Dante Valderrama lo tenía todo bajo control: su club de carreras, su lengua afilada y un corazón blindado contra cualquiera que intentara acercarse. Hasta que una noche, su peor enemigo de la prepa apareció en su puerta empapado de lluvia, sin un centavo y con la sonrisa más descarada del mundo.
Sebastián Montero estaba en la ruina. O eso decía.
"Te voy a mantener", le dijo Dante con una tarjeta negra en la mano y veneno en la voz. "Pero si me estorbas, te echo a la calle."
Lo que Dante no sabía era que el hombre al que le daba mesada llevaba años soñando con volver a estar a su lado. Lo que tampoco sabía era que Sebastián jamás estuvo quebrado.
Entre secretos de familia que apestan a sangre, una madre cuya muerte nadie investigó, y un hombre que lo mira como si fuera lo único real en su vida... Dante va a tener que decidir: ¿confiar duele más que amar, o es exactamente lo mismo?
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Capítulo 13
Cap 13: Desayuno y veneno
El olor a quemado lo despertó.
Dante abrió los ojos con el ceño ya fruncido, la nariz arrugada. Eran las siete de la mañana y algo se estaba incendiando en su cocina.
Se levantó descalzo, en puros bóxers y una camiseta arrugada, y bajó las escaleras arrastrando los pies. Lo que encontró fue peor de lo que imaginaba.
Sebastián estaba frente a la estufa con una olla humeante que escupía una pasta gris y espesa. Había avena regada sobre la barra, leche salpicada en el piso, y en su mano derecha sostenía el mango roto de una cuchara de madera como si fuera la evidencia de un crimen.
—Buenos días —dijo Sebastián, con la misma calma con la que alguien anuncia el clima—. La cuchara no resistió.
—¿Qué chingados le hiciste a mi cocina?
—Intenté preparar avena. El resultado fue... subóptimo.
Dante se acercó y miró dentro de la olla. El contenido parecía cemento fresco. Levantó la vista hacia Sebastián, que seguía impecablemente vestido con pantalón de vestir y camisa blanca a pesar de tener una mancha de avena en el antebrazo.
—¿Cómo puedes verte así a las siete de la mañana y no saber hacer una pinche avena?
—Son habilidades distintas.
Dante iba a responder, pero entonces vio los pedazos de un plato roto junto al refrigerador. Sebastián siguió su mirada.
—Eso fue un accidente previo.
—Quítate. —Dante se agachó y empezó a recoger los fragmentos de cerámica con cuidado, juntándolos en la palma de su mano. Sebastián se inclinó para ayudar, y sus dedos se rozaron sobre un trozo afilado. Dante retiró la mano de golpe—. Yo lo hago. Tú ya causaste suficiente daño.
Tiró los pedazos a la basura, apagó la estufa y empujó la olla a un lado. Sacó huevos del refrigerador, una sartén limpia, pan de caja.
—¿Sabes cocinar? —preguntó Sebastián, y sonó genuinamente sorprendido.
—No soy un inútil.
Dante rompió tres huevos en el sartén con una sola mano, un movimiento practicado, automático. Mientras los revolvía, metió el pan al tostador y sacó mantequilla.
Sebastián se recargó contra la barra, observándolo.
—¿Dónde aprendiste?
La espátula se detuvo medio segundo. Dante no lo miró.
—Por necesidad.
—¿Necesidad?
—Hace dos años contraté una señora para que cocinara. A las tres semanas me desmayé en el baño. —Su voz era plana, como si contara algo que le pasó a otro—. Vale me cargó hasta su carro y me llevó a urgencias a las dos de la mañana. En el hospital encontraron sedantes en mi sangre.
El silencio de Sebastián era distinto al de otras personas. No estaba escandalizado ni incómodo. Estaba procesando.
—La policía revisó la comida que había en el refri —continuó Dante, sirviendo los huevos en dos platos—. Encontraron restos de benzodiacepinas en un guisado. La vieja desapareció esa misma noche. Nunca la encontraron.
—¿Sospechas de alguien?
Dante puso un plato frente a Sebastián con más fuerza de la necesaria.
—Tengo un medio hermano que me odia y una familia política que me quiere fuera del mapa. Tú dime.
No dijo el nombre de Emilio. No hacía falta.
Sebastián tomó el tenedor y miró los huevos revueltos con una atención desproporcionada, como si estuviera leyendo un documento legal.
—Gracias por el desayuno —dijo, y empezó a comer.
Dante se sentó frente a él y comió en silencio, molesto consigo mismo por haber hablado tanto.
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La mansión Valderrama olía a madera vieja y dinero. El estudio de Don Eduardo tenía libreros de piso a techo, un escritorio de caoba que pesaba más que un carro, y la iluminación precisa de alguien que sabe que la penumbra impone respeto.
El mayordomo cerró la puerta detrás de Dante con una reverencia mínima.
—Joven Dante, Don Eduardo lo espera. ¿Le ofrezco algo de tomar?
—Estoy bien.
Don Eduardo estaba sentado detrás del escritorio, revisando un documento. No levantó la vista de inmediato, el gesto calculado de un hombre que administra su atención como recurso.
—Siéntate, Dante.
Dante se sentó. La silla era incómoda a propósito.
—Tengo entendido que Sebastián Montero está viviendo en tu casa —dijo Don Eduardo sin preámbulo.
—En el cuarto de servicio. Es temporal.
—Mejor. —Don Eduardo por fin lo miró—. Ese muchacho es un talento excepcional. Visión financiera, disciplina, capacidad analítica fuera de lo común. Lo quiero en Grupo Valderrama.
