Segunda temporada de VEINTICUATRO (BL)
Han pasado Dos años.
Dylan Lara ya no es el novato impulsivo que corría en pistas ilegales. Ahora es uno de los corredores más temidos del circuito internacional. Fama, contratos millonarios y un lugar asegurado entre los mejores. A su lado sigue Nathaniel Liu, el hombre que lo secuestro, lo protege… y lo ama con una intensidad que roza lo posesivo.
Pero el éxito siempre atrae algo más que admiradores.
Un nuevo corredor irrumpe en sus vidas. Nadie sabe de dónde salió. Nadie conoce su pasado. Solo hay un detalle inquietante: parece saber demasiado.
Mientras la competencia se vuelve más violenta, los sabotajes más precisos y viejos secretos familiares comienzan a salir a la luz, Dylan descubre que el peligro no está solo en la pista. Alguien lo observa. Lo estudia. Lo desea.
Quiere poseerlo.
Cuando el amor se mezcla con obsesión, celos y poder… ¿quién cruzará primero la línea roja?
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capitulo 12: un ganador y un extraño
El rugido de los motores se apagó lentamente, reemplazado por el clamor del público que seguía celebrando la victoria. Dylan redujo la velocidad y condujo su monoplaza hacia el área de boxes, donde su equipo lo esperaba con los brazos abiertos y sonrisas de oreja a oreja. Apenas detuvo el coche, los mecánicos corrieron hacia él, golpeando el morro del monoplaza con alegría y gritando su nombre.
—¡Dylan! ¡Lo lograste, hermano! —gritó Marcos, dándole una palmada en la espalda tan pronto como Dylan se bajó del coche.
—¡Qué carrera, joder! —añadió Hugo, abrazándolo con tanta fuerza que casi lo levanta del suelo—. ¡Ese adelantamiento en la última curva fue una locura!
—¡Lo sabía! —exclamó Ricardo, saltando como un niño—. ¡Sabía que podías con ese italiano!
Dylan sonrió, sintiendo el calor de la victoria recorrer su cuerpo. El sudor aún perlaba su frente, y el mono de carreras estaba pegado a su piel, pero nada de eso importaba. Había ganado. Había derrotado a un rival formidable en su propio terreno. Y sus compañeros estaban ahí para celebrarlo con él.
Sebastian Kovač se abrió paso entre el grupo, con una sonrisa que rara vez mostraba en público. Le tendió la mano a Dylan, pero en lugar de estrecharla, lo abrazó con una firmeza que sorprendió a todos.
—Estoy orgulloso de ti, Dylan —dijo el jefe de equipo, con una voz que apenas ocultaba su emoción—. Has corrido como un campeón.
—Gracias, jefe —respondió Dylan, devolviéndole el abrazo—. No habría llegado hasta aquí sin el equipo.
—Eso es cierto —dijo Sebastian, soltándolo y mirando a los mecánicos—. Pero el que estaba detrás del volante eras tú. Y has demostrado que estás listo para lo que venga.
El grupo estalló en carcajadas y vítores, mientras los mecánicos comenzaban a preparar el coche para la ceremonia de entrega de premios. Dylan se tomó un momento para respirar, para dejar que la victoria se asentara en su pecho. Había soñado con este momento desde que era un niño, y ahora, finalmente, estaba viviéndolo.
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Minutos después, Dylan se encontraba en el podio, junto a los otros dos pilotos que habían completado el top tres. Alessandro Rossi había ocupado el segundo lugar, y un piloto alemán llamado Klaus Weber había llegado tercero. La copa que le entregaron era de plata brillante, con el grabado del circuito de Jerez y el año de la competencia.
El público aplaudía y vitoreaba, los fotógrafos disparaban sus cámaras sin descanso, y las banderas del equipo de Dylan ondeaban en las gradas como un mar de colores. Dylan levantó la copa con una sonrisa amplia, sintiendo el peso del logro en sus manos.
—¡Y el ganador del Gran Premio de España es... Dylan Lara! —anunció el presentador, y el rugido del público respondió con una fuerza ensordecedora.
Alessandro, a su lado, también recibió su trofeo con una sonrisa cortés. Cuando se giró hacia Dylan, sus miradas se encontraron por un instante. El italiano extendió la mano.
—Buena carrera —dijo Alessandro, con una voz suave que contrastaba con la intensidad de sus ojos azules—. Has demostrado por qué eres el favorito.
