El matrimonio que lloré a escondidas
Una historia real de amor, un bebé milagro y un duelo que nadie vio
NovelToon tiene autorización de Maria Luisa Soto Rios para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El dolor que nadie vio
Hay dolores que se pueden gritar. Cuando se te muere alguien, la gente te abraza, te lleva comida, te dice "lo siento mucho", te deja llorar en su hombro. Hay velorio, hay flores, hay gente que te acompaña. Pero hay otros dolores que no te dejan gritar. Que te tienes que tragar sola, en silencio, en tu cuarto, con la puerta cerrada, para que nadie te escuche. Mi dolor fue de esos. De los que nadie vio.
Cuando perdí a mi bebé milagro el 23 de febrero, yo pensé que me iba a morir. Literal pensé que mi corazón no iba a aguantar tanto dolor. Me acababan de hacer el legrado, estaba vacía, sangrando, con dolor físico horrible, pero el dolor físico no era nada comparado con el dolor que sentía aquí adentro, en el pecho, en el alma.
Me dieron de alta y me mandaron a mi casa con unas pastillas y con la indicación de reposar. Reposar. ¿Cómo iba a reposar si acababa de perder a mi hijo? Llegué a mi casa y me acosté en mi cama y me quedé viendo el techo por horas, sin moverme, sin comer, sin hablar.
Tenía los calcetincitos que le había comprado a mi bebé abajo de mi almohada. Los saqué y los abracé y lloré. Lloré hasta quedarme sin lágrimas, hasta que me dolía la cabeza, hasta que sentía que me faltaba el aire. Y lo único que hacía era decirle "perdóname, mi amor, perdóname, mamá no te pudo cuidar".
Mi esposo me marcaba a cada rato y me decía "¿cómo estás, mija? ¿Ya comiste? ¿Te tomaste la medicina?". Y yo le decía que sí, que estaba bien, pero no estaba bien. Estaba destrozada. Pero no quería preocuparlo más, porque él allá adentro no podía hacer nada. Él lloraba conmigo por teléfono, me decía "yo también estoy sufriendo, Mari, me duele mucho, era mi hijo también, era nuestro milagro". Y los dos llorábamos juntos, pero cada quien en su soledad.
Lo más difícil de perder a mi bebé no fue perderlo. Fue que nadie supo que lo perdí. En mi casa nadie sabía que estaba embarazada. Nadie. Ni mi mamá, ni mis hermanas, ni mis amigas. Solo sabía mi suegra y mi esposo. Entonces, ¿cómo les explicaba que estaba triste? ¿Cómo les decía que lloraba por un bebé que nadie sabía que existía?
Tenía que disimular. Tenía que levantarme, bañarme, ir a trabajar, sonreír, contestar "bien, ¿y tú?" cuando me preguntaban cómo estaba. Tenía que hacer como si nada hubiera pasado, cuando por dentro yo tenía un cementerio entero.
Me acuerdo que a los tres días de mi legrado tuve que ir a una fiesta familiar. Era el cumpleaños de una prima. Y yo no quería ir, pero mi mamá me dijo "ándele, mija, vámonos, no sea amargada". Y fui. Fui con mi dolor, con mi sangrado, con mi panza vacía. Y en la fiesta todos estaban riendo, tomando, bailando, y yo estaba sentada en una esquina, con una sonrisa falsa, aguantándome las ganas de gritar "¡mi hijo se murió! ¡Mi hijo se murió y nadie me abraza!".
Me metí al baño de la casa de mi prima y me encerré y lloré. Lloré calladita, mordiéndome la mano para no hacer ruido. Me veía en el espejo con los ojos hinchados y me decía "tienes que ser fuerte, Mari, tienes que ser fuerte". Y me limpiaba las lágrimas y salía otra vez a sonreír.
Así me la pasé un mes. Un mes llorando a escondidas. En el camión, con lentes oscuros para que no me vieran. En la regadera, con el agua cayendo para que no se escucharan mis sollozos. En mi cuarto, en la noche, abrazada a los calcetincitos, llorando hasta quedarme dormida.
Mi suegra fue la única que me abrazó de verdad. Fue a mi casa, me abrazó y me dijo "llora, mija, llora todo lo que quieras, yo sé lo que se siente perder un hijo". Y yo lloré en su pecho como una niña. Porque ella sí sabía. Ella sí había perdido un hijo, aunque no de la misma forma. Ella sí entendía mi dolor. Ella no me decía "ya vas a tener otro" o "no era tu tiempo" como me decía la gente que no sabía nada. Ella me decía "era tu milagro y duele, y va a doler mucho tiempo, pero yo estoy aquí".
Mi esposo también me ayudaba a su manera. Me decía "háblale a nuestro bebé, mija, dile que lo amas, que lo vas a extrañar siempre, que fue un ángel que vino a enseñarnos que nuestro amor podía hacer milagros". Y yo lo hacía. En las noches le hablaba a mi bebé, le decía "te amo, mi amor, te amo aunque no te haya conocido, te amo y te voy a amar toda mi vida, espérame con tu papá allá arriba".
Hubo días que me enojé con Dios. Sí, me enojé. Le decía "¿por qué me lo diste si me lo ibas a quitar? ¿Por qué me hiciste ilusionarme? ¿Por qué me hiciste sentir sus pataditas si me lo ibas a quitar a los 3 meses? ¿Qué te hice?". Y luego me arrepentía y le pedía perdón y le decía "perdóname, Diosito, sé que tú sabes por qué haces las cosas, pero me duele mucho".
Perdí a mi bebé el 23 de febrero, pero lo lloré todos los días hasta el 16 de agosto. Todos los días, sin faltar uno, lloraba a escondidas por mi milagro. Porque nadie me vio llorar. Nadie supo que yo era mamá de un ángel. Nadie supo que yo había tenido un hijo con el hombre que amaba y que se me había muerto dentro.
El dolor que nadie vio me hizo más fuerte y más frágil a la vez. Más fuerte porque aprendí a levantarme aunque por dentro estuviera muerta. Y más frágil porque cualquier cosa me hacía llorar. Ver un bebé en la calle, ver una panza, ver unos calcetincitos en una tienda, escuchar una canción que me recordaba a mi esposo.
El 16 de agosto, cuando me dijeron que mi esposo había muerto, pensé que ya no podía dolerme nada más. Pensé que ya había llorado todo lo que tenía que llorar. Pero no. Todavía me faltaba el dolor más grande de mi vida. Pero ese dolor, el de mi esposo, al menos lo pude gritar. El de mi bebé, el del milagro que nadie esperaba y que nadie vio irse, ese me lo tuve que llorar a escondidas, con la mano en la boca, para que nadie me escuchara llorar por el hijo que nunca pude presumir.