En el antiguo continente de Aethelgard, las estaciones no son ciclos naturales, sino deidades malditas que caminan sobre la tierra. Caelum, el Señor del Invierno, ha sumido al Reino del Sol en una era de hielo perpetuo debido a una antigua traición. La única forma de apaciguar su furia y evitar que la humanidad muera de frío es el "Pacto del Bisiesto": entregarle a una mortal nacida bajo la luz del solsticio para que viva con él en su Fortaleza de Escarcha durante exactamente 367 días. Si ella sobrevive sin perder la cordura o el corazón, la primavera regresará.
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Cap 11
Narrado por: Aura
El amanecer no trajo luz al Ala Oeste, solo un cambio sutil en la oscuridad de la tormenta exterior. Me quité las pesadas pieles de oso polar de un tirón y me senté al borde de la cama de escarcha. Mis manos estaban vendadas, pero bajo la tela gruesa, la piel ya no ardía.
La puerta de roble macizo se abrió sin que nadie llamara.
Caelum entró. Llevaba la misma túnica negra de combate que la noche anterior, pero había algo diferente. Su postura era más rígida, y un fino polvo blanco, parecido a ceniza congelada, cubría sus hombros. Me fijé en sus manos descubiertas. Tenía los nudillos manchados con un líquido oscuro que brillaba bajo la luz azulada de las esferas del techo.
—Estás sangrando —dije, señalando sus manos.
Él bajó la mirada hacia sus nudillos y cerró los puños rápidamente.
—No es mi sangre —respondió con voz plana, carente de emoción—. Y no tenemos tiempo para hacer preguntas sobre la noche. Vístete. Tu plan de derretimiento controlado empieza ahora.
Me levanté, cogiendo la capa de lana reforzada que descansaba en la silla de hielo.
—Dijiste que los gólems se estaban reacomodando. Esa sangre negra es de los asesinos de la Primavera, ¿verdad? Elian intentó entrar anoche.
Caelum se detuvo en el umbral. No se giró para mirarme.
—Elian intentó que no despertaras hoy, Aura. Sus juguetes han sido devueltos por correo exprés a su campamento. Ahora, termina de atarte las botas. Vamos a los cimientos.
No dije nada más. Ajusté los cordones de mis botas de cuero, me pasé la capa por los hombros y salí al pasillo tras él. La Sombra Sirviente que había custodiado mi puerta ya no estaba. El aire del palacio se sentía eléctrico, pesado, como el ambiente justo antes de que caiga un rayo.
Descendimos. Pasamos el Nivel Tres, donde noté una enorme grieta en el suelo de cristal que no estaba allí ayer, y continuamos bajando por una escalera de caracol que parecía no tener fin.
Dejamos atrás las catacumbas de la armería y nos adentramos en el núcleo absoluto de la Fortaleza. Aquí, el hielo no era azul ni transparente; era negro como la obsidiana, sólido, antiguo. La presión del peso de toda la estructura por encima de nosotros hacía que el hielo crujiera constantemente con un sonido sordo, como el quejido de un gigante moribundo.
Llegamos a una caverna abovedada, tan inmensa que la luz de los cristales no alcanzaba el techo. En el centro de la estancia, se alzaba una única columna de hielo negro de veinte metros de grosor.
—Este es el Pilar de la Raíz —dijo Caelum, deteniéndose a unos pasos de la inmensa estructura—. Sostiene el noventa por ciento del peso de la muralla exterior del sector sur, justo por donde Elian planea marchar con sus cincuenta mil hombres.
Me acerqué al pilar, posando una mano vendada sobre la superficie. El frío era tan extremo que quemaba a través de la tela.
—Si derretimos esto, la muralla sur colapsará hacia afuera —dije, mirando hacia arriba, calculando el desastre—. Una avalancha de un millón de toneladas de hielo negro y magia de la Primera Era caerá directamente sobre el Paso de Cristal. Elian y su ejército quedarán enterrados bajo su propio asedio antes de poder usar la Espada Verde.
—Esa es la teoría de tu plan suicida, sí —Caelum se paró a mi lado—. Pero el hielo de este pilar no es agua congelada normal. Fue forjado con mi propia esencia vital hace mil años. Contiene las capas más densas de mi magia. Si el fuego del solsticio que llevas dentro choca contra esto sin control, la reacción alquímica no será un charco de agua. Será una explosión que nos borrará del mapa y volará la mitad del continente.
