Un contrato por deber. Un secreto por proteger. Un amor nacido de la amargura.
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Capítulo 18: Harina Y Sal
Julian se quedó inmóvil bajo el marco de la puerta. Su figura era una sombra imponente contra la luz del pasillo, y su mirada azul recorrió la escena con una mezcla de desdén y una curiosidad oscura: el desorden de la harina por toda la encimera, mis manos temblorosas sumergidas en la masa y mi rostro empapado en lágrimas.
Él dio un paso hacia adelante, y su presencia pareció encoger las paredes de la cocina.
—Mírate —dijo, y su voz recuperó esa aspereza ruda que tanto me hería—. ¿Esta es la mujer que se sentó hoy a mi mesa? ¿La que permite que una víbora como Elena la deje sin palabras?
No respondí. Seguí golpeando la masa con una violencia desesperada, aunque mis movimientos ya no tenían fuerza.
—¡Levántate, Benerice! —ordenó, y esta vez su voz sonó como un latigazo—. No tolero la autocompasión. Si vas a llorar por cada desplante de la sociedad, o peor aún, por lo que pasó anoche entre nosotros, mejor quédate encerrada aquí para siempre. No me sirve de nada una esposa que se quiebra en cuanto la realidad la golpea.
—¡Pues quizá no debiste casarte conmigo! —le grité, deteniéndome en seco y enfrentándolo con la mirada empañada—. ¡Sabías que no soy ella! ¡Sabías que no soy de piedra! Me tratas como si lo de anoche hubiera sido un trámite, como si mi entrega no hubiera significado nada más que una cláusula de tu maldito contrato.
Julian acortó la distancia entre nosotros con una rapidez felina. Me tomó de los antebrazos con una firmeza que me obligó a enderezarme, ignorando que mis manos estaban cubiertas de masa pegajosa que ahora manchaba las mangas de su carísima camisa de seda. Me pegó a su pecho, obligándome a sostenerle la mirada.
—Sé perfectamente con quién me casé —gruñó, su aliento rozando mi rostro—. Y anoche no fue un trámite. Fue el momento en que finalmente dejaste de ser un fantasma en esta casa para convertirte en mi mujer.
Me miró con una amargura tan profunda que me cortó la respiración, pero entonces, algo cambió en sus ojos. La furia pareció drenarse, dejando paso a una sombra de cansancio, de esa soledad que lo caracteriza. Sus manos, que antes apretaban mis brazos con rudeza, se relajaron. Su pulgar subió lentamente por mi mejilla, arrastrando un poco de harina y secando una lágrima de forma casi inconsciente.
—Me maldigo por haberte tratado hoy como si no hubiera pasado nada —murmuró, y por primera vez, hubo un rastro de remordimiento en su tono, aunque estuviera envuelto en su habitual frialdad—. Pero no sé ser de otra manera, Benerice. La debilidad en mi mundo es una sentencia de muerte, y no puedo permitir que te vean rota... ni que yo mismo me vea roto por ti.
El contraste de su tacto —suave en mi piel, pero firme en su posesión— me dejó sin aliento. Julian suspiró, un sonido que pareció arrancado de lo más profundo de su pecho, y apoyó su frente contra la mía.
—Anoche no fue lógica —confesó, su voz vibrando contra mis labios—. Fue lo único real que he sentido en mucho tiempo. Y precisamente porque fue real, hoy necesitaba poner distancia. Necesitaba recordarme que sigo al mando.
Me quedé helada. Julian Blackwood, el hombre que nunca pide perdón, estaba admitiendo que su frialdad del amanecer era un escudo contra lo que yo le hacía sentir. Sin embargo, antes de que pudiera responder, él se apartó bruscamente, recuperando su máscara de mando.
—Límpiate —dijo, recuperando su tono rudo y demandante—. Martha servirá la cena en veinte minutos. Y quiero que bajes con la cabeza alta. No quiero volver a ver rastro de harina ni de este llanto en ti. ¿Entendido?
Se dio la vuelta y salió de la cocina con paso firme, dejándome allí, con el corazón galopando entre la harina y la sal de mis propias lágrimas.