Itzcelina Bocanegra dejo todo por el amor de Luca Harrison.
Adrian Stuart ama a su esposa.
una noche unidos por la traición se encuentran.
¿Que pasará entre ellos dos?
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Capitulo 13
Ella Fingió… Fingió estremecerse bajo su tacto, fingió suspiros que antes eran genuinos, fingió pasión donde solo había vacío. Pero aún no era el momento de revelar lo que sabía.
Sucumbió a su papel de esposa abnegada, la mujer sumisa que él creía tener, la que siempre estaba dispuesta para satisfacerlo, la que nunca se negaba, la que lo esperaba con la cena servida y la cama caliente.
Pero, por dentro, algo en ella moría con cada beso.
Su piel se erizaba, pero no de placer, sino de repulsión.
Cada vez que él susurraba su nombre con deseo, Itzcelina sentía que la llamaba otra persona, porque ya no era la misma.
Ya no era la mujer enamorada que vivía para hacerlo feliz.
Ya no era la esposa que creía en cada una de sus promesas.
Se obligó a soportarlo, a sonreír cuando la miraba a los ojos, a responder con dulzura cuando la llamaba “mi amor”.
Pero aún no era el momento.
Luca se dejó caer a su lado con un suspiro satisfecho, rodeándola con su brazo en un abrazo posesivo. Su respiración era pausada, relajada, como si nada en su mundo pudiera estar mal.
—Itz… te amo —murmuró contra su cabello antes de cerrar los ojos.
Ella permaneció inmóvil, con la mirada fija en la pared. Sus ojos, empañados por lágrimas silenciosas, reflejaban el dolor de una mujer rota y traicionada. No se movió, no reaccionó. Dejó que él la abrazara, que su respiración cálida chocara contra su piel, mientras en su interior se sentía atrapada en una pesadilla de la que no podía despertar.
Sus lágrimas cayeron sin control, mojando la almohada.
—¿Cómo haré para soportarlo?
La pregunta retumbó en su mente.
No podía explotar, no podía enfrentarlo sin pruebas ni un plan. Luca era un hombre poderoso y astuto. Si lo confrontaba sin más, él encontraría la forma de darle la vuelta a la situación, de hacerla dudar, de manipularla con su amor fingido y sus disculpas vacías.
Debía ser inteligente.
No podía permitir que él notara que lo sabía todo.
Con el corazón destrozado, cerró los ojos y trató de calmar su respiración.
"Pronto, Luca… muy pronto descubrirás que ya no soy la misma".
Al amanecer, la rutina se repitió como cada mañana: Luca salió de casa con su traje impecable, el portafolio en mano y una sonrisa de hombre exitoso. Se inclinó para besarla en los labios, como si nada, como si no existiera un veneno invisible entre ellos.
—Nos vemos en la noche, mi amor —dijo con esa voz dulce que antes la derretía y ahora solo la revolvía por dentro.
Itzcelina fingió una sonrisa suave.
—Sí, cuídate.
Cuando la puerta se cerró tras él, se dejó caer en la silla del comedor, apretando los labios para no gritar. La soledad era su única cómplice.
A partir de ese día todo fue diferente para Itzcelina, las llegadas tarde, las excusas baratas y al amanecer como si nada Luca se despedía, mientras Itzcelina trataba de aparentar ser normal.
Se había vuelto una rutina cada mañana y justo después que Luca se iba... el sonido de su celular vibrando sobre la mesa rompía el silencio. Un saludo matutino —como amaneciste, pasa un lindo día.
Esa mañana no era la excepción, Luca no llegó a dormir, un viaje de último momento, Itzcelina salía para la cafetería entonces, ese tono ya conocido la saco de sus pensamientos, sacó el teléfono de su bolso.
Al tomarlo, sus ojos se abrieron un poco más. El número desconocido no lo era tanto: lo reconoció al instante, porque ella misma lo había guardado en secreto la noche en que Adrián se lo dio, cuando ambos se encontraron en aquel bar y descubrieron que compartían la misma desgracia.
El mensaje era sencillo, casi inocente:
“Que tengas un buen día. Si quieres, te invito a comer.”
Por primera vez en mucho tiempo, Itzcelina sonrió de verdad. No era una sonrisa de ilusión romántica, sino de complicidad, de saber que no estaba sola en la tormenta.
Respondió con rapidez, sus dedos temblando:
“Claro, me parece bien.”
Alrededor del mediodía, el sonido de un claxon la sacó de sus pensamientos. Miró por la ventana y vio el coche de Adrián estacionado frente a su casa. Su corazón latió más rápido, no por nervios, sino por la certeza de que ese encuentro era necesario.
Al subir al auto, se encontraron con una mirada silenciosa pero poderosa. Adrián le sostuvo los ojos unos segundos antes de sonreír con un dejo de amargura.
—¿Lista? —preguntó él, con voz grave.
—Más que nunca —respondió ella.
Durante el trayecto hablaron poco, como si ambos necesitaran tiempo para organizar lo que sentían. Finalmente, sentados frente a frente en una mesa discreta de un restaurante tranquilo, las palabras empezaron a fluir.
—Ha sido una pesadilla estos días —admitió Itzcelina, bajando la mirada hacia su copa de agua—. Fingir cada caricia, cada sonrisa… No sé cómo lo hago.
Adrián asintió, su mandíbula apretada.
—Te entiendo. Yo también tengo que soportar verla reír como si nada hubiera pasado. Cada vez que Laura me toca, siento que me quema la piel.
Se miraron, compartiendo ese dolor silencioso que los unía más que cualquier otra cosa.
—Es como vivir con extraños —susurró ella.
—Con traidores —corrigió él, con una chispa de rabia en los ojos.
Itzcelina tragó saliva, asintiendo despacio.
—No sé cuánto más podamos seguir así… pero no podemos apresurarnos.
Adrián entrelazó los dedos, pensativo.
—Exacto. Si los enfrentamos ahora, nos van a dar la vuelta. Son expertos en manipular. Necesitamos pruebas, algo que los deje sin escapatoria.
Ella lo observó, encontrando en sus palabras una fuerza que le faltaba.
—Entonces… no estamos solos en esto.
—No —dijo Adrián con firmeza, inclinándose hacia ella—. No estamos solos.
Una leve calma los envolvió, como si por primera vez en mucho tiempo alguien entendiera su dolor, su rabia y su necesidad de justicia.