Nanani fue plantada en el altar y causa de eso cayó en depresión su padre la obligará a tomar clases de arte marciales, Pero ella odia a su sensei o... eso cree
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Capitulo 15
—Ven conmigo a tomar las clases —suplicó Nanami, con esos ojos que él nunca había podido resistir—. Siempre hacemos todo juntos.
Hanako dudó. No era su mundo, el dojo, las artes marciales. Pero ella lo miraba así, con esa mezcla de ilusión y necesidad que siempre terminaba derritiéndolo.
Suspiró, derrotado, y asintió con una sonrisa.
—Está bien. Pero si me lesiono, tú me llevas a casa.
—¡Trato hecho! —exclamó ella, abrazándolo.
A la mañana siguiente, Nanami llegó montada en la espalda de Hanako, riendo con esa carcajada genuina que solo salía cuando estaba con él. Llevaban años así: él cargándola, ella riendo, un equilibrio perfecto de confianza y diversión.
Kai los vio llegar desde la puerta del dojo.
Y sintió que la sangre le hervía.
No era la primera vez que veía a Nanami sonreír. Pero era la primera vez que la veía así: radiante, libre, sin esa máscara de "estoy bien" que siempre llevaba puesta. Con Hanako, ella era otra persona. Más auténtica. Más feliz.
—Hola, sensei —dijo Hanako, acercándose con una reverencia respetuosa—. Soy Hanako, el representante de Nanami. Encantado de conocerlo.
Kai lo miró de arriba abajo. Apuesto. Joven. Vestimenta impecable. Seguro, educado, con esa clase de confianza que da el dinero bien heredado.
Inseguridad. Algo que Kai no solía sentir, pero que ahora se instalaba en su pecho como un invitado no deseado.
—Eres muy joven —soltó, sin pensar.
Hanako parpadeó, confundido.
—Sí... bueno, estudiamos juntos. Tenemos la misma edad.
Kai se sorprendió. No aparentaba tener la misma edad que Nanami. Aparentaba menos. O quizás era su energía, su forma de moverse por el mundo sin las cargas que ella llevaba.
—Bienvenido —dijo, recuperando la compostura—. Debes ir con los principiantes. Primera clase.
Rita, que había estado observando desde un costado, intervino:
—Deja que se queden juntos. Son amigos, ¿no? Será más cómodo para ella.
Kai apretó la mandíbula, pero asintió a regañadientes.
La clase fue un suplicio.
Cada vez que Kai miraba hacia ellos, los encontraba riendo. Hanako corrigiendo su postura con una paciencia infinita. Nanami haciéndole muecas. Cuchicheando. Cómplices.
—No te distraigas —le susurró Rita al oído, demasiado cerca.
Kai la ignoró. Pero no pudo ignorar la punzada en el pecho cada vez que escuchaba la risa de Nanami, esa risa que a él nunca le había regalado.
Cuando la clase terminó, Kai los invitó a merendar. Era lo que siempre hacía con Nanami después del entrenamiento, y no iba a cambiar la rutina por la presencia de Hanako.
Sirvió el té con cuidado y deslizó una taza hacia Nanami.
—Ten.
Ella la sujetó con ambas manos, sonriendo.
—A Nanami no le gusta el té —dijo Hanako, con esa naturalidad que solo da el conocimiento absoluto—. Le cae pesado.
Nanami lo miró rápidamente, una mezcla de sorpresa y algo más. Luego se apresuró a añadir:
—¡Pero este té está delicioso! De verdad.
—Lo siento —dijo Kai, sintiéndose de repente un extraño en su propia mesa—. No lo sabía.
—No te preocupes —respondió Hanako, con una calma que desarmaba—. Nanami no suele decir las cosas que le molestan o le duelen. No le gusta molestar.
Kai lo miró. Luego miró a Nanami, que jugueteaba con la taza sin beber.
No sabía eso. No sabía nada de ella. Y de repente, la certeza de lo poco que la conocía lo golpeó con fuerza.
—¿Podemos hablar un momento? Es importante —dijo Hanako, levantándose.
Kai asintió y lo siguió unos pasos más allá.
—Lamento molestarlo, sensei —comenzó Hanako, con seriedad—. Pero he notado que los ejercicios son un poco pesados. Y Nanami... no puede esforzarse tanto por su salud.
Kai frunció el ceño.
—¿Su salud?
—Tiene algunas condiciones. Nada grave si se cuida, pero si se fatiga demasiado...
No terminó la frase. Porque un ruido los hizo girar.
Nanami se había levantado y caminaba hacia ellos. Dio dos pasos. Luego un tercero. Y de repente, sus ojos se voltearon y su cuerpo cayó hacia adelante.
—¡Nanami! —gritó Kai.
Llegó justo a tiempo para sostenerla antes de que golpeara el suelo. La levantó en sus brazos, sintiendo lo liviana que era, lo frágil.
—¡Al hospital! —ordenó, mientras Hanako corría a abrir la puerta.
Las horas en la sala de espera fueron eternas.
Kai no podía dejar de pensar en todas las veces que la había llamado "floja". Todas las veces que se había burlado de sus quejas. Todas las veces que pensó que era solo una caprichosa malcriada.
—¿Por qué no me dijo que su salud es frágil? —preguntó, con la voz rota.
Hanako lo miró, y en sus ojos no había reproche. Solo una tristeza tranquila.
—Porque no le gusta molestar. Y porque a su padre no le gusta que se sepa. No quiere que su familia parezca débil. Es un secreto.
Kai cerró los ojos. Culpa. Un peso enorme en el pecho.
El doctor salió al fin.
—Pueden verla. Se quedará unos días en observación.
Entraron en la habitación. Nanami estaba pálida, con un suero en el brazo, pero despierta. Esbozó una sonrisa débil al verlos.
—Siempre tan dramática —murmuró Hanako, sentándose a su lado y tomándole la mano.
Ella sonrió, más genuina.
Kai se quedó en la puerta. Mirándolos. Viendo cómo él le acomodaba el cabello, cómo ella se relajaba con su simple presencia.
Ellos se tenían el uno al otro.
Él solo tenía preguntas sin respuesta y una culpa que pesaba como piedras.
—Pasa —dijo Nanami, notándolo—. No te quedes ahí parado.
Kai entró lentamente. Se sentó al otro lado de la cama, sin atreverse a tocarla.
—Lo siento —susurró—. Por no saber. Por no preguntar. Por pensar...
—No lo sabías —lo interrumpió ella, con una sonrisa que intentaba ser tranquilizadora—. No pasa nada.
Pero sí pasaba. Y ambos lo sabían.
Porque el amor no es solo deseo. También es conocer. También es preguntar. También es quedarse.
Y Kai acababa de darse cuenta de que no había hecho nada de eso. El solo la juzgo Por ser de alta cuna y Pensó que solo era una niña caprichosa que odiaba hacer ejercicio, sin saber que le dolía todo el cuerpo
Hanako, en cambio, llevaba diez años haciéndolo.