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Latidos Prestados

Latidos Prestados

Status: En proceso
Popularitas:918
Nilai: 5
nombre de autor: Mel G.

Después de años de matrimonio, Lauro y Cora se sienten más distantes que nunca. El silencio es lo que más se escucha en casa, y hay dos corazones que, aunque siguen latiendo, cada vez se gritan más por estar tan lejos. Lauro está decidido a pedirle el divorcio: ya no soporta la convivencia. Pero todo empieza a cambiar cuando a Cora le diagnostican una enfermedad del corazón. La única manera de salvarla será con un trasplante. Y cuando el destino los empuje al límite, Lauro descubrirá que, por más lejos que intente estar, su corazón nunca ha dejado de pertenecerle a ella.

NovelToon tiene autorización de Mel G. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LA DUDA.

Nuevamente Lauro no durmió bien.

La carpeta con los papeles reposaba sobre la mesa del comedor, cerrada, pero tan presente que parecía observarlo. Lauro llevaba más de una hora sentado frente a ella, con los codos sobre las rodillas y la mirada fija.

Bastaba con que la tomara, caminara por el pasillo y la dejara sobre la cama de Cora. Bastaba con esperar su firma para cerrar de una vez el capítulo que tantas veces dijo que quería terminar.

Pero ahora… después de ayer…

Se dejó caer contra el respaldo de la silla y cerró los ojos.

Ayer.

La risa de Cora seguía ahí, clavada en su memoria, fresca y viva, tan parecida a la de aquellos días en que lo amaba sin reservas y él creía que no había fuerza en el mundo capaz de separarlos. Habían caminado sin prisa, se habían tomado de la mano como si fuera lo más natural. Ella lo había mirado como antes… como si aún lo viera a él, y no a la sombra en la que se había convertido.

Ese día él había aceptado dárselo pensando que era una trampa, un intento de Cora por alargar lo inevitable. Un capricho.

Pero no… había sido real. Dolorosamente real.

Se frotó la cara con ambas manos.

—Idiota… —susurró para sí mismo.

La razón le recordaba que no había vuelta atrás: años de discusiones, silencios, gritos y heridas que no habían cerrado. Había repetido hasta creérselo que el amor no bastaba.

Pero… ¿y si sí bastaba? ¿Y si ayer había sido la prueba?

Su maleta seguía vacía arriba en su habitación, muda, esperándolo.

La carpeta, en cambio, parecía más pesada que nunca sobre la mesa. Bastaba con que la tomara y caminara hasta la habitación de Cora. Bastaba con que se la entregara, tal como habían acordado.

Pero sus manos no se movían.

Había firmado sin pensarlo demasiado el otro día, porque estaba convencido de que si ella le pedía que se quedara él correría sin dudarlo… pero ahora, después de ayer, no tenía idea de qué hacer.

Cora apareció en el umbral sin previo aviso.

Lauro sintió un golpe seco en el pecho, como si el aire se hubiera vuelto más denso. No era susto, sino un impacto profundo. Su mirada bajó por instinto hacia los papeles sobre la mesa, y en el instante en que vio que ella también los veía, supo que todo estaba a punto de terminar.

En su rostro no había enojo ni sorpresa… solo una tristeza serena.

Ella avanzó hacia él con pasos lentos pero firmes.

—Bueno… —dijo con voz firme, sin grietas—. Acabemos con esto.

Lauro se incorporó, impulsado por un resorte interno. No había pensado en moverse, simplemente se levantó. Iba a decir algo, pero antes de que encontrara las palabras, Cora ya había extendido la mano y tomado los papeles.

No lo miró. Buscó directamente el bolígrafo que él siempre guardaba bajo el brazo, dentro del bolsillo interno de su saco. Cuando sus dedos lo rozaron, el contacto le atravesó el cuerpo como un relámpago, obligándolo a tragar saliva.

Ella lo sacó con un gesto ágil y presionó la parte trasera contra la mesa para sacar la punta. Ese pequeño clic resonó en su cabeza más fuerte que cualquier palabra. Los papeles quedaron frente a ella, y se inclinó para firmar.

Lauro sintió que el tiempo se ralentizaba. Cada movimiento parecía más lento: la mano de ella bajando, el cabello largo que le caía sobre los hombros al inclinarse, la tinta a punto de tocar el papel… hasta que su voz la detuvo.

—Estos… no son los papeles. —Dijo Lauro justo cuando la punta del bolígrafo tocaba el papel. Sus manos atraparon las hojas, haciendo que Cora dejara un garabato apenas empezado.

Ella parpadeó, sorprendida.

—¿Cómo que no?

Lauro dio un paso más.

—Mira… —le acercó el papel casi hasta la cara, señalando con el dedo una línea—. Aquí… tu nombre está mal escrito.

Cora entrecerró los ojos, intentando enfocar el lugar exacto que él le mostraba. No lograba ver bien por lo cerca que sostenía Lauro el papel.

—Hablaré con el abogado para que lo corrija —añadió Lauro, rápido, casi atropellando las palabras—. Todo debe estar bien.

Era una excusa. Él lo sabía. Ella tal vez también. Pero ninguno lo dijo.