—Tú también —respondió Dylan, estrechando su mano—. No ha sido fácil mantenerte atrás. Eres rápido.
—Sé que lo soy —respondió Alessandro, con una sonrisa que podía interpretarse como confianza o como algo más—. Pero hoy has sido más rápido. Nos vemos en la próxima.
Dylan asintió, sintiendo una curiosidad renovada por el italiano. Había algo en su forma de hablar, en la manera en que lo miraba, que no terminaba de encajar del todo. Pero no había tiempo para analizarlo. La celebración lo esperaba.
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Cuando finalmente logró escapar del podio y las entrevistas, Dylan se abrió paso entre la multitud hasta donde lo esperaban sus amigos. Valeria y Lucas estaban allí, con sonrisas tan amplias que parecían a punto de partirles la cara.
—¡Eres un maldito genio! —gritó Lucas, abrazándolo con tanta fuerza que Dylan sintió cómo se le comprimían las costillas—. ¡Te vi en la última curva y casi me da un infarto!
—¡Yo también! —añadió Valeria, abrazándolo cuando Lucas lo soltó—. Pero lo lograste, Dylan. ¡Lo lograste!
—Gracias, gracias —respondió Dylan, riendo—. No habría sido lo mismo sin ustedes aquí.
Nathan estaba a un paso detrás de ellos, con los brazos cruzados y una sonrisa que no intentaba ocultar su orgullo. Cuando los amigos se apartaron, Dylan se acercó a él, y Nathan lo tomó por la cintura para atraerlo hacia sí.
—Te dije que podías hacerlo —murmuró Nathan, antes de besarlo con una intensidad que hizo que el mundo a su alrededor se desvaneciera por un momento.
—¿Siempre tan confiado? —preguntó Dylan, sonriendo contra sus labios.
—Contigo, siempre.
Los fotógrafos capturaron el momento, y los flashes se intensificaron a su alrededor. Pero ninguno de los dos pareció notarlo. Estaban en su propio mundo, celebrando la victoria a su manera.
Fue entonces cuando una figura alta se acercó al grupo. Alessandro Rossi, con su trofeo en una mano y una sonrisa cortés en el rostro, se detuvo frente a ellos.
—No quería irme sin felicitarte formalmente, Dylan —dijo el italiano, ignorando la presencia de los demás como si fueran parte del decorado—. Has corrido con una inteligencia que no esperaba. Me has sorprendido.
Dylan se separó ligeramente de Nathan, pero sin soltar su mano. —Gracias, Alessandro. Tú también has sido un rival excepcional. Me has hecho esforzarme al máximo.
—Esa era la intención —respondió Alessandro, con una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos—. Espero que volvamos a encontrarnos en la pista. Me gustaría una revancha.
—Estaré esperando —dijo Dylan, con una sonrisa competitiva.
Alessandro asintió, y su mirada se desvió brevemente hacia las manos entrelazadas de Dylan y Nathan. Solo por un instante, una fracción de segundo, sus ojos se detuvieron allí, como si estuviera registrando un detalle importante. Luego, volvió a sonreír y se despidió con una leve inclinación de cabeza.
—Hasta la próxima, Dylan.
Se giró y se perdió entre la multitud, su figura alta y elegante deslizándose entre los invitados hasta desaparecer. Dylan lo siguió con la mirada un momento, sintiendo esa curiosidad que no lograba sacudirse.
—¿Qué? —preguntó Nathan, notando su distracción.
—Nada —respondió Dylan, volviendo a mirarlo—. Solo pensaba que es un tipo interesante.
—¿Interesante? —repitió Nathan, con un tono que bordeaba el sarcasmo.
—No empieces, Liu. Solo es un corredor.
Nathan lo miró un momento, como si evaluara sus palabras, y luego asintió. —Está bien. Pero si vuelve a mirarte así, le recordaré que estás ocupado.
Dylan soltó una risa, negando con la cabeza. —Eres increíble, ¿lo sabes?
—Lo sé —respondió Nathan, besándolo de nuevo—. Soy el mejor.
Mientras el grupo se alejaba hacia las celebraciones, Alessandro Rossi ya estaba en su box, hablando con su patrocinador. Pero su mirada, por un instante, se perdió en la dirección donde Dylan y Nathan habían estado.
—¿Todo bien, Alessandro? —preguntó su patrocinador, notando su distracción.
—Todo perfecto —respondió el italiano, con una sonrisa que no revelaba nada—. Solo estaba pensando en la próxima carrera.
