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Pasado Y Caos

Pasado Y Caos

Status: En proceso
Genre:Maldición / Terror / Mundo de fantasía
Popularitas:231
Nilai: 5
nombre de autor: Reylocura@2004

Pasado y Caos es una novela de terror psicológico y suspenso que se mueve entre el dolor humano y lo inexplicable. Sigue a Evan, un niño marcado por una pérdida temprana, mientras el mundo a su alrededor intenta dar explicaciones racionales a hechos que parecen negarse a ser entendidos del todo.
La historia avanza entre recuerdos rotos, silencios incómodos y una presencia que nunca se muestra del todo, pero que se siente en cada página. No se apoya en el terror fácil, sino en la incomodidad de lo que persiste: la culpa, la memoria y aquello que se hereda sin querer.
Es una novela oscura, íntima y emocional, donde el verdadero miedo no siempre viene de afuera, sino de lo que uno guarda cuando deja de hablar.

NovelToon tiene autorización de Reylocura@2004 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12:El pacto de la tinta

(1 de agosto de 1950 – Orfanato Lennox, San Jerónimo del Río)

La biblioteca sellada

1 de agosto de 1950 —23:15 hs.

La cadena colgaba de la puerta de la biblioteca, oxidada, como si hubiera estado ahí durante siglos.

El Padre Mauricio la había colocado al anochecer, con un gesto solemne, como si esa acción pudiera

frenar lo inevitable.

Padre Mauricio —Nadie entra. Nadie sale. Nadie toca los diarios —había dicho, sin levantar la vista.

Pero la cadena no podía contener lo que se movía adentro.

Esa noche, los susurros no provenían de las páginas, sino de las paredes mismas.

El yeso vibraba.

Las maderas exhalaban como pulmones.

Los marcos de las ventanas parecían hincharse y contraerse, como venas latiendo.

El orfanato respiraba.

La confesión de Mauricio

1 de agosto de 1950 —23:50 hs.

En su despacho, bajo la tenue luz de una lámpara de aceite, el Padre Mauricio rezaba.

Sus labios murmuraban palabras en latín, pero su fe sonaba cansada, rota.

Elena estaba de pie junto a la puerta, con un candil en la mano.

Elena —Padre… —susurró, temblando—. Si quemamos los diarios… ¿lo matamos?

Mauricio la miró. Sus ojos tenían la sombra de quien ya había visto aquello antes.

Padre Mauricio —No, hija. Lo haríamos más fuerte.

Elena —¿Más fuerte? —repitió ella, incrédula.

Padre Mauricio —Sí. Porque dejaría de depender del papel. Pasaría a depender de nosotros. Y

entonces, cada memoria sería su alimento. Cada recuerdo, su raíz.

Elena lo escuchaba, horrorizada.

Elena —¿Entonces qué hacemos?

Mauricio apretó la cruz que llevaba colgada al cuello.

Padre Mauricio —Cerramos el orfanato. Nadie entra. Nadie sale. Nadie escribe.

Elena bajó la vista. Sabía que el silencio no borraba al monstruo.

El silencio lo concentraba.

El diario vivo

2 de agosto de 1950 —00:30 hs.

En su habitación, Elena tenía el cuaderno fusionado sobre la mesa.

No se atrevía a abrirlo, pero tampoco podía apartar la vista de él.

La tapa se movía levemente, como un pecho respirando.

El cuerpo estaba tibio al tacto, y al apoyar la palma sintió un pulso.

No de tinta. De carne.

Lo abrió apenas.

En la primera página, letras recién escritas, como sangre fresca:

“El último hueso eres tú.”

Elena dejó caer el libro de golpe, pero el sonido no fue el de papel golpeando madera.

Fue el sonido de la carne al caer.

El exorcismo

(2 de agosto de 1950 – 01:30 hs, Capilla del orfanato)

El Padre Mauricio preparó el altar con cuidado ritual.

Velas negras, agua bendita traída de la iglesia del pueblo, una cruz antigua forjada en hierro, y la Biblia

abierta en el Salmo 91.

En el centro, de rodillas, estaba Jacinta.

Su expresión era serena, demasiado serena para una niña.

