrar los ojos, queriendo descansar, un silbido suave se le metió por la nariz, y al abrir los ojos de nuevo, observó una criatura extraña emerger de una neblina que ni siquiera sabía de donde había salido. Esa cosa no caminaba, sino que se deslizaba sobre el aire, y su cuerpo estaba formado por ramas ennegrecidas y velos de energía oscura que vibraban a su alrededor.

Cathanna se incorporó de golpe, soltando un chillido ante la pulsación intensa que recorrió todas sus heridas, como una corriente eléctrica. El instinto se le activó, y sus piernas reaccionaron antes que su cerebro. Corrió con fuerza, ahogando los gritos de dolor, sabiendo que detenerse solo significaría su muerte, pero su cuerpo ya se encontraba demasiado agotado para seguir sobreviviendo, y el impacto contra el suelo llegó rápido.

—¡Aléjate de mí! —clamó, aun sabiendo que no debía hacerlo, pero su mente era un torbellino de confusión y no pensaba con claridad bajo la amenaza que flotaba a ella—. ¡No quiero morir!

La criatura se detuvo por un momento, moviendo su alargada cabeza de un lado al otro, intentando comprender las palabras de la mujer. Pero en lugar de retroceder, su cabeza se partió en dos con un gesto grotesco, dejando ver unos grandes y afilados dientes, repletos de sangre, al tiempo que sus sombras encerraban a Cathanna en un círculo, robándole toda oportunidad de escapar.

Cuando Cathanna pensó que todo estaba perdido, una comezón que le resultó insoportable le atacó todos los órganos, y entonces sus ojos, que desde un principio fueron de un gris tan claro como la gota de una lágrima, brillaron como el mismo fuego, iluminando el espacio con una intensidad que hizo retroceder a las sombras. Después llegaron unas llamas que no la consumieron, sino que nacieron de ella. Primero fue tranquilo, como si su carne se estuviera calentando desde adentro, y luego llegó la gran explosión de fuego que abrió el cielo en dos.

La criatura retrocedió, aturdido por la fuerza de ese poder tan extraño que nacía de ella, pero antes de que siquiera pudiera reaccionar, el rugido fuerte de un animal muchísimo más grande que él, provocó que toda la tierra del bosque se sacudiera con fuerza. Una sombra a titánica, más grande que cualquier otra cosa cerca, surgió tras la mujer, como un dios de la destrucción y la muerte, y de su boca salió una llamarada dorada y espesa, que lo redujo a simples cenizas.

Cathanna respiró como si el alma le hubiera vuelto al cuerpo, apoyando las manos en la tierra sin sentir dolor alguno. Elevó los ojos, notando todo el lugar ardiendo en llamas y, al sentir una respiración caliente en su espalda, comenzó a girar la cabeza despacio, temiendo a la nueva amenaza. Sin embargo, una electricidad le atravesó todo el brazo izquierdo, sacándole un gemido ahogado; lo sentía como un fuego quemándole las venas. Con cuidado, levantó la manga que lo cubría, y el aire volvió a desaparecer a su alrededor.

Pasó los dedos ensangrentados por la cicatriz marcada en su piel. La cola doble del animal se extendía por su carne, enrollándose por la mitad de su brazo hasta detenerse un poco más arriba de la profunda herida en el centro de su mano, a su alrededor se entrelazaban varias líneas finas que parecían destellos de poder. No era demasiado grande, pero resultaba difícil de ignorar. La cicatriz poseía la misma textura que la de su hermano: sin color, sin brillo.

—Mierda...

Terminó de girar y su mundo se congeló de inmediato. No tardó en retroceder asustada, mirando el animal que expulsaba nubes de humo cálido por sus fosas nasales. No era un dragón cualquiera. No era lo que esperaba. Ni el que estudió con tanto esmero por años; sus razas, sus poderes, su temperamento. Era peor. Era un Valkiria.

Eran criaturas nacidas de la guerra entre los dioses de la muerte, la destrucción y la tierra, hace más de seis mil años, cuando ni las propias divinidades se ponían de acuerdo en sí exterminar a la humanidad y a los dragones o concederles otra oportunidad de vivir. En el momento exacto en el que la espada de Noctar, el martillo destroza mundos de Tzahrak y la lanza del juicio doble de Kaostrys chocaron, se creó un estallido tan brutal que desgarró el tejido mismo del universo, abriendo una grieta inmensa en la tierra: a través de ella entraron las súplicas desesperadas de los hombres y el rugir de los dragones en los cielos, fusionándose para dar vida a los Valkirias.

