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La Épica De Los Antiguos

La Épica De Los Antiguos

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Fantasía épica / Mitos y leyendas / Acción
Popularitas:59
Nilai: 5
nombre de autor: Bastian Silva

El mundo cuenta con civilizaciones que se han perdido por el paso del tiempo; continentes y reinos enteros fueron sumergidos por el agua , la lava , la arena y el hielo , y solo se tiene registro de las culturas y civilizaciones actuales porque quedaron infraestructuras y relatos de manera interna y externa de ellas.
Pero ¿qué pasaría si antes de que la humanidad surgiera ,existía una especie con poderes sobrenaturales cuyas culturas se asemejaban a las humanas, pero miles o, a veces, hasta millones de años atrás, y por eso no se tenía registro de que existieron «los antiguos»?
Kevin es un antiguo que despertó en la era actual y que deberá descubrir su pasado e identidad en medio de un conflicto entre un culto oscuro y la humanidad y Kevin deberá decidir en qué bando peleará

NovelToon tiene autorización de Bastian Silva para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Gondwana parte 3: Dysis

Dysis llegó a África, junto al resto de esclavos, a una ciudad portuaria. Estaba repleta de hombres rana; mujeres y niños se paseaban por las arenosas calles de la ciudad, que apestaba a peces; las casas estaban hechas de arcilla y en la base eran de piedra debido a la tierra. Al contrario de las ciudades estado de los habitantes de Gondwana, estas no tenían sistemas de drenaje, por lo que el hedor a orina y heces también inundaba el lugar.

Las calles no tenían un orden en específico, ya que en medio de estas estaban construidas varias casas, por lo que muchas veces quedaban como estrechos callejones oscuros y solo las principales se mantenían en un espacio amplio, que era donde generalmente se comerciaba o se atendían cuestiones públicas. Los puestos de los mercaderes vendían todo tipo de carnes, reptiles pequeños y alados que eran usados como mascotas exóticas; gemas mágicas, sellos para gólems, grasa de lagartos marinos, como el nothosaurus, era usada para diversas comidas e incluso como ungüento, por lo que no era de extrañarse que fuera demasiado caro. Este alargado reptil de cuatro metros de largo era usado en los ríos para arrastrar los barcos por aguas poco profundas y también los domesticaban para que les ayudasen en las batallas marinas para atacar los barcos de los hombres con cuernos.

Pero ese día todos los ciudadanos se acercaron al puerto vitoreando a sus héroes de guerra, que traían barcos repletos de joyas, armas, armaduras, comidas exóticas y lo más valioso, esclavos; la multitud comenzó a burlarse de los antiguos, lanzando comentarios racistas al asquearse por la anatomía diferente a la suya y por las ropas tan extrañas y delicadas que vestían. Posteriormente, comenzaron a rasgar sus ropas, dejándolos desnudos, lo que provocó aún más rechazo por parte de los anfibios y vergüenza o lástima por parte de los esclavos, sobre todo por la joven rubia, quien miraba al suelo, apretando los puños por la frustración que sentía.

—Esta... cosa es un hombre reptil —dijo el general—. Como verán, ellos tienen sus genitales expuestos, al igual que los animales que nos rodean. —La multitud miraba asqueada la anatomía de aquel joven e incluso comenzaban a murmurar entre ellos—. Es la primera vez que hemos podido tener esclavos de guerra.

—Estas cosas nos ayudarán a cosechar y a cazar. A partir de ahora formarán parte de nuestra sociedad —añadió Gnarl—Por fin podremos salir adelante y sobreponernos frente a estos monstruos —añadió mientras golpeaba brutalmente al antiguo y la población miraba con malicia la golpiza a aquel joven.

Después de aquella presentación hubo una enorme subasta para comprar esclavos, donde hombres rana de todos los colores y clases empezaron a comprar a varios antiguos. Muchos esclavos acabaron siendo comprados para trabajar en las minas y en la sección de la agricultura; otros terminaron en el área de construcción para construir murales, torres y, lo más importante de todo, pirámides donde hacían sacrificios para sus dioses. Dysis terminó siendo vendida a un consejero imperial, ya que este quería esclavos estables para que trabajaran limpiando las pirámides y el palacio de su rey.