Me giré hacia él, quitándome los vendajes de las manos con movimientos rápidos. La piel de mis palmas estaba intacta, pero las venas debajo brillaban con un tenue tono esmeralda y dorado.
—Entonces, ¿cómo lo hacemos sin volar el continente, Dios del Invierno?
Caelum extendió las manos.
—Como lo hicimos con el Engendro. Yo soy la válvula. Tú eres la caldera. Tienes que fundir el centro exacto del pilar. No los bordes. Si debilitamos el núcleo, el peso del techo hará el resto del trabajo y la muralla sur cederá en diez días exactos.
—Acércate más —le pedí, extendiendo los brazos.
Él acortó la distancia. Agarró mis muñecas con fuerza, sus dedos largos y helados cerrándose sobre mi piel desnuda. El impacto térmico me obligó a apretar los dientes, ahogando un grito en el fondo de mi garganta.
—Busca la herida, Aura. Busca la rabia —murmuró él, su rostro a centímetros del mío, sus ojos azules fijos en mi mirada—. Elian envió asesinos para cortarte el cuello anoche en tu propia cama. Usa eso.
Busqué en mi pecho. Recordé la sangre negra en sus nudillos, la amenaza invisible en mi habitación, el ejército de cincuenta mil hombres marchando para esclavizarnos a todos por una deuda antigua. El calor detonó en mi estómago, subió por mi esófago y se canalizó violentamente hacia mis brazos.
—Lo tengo —jadeé.
—Empújalo hacia el pilar. Ahora.
Presioné mis palmas, que Caelum guiaba con sus manos, contra el hielo negro.
Un siseo monumental inundó la caverna. El fuego dorado y verde brotó de mi piel y chocó contra el Pilar de la Raíz. El choque de temperaturas opuestas generó una nube de vapor hirviente en un segundo. Caelum gruñó, apretando más mi agarre, forzando su propia magia helada hacia mis antebrazos para evitar que la retroalimentación de mi fuego me carbonizara los huesos.
—¡Más fuerte! —gritó él por encima del ruido del vapor—. ¡El hielo de la Primera Era se está resistiendo! ¡Necesito que profundices!
Empujé con más rabia. El brillo bajo mi piel se volvió cegador. El hielo negro bajo nuestras manos comenzó a volverse grisáceo, y finalmente, empezó a llorar.
Gruesas gotas de agua, pesadas como mercurio, resbalaron por la columna.
Y entonces, sucedió.
El agua derretida no cayó al suelo. Las gotas comenzaron a flotar en el aire humeante que nos rodeaba, girando lentamente, desafiando la gravedad. El vapor se arremolinó, mezclándose con la luz dorada de mis manos y el hielo azul de la magia de Caelum.
—¿Qué es esto? —pregunté, sintiendo que la presión térmica en mis palmas fluctuaba.
Caelum miró a su alrededor. Su rostro se descompuso de inmediato. El pánico, una emoción que nunca había visto en el Dios del Invierno, fracturó su expresión inescrutable.
—¡Cierra los ojos, Aura! —rugió, intentando tirar de mis manos para separarlas del pilar—. ¡Suéltalo! ¡Corta el flujo!
—¡Dijiste que si lo soltaba de golpe explotaríamos! —grité, manteniendo la presión contra el hielo, luchando contra su agarre—. ¡¿Qué está pasando con el agua?!
Las gotas suspendidas en el aire se expandieron, formando láminas de agua que actuaron como espejos líquidos. Dentro de esos espejos, comenzaron a proyectarse imágenes tridimensionales a tamaño real. Ecos.
Pero no eran los ecos de las Sacrificadas de la Biblioteca.
El hielo antiguo del Pilar de la Raíz estaba compuesto por la memoria celular de Caelum. Al derretirlo, estábamos desangrando su propio pasado directamente en la habitación.
Una de las imágenes de agua se estabilizó a dos metros de nosotros. Mostraba un paisaje que no era Aethelgard. Era un valle frondoso, verde, bañado por un sol abrasador. Y en el centro, de espaldas a nosotros, había un hombre joven de cabello oscuro, vestido con una armadura de plata cruda, sin capa, sin magia.
