El hospital no estaba en los mapas.
Estaba en la memoria.
Kang Aerin llegó creyendo que iba a cuidar a otros,
sin saber que algunos lugares no aceptan visitantes:
solo recuerdan.
Siete pacientes la esperaban.
No con miedo,
sino con reconocimiento.
Los pasillos respiraban despacio.
Las luces parpadeaban como un pensamiento cansado.
Y cada puerta cerrada prometía silencio…
pero entregaba ecos.
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Capítulo 14
Un debate no es solo un intercambio de palabras.
Es un juego de estrategia, un duelo en el que cada argumento es un movimiento calculado y cada respuesta, un intento de tomar ventaja. No basta con lanzar ideas al aire; hay que medirlas, darles forma con precisión quirúrgica, moldearlas de tal manera que el otro no tenga más remedio que reconocer su peso.
Algunas batallas no requieren fuerza bruta. No necesitan violencia ni amenazas.
Se ganan con palabras.
Y si había alguien en este hospital que entendía el poder de un buen argumento, ese era Jay.
Desde el primer día, había notado su habilidad para desafiar todo lo que se le decía.
No solo escuchaba, analizaba.
No solo respondía, contradecía.
Cada conversación con él era un juego de resistencia intelectual, un tira y afloja en el que siempre probaba los límites del otro.
Pero lo más fascinante de Jay no era su inteligencia ni su capacidad para cuestionarlo todo.
Era su deseo innato de ganar.
Para él, cada conversación era un duelo, cada palabra un arma.
No debatía por simple placer, ni siquiera por curiosidad.
Lo hacía porque odiaba perder.
Porque no aceptar una derrota significaba que nunca tendría que lidiar con la posibilidad de estar equivocado.
Hoy, en esta sesión, iba a darle lo que quería.
Un desafío real.
Él ya estaba en la sala de terapia cuándo llegué, no sentado, como los demás.
De pie.
Con las manos en los bolsillos, la mirada expectante y una media sonrisa que delataba su certeza de que esto no sería como las sesiones anteriores.
—¿Qué planeas hoy? —preguntó, con su tono usualmente relajado — si es otro de tus juegos, me gustaría saber las reglas antes de empezar.
No respondí de inmediato.
Con calma medida, coloqué un reloj de arena sobre la mesa y tomé asiento frente a él.
—Hoy vamos a debatir.
Jay arqueó una ceja y se apoyó contra la mesa.
—¿Vas a intentar convencerme de algo?
—Trataré de que pienses diferente.
Dejó escapar una leve risa antes de sentarse finalmente.
—Ambicioso... Me gusta.
Coloqué boca abajo un par de tarjetas entre ambos y deslicé las yemas de los dedos sobre ellas.
—Cada una tiene un tema diferente —expliqué — elegiremos uno al azar y tomaremos lados opuestos. No importa lo que realmente pensemos, nuestro trabajo es defender nuestra postura hasta el final.
Jay observó las tarjetas con un interés genuino.
—Interesante —dijo pausadamente — así que, ¿da igual si creo o no en lo que digo?
—Exacto.
—Esto será divertido.
Tomó una tarjeta y la giró lentamente.
..."¿Las personas cambian, o solo fingen hacerlo?"...
Jay sonrió, y por la forma en que sus ojos brillaron con ese destello de emoción contenida, supe que acababa de entregarle la oportunidad perfecta para desafiarme.
—Perfecto.
Giré el reloj de arena. El debate había comenzado.
PRIMERA RONDA
Tomé aire antes de hablar.
—Las personas cambian —dije con firmeza — no siempre de inmediato, no siempre de forma absoluta, pero nadie es exactamente la misma persona que era hace un año.
Jay apoyó un codo en la mesa, entrelazando los dedos con calma.
—Incorrecto. La gente no cambia, solo se adapta. Si algo se vuelve inconveniente, ajustan su comportamiento, pero en el fondo, siguen siendo los mismos.
—Eso sigue siendo cambio —refuté sin dudar — adaptarse es evolución, nadie permanece estático.
—¿Evolución? —frunció el ceño — no lo creo, es un acto de conveniencia. Si el cambio no trae beneficios, nadie lo haría.
—¿Y qué hay de quienes cambian sin esperar nada a cambio?
Jay entrecerró los ojos con diversión.
—Dame un ejemplo.
—Alguien que elige perdonar a pesar de haber sido herido.
Jay ladeó la cabeza.
—¿Perdonar es cambiar?
—Es crecer.
Jay dejó escapar un suspiro teatral.
—Crecer no significa cambiar. Solo significa aprender a jugar mejor tus cartas.
Lo miro con atención.
—¿Y eso no es cambio?
Hubo un breve instante de pausa.
Pequeño, imperceptible para cualquiera que no estuviera prestando atención.
Pero lo noté.
Giré el reloj de arena. Siguiente ronda.
SEGUNDA RONDA
Jay apoyó un codo en la mesa y me sostuvo la mirada con un aire casi desafiante.
—Las personas solo cambian cuando tienen algo que perder. Cuando el precio de seguir siendo como son se vuelve demasiado alto.
—O cuando encuentran algo lo suficientemente valioso como para querer ser mejores.
—Eso es lo mismo —rodó los ojos — el miedo a perder y el deseo de ganar son dos caras de la misma moneda.
—No exactamente —negué con la cabeza — una es impulsada por la desesperación... La otra, por la esperanza.
Jay soltó una leve risa.
—Sabes debatir bien.
—Sabes provocar bien.
Él apoyó la barbilla en su mano.
—Tienes razón... Me gusta ver cómo la gente defiende sus ideas cuando alguien las desafía.
—¿Y qué pasa cuando descubres que tenían razón?
Jay entrecerró los ojos con diversión.
—Entonces me aseguro de que nunca lo sepan.
No pude evitar sonreír levemente.
—Eso es algo que diría alguien que no quiere perder.
—No... Es algo que diría alguien que sabe jugar.
Giré el reloj de arena por última vez. Siguiente ronda.
TERCERA RONDA
Jay me observó en silencio, como si estuviera esperando algo. Y entonces, con un tono más suave, preguntó:
—¿De verdad crees que las personas pueden cambiar?
—Sí.
—¿Incluso yo?
—Incluso tú —asentí.
Jay se quedó en silencio un instante.
Luego, lentamente, sonrió.
—¿Y si no quiero?
—Entonces seguirás siendo el mismo.
—¿Y si te equivocas?
Mantuve la mirada firme.
—Entonces espero estar aquí para verlo.
Un destello de algo cruzó sus ojos, algo que no había visto antes.
No una burla.
No un desafío.
Curiosidad.
Jay se pasó una mano por el cabello, exhalando con una risa baja.
—Eres interesante, Kang.
—Tú también, Jay.
Se puso de pie con calma y deslizó una de las tarjetas hacia mi.
—Guárdala... Para cuando tengamos nuestra revancha.
—¿Asumiendo que la necesitarás?
Jay sonrió de lado.
—Asumiendo que tú la necesitarás.
Y con eso, salió de la sala.
Me quedé mirando la tarjeta sobre la mesa.
..."¿Las personas cambian, o solo fingen hacerlo?"...
No tenía una respuesta absoluta, pero hoy, había sembrado la duda en la mente de Jay.
Y eso, para mi, ya era un primer cambio.