El viaje comenzó luego de ser transportados a un enorme carruaje que traía a varios reptiles alargados y de hocico alargado también. Estos podían caminar tanto en dos patas como en cuatro. Los lagartos eran los precursores de los cocodrilos actuales; de hecho, este no era el único carruaje, sino que varios más lo seguían. Durante los días de viaje apenas les daban agua y enormes insectos para comer.

La joven rubia no podía evitar dar arcadas por el asco que le provocaba masticar los crujientes invertebrados, pero aun así lo hacía, ya que creía que toda su familia estaba muerta, por lo que se prometió sobrevivir a toda costa. Miraba al resto de esclavos comprendiendo que todos ellos sentían lo mismo: estaban desahuciados ante la situación que estaban viviendo.

—No mires a nadie —dijo un joven esclavo de cabello negro sin despegar la vista del suelo del carruaje.

—¿Eh?

—No dejan que ninguno hable ni mire a nadie hasta llegar a la capital —añadió el antiguo que estaba al lado de la rubia—. Después podremos hablar bien.

—No entiendo por qué —dijo Dysis.

—Creerán que intentamos rebelarnos —dijo el joven, mostrando terror al mirar al guardia que estaba casi dormido en medio de todos los antiguos. Sin embargo, por la mente de Dysis pasaba un plan para poder escapar antes de llegar a la capital, aunque al ver que prácticamente estaban rodeados de otras carrozas llenas de soldados decidió rendirse, ya que el collar mágico le impedía usar sus poderes.

Dysis comenzó a recordar el momento en que conoció a Ajax. Ella trabajaba como la élite que resguardaba a la princesa y, como tal, debía mantener un voto de celibato o castidad; un día Ajax tuvo la suerte de ver el rostro de Dysis cuando ella se quitó la máscara sin darse cuenta de su presencia, lo que provocó que el joven acabara enamorado de la muchacha y ella de él. Con el tiempo comenzaron a verse a escondidas, generando un vínculo bastante profundo.

La princesa, al darse cuenta de que Dysis había conocido a un hombre, comenzó a investigarla en persona, descubriendo el amorío de ambos jóvenes. Al confirmar su romance, llamó a los padres de ambos, explicando la situación de la joven rubia; ella les dio su bendición a cambio de que la hija de Corban abandonara la milicia al incumplir las normas. Dysis, a regañadientes, aceptó la oferta, quedándose como ama de casa y ayudando a su madre en las tareas del hogar mientras no se casara con Ajax y a pesar de que ella quería seguir como guardia personal de la princesa. Por esta razón se desquitaba con Aenias, ya que este no cuidaba de su honor ni tampoco de sus trabajos e incluso su función de escudero se la ganó gracias a su padre y no por esfuerzo propio, como ella, que escaló hasta ser miembro de la guardia personal de la princesa.

Dysis salió de su trance cuando sintió que el carruaje se detuvo. Los hombres rana bajaron a los esclavos con brusquedad; la joven comenzó a mirar a su alrededor, notando que aquella ciudad era mucho más bella que la ciudad portuaria. La gran diferencia era que las calles no eran de arena, sino que estaban adornadas con placas de adoquín. Las casas estaban hechas de granito y ordenadas en distintos sectores, provocando que se formaran calles amplias y más ordenadas.

En el centro de la ciudad estaba erigida una enorme pirámide, adornada con varios estandartes de muchos colores y, de hecho, no era la única, ya que a lo lejos había otras tres más.

—¡Oh!, veo que te gusta esta ciudad —dijo el hombre que la había comprado—. Descuida, vas a estar aquí un buen tiempo.

—Creí que…

—¡Hey!, no, no, no —dijo el hombre rana de repente—, nadie te dio el permiso para hablar, maldita —añadió jalándole los cabellos y disfrutando del acto.

—¡Quítame las manos de encima, maldito monstruo! —gritó Dysis dándole un puñetazo en la nariz al anfibio, elevándolo un par de centímetros del suelo. A los escasos segundos, el monstruo cayó al suelo humillado por la joven, que comenzó a darle patadas mientras los otros anfibios miraban la escena y se reían de su compañero.

—Dejen de mirar y ayúdenme, jodidos idiotas —dijo el hombre rana cubriendo su tórax, lo que provocó que los otros dos fueran a socorrerlo, golpeando brutalmente a la joven hasta dejarla sometida en el suelo, para posteriormente darle varias patadas—. ¡Te lo mereces, maldita!

