Camila y Luciano son grandes amigos desde pequeños, ambos se quieren como hermanos, pero las trampas y envidia de una mujer perversa hacen que dos amigos, unan sus vidas por el bienestar de una inocente.
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El Latido que reconoció su dueño
Han pasado tres meses desde aquella cirugía que le regaló una segunda vida, y Daniela va aprendiendo a convivir con el corazón que ahora late dentro de su pecho. La recuperación no ha sido fácil, tal como suele ocurrir tras un trasplante de corazón, los primeros días fueron de fatiga constante, dificultad para respirar al menor esfuerzo, noches enteras despierta por las palpitaciones extrañas, como si aquel órgano nuevo tardara en sentirse en casa.
Los medicamentos son muchos, estrictos, debe tomarlos a horas exactas para que su cuerpo no lo rechace, cada semana acude a controles, análisis, ecocardiogramas que la mantienen con el alma en vilo, temiendo que el cuerpo se revelará contra lo que ahora lo mantiene vivo.
Los puntos de sutura van cayendo poco a poco, dejando al descubierto una cicatriz larga y marcada, que cruza verticalmente su pecho de arriba abajo, es una marca gruesa, de un tono rosado violáceo que se va aclarando con el tiempo, rugosa al tacto, visible cada vez que se desabrocha la blusa o se mira al espejo.
Al principio le daba vergüenza, se cubría siempre, evitaba que alguien la viera, se sentía extraña, como si aquella cicatriz fuera un mapa de todo lo que sufrió, un recuerdo permanente de la enfermedad que casi se la lleva.
Poco a poco empieza a aceptarla, la acaricia suavemente al despertar, siente debajo de la yema de los dedos el latido firme y constante que ahora late ahí, y comprende que esa cicatriz no es una mancha, sino la huella de la vida que alguien le regaló.
\*\*\*\*\*\* **DANIELA**
—Gracias —susurro apoyando mi mano sobre mi pecho.— Gracias por seguir latiendo en mi pecho, regalándole una oportunidad de seguir viviendo, tengo tus recuerdos guardados en este bello corazón, nunca me enamore y gracias a tí puedo sentir este sentimiento de amar, se que lo buscas desesperadamente y no lo encuentras, eso te mantiene inquieto, pero se que algún día lo encontrarás y no se que pasará, ni como reaccionar, pero prometo respetar ese sentimiento, es lo mucho que puedo hacer por ti, ¿Será acaso aquel hombre que estaba cargando a su bebé aquel día?
Cada día me siento junto a la ventana, leo como siempre lo hago, sigo las indicaciones al pie de la letra, no levanto peso, no me esfuerzo, descanso cuando el cuerpo me lo pide, mi abuelo me cuida con devoción, Sergio me sigue visitando, es un gran hermano para mí, poco a poco mi color sonrojado vuelve a mis mejillas y mis ojos recuperan aquel brillo que la enfermedad me había apagado.
Este corazón, que alguna vez perteneció a Camila, se va adaptando a mi cuerpo, y a la vez parece empezar a recordar cosas que intento ignorar, pero cada vez que lo hago, este corazón duele.
Mi abuelo me acompaña a la clínica para mi control mensual, el aire fresco del pasillo me reconforta, camino despacio, sin prisa, cuando de pronto, al doblar una esquina, me detengo en seco.
Ahí, de pie frente al mostrador, hablando con una doctora, veo a un hombre rubio, como de un metro noventa de estatura, intento caminar, pero mis piernas no responden.
El tiempo parece detenerse, siento de pronto que mi corazón dentro de mi pecho se acelera con violencia, desbocado, como si saltara queriendo salir de su sitio.
No es miedo, no es nerviosismo, es algo mucho más profundo, más antiguo, como si este corazón lo hubiera reconocido antes de que sus ojos pudieran verlo bien. Mi cicatriz me arde levemente, como si también ella despertara, mis manos me tiemblan, la respiración se me entrecorta, y una ola de emociones me inunda, una inmensa tristeza, una ternura infinita, un amor tan grande que me duele en lo más profundo de mi alma.
—Son sentimientos que no son míos, que nunca había sentido antes, pero que ahora la desbordan por completo, mi enfermo corazón no tuvo oportunidad de amar a un hombre como pareja, solo a mi abuelo, de ahí solo recibió rechazo y desplantes de mis padres.
— Me digo yo misma.
\*\*\*\***NARRADOR**
Emiliano gira la cabeza, y sus ojos se encuentran con los de ella, se queda inmóvil, como si una corriente eléctrica lo recorriera de pies a cabeza, algo en esa joven lo conmueve profundamente, no sabe explicar, tal vez su mirada, tal vez algo en su porte, o quizás —solo quizás— el corazón que late en su pecho aún guarda el eco del amor que Camila le profesó.
Daniela lleva instintivamente la mano al pecho, apretando suavemente sobre la cicatriz, sintiendo cómo aquel órgano sigue latiendo desesperado, fuerte, rápido, llamándolo, reconociéndolo, recordándolo.
—Señor. —Alcanza a susurrar con voz temblorosa, sin saber si hablarle a él, o al recuerdo que late dentro de sí.
Emiliano da un paso hacia ella, fascinado y confundido, con el corazón también acelerado, sin entender por qué aquella muchacha desconocida le provoca una emoción tan inmensa y desgarradora, como si estuviera viendo al mismo tiempo a un sueño perdido y a una esperanza recién nacida.