Majic, Lycka y Huimang son reinas poderosas, pero deberán tomar decisiones cruciales para salvar a los seres que aman y a sus reinos, en una guerra contra seres guiados por los mismos dioses. ¿Podrán defender lo que más aman?
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Cap. 13. No puedo cambiarlo
El mar de Boron tenía una manera particular de sostener el horizonte. No lo imponía como una línea firme, sino que lo dejaba respirar bajo la luz cambiante de la tarde, como si incluso el límite entre cielo y agua pudiera decidir suavizarse con el tiempo.
Lycka solía encontrar consuelo en esa cualidad incierta del paisaje; le recordaba que no todo estaba escrito con la dureza del hierro, que algunos futuros podían moldearse como arcilla entre manos pacientes.
Aquella tarde estaba en el balcón occidental del palacio junto a Leven, escuchándolo relatar con humor una disputa absurda entre comerciantes del puerto. Él exageraba los gestos y las voces, imitando a ambos bandos con teatralidad deliberada, solo para arrancarle una sonrisa.
Lycka reía, apoyada contra la baranda de piedra clara, permitiéndose ese momento ligero que tan pocas veces la vida les concedía sin sombras.
Y entonces, sin transición ni aviso, el color cambió.
No fue una visión que se abriera paso con imágenes difusas o sonidos lejanos. Fue un vuelco total.
El azul del mar se tornó rojo ante sus ojos, un rojo profundo y absoluto que no pertenecía a ningún atardecer natural. El aire pareció espesarse, como si el mundo mismo hubiera sido sumergido en tinta carmesí, y todo lo demás, la voz de Leven, el murmullo de las olas, el roce del viento, quedó suspendido en una distancia imposible de medir.
Lycka no se movió al principio. Sabía reconocer cuándo el futuro se imponía y no admitía resistencia. Lo vio con claridad casi dolorosa: el límite de Reverie, esa frontera invisible que solo permitía permanecer a quienes conservaban el corazón limpio, vibrando como un cristal sometido a una presión interna. No había ejército, no había incendio, no había invasión. La fractura no provenía de afuera.
Josag estaba allí, no como rey de Susumira ni como duque de un territorio sagrado. Estaba como hombre, de pie en medio de una fisura que no se abría bajo sus pies, sino dentro de él. Su expresión no era de rabia ni de miedo, era de decisión. Y cuando esa decisión se completaba, el rojo se expandía como si hubiera encontrado un cauce natural.
Lycka intentó forzar el matiz, buscar el desplazamiento hacia el naranja que indicaba que aún podía influir, o el amarillo que prometía una salida más luminosa. Lo intentó con disciplina, con la técnica que había perfeccionado durante años, respirando de manera distinta, enfocándose en los bordes de la imagen. El color no cambió. El futuro permaneció rojo.
Sintió el frío recorrerle la espalda antes de advertir que sus manos estaban aferradas con demasiada fuerza a la baranda. El mármol se le clavaba en la piel y apenas entonces comprendió que su cuerpo había reaccionado antes que su mente.
El mundo real regresó poco a poco, el sonido del mar, la textura del viento, la presencia cercana de Leven inclinándose hacia ella con preocupación.
Él no preguntó de inmediato qué había visto. Nunca lo hacía. Primero se aseguraba de que ella estuviera presente.
- “Lycka”, dijo con suavidad, apoyando una mano firme sobre su brazo.
Ella respiró hondo, una vez, y luego otra, hasta que el rojo dejó de dominar por completo su visión. El mar volvió a ser azul, aunque el recuerdo del color persistía detrás de sus ojos como una marca indeleble.
- “Es Josag”, murmuró finalmente, sin apartar la mirada del horizonte.
Leven no mostró alarma desmedida. Había aprendido a distinguir en el tono de su esposa cuándo lo que venía era inmediato y cuándo era inevitable.
- “¿Está en peligro?”, preguntó Leven con cautela.
Lycka tardó unos segundos en responder, no porque dudara de lo que había visto, sino porque intentaba nombrarlo con precisión.
- “No como pensamos el peligro. No es una amenaza que venga hacia él. Es algo que nace de él”, respondió Lycka.
El viento levantó ligeramente la trenza dorada que caía sobre su hombro, pero su rostro había perdido la serenidad habitual. Había en sus ojos una concentración dolorosa, la de quien sabe que el desenlace no puede modificarse y, aun así, desea comprender cada paso que conduce hacia él.
- “La barrera de Reverie se quebrará. No por corrupción. No por invasión. Por una elección”, continuó Lycka, midiendo cada palabra.
Leven guardó silencio, asimilando lo que eso implicaba. Reverie no era un territorio cualquiera; era un lugar que respondía a la esencia más íntima de quien lo gobernaba. Si la fractura provenía del interior de Josag, entonces lo que estaba en juego era algo muy grande.
Lycka cerró los ojos un instante, intentando forzar una nueva lectura del futuro, un ángulo distinto que le permitiera encontrar una inconsistencia en el rojo, pero la hubo.
- “No puedo cambiarlo”, admitió Lycka con una honestidad que rara vez permitía que se escuchara tan desnuda.
Esa era la parte más difícil. No temer la tragedia, sino aceptar la impotencia. Leven deslizó su mano hasta entrelazar los dedos con los de ella.
- “Entonces cambia lo que ocurre antes. Si el final es inevitable, el camino no necesariamente lo es”, expresó Leven.
Lycka lo miró y, por un instante, esa frase abrió un espacio mínimo de claridad. El rojo no desaparecía, pero comprendió algo esencial, la visión mostraba el punto de ruptura, no cada conversación, no cada advertencia, no cada gesto que podía precederlo.
- “Necesito ir a Fontana”, afirmó Lycka, ya no como quien duda, sino como quien decide.
Leven alzó apenas una ceja.
- “¿A Fortem?”, cuestionó Leven.
- “Reverie responde a la sangre de su casa. Si algo está alterando a Josag allí, su hermano lo sentirá, aunque no sepa nombrarlo. Y si hay una posibilidad de que esa decisión se tome con plena conciencia quiero estar presente”, respondió Lycka.
No habló como reina. Habló como amiga. Como la mujer que había crecido junto a un príncipe que cargaba silencios demasiado grandes para su edad, y que siempre parecía dispuesto a sacrificarse antes que pedir ayuda.
Leven asintió sin discutirlo. Sabía que, cuando Lycka veía en rojo, el tiempo para actuar no se medía en semanas.
Mientras el sol comenzaba a descender, tiñendo el mar con colores que esta vez eran auténticos, Lycka apoyó la frente contra el viento y permitió que la imagen regresara una última vez a su mente. Josag de pie ante la fractura. La decisión ya tomada. El mundo adaptándose a esa elección.
Y no temió el futuro, temió el momento en que tendría que mirar a su mejor amigo a los ojos sabiendo que lo que él estaba dispuesto a hacer no podía deshacerse.