No eran hydas de los dioses.

No eran mensajeros.

No tenían propósito.

—Eres un... Valkiria. —Sus ojos se abrieron aún más.

Poseían tanto poder que, al perder el control, se tornaban tan animales que olvidaban todo lo que los volvía racionales como a los humanos. No obedecían a nadie, ni siquiera a los dioses que los parieron por error. Y la manera en que disfrutaban rechazar el vínculo impuesto era un viaje directo para conocer a los creadores; rara vez aceptaban a un humano como su compañero de vida, y que, si lo hacían, era porque consideraban que ese humano gozaba de un poder monstruoso que se podía equilibrar fácilmente con el suyo.

¿Cuántas veces se había visto a un Valkiria con un humano desde su creación? Se podía contar con los dedos.

—Valkiria —repitió Cathanna, sin creerlo.

—Mi nombre es Nyxeretpxaroth. —Aquella profunda voz femenina, sonó en su cabeza como un trueno lejano en medio de una tormenta—. Soy yo, tu destino. Y tú, la humana que los dioses han elegido para ser mi compañera de vida. Estaremos juntas hasta que una de nosotras muera y sea llevada al Alípe, donde nuestros creadores nos abrirán camino como grandes leyendas.

—Nyxeretpxaroth —pronunció con dificultad. Le parecía un nombre complicado y muy extenso—. ¿Por qué tardaste tanto en aparecer? —murmuró, aun sin creer que tenía un Valkiria tan cerca de ella—. ¿Por qué hasta ahora y no antes, como otros destinos?

—Porque hasta ahora es el momento indicado para ti. —Su mirada se clavó en la mirada asustada de Cathanna—. Te he observado durante ciclos enteros. He contemplado cómo tu vida se apaga ante mis ojos. Te vi siendo capaz de controlar el agua, la tierra y el fuego. Una humana débil que se convirtió en una guerrera. —De sus fosas nasales salió un fuerte resoplo caliente—. Cien años esperé para tu renacimiento. Y finalmente, estas de pie frente a mí.

—¿Renacimiento...? —Cathanna frunció el ceño, soltando una risa sin gracia—. ¿Cómo se puede solo renacer? No tiene sentido eso.

—Cuatro vidas —habló Nyxeretpxaroth—. Cuatro muertes. En la primera, no había un vínculo entre nosotras. En la segunda, nos conocimos cuando tus padres tuvieron que entregarte a mí, siendo apenas una recién nacida. En la tercera, fuiste la hija de reyes, heredera a la corona de un reino al otro lado del continente, peleando contra varones por el poder. En la cuarta, naciste en un lugar donde la magia era penada con la muerte. Estamos juntas de nuevo. Porque yo soy tu destino. Siempre lo seré.

—¿Por qué...?

—Tú eres la única humana a la que mi alma soporta. Nunca me vincularía con otro humano, ni, aunque los dioses me obliguen.

—Fantástico —susurró Cathanna, sin dejar de verla.

—No vivo en vínculos. Jamás me encadenaré dentro de la marca a menos que sea algo vital. Si me necesitas, vendré. Si enfrentas un ataque, vendré. Si tu vida está en peligro, volaré hacia ti sin dudarlo. Pero solo cuando el idioma se haya manifestado en tu mente, y solo entonces podremos comunicarnos como verdaderas compañeras.

—¿El idioma? ¿Te refieres al Dræthir?

El sagrado idioma de los dragones. Una lengua de susurros sibilantes y tonos suaves, con ligeras variaciones en la pronunciación según el dragón que lo hablara. Su traducción literal era destrucción y compasión, una dualidad que definía perfectamente a esas criaturas.

El despertar del idioma no seguía un patrón fijo. Algunos lograban dominarlo en cuestión de minutos; otros, lo aprendían en días, semanas, incluso meses. Pero cuando por fin estaba presente, el Dræthir no solo servía para comunicarse —especialmente en momentos críticos o íntimos—, sino que abría un canal profundo entre compañeros. Eso sí, no todos los dragones estaban dispuestos a compartir su esencia con simples humanos. Algunos, ni, aunque dependieran de ello para vivir.

—¿A qué otro idioma podría referirme, humana?

