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El Contrato de un Billonario

El Contrato de un Billonario

Status: En proceso
Genre:CEO / Matrimonio contratado / Amor prohibido / Mujer fuerte/hombre frágil / Atracción entre enemigos
Popularitas:23.4k
Nilai: 5
nombre de autor: NocheCeniza

Valentina Estrada lo tuvo todo: un apellido respetado, una mansión en Polanco y un futuro brillante. Hasta que su padre fue acusado de corrupción, se suicidó, y ella cayó al abismo.
Siete años después, sobrevive con tres empleos, paga la clínica de su madre en estado vegetativo y duerme en un departamento del tamaño de un clóset. Una noche de desesperación, finge un accidente automovilístico para cobrar el seguro.
El conductor del Mercedes resulta ser Santiago Reyes — el becario al que humillaron en la preparatoria, ahora dueño de un imperio de miles de millones. Y el hijo del hombre que murió por culpa de su padre.
Santiago le ofrece un trato imposible: 2 mil millones de pesos por seis meses de matrimonio.
Valentina acepta. Lo que no sabe es que Santiago lleva diez años comprando cada objeto que ella tocó, guardando cada foto que encontró, y esperando en silencio el momento de tenerla de vuelta.
En el tercer piso de su mansión hay una habitación cerrada con llave.
Dentro está la prueba de que nunca dejó de amarla.

NovelToon tiene autorización de NocheCeniza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 15

Capítulo 15

El cambio de ama de llaves

—¿Te sorprende tanto enterarte de que soy alérgico al mango?

Valentina se apartó como si la pregunta quemara.

Santiago la soltó.

La ausencia de sus manos en su cintura se sintió más brusca que el agarre. Ella dio un paso atrás, cerró el tubo de crema con dedos torpes y dejó la pomada sobre el buró.

—No haga eso.

—¿Preguntar?

—Cobrarme cosas que nunca me dijo.

Santiago se quedó sentado al borde de la cama, con la espalda marcada de ronchas y el rostro más pálido de lo normal. Aun así, su voz salió controlada.

—No te estoy cobrando nada.

—Sí lo hace. Con cada frase. Con cada silencio. Con cada plato, cada yogur, cada mirada de mártir.

—¿Mártir?

—Sí. Como si yo hubiera tenido que adivinarlo todo. Como si en el colegio debí leerle la piel, la sangre, la historia familiar y el expediente médico.

Él levantó la vista.

—Solo era mango.

—¡No tenía por qué acordarme de tus alergias!

La frase llenó el cuarto.

Valentina supo, apenas la dijo, que no era eso.

No era verdad.

No del todo.

Porque sí se acordaba de que a Santiago no le gustaba el cilantro, de cómo tomaba el café sin azúcar, de que escribía con la mano izquierda cuando estaba cansado aunque fuera diestro para casi todo. Se acordaba de demasiadas cosas. Ese era el problema. Que su memoria seguía guardándole espacio a un hombre al que se suponía que debía odiar.

Pero la frase ya había salido.

Y Santiago la recibió sin moverse.

Durante un segundo, pareció más desnudo por esas palabras que por estar sin camisa.

—Tienes razón —dijo.

Valentina sintió que algo se le caía por dentro.

—Santiago...

—Vete.

—Yo...

—Vete, Valentina.

No levantó la voz. No hizo falta.

La forma en que dijo su nombre, sin Vale, sin señorita, sin rabia, fue peor. Como si hubiera cerrado una puerta desde adentro.

Valentina tomó la bandeja vacía porque necesitaba tener algo en las manos. Caminó hacia la salida sin mirar atrás. En la sala, el olor a mango seguía pegado al piso a pesar de que lo había limpiado. Abrió la puerta de la suite a la 1:37 a. m.

Karla estaba al final del pasillo.

No con flores esta vez.

Con el celular en la mano.

Valentina se detuvo.

—¿Qué haces aquí?

Karla bajó el teléfono demasiado tarde.

—Turno nocturno.

—Tu turno no es este piso.

—El hotel es grande.

Valentina miró la pantalla. No alcanzó a ver el video, pero sí el reflejo de su propio uniforme: chaleco sin botón, cabello suelto, blusa arrugada, muñeca roja, saliendo de la suite del huésped más importante del hotel a altas horas de la madrugada.

Perfecto.

—Borra eso.

Karla abrió los ojos con falsa inocencia.

—¿Borrar qué?

Valentina dio un paso.

La rodilla le dolió. Karla lo notó y retrocedió con una sonrisa.

—Aguas, Estrada. No vaya a ser que ahora también me acuses de acoso.

Valentina apretó la bandeja.

—No sabes en qué te estás metiendo.

—Yo creo que sí.

Karla se fue por el pasillo de servicio antes de que Valentina pudiera arrebatarle el teléfono.

Dentro de la suite, Santiago seguía sentado en la cama.

Había escuchado la puerta.

Había escuchado la voz de Karla.

No salió.