—¡No mires! —Caelum soltó una de mis muñecas e intentó cubrirme los ojos con su mano libre.
Esquivé su mano, negándome a romper el contacto con el pilar. El fuego de mi brazo derecho se desestabilizó y una ráfaga de calor me quemó el hombro.
—¡Si me sueltas moriremos, Caelum! —le grité, volviendo a agarrar su mano con fuerza sobre el hielo—. ¡Deja que se proyecte! ¡Concéntrate en la temperatura!
Él maldijo en voz alta, apretando la mandíbula con tanta fuerza que escuché sus dientes crujir. Volvió a sujetarme con ambas manos, cerrando los ojos con fuerza para no ver la imagen.
Pero yo sí miré.
En la proyección de agua, el joven guerrero se dio la vuelta. Era Caelum. Pero su piel no era pálida como la nieve, sino dorada por el sol. Sus ojos no eran del azul absoluto del Cero, sino de un marrón cálido y vibrante. Parecía humano. Parecía vivo.
Frente a él, en la memoria proyectada, se materializó una mujer alta, vestida con túnicas hechas de hojas de parra y flores rojas. Su cabello era de fuego puro. La Diosa del Verano.
—¿Por qué dudas, mortal? —la voz de la Diosa resonó en la caverna, dulce como la miel y ardiente como las brasas. El agua del eco vibraba con cada palabra—. Tienes la espada forjada con la estrella caída. Tienes la bendición de los Primeros Reyes. Clávala en mi pecho.
El joven Caelum de la visión levantó la Espada Verde, la misma que ahora poseía Elian. Sus manos humanas temblaban.
—Si te mato, la primavera no vendrá al norte —dijo el joven Caelum en la visión. Su voz era áspera, rota, completamente despojada del tono metálico y divino que conocía—. Serás cristalizada. El norte será condenado a un invierno eterno. Todos los que amo morirán de frío en un siglo.
—Tú no estás aquí para salvar al norte, Caelum —la Diosa del Verano sonrió con tristeza—. Tú estás aquí para salvar a tu hermano pequeño. A Elian el Primero. Él anhela el trono del Sur, pero su magia es débil. Necesita mi Ámbar para conquistar a los reinos de abajo. Si me atraviesas, el metal verde absorberá mi núcleo. Se lo darás a tu hermano, y él fundará un imperio en la calidez.
La visión del agua tembló. El joven Caelum bajó la espada.
—Me mintieron. Me dijeron que esto era para purgar la plaga de las bestias... —Los Reyes te usaron de verdugo —respondió la Diosa, dando un paso hacia la punta de la espada verde—. Pero puedo ofrecerte un trato, joven general. Clava la espada. Deja que tu hermano se lleve el Ámbar al sur. Pero a cambio, maldeciré tu cuerpo para que nunca mueras de frío. Te convertirás en el carcelero de la prisión que vas a crear. Tu corazón se detendrá, tu sangre será escarcha, y guardarás la entrada al Norte para que los herederos de tu traidor hermano nunca puedan volver.
—Caelum... —susurré en la caverna real, atónita, mirando el rostro atormentado del Dios que sostenía mis manos contra el pilar ardiente.
—¡No mires! —volvió a gritar Caelum, y esta vez, su voz se quebró. No por el esfuerzo físico, sino por una vergüenza tan profunda y antigua que rajó la caverna.
En la visión, el joven humano cerró los ojos y empujó la Espada Verde en el pecho de la Diosa.
El grito de la mujer llenó el aire de la caverna. La imagen estalló en un millón de gotas hirviendo.
El impacto emocional de la revelación me golpeó el pecho. Elian no era solo el enemigo de Caelum. Era el descendiente directo de su propio hermano humano, a quien Caelum había sacrificado todo por salvar.
Mi concentración se rompió por una fracción de segundo.
El fuego del solsticio en mis manos perdió su punto de anclaje. En lugar de perforar el hielo, la energía rebotó. Una onda expansiva de luz verde y fuego puro estalló desde el Pilar de la Raíz.
—¡Aura!
Caelum se interpuso violentamente entre el pilar y mi cuerpo. Me agarró por la cintura con ambas manos, girando sobre sí mismo en el aire justo cuando la explosión térmica nos alcanzó.
Salimos despedidos hacia atrás.
