En la efervescente Buenos Aires colonial, donde el dominio de poder se pierde en las redes del amor, la obsesión y la lucha de clases. La posesión colisionan en una época de profundos cambios y un latente anhelo de libertad.
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Capítulo 14: Destino oscuro.
Mientras tanto, a miles de kilómetros, en la vibrante España, el opulento salón del marqués de la Torre vibraba al compás de la música. Doncellas ataviadas con sedas y caballeros con elegantes trajes giraban en una danza alegre, sus risas y susurros llenando el aire. A un costado, apoyado en uno de los pilares labrados, Leonardo observaba la escena, una copa en la mano y una expresión de distante apatía en el rostro. Su presencia, sin embargo, no pasaba desapercibida.ya que era unos de los hombres más importantes.
Una hermosa dama, que lo había estado observando desde hacía rato junto a su grupo de amigas, se armó de valor y se acercó a él, decidida a sacarlo de su soledad."Eminencia, se le ve algo aburrido", comenzó con una sonrisa coqueta. "¿Acaso odia las fiestas?". Leonardo tomó un sorbo lento de su copa, sus ojos azules fijos en el líquido ámbar. Su voz, suave como la seda, respondió "No, no las odio, pero tampoco son de mi agrado".
La dama, envalentonada, insistió: "Quizás si bailamos un poco cambie de opinión". Mientras hablaba, su mano rozó delicadamente la tela de su traje, una invitación apenas velada a su interés. Leonardo, sin embargo, mantuvo su distancia. "Prefiero ir a tomar un poco de aire", dijo, dirigiéndose hacia la puerta que daba al jardín. "Claro, lo acompaño", respondió la dama, encantada con la oportunidad de tenerlo a solas.
Mientras paseaban bajo el cielo estrellado, la dama, con una mezcla de atrevimiento y curiosidad, formuló la pregunta que rondaba su mente. "¿Puedo hacerle una pregunta? Si no es mucha molestia". Leonardo asintió con la cabeza, sin apartar la vista del camino, el rostro impasible. "Por qué un joven tan apuesto como usted no se ha comprometido aún?", continuó ella, un ligero rubor tiñendo sus mejillas. "Eso me sorprende, ya que usted le quita el aliento a cualquier mujer". Y una vez más, la dama, ignorando las señales, extendió su mano y la colocó sobre el brazo de Leonardo.
En ese instante, el mundo pareció detenerse. La mano de Leonardo se movió con una rapidez aterradora, aferrándose al cuello de la joven con una fuerza implacable. La atrajo hacia él, sus ojos azules, antes distantes, brillando ahora con una ferocidad aterradora. La sonrisa de la dama se desvaneció, reemplazada por una expresión de puro terror.
"¿Qué... qué hace, Eminencia?", logró balbucear la mujer, sus manos desesperadas intentando apartar la suya, luchando por recuperar el aire que le robaba la presión en su garganta. Los ojos de Leonardo se clavaron en ella como la punta de una espada, pero su voz, increíblemente, seguía siendo suave y tranquila.
"Dijiste que le quitaba el aliento a cualquier mujer, ¿verdad?", preguntó. La mujer sacudió la cabeza con desesperación, las lágrimas brotando de sus ojos, el rostro comenzando a tornarse violáceo. Justo cuando estaba a punto de desvanecerse, Leonardo, al ver el punto crítico, la soltó. La dama se desplomó en el suelo, tosiendo con desesperación, aspirando grandes bocanadas de aire.
Leonardo se inclinó ligeramente, su voz un susurro que heló la sangre. "La próxima vez que pongas una mano sobre mí, verdaderamente sabrás lo que es quedarte sin aliento". La mujer, aún jadeando, levantó la mirada hacia él. "Eres un...", comenzó a decir, pero se detuvo abruptamente al ver esos ojos aterradores fijos en ella de nuevo. El miedo la silenció por completo.
Leonardo llegó a su mansión, anhelando el silencio y la oscuridad de su habitación. Pero al ver la figura del cartero parado en su puerta a altas horas de la noche, una punzada de inquietud lo atravesó. Sabía que algo grave estaba sucediendo. Los asuntos urgentes no esperaban al amanecer.
"¿Qué tienes para mí?", preguntó sin rodeos, pero sin perder la delicadeza y paciencia que lo caracteriza. El hombre se inclinó respetuosamente y le entregó un sobre sellado. "Noticias urgentes de la casa Trastámara, joven", respondió el cartero.
Leonardo tomó la carta, su peso inesperado entre sus dedos. Entró a su despacho y se sentó frente a su imponente escritorio. Con un gesto rápido, abrió el sobre. La letra familiar de su madre llenaba el pergamino, pero el mensaje era desolador, la vida de su padre, estaba llegando a su fin.
Leonardo era el único hijo de los Trastámara y, por extensión, el heredero de los Toledo. La noticia de la enfermedad terminal de su padre significaba un cambio drástico e irreversible en su vida.
Debía ir a aquel lugar, a la hacienda familiar y permanecer allí por un largo e indefinido tiempo.
"Debo volver", escapó de sus labios como un suspiro, sellando su destino.