Grace, estancada en el desempleo y la monotonía, decide arriesgarlo todo por una conexión virtual de años. Junto a su mejor amiga, cruza la frontera para conocer a Noah, un dedicado estudiante de medicina que vive consumido por la exigencia de sus guardias hospitalarias. Aunque Noah queda cautivado al ver que ella es más hermosa en persona de lo que imaginó, no está dispuesto a comprometerse: su carrera es su única prioridad. Sin embargo, la química física y emocional pronto desbarata sus planes. ¿Podrán construir un futuro real o simplemente el trabajo consumirá a un lado?
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Parte 13
Noah
Me di cuenta de lo que había dicho justo después de que las palabras escaparan de mi boca, pero no me arrepentí. La quería, y la quería de verdad. Tal vez no había pensado demasiado en las implicaciones, pero en mi cabeza no sonaba como una locura... sonaba como algo que simplemente debía decir.
—¿Estás loco? Apenas y nos conocemos —me miró con los ojos muy abiertos, entre asombro y confusión.
—En persona —la corregí con suavidad. Ella bajó la mirada y se mordió el labio inferior, un gesto que delataba sus nervios.
—¿Estás seguro de esa idea? —preguntó, buscando en mi rostro alguna certeza que yo, en realidad, no tenía.
Claro que no estaba seguro. La lógica me gritaba que no, pero el corazón... el corazón quería aferrarse a ella, sin importar las consecuencias.
—Sí —mentí sin titubear, aunque no era por capricho. Lo decía porque, en ese instante, la única imagen que podía sostener en mi mente era la de ella aquí, conmigo, todos los días.
Ella no respondió de inmediato. Me sostuvo la mirada, como si intentara leer lo que había detrás de mis palabras, y al final suspiró.
Necesitaba tiempo para pensarlo.
Ese día, al final, logramos salir. Emma decidió acompañarnos y, cuando Grace se levantó para ir al baño, aprovechó la oportunidad para interrogarme con esa mirada suya que no admitía evasivas.
—¿Estás seguro de querer irte con ella? —me preguntó con voz firme, aunque cargada de preocupación—. No la ilusiones, Noah, no le des falsas esperanzas. Ella no lo va a soportar, no volverá a resistir ese dolor.
Sus palabras me cayeron pesadas, como un recordatorio que no quería enfrentar. Ambos sabíamos lo que había pasado con Grace. Durante el tiempo en que nos habíamos dejado de hablar —casi un año—, ella había conocido a alguien más. Un hombre que, en apariencia, parecía bueno, pero que terminó siendo todo lo contrario: manipulador, destructivo. Grace casi no sobrevive a esa relación; se hundió en una depresión tan fuerte que nos hizo temer lo peor.
Recuerdo cómo bajó de peso de manera alarmante, cómo apenas comía y lo poco que lograba ingerir terminaba vomitándolo. Abandonó las cosas que antes la llenaban de vida, dejó de ser la mujer que iluminaba cada lugar con su presencia. Fue un periodo oscuro, pero, poco a poco, con ayuda de su familia y una fuerza que solo ella podía reunir, empezó a levantarse. Ese proceso la marcó, y también a quienes la rodeamos. Por eso ahora todos eran tan sobreprotectores con ella.
—Lo haré bien, Emma. No la odio —respondí, aunque mi voz sonó más defensiva que segura.
—Pero tampoco la quieres —me replicó sin dudar—. Te gusta tenerla ahí, te gusta la estabilidad que ella representa.
Me quedé callado. No supe qué responder. En parte porque sus palabras se me clavaron como una espina, y en parte porque, en ese instante, Grace regresaba del baño con su sonrisa tímida, ajena a la conversación.
El resto de la noche sonreí, hablé, intenté disimular. Pero por dentro no podía dejar de repetir esas palabras: ¿yo de verdad quería a Grace?