El Dios del Invierno absorbió todo el impacto de la onda de calor contra su espalda, usando su túnica de escarcha negra como escudo. Chocamos contra el suelo de hielo negro a diez metros del pilar, rodando caóticamente. Caelum me mantuvo firmemente apretada contra su pecho durante toda la caída, protegiendo mi cabeza con sus brazos hasta que finalmente nos detuvimos en seco contra una pared de la caverna.
Me quedé sin aire. El silencio absoluto volvió a llenar la estancia, roto solo por el sonido constante de gotas de agua cayendo en la distancia y nuestra propia respiración desbocada.
Estábamos tirados en el suelo oscuro. Yo estaba encima de él.
Levanté la cabeza, tosiendo por el vapor residual. Mis manos ardían, pero la piel seguía intacta.
—¿Caelum? —jadeé, apoyando las manos en sus hombros para incorporarme un poco.
Estaba tumbado boca arriba. Su respiración era errática y pesada. El impacto térmico había derretido la mitad de su túnica y la escarcha que usualmente cubría su pecho pálido había desaparecido por completo. Su piel estaba roja, quemada por mi fuego, pero se curaba a una velocidad visible, el hielo volviendo a tejer la carne dañada.
Abrió los ojos. El azul del Cero Absoluto chocó directamente con mi mirada. Estábamos a escasos centímetros.
—Te dije... que no miraras —dijo, la voz ronca, apenas un susurro rasposo.
—Tú... eras humano —mi voz tembló, no por el golpe de la explosión, sino por la magnitud del secreto que acababa de presenciar—. Sacrificaste a la Diosa por tu hermano, y la Primavera te traicionó. Todo este tiempo... la deuda que Aethelgard paga no es con un Dios caprichoso. Es con un hombre que intentó arreglar el error de su propia familia.
Caelum no apartó la mirada. Llevó una de sus largas manos heladas hacia mi rostro. Sus dedos rozaron mi mejilla, que estaba ardiendo por la fiebre mágica. El contraste de su hielo contra el fuego de mi piel me provocó un escalofrío brutal que me recorrió la espina dorsal.
—Yo no soy un hombre, Aura —susurró, y la tristeza en sus ojos desmintió su propia frase—. Fui un monstruo que mató al sol. Y he pagado por ello congelando mis venas durante diez siglos.
Se incorporó lentamente, sentándose y arrastrándome con él sin soltarme de la cintura, manteniéndome muy cerca, casi en un abrazo forzado por las circunstancias de la caída. Su mano bajó de mi mejilla hasta mi nuca, sus dedos enredándose en mi cabello castaño.
—No eres un monstruo —dije, desafiando la poca distancia que nos separaba, sintiendo la tensión antinatural en sus músculos—. Salvaste el norte. Elian quiere destruirlo. Tienes que dejar de castigarte por las decisiones de un niño hace mil años y empezar a ganar esta guerra.
El Pilar de la Raíz soltó un crujido monumental a nuestras espaldas.
Ambos miramos hacia el centro de la caverna. El centro del pilar de hielo negro estaba perforado. Un agujero perfecto, derritiéndose por el interior, debilitaba la estructura sin colapsar el techo de inmediato.
Lo habíamos logrado. El derretimiento controlado estaba en marcha. La muralla exterior caería en diez días exactos.
Caelum volvió a mirarme, su rostro inescrutable regresando lentamente a la normalidad de hielo, pero la intensidad de su mirada, la vulnerabilidad recién expuesta, era imposible de borrar.
—El Pilar cederá a tiempo —dijo él, su voz recuperando parte del tono divino metálico, aunque la mano en mi nuca no aflojó el agarre—. Pero Elian tiene a la Espada Verde. La misma espada de mi memoria. Si cruza la muralla derrumbada y clava ese metal en el hielo de este palacio... el verano descontrolado nos evaporará.
—Entonces tendremos que asegurarnos de que la espada termine en mis manos antes de que la clave en el suelo —respondí, mirándolo fijamente—. El fuego reconoce a su dueña.
Caelum esbozó la sombra de una sonrisa, una curva apenas perceptible, afilada y peligrosa.
—Aethelgard me envió un cordero al matadero, pero resulta que dentro de su piel se esconde una loba, humana.
Me soltó la cintura y se puso en pie con un movimiento ágil, ofreciéndome la mano.
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