¿Puedes encontrar el amor en el hijo del peor enemigo de tus padres?
Ella es Tamara González ingeniera agrónoma e hija de Katy y Alex una mujer audaz, decidida e independiente de 28 años.
Él es Félix Urbáez, un teniente del ejército de 27 años, atractivo, exitoso, pero con muchas heridas emocionales.
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Capítulo XIV: Una nueva vida para Félix y Arturo parte 2
Mientras Félix y Arturo comenzaban a adaptarse a su nueva vida en la ciudad capital, Tamara seguía en Miami junto a sus padres. Se sorprendió cuando Arturo le hizo una videollamada para mostrarle su habitación en la nueva casa.
—Arturo, todo está genial —dijo Tamara con alegría.
—¿Quieres ver la habitación de mi hermano? —preguntó Arturo.
—Está bien, quiero verla —respondió Tamara, fingiendo indiferencia.
A Tamara le avergonzaba invadir la privacidad de Félix, pero sentía curiosidad. Arturo enfocó la cámara: Félix estaba acostado en su cama, leyendo en su tablet.
—¡Arturo, no le muestres mi habitación a esa fea! —gritó Félix, caminando hacia la puerta.
—No creas que yo quiero verte —replicó Tamara con frialdad.
Félix sonrió y cerró la puerta. Aunque no lo admitiera, le alegró hablar con ella, aunque fuera solo un par de minutos.
—Arturo, no vuelvas a hacer eso —le gritó desde su habitación.
Mientras tanto, Katy y Alex recibían felicitaciones por su boda civil y avanzaban en los trámites para que Tamara fuera reconocida como hija de Alex.
—Mami, ¿crees que Félix y Arturo estén bien? —preguntó Tamara con preocupación.
—Sí, mi amor. El doctor Urbáez, aunque parece severo, en realidad es muy amable.
—Espero que estén bien. No entiendo por qué se hizo responsable de ellos —reflexionó Tamara.
—Es que él es su papá biológico —explicó Katy.
Tamara se sorprendió, pero se alegró: nunca le había gustado el trato que Roger daba a los niños.
—¿Mamá, vamos a quedarnos aquí en Miami con papá?
—Aún no, Tammy. Necesito resolver unos asuntos en la ciudad capital.
Tamara frunció el ceño. No le gustaba pasar tanto tiempo lejos de Alex.
—Mamá, no me gusta cuando estamos tanto tiempo sin verlo.
—Te prometo que no será por mucho tiempo —respondió Katy.
Alex las observaba con ternura. La fecha de regreso se acercaba, y debían viajar por los pendientes en la capital.
—Yo voy a regresar con ustedes, Tammy, y me quedaré un tiempo allá.
Tamara sonrió: la hacía feliz que su familia estuviera unida. Aunque sabía que pronto se mudarían a Miami, le entristecía dejar atrás a sus amigos y su secundaria.
Mientras tanto, en otro escenario, el destino de Oneida se sellaba.
—Oneida, recibimos una orden de extradición en su contra.
Llevaba días en la cárcel sin comprender lo que ocurría. Dos semanas después, subía a un avión escoltada por personal de la corte. Normalmente, estos procesos tardaban, pero las víctimas eran familias pudientes y financiaron el traslado. Por eso, el retorno de la delincuente fue tan rápido.
—¿De qué se me acusa? —preguntaba Oneida con voz quebrada.
—Hurto, intento de asesinato, poner en riesgo a un infante… pero lo más grave son crímenes relacionados con ilícitos cambiarios —respondió el funcionario.
Oneida recordó aquel viaje y las tarjetas de crédito de Paula. Ella había participado poco, pero madre e hijo la hicieron ver como la mente maestra.
—Ese par de hienas… son unos desgraciados —dijo con impotencia.
Félix Arturo recibió la noticia de su retorno al país y decidió visitarla en la cárcel. Al verla, incluso en esas condiciones, notó que seguía siendo hermosa.
—¿Viniste a reírte de mí, Félix Arturo? —preguntó con desprecio.
—No. Solo quería conversar sobre nuestros hijos —respondió con honestidad.
Oneida sonrió enloquecida.
—Me quitaste la custodia. No veo por qué debo hablar contigo sobre ellos.
Él negó con la cabeza.
—¿Qué habría pasado con ellos cuando todos ustedes fueran a la cárcel? —preguntó con severidad.
Oneida tuvo que reconocer que tenía razón. Su abogado ya le había advertido que era un caso perdido: Paula y Roger la habían hecho responsable de la mayoría de las estafas.
—¿Tú lo sabías? —preguntó con interés.
—Sí. Y testifiqué en tu contra —respondió con frialdad.
—¿Por qué hiciste eso? Después de todo soy la madre de tus hijos.
—Y también una criminal. Aunque lo dudes, yo te protegí por mucho tiempo. ¿Cómo crees que llevaste diez años en libertad?
—Félix Arturo, por favor… extraño a mis hijos —dijo llorando.
Él no se conmovió. Le mostró los estudios médicos de los niños.
—Oneida, eres un desastre como madre. Permitiste que Roger maltratara a Félix y no atendiste la condición de Arturo.
Ella negaba con la cabeza. En su mente, seguía viéndose como una buena madre.
—¿A qué viniste? —preguntó con ira.
—No puedes contactarlos bajo ningún concepto hasta que sean mayores de edad. Y solo si ellos desean verte. Si ignoras mi advertencia, tomaré medidas severas.
Oneida se sintió intimidada. Sabía que Félix Arturo era un hombre decidido.
—Algún día te vas a arrepentir —le advirtió.
—De lo único que me arrepiento es de haberte protegido. Debí hacer esto antes.
—Hubo un tiempo en el que creí que te amaba —susurró ella.
—Tú no amas a nadie más que a ti misma, Oneida.
Esas palabras lo estremecieron. Se levantó para irse, pero ella lo sujetó del brazo, mirándolo con lágrimas en los ojos.
—¿Por qué lo hiciste, Félix Arturo?
—¿A qué te refieres?
—¿Por qué me escogiste?
Él no tenía una respuesta razonable, no la amaba, pero le gustaba demasiado, estaba en medio de su crisis de edad, tras la relación de Matilda con un jovencito, y el deseo de una mujer joven y atractiva lo había alimentado y que ella pudiera quedar embarazada de él fue un bálsamo para su ego herido.
—Eso no importa ahora. Lo único que debes saber es que voy a criarlos bien. Y si ellos lo desean, tal vez formes parte de su vida cuando salgas de aquí.
Félix salió de la cárcel con el corazón pesado porque Oneida, incluso derrotada, seguía siendo un conflicto interno que no lograba resolver.