Ella me hacía sentir bien, sí. Trataba de darle lo que merecía, lo que creía que ella esperaba de mí. Pero, ¿qué quería yo realmente con ella? ¿Amor? ¿Un futuro juntos? Había una promesa, esa especie de pacto juvenil que habíamos hecho tiempo atrás: si ninguno encontraba a alguien, podríamos casarnos y formar una familia. Pero promesas así no necesariamente nacen del amor.
Y en el fondo, esa diferencia era la que más me atormentaba.
Al final, tuve que dejarlas de lado con rapidez. Mientras Laura tomaba su decisión, yo me concentraba por completo en mi trabajo; tenía demasiadas cosas en la cabeza y no podía darme el lujo de distraerme. La especialización se volvía cada día más costosa y exigente, y necesitaba hacerlo todo correctamente si quería salir adelante.
—Doctor Rojas, lo necesitamos en la oficina —me avisaron mientras yo recorría los pasillos del hospital, el eco de mis pasos perdiéndose entre las paredes blancas y el murmullo constante de voces apresuradas.
Cada paciente era importante. No importaba si el caso era complicado o si no había nada que hacer para salvarlo; cada historia tenía un peso en mis hombros. Pero la medicina me había enseñado algo doloroso: a veces había que dejar la humanidad a un lado para que no doliera tanto perder a las personas. Era un sacrificio silencioso, necesario, aunque te arrancara pedazos por dentro.
Y entonces, me volvería a cruzar con Laura. Ella no estaba nada emocionada de verme, lo notaba en la tensión de su rostro, en la manera en que evitaba prolongar la mirada. Sin embargo, no teníamos escapatoria: trabajábamos en el mismo hospital, compartíamos los mismos pasillos, las mismas urgencias y, en ocasiones, los mismos silencios incómodos.
El aire entre nosotros parecía más pesado, como si cada encuentro fuera un recordatorio de todo lo que se había roto. Yo solo podía ajustar mi bata, respirar profundo y seguir adelante, con el corazón apretado, fingiendo que el trabajo era suficiente para no sentir.
Al pasar dos días, recibí el mensaje de Grace: había aceptado mi oferta. No sabía cómo había tomado la decisión, pero, de alguna manera, eso me llenaba de una felicidad extraña, casi infantil. Sentí que, por primera vez en mucho tiempo, algo dentro de mí encontraba calma.
—Doctor, ¿por qué sonríe viendo el celular? —preguntó uno de mis superiores, rompiendo mis pensamientos. Estábamos en una conferencia que acababa de terminar y todos aún teníamos los apuntes frescos en la mesa.
—¿Es su novia? —añadió con una sonrisa curiosa.
—Él no tiene novia —Laura respondió por mí con un tono seco, casi cortante. La volteé a mirar, sorprendido, y no fui el único: varios pares de ojos se fijaron en ella, intrigados por su intromisión.
El silencio se quedó flotando un segundo antes de que alguien más hablara:
—Eh, doctor Rojas, ¿quiere salir mañana? Tenemos un evento a la salida, será divertido.
—No, no puedo —contesté sin pensarlo demasiado.
Mañana debía empezar a llevar todo a mi apartamento. Me iba a mudar con alguien. Ella iba a traer sus cosas y, de repente, mi vida iba a cambiar.
—Me mudaré con alguien, debo llevar sus cosas —aclaré.
La frase cayó como una piedra en medio de todos. Pude sentir cómo las miradas se cruzaban entre sí, cargadas de sorpresa, como si acabara de confesar un secreto que nadie esperaba. Laura, en particular, cambió de inmediato: su expresión se descompuso por completo. Sus labios se apretaron, sus ojos perdieron el brillo, y noté cómo su respiración se volvió más pesada, como si le costara mantenerse en pie.
El ambiente se volvió incómodo, demasiado denso para un simple comentario. Yo, en cambio, no pude evitar seguir sonriendo por dentro.