Las palabras fueron secuestradas en su boca al sentir un ardor en su brazo derecho. Apretó los dientes, soltando un gemido ahogado y levantó la camisa hasta su hombro, cuya piel se movía como si un enjambre de alacranes quisiera escapar, y entonces un círculo de fuego comenzó a trazarse hasta convertirse en una serpiente que se devoraba a sí misma: el Ouroboros, símbolo del eterno retorno. Desde su centro, surgió un ave fénix alzándose entre las cenizas y encima apareció la palabra estrategia, junto con un número pequeño debajo.

Su uniforme comenzó a cambiar, tornándose completamente oscuro, como el que tenían los cadetes en el tren que ya hacían parte de Rivernum. Bajó la mirada al pecho, que brilló con el emblema del castillo: una espada de cabo amarillo, rodeada por una serpiente enrollada, todo sobre un fondo vino tinto manchado por una sombra oscura que representaba la sangre. Justo debajo, había un listón dorado con las palabras Sangre y Honor, mientras que, en otro listón idéntico, estaba el nombre del castillo, en la parte superior.

—Es hora de retirarme, humana —dijo, Nyxeretpxaroth, retrocediendo—. Nos volveremos a encontrar pronto. No permitas que alguien te asesine. También sería mi fin. —Al terminar de hablar, saltó hacia el aire, desapareciendo en un segundo.

Cathanna asintió, aunque ella ya no la estuviera viendo. Bajó la mirada justo cuando el castillo comenzó a materializarse frente a ella. Cuando por fin se hizo completamente presente, una puerta se abrió en la muralla. Tomando una gran bocanada de aire, caminó hacia allí, pero, cuando estaba a punto de llegar, su visión se volvió borrosa y cayó desplomada al suelo.

Al abrir los ojos, se sentó despacio, llevándose la mano a la cabeza y soltando un chillido de dolor. Recorrió el lugar con la mirada, decepcionada de que no se tratara de un sueño más. Después se puso de pie y caminó hacia la puerta que seguía abierta, y tras varios minutos de caminata, logró ver la luz al final del pasillo. Se apresuró a salir y, de pronto, su cuerpo chocó con el de una mujer, provocando que ambas terminaran de espaldas al piso.

Cathanna dejó escapar un suspiro cansado, poniéndose de pie de manera lenta, igual que la otra mujer, cuyo rostro estaba enrojecido. La observó un poco, antes de darse la vuelta, dándose cuenta de que no sé encontraba en el coliseo, sino que estaba en una sala enorme, iluminada por varias antorchas en todas las paredes. Muchos reclutas se encontraban sentados por doquier, con una apariencia desagradable. Sin embargo, ella solo buscó a Janessa, quien estaba recostada en el suelo, en una esquina, con los ojos cerrados y la mano en el vientre.

No tardó en llegar a ella. Se sentó a su lado, sintiendo que pronto volvería a desmayarse, pero llevó aire a sus pulmones, obligándose a mantenerse consciente. Janessa abrió un ojo y la miró de reojo, apartando la mano de su vientre, donde tenía una herida grande. Logró recomponerse, junto a Cathanna.

—¿Cómo te encuentras, Janessa? —le preguntó, llevando su mirada a cada uno de sus movimientos.

—Sí se pudiera decir que bien, lo diría encantada —admitió Janessa, formando una mueca con los labios—. Fue una experiencia muy horrible. Aunque tampoco puedo negar que, en cierta parte, se sintió muy excitante ser cazada.

—¿Excitante?

—Tenía miedo, mucho, pero fue increíble.

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Rubí Jane
aqui hay amooie😫
Rubí Jane
vea a este animal 🦍
Rubí Jane
pero cathanna
Rubí Jane
no es tú culpa
Rubí Jane
perro desgraciado
Rubí Jane
no lo eres. nunca 😭
Rubí Jane
hijo de tú madre 😫
Rubí Jane
😫😫😫😫 te entiendo mana
Rubí Jane
las mujeres no nacimos para parir 😭
Rubí Jane
eso mami, calla a esas mujeres
Rubí Jane
anne cállate mil años
Rubí Jane
exactamente reina👏
Rubí Jane
me encantan las protagonistas altas 🤭
Rubí Jane
amooi
Rubí Jane
ojala te caiga fuego en la cabeza, desgraciada
Sandra Ocampo
quiero el final
Sandra Ocampo
q paso sé supone q está completa ,tan buena q está
Erika García
Es interesante /Proud/
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