Deslizó una carpeta sobre el escritorio. Dante la abrió: contrato de incorporación, términos de empleo, puesto en el área de desarrollo estratégico.
—Quiero que tú se lo propongas —dijo Don Eduardo.
—¿Yo? ¿Por qué no Emilio?
—Porque Emilio no tiene tu relación con él.
Dante casi se rió. ¿Relación? Su "relación" con Sebastián consistía en insultos, un lubricante misterioso y huevos revueltos.
—Y hay otro asunto. —Don Eduardo se reclinó en su silla—. Ya no eres un niño, Dante. Es hora de que te curtas en el campo. A partir del lunes, tú también trabajarás en Grupo Valderrama.
El silencio duró cinco segundos completos.
—¿Quieres que trabaje para ti?
—Quiero que trabajes para la familia. Que es distinto.
Dante había rechazado esa oferta cuatro veces en tres años. La respuesta siempre había sido "no" seguido de alguna variante creativa de "no me interesa".
Pero esta vez pensó en la cocina quemada, en el departamento vacío donde cocinaba solo porque no podía confiar en nadie, en el expediente policial que nunca se cerró.
—Está bien —dijo.
Don Eduardo no sonrió, pero algo cambió en sus ojos. Satisfacción contenida.
—El lunes a las ocho. No llegues tarde.
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El restaurante chino estaba en la Zona Rosa, un lugar discreto con reservados privados separados por puertas corredizas de madera oscura. Emilio había reservado el salón del fondo.
La mesa era redonda: Emilio en la cabecera, Luciana a su derecha, Sebastián frente a él. Dante llegó quince minutos tarde y se sentó junto a Sebastián sin pedir permiso.
—Nadie me invitó, pero ya estoy aquí —dijo, jalando una silla.
Emilio lo miró con esa frialdad suya, la mandíbula tensa.
—Qué inesperado.
—¿Entonces entras o no entras a Grupo Valderrama? —Dante miró directamente a Sebastián, ignorando a todos los demás—. El viejo ya te armó un contrato.
—Estábamos por discutir eso con calma —dijo Emilio.
—Ya lo estamos discutiendo.
Luciana intervino con una sonrisa diplomática, girándose hacia Sebastián.
—Don Eduardo habla maravillas de ti. Dice que tu tesis sobre reestructuración corporativa fue la mejor que vio en una década. ¿Dónde estudiaste exactamente?
—Economía en el ITAM, maestría en la Carlos III de Madrid —respondió Sebastián.
—Impresionante. ¿Y siempre quisiste el sector privado?
Mientras Luciana hablaba, su lenguaje corporal se inclinaba hacia Sebastián con la precisión de alguien entrenada en cenas de negocios. Dante tomó su cuchara y atacó la sopa wonton que acababan de servir.
Entonces sintió algo.
El empeine de un zapato enganchándose detrás de su pantorrilla. Un movimiento lento, deliberado. La tela del pantalón se tensó contra su piel.
Dante inhaló sopa.
La tos fue violenta, escandalosa, el caldo salpicando la mesa. Luciana le ofreció una servilleta. Emilio lo miró con desprecio. Sebastián seguía hablando con Luciana sobre política fiscal sin mover un músculo de la cara, pero su pie no se retiró.
"No mames, no mames, no mames..."
El recuerdo llegó sin permiso. Preparatoria San Miguel, tercer semestre. Héctor apoyado contra los casilleros, mirándolo con esa cara de que sabía algo.
"¿A ti te gusta Montero, verdad?"
"¿Estás pendejo? Lo odio."
Pero los hechos contaban otra historia. Dante le cambiaba los discursos de oratoria por versiones llenas de errores. Le robaba los cuadernos de tareas y los dejaba en el baño de mujeres. Le desordenaba el casillero. Una vez le puso salsa valentina en el agua. Y Sebastián respondía cada vez con precisión quirúrgica: exponía las trampas frente a los profesores, recuperaba sus cuadernos sin escándalo, y una vez reprogramó la alarma del celular de Dante para que sonara cada veinte minutos durante un examen.
Después, en segundo de prepa, Sebastián dejó de responder. De un día para otro. Dante le escondía los apuntes y Sebastián simplemente sacaba una copia de respaldo. Le bloqueaba el paso en los pasillos y Sebastián lo rodeaba sin mirarlo. Como si Dante se hubiera vuelto transparente.
A las tres semanas, Dante dejó de intentarlo. Nunca entendió por qué, pero la indiferencia de Sebastián le había dolido más que cualquier contraataque.
El pie seguía ahí, enganchado en su pantorrilla.
Dante puso la cuchara sobre la mesa y no volvió a tocar la sopa.
La cena terminó con Sebastián aceptando revisar el contrato y Luciana intercambiando números con él "por si necesitas orientación sobre la cultura interna de la empresa". Dante salió primero, sin despedirse.
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El reservado quedó vacío. Luciana se fue al baño. Sebastián y Dante ya estaban en el estacionamiento.
Emilio se quedó solo.
Tomó su copa de vino tinto, la miró un momento, y la estrelló contra la orilla de la mesa. El cristal estalló, el vino derramándose como una mancha oscura sobre el mantel blanco.
El mesero asomó la cabeza, alarmado.
—Déjalo —dijo Emilio sin mirarlo.
Se quedó viendo los fragmentos de vidrio sobre la mesa. Un trozo reflejaba la luz del candil.
—Lo que Sebastián tiene en las manos...
No terminó la frase. Su expresión era la de alguien calculando un incendio.