Sus labios se movían, pero no pronunciaban palabra humana.

Elena sostenía una vela, rodeada por Nicolás, Margaret y Rosa.

Todos temblaban, pero nadie se atrevía a moverse.

Mauricio levantó el crucifijo.

Padre Mauricio —En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, yo te ordeno que salgas de

esta niña.

Jacinta sonrió, una sonrisa helada, y su voz ya no fue la suya:

Entidad/Jacinta — Tu fe es un recuerdo viejo, Mauricio. Yo soy lo que queda cuando nadie cree.

El crucifijo se dobló en sus manos como si fuera de plomo blando.

El agua bendita se evaporó en contacto con su piel.

Las páginas de la Biblia se cubrieron de manchas negras que se movían como gusanos entre las

letras.

Elena gritó:

Elena —¡Déjala en paz!

Jacinta abrió los ojos. Eran completamente blancos.

Entidad —Ella me eligió —dijo la voz—. Yo soy su oración.

El altar entero se estremeció. Las velas se apagaron solas.

Mauricio cayó de rodillas, con el rostro empapado de sudor.

El exorcismo no lo había expulsado.

Lo había invitado más adentro.

El plan desesperado

2 de agosto de 1950 —03:00 hs.

En la lavandería, Elena reunió a Nicolás, Margaret y Silvana.

El aire estaba espeso, cargado con olor a humedad y ceniza.

Elena —No podemos destruirlo… —dijo Elena, con voz seca—. Pero quizás podamos encerrarlo.

Margaret —¿Cómo? —preguntó Margaret.

Elena abrió su mochila. Allí estaban los cuadernos que había reunido en secreto:

el suyo, el de Silvana, uno encontrado en el sótano, otro arrancado de las manos de un niño

sonámbulo.

Elena —Si lo forzamos a entrar en un solo objeto, si reunimos toda su memoria ahí… tal vez podamos

sellarlo.

Silvana —¿Y si falla? —preguntó Silvana, casi en un susurro.

Elena bajó la vista.

Elena —Entonces morimos todos.

El monstruo se muestra

3 de agosto de 1950 —04:00 hs.

Los pasillos del orfanato dejaron de ser pasillos.

Las sombras se estiran como tendones, pegándose al techo y formando miembros torcidos.

Un ojo amarillo se abrió en la madera, enorme, observando desde arriba.

El olor a carne quemada llenó el aire.

Una voz resonó desde todos los muros:

“No soy un recuerdo.

Soy lo que queda cuando el recuerdo se pudre.”

Los niños se encogieron contra las paredes.

Algunos comenzaron a contar historias falsas, recuerdos inventados: cenas con la criatura, juegos con

ella en patios inexistentes, secretos que jamás habían ocurrido.

Nicolás sacó de su bolsillo una canica negra.

Nicolás—Me la regaló —dijo, con ojos vacíos.

Cada recuerdo falso le daba más cuerpo a la entidad.

Jacinta y el cuerpo prestado

4 de agosto de 1950 —05:10 hs.

En el ala más antigua, Jacinta estaba sola frente a una figura cada vez más sólida.

Alta, delgada, con piel de retazos y un pecho abierto donde algo latía.

Jacinta —Este es tu cuerpo —dijo Jacinta—. Lo hice para ti.

La figura inclinó la cabeza como un animal curioso.

Un sonido profundo, como un ronroneo de hierro, llenó la sala.

Y entonces la voz habló dentro de todos los niños al mismo tiempo:

“Ahora sí podemos caminar juntos.”

El eco final

4 de agosto de 1950 —06:00 hs.

Elena volvió a su habitación.

Sobre la cama estaba el diario, abierto.

Las letras se arrastraban en la página como gusanos negros.

La tinta no formaba solo palabras: formaba un latido.

Y la frase que emergió la dejó helada:

“Esto no es el final.

Es el inicio del final.”

Elena cerró el cuaderno con manos temblorosas.

Por primera vez entendió que la tinta no estaba en el papel.

Estaba en ellos.

Y cada palabra escrita era un paso más hacia el nacimiento de un cuerpo definitivo.

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