Miró sus propias manos, las ronchas en los brazos, la crema mal extendida en un hombro. La frase de Valentina seguía repitiéndose con una precisión cruel.

"No tenía por qué acordarme de tus alergias."

No.

No tenía.

Nadie tenía por qué acordarse de él.

Él era quien había convertido cualquier migaja de cuidado en una religión privada. Él era quien había guardado un plato, un sabor, una foto, una deuda, como si juntar pruebas pudiera obligar al pasado a decir que no había sido una burla.

Santiago cerró los ojos.

Es la última vez, pensó.

La dejo ir.

La frase no sonó heroica. Sonó como arrancarse algo sin anestesia.

A las ocho de la mañana, Valentina fue citada en la oficina administrativa del Hotel Castellano.

La supervisora estaba sentada a un lado. Patricia, de pie junto a la puerta, tenía la mandíbula apretada. Karla no estaba, lo cual era una mala señal. Los cobardes nunca se quedaban a ver la sangre cuando el cuchillo ya había entrado.

Detrás del escritorio, un directivo de operaciones revisaba una tableta.

—Señorita Estrada, recibimos un reporte grave sobre conducta inapropiada con un huésped VIP.

Valentina se quedó de pie.

—¿Reporte de quién?

El hombre no respondió. Giró la tableta.

El video era corto, sin audio claro. Suficiente. Valentina saliendo de la suite 1801 a la 1:37 a. m., con la ropa desordenada y la cara encendida. Karla no aparecía. Por supuesto.

—Yo estaba atendiendo una emergencia médica.

—¿Tiene reporte médico?

—El médico del hotel fue avisado.

—El huésped no presentó queja formal ni confirmó la emergencia.

Valentina sintió que Patricia la miraba.

Santiago no confirmó.

La frase le cayó más pesada que la suspensión que todavía no le anunciaban.

—Pueden llamar a recepción nocturna —dijo Valentina.

—Ya lo hicimos. Confirman que usted subió por solicitud del huésped. Lo que se investiga es lo ocurrido dentro de la suite y la imagen del hotel.

—La imagen del hotel —repitió ella.

—Dada la sensibilidad del caso, queda suspendida una semana mientras concluimos la revisión interna.

Patricia dio un paso.

—Eso es injusto. Ella...

—Patricia —dijo Valentina.

No quería defensa si la defensa iba a convertirla en espectáculo.

—¿Con goce de sueldo? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.

El directivo entrelazó las manos sobre el escritorio.

—La suspensión preventiva no contempla pago de turnos no laborados.

Una semana.

Siete días sin propinas, sin horas extra, sin comida de personal. Siete días más cerca del pago de mil pesos a Santiago y del próximo recibo de Santa Teresa. El hotel no la estaba castigando con descanso; la estaba castigando con hambre medida en calendario.

El directivo deslizó una hoja.

—Firme de recibido.

Valentina firmó.

No porque estuviera de acuerdo.

Porque sabía reconocer una pared cuando la tenía enfrente.

Al salir de la oficina, Patricia la alcanzó en el pasillo.

—Fue Karla.

—Sí.

—Voy a decirlo.

—¿Y qué vas a decir? ¿Que me grabó saliendo de la suite de un hombre al que no puedo explicar sin contar media vida?

Patricia se quedó callada.

Valentina le tocó el brazo.

—Cuida a Canela si no vuelvo hoy.

—Tina...

—Por favor.

Patricia asintió con los ojos brillosos.

Valentina subió al cuarto de guardia, metió sus pocas cosas en la mochila y dejó la tarjeta de acceso sobre la cama. Bajó por el elevador de servicio, no por el lobby. No quería darle al hotel otra escena para comentar.

En la salida de empleados, el aire de la mañana le pegó en la cara.

Una semana sin sueldo.

Una deuda de ciento sesenta mil.

Una madre en clínica.

Y un hombre que, cuando pudo decir una palabra para evitarlo, eligió quedarse en silencio.

Valentina cruzó la puerta del Hotel Castellano sin mirar atrás ni despedirse.

En el piso dieciocho, Karla Núñez recibió una tarjeta maestra nueva.

—Suite 1801 —dijo la supervisora—. Desde hoy, tú cubres al señor Reyes.

Karla sonrió.

—Con mucho gusto.

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Stella Vergara
Hermosa historia
Stella Vergara
después de tantos secretos, lágrimas , desafíos, odio ,amor , reconciliación, tormentas , exoneración y justicia, siempre triunfa el amor
Stella Vergara
la verdad era más fácil aunque doliera
Stella Vergara
,fuerte,las mentiras son crueles
Stella Vergara
e🤭🤭🤭🤭🤭🤭 enamorados o no hacen un equipo perfecto
Stella Vergara
ya es hora que pase algo con bueno entre ellos ,se siente fastidiosa
Stella Vergara
no entiendo nada
Stella Vergara
par de locos se odian no se soportan y se aman o son ideas jajaja🤭👏👏
Stella Vergara
jajajajaj está interesante
Stella Vergara
pobre muchacha 🤭🤭
daniela guzman
me encanta
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