Dysis no podía aguantar el dolor y no quería levantarse, porque sabía que sería peor, pero los hombres rana no tuvieron compasión con ella, arrastrándola hasta la sala donde tenían a todos los esclavos. Esta sala estaba hecha de granito y, al igual que toda la pirámide central, apestaba a humedad y a encierro.

Un antiguo entró en la sala acompañado de tres guardias. Vestía ropas blancas y un cinturón de bronce; su trabajo consistía en cortarle el cabello a los esclavos nuevos, incluyendo a las mujeres. No le dirigía la palabra a nadie y al terminar su labor, simplemente se retiró de la sala, pero los otros guardias no abandonaron su puesto hasta que llegó el jefe de los esclavos para dar las órdenes.

—De seguro se preguntarán dónde van a dormir —dijo el jefe de los esclavos, un anfibio de color rojo brillante—. Les diré que de ahora en adelante esta es su habitación y dormirán en el suelo.

—Debe ser una broma —dijo Dysis levantándose del suelo. Su cabello estaba cortado casi al cien por cien.

—No lo es, matamos a sus familias, sus niños trabajan en las minas de sal y te diré una cosa: cuando acabes en ese lugar, desearás dormir en el suelo de granito en lugar de sobre escombros, así que mejor cállate y escucha —dijo el anfibio llamado Asrael.

—Como mínimo merecemos escuchar una palabra sobre por qué nos invadieron —dijo Dysis.

—Los hombres con cuernos nos desabastecieron en la última guerra, perdimos muchos kilómetros de territorio, al igual que ciudades y gente, e incluso esos bastardos arruinaron nuestras cosechas; el rey pidió ayuda a su raza, pero ustedes no escucharon nunca, lo que provocó que perdiéramos la guerra al no poder recuperar nuestras tierras —dijo Asrael—. Lo siento, pero sus tierras son mucho mejores que las nuestras, así que por esa razón el rey decidió invadirlos.

—Nosotros... nuestra gente…

—Lo siento en verdad, solo quería que entendieras las razones de esta guerra. De todos modos, siempre se inician por varios motivos —continuó Asrael, quien comprendía los sentimientos de Dysis al recordar que él también perdió a su familia hace años por culpa de los hombres con cuernos—. Si quieres sobrevivir, deberás obedecer a todo lo que te ordene.

—Algún día nosotros saldremos de este lugar —añadió Dysis.

—Tal vez lo logren con un poco de suerte, pero eso deben verlo sus dioses en una tierra donde abandonaron a sus feligreses a su suerte —contestó Asrael—. Me agrada el hecho de que tengas esperanza, pero también quiero ver si llegará hasta el final de tu vida o se desvanecerá como el deseo de un puberto.

—No entiendo tu amabilidad —dijo el joven de cabello negro.

—Solo es empatía, no todos los anfibios somos fríos y crueles. Entiendo que me odien por tenerlos como esclavos, pero si quieren sobrevivir, deberán trabajar duro, permanecer callados y obedecer a todas las reglas —añadió Asrael.

—Da por hecho que sobreviviré hasta el final —dijo Dysis, segura de sí misma.

Luego de esta conversación, Asrael se fue a sus aposentos para descansar después de hacer que los esclavos limpiaran los pasillos oscuros de la pirámide de granito. Escuchó una voz cavernosa hablando con quien parecía ser Gnarl, el general.

—Le aseguro que Bajtiar cuidará muy bien de ese fuerte y que volverán más barcos repletos de botín en un par de meses —dijo Gnarl hablando con un hombre rana de color negro, con rayas naranjas que adornaban su cuerpo. Sus ojos anaranjados resaltaban contra el color oscuro y vestía una toga de lino que estaba adornada con varias joyas: era el rey Darío.

—Más les vale a los demás conquistar más tierras para que nuestra gente no muera de hambre y sed. Me aseguraré de dejar como héroes de guerra a los que lleguen después —dijo el rey Darío—. De momento quiero que los esclavos que me trajiste me sean de mucha utilidad.

—Le aseguro que así será —contestó Gnarl.

—Imagina que gracias a ti nuestro pueblo podrá ser como era antes de la invasión. No, mejor que antes —dijo Darío—. Luego de eso Laurasia nos pertenecerá.

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