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La euforia de la victoria comenzaba a disiparse lentamente, reemplazada por el cansancio muscular y el hambre que siempre llegaba después de una carrera intensa. Dylan se había cambiado rápidamente en los vestidores, dejando atrás el mono de carreras por unos jeans cómodos y una camiseta negra que le quedaba holgada. El cabello aún estaba ligeramente húmedo por la ducha rápida que se había dado, y sus ojos seguían brillando con el reflejo de la victoria.
Cuando salió al estacionamiento, el sol de la tarde ya comenzaba a declinar, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y dorados. Nathan estaba apoyado contra el auto, con los brazos cruzados y esa sonrisa suya que siempre aparecía cuando veía a Dylan acercarse. Lucas y Valeria estaban a su lado, discutiendo algo con gestos animados.
—¡Ya era hora! —exclamó Lucas en cuanto vio a Dylan—. Pensé que te habías quedado dormido en la ducha.
—Estaba celebrando con mi equipo —respondió Dylan, encogiéndose de hombros—. Además, no iba a salir sin antes despedirme de Sebastian.
—Claro, claro —dijo Valeria, con una sonrisa burlona—. Y seguro que también aprovechaste para hablar con el italiano misterioso.
Dylan rodó los ojos. —No empecéis vosotros también.
—¿También? —preguntó Lucas, levantando una ceja y mirando a Nathan—. ¿Quién más ha estado celoso?
Nathan no respondió, pero su sonrisa se hizo un poco más amplia, y eso fue suficiente para que Lucas estallara en carcajadas.
—¡Ay, Dios mío! —exclamó Lucas, señalando a Nathan—. ¡El gran Nathan Liu, CEO de Liu Motors, celoso de un corredor italiano! ¡Esto es mejor que cualquier carrera!
—Lucas, cállate —dijo Dylan, aunque no podía evitar reírse también.
—No, no, esto es material de primera —continuó Lucas, disfrutando del momento—. ¿Cuánto tiempo llevas celoso, Nathan? ¿Desde la presentación? ¿Desde que lo viste en la gala?
Nathan mantuvo la calma, pero sus ojos brillaron con un destello de diversión. —¿Sabes, Lucas? Me gusta cómo te has vuelto más valiente desde que Alex no está aquí para callarte.
La mención de Alex hizo que Lucas se pusiera ligeramente rojo. —¡Alex no me calla! Bueno... a veces. Pero solo cuando me paso.
—O sea, siempre —intervino Valeria, con una sonrisa pícara.
El grupo estalló en risas, y el ambiente se llenó de esa calidez que solo los amigos de verdad pueden crear. Dylan se sintió ligero, feliz. Había ganado la carrera, sus amigos estaban allí, y Nathan estaba a su lado. Todo parecía perfecto.
Fue entonces cuando Lucas, siempre el más entusiasta, dio un paso adelante y señaló el horizonte con un gesto dramático.
—¡Bueno! —anunció—. Después de esa carrera de infarto, creo que nos merecemos una buena cena. ¡Vamos a un restaurante de parrillas!
—¿Parrillas? —repitió Valeria, arqueando una ceja—. ¿Como una brasería?
—¡Exacto! —respondió Lucas, con los ojos brillando—. He oído que en España hay unas parrillas de carne espectaculares. Tipo "asadores" o "churrasquerías". ¡Carne a la brasa, patatas, pimientos asados! ¿Qué mejor manera de celebrar una victoria?
Dylan sonrió, sintiendo el estómago rugir ante la idea. —Suena perfecto. Después de correr, una buena parrillada es justo lo que necesito.
—Entonces es un plan —dijo Valeria, frotándose las manos—. Pero que sea un sitio bueno, eh. No quiero terminar en un lugar donde la carne parezca suela de zapato.
—Tranquila —respondió Lucas, sacando el teléfono—. Mi padre tiene contactos en el sector. Voy a buscar un sitio con buenas reseñas. —Comenzó a teclear con frenesí—. ¡Aquí hay uno! "El Asador de Jerez". Tiene cuatro estrellas y medio y dicen que el chuletón es espectacular.
—Perfecto —dijo Dylan, frotándose las manos—. Vamos a—
Pero antes de que pudiera terminar la frase, el teléfono de Nathan comenzó a sonar. El sonido cortó el ambiente festivo, y Nathan sacó el dispositivo del bolsillo con una expresión que pasó de relajada a seria en un segundo.
morí olvidada reviví intocable 🤭