Un silencio espeso e incómodo se instaló entre ellos hasta que él lo rompió:

—De hecho… iré ahora mismo.

Su mano tocó su hombro con un apretón breve, y antes de que pudiera reaccionar, sus labios rozaron su mejilla en un beso rápido y tibio, que no parecía encajar con el momento… y sin embargo, la dejó sin aire.

Él tomó las llaves, llevándose los papeles, y salió sin mirar atrás.

Cora quedó de pie, inmóvil, con el bolígrafo aún extendido. Intentó concentrarse en lo que debía hacer —desayunar, ir al hospital, agendar sus revisiones—, aunque aún seguía en pijama, pues era domingo. Pero cada vez que lo intentaba, el recuerdo del calor de sus labios en su mejilla. Y no solo eso, también el recuerdo de todo el día anterior.

...****************...

La campanilla de la puerta repicó apenas Lauro entró. El aroma a café recién molido y pan horneado lo envolvió de inmediato, junto con el murmullo de conversaciones y el sonido del vapor de la máquina de espresso.

—¡Mira nada más! —exclamó su hermana, Mariela, con las cejas arqueadas—. El señorito de traje en nuestra humilde cafetería. ¿Qué milagro?

—Buenos días, hijo —dijo su madre desde detrás de la barra, sirviendo un capuchino sin dejar de mover las manos—. Pásale, pero no te acomodes, que esto está hasta el tope.

Lauro apenas tuvo tiempo de saludar antes de que Mariela le pusiera un mandil en las manos.

—¿Mandil? —preguntó él, incrédulo.

—Pues claro. No viniste solo a lucir corbata, ¿o sí? —Mariela le dio una palmada en la espalda—. Ándale, que la mesa cuatro ya pidió chilaquiles.

Lauro suspiró, dejó los papeles de divorcio sobre una esquina de la barra y se ató el mandil. Ya estaba llevando un par de cafés cuando la puerta volvió a sonar.

—¡Pero si es mi cafetería favorita! —anunció Óscar, entrando con la sonrisa de quien sabe que lo van a recibir bien… o eso creía.

No alcanzó a dar tres pasos antes de que sus manos atraparan, con destreza, un cuernito recién salido de la bandeja.

—¡Oye, ladrón! —Mariela apareció como un rayo, dándole un sape en la nuca—. Aquí no se roban los postres.

—No lo robo, lo pago —replicó Óscar, protegiendo su botín.

—Mejor págalo con trabajo —dijo ella, lanzándole un mandil que aterrizó en su cara—. Y date prisa, que necesitamos manos.

—Esto es explotación —murmuró él, pero ya se estaba poniendo el mandil.

En ese momento, un chico de no más de diecinueve años salió de la cocina cargando un plato con una tortilla quemada.

—¿Así? —preguntó, dubitativo.

Mariela lo fulminó con la mirada.

—Luis, mi amor, ¿tú sabes que la gente viene aquí a comer, no a practicar supervivencia? A la cocina, ya.

Cuando Luis desapareció con el plato chamuscado, Mariela explicó:

—Nos renunció Sofía anoche, así que aquí no hay descansos. Si entraron, trabajan.

Lauro y Óscar intercambiaron una mirada de resignación. Ya estaban metidos en la cueva del lobo.

Las horas pasaron como un torbellino. Lauro aprendió que ahora había jugo detox de espinaca en el menú —y que los clientes lo pedían como si fuera oro—, mientras Óscar tuvo que preparar waffles con helado para una mesa de niños quienes querían vaciar todos los tarros de azúcar del lugar.

—Mesa siete, Lauro, y cuidado con el chocolate caliente, que no es archivo para andar sacudiendo.

—Óscar, ¿tú sabes espumar leche o te hago un manual ilustrado?

Cada orden de Mariela caía como un martillazo, y ellos respondían con el automático “sí, señora” de cuando eran adolescentes y ella los cuidaba.

A media tarde, el café seguía lleno. Un grupo de ciclistas ocupaba la terraza, una pareja discutía en voz baja en la esquina y Luis, el ayudante, había desaparecido misteriosamente por veinte minutos. Cuando regresó, traía la camiseta empapada, como si hubiera intentado lavar algo… o a sí mismo.

—No pregunten —dijo, antes de que Mariela pudiera abrir la boca.

Lauro y Óscar, muertos de risa, siguieron atendiendo. En los breves momentos en que pasaban por la barra, Lauro veía de reojo el sobre manila, intacto junto a un florero de margaritas. Pero el ritmo no le dejaba tiempo para pensarlo demasiado.

En lugar de vaciarse, la cafetería parecía llenarse más. Llegaron un par de turistas con mochilas enormes, luego una familia que preguntó si podían mover tres mesas juntas, y después un señor que insistía en que su café tenía “demasiada cafeína”.

Mariela daba instrucciones como un capitán en medio de una tormenta, y Lauro y Óscar corrían de un lado a otro, esquivando charolas, clientes y a Luis, que seguía derramando más de lo que servía.

El sol empezó a bajar, tiñendo el local de un naranja suave. Pero la campanilla no dejaba de sonar.

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