En la efervescente Buenos Aires colonial, donde el dominio de poder se pierde en las redes del amor, la obsesión y la lucha de clases. La posesión colisionan en una época de profundos cambios y un latente anhelo de libertad.
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Capitulo 11: Mañana sombría
La mañana siguiente amaneció envuelta en un manto de lluvia silenciosa y dolorosa. Gotas frías golpeaban la tierra, barriendo el polvo y las lágrimas, mientras el cielo reflejaba la desesperación que se expande sobre la hacienda. El aire estaba cargado de un silencio opresivo solo roto por el suave goteo del agua y, ocasionalmente, por los sollozos ahogados de las madres y los familiares de los ejecutados. A pesar del dolor que les desgarraba el alma, seguían con sus manos callosas la rutina inquebrantable de la cosecha. Cada grano recogido, cada cesto cargado, era un acto de agonía.
Esperanza, con el corazón hecho pedazos, no podía comprender la crueldad de su destino. ¿Por qué sus vidas eran tan insignificantes? Aquellos hombres valientes que se atrevieron a alzar la voz, ahora yacían sin tumba, negados incluso a la dignidad de un entierro. La injusticia se clavaba en ella como mil agujas, y una rabia silenciosa comenzaba a gestarse en lo más profundo de su ser.
Absorta en sus pensamientos, ajena al mundo que la rodeaba, Esperanza trabajaba con la mirada perdida en el horizonte. No se percató de la sombra que se cernía sobre ella hasta que tres campesinos la rodearon.
"Tú, esclava, ven con nosotros", dijo uno de ellos, su voz ronca e impaciente.
Las miradas de todos los presentes se volvieron hacia ellos, la tensión palpable en el aire. "¡Rápido!", dijo otro, impaciente.
Esperanza, invadida por un mal presentimiento, dejó caer el cesto con un golpe seco y siguió a los hombres. Cada paso hacia la casona era un escalofrío que le recorría la espalda. Las veces que se acercó a la casona cosas terribles pasaron.
Por primera vez en su vida, Esperanza cruzó el umbral de la casona. Fue conducida por la pequeña puerta que utilizaba la servidumbre, un acceso discreto que desembocaba directamente en la cocina. Allí, entre el vapor y el aroma de hierbas, se encontraba la mujer a quien le había salvado la vida aquella noche. La mujer, con las manos hábiles, cortaba verduras con una precisión metódica.
"¿Cuál es tu nombre?", preguntó la mujer sin levantar la vista.
"Es... Esperanza", respondió ella, su voz apenas un susurro. La mujer se detuvo, levantó la mirada y sus ojos se encontraron con los de Esperanza. Una sonrisa sutil se dibujó en sus labios. "A partir de ahora, Esperanza, este será tu lugar de trabajo".
Los ojos de Esperanza se abrieron con una sorpresa genuina. "¿Por qué?", preguntó, la incredulidad tiñendo su voz.
La mujer la observó con una mezcla de astucia y benevolencia. "Ya no cuento con mis dos ayudantes", explicó. "Y después de todo lo de anoche, confío en ti. Los señores están de acuerdo, solo hasta que traigan a nuevas ayudantes".
El primer pensamiento de Esperanza voló hacia Águeda. No podría con el trabajo de la cosecha sola. Un nudo de angustia se formó en su pecho. "Si no es de mucha molestia...", comenzó, inclinando la cabeza en un gesto de sumisión, "me gustaría trabajar aquí cuando usted me necesite, pero también colaborar en la cosecha".
La mujer la miró fijamente por un momento, evaluando su petición, antes de asentir lentamente. "Eres la primera esclava, después de tantos años, que trabajará dentro de la casa", dijo, su voz con un matiz de advertencia. "No hagas que me arrepienta".
Águeda se quedó paralizada, su canasto se deslizó de sus manos y cayó al suelo con un golpe seco. El contenido se desparramó por todas partes, pero Águeda no se movió. Estaba demasiado ocupada procesando la noticia que Esperanza acababa de darle.
"¿Qué? Eso no puede ser", dijo Águeda con voz temblorosa, su rostro pálido de angustia. Se llevó una mano a la boca, como si tratara de contener un grito de desesperación.
Esperanza se acercó a ella, preocupada. "Lo sé, sé que es muy arriesgado para nosotros estar cerca de los amos, pero sabes que no puedo negarme". Su voz era suave, pero llena de determinación.
Águeda asintió lentamente, tratando de contener sus emociones. "Lo sé", dijo con pesar, su voz apenas audible. "Esa mujer fue muy considerada al pensar en ti, no tenía por qué hacerlo". Águeda solo dijo eso para darle un poco de tranquilidad a Esperanza, pero en realidad estaba pensando en lo contrario. No puede evitar pesar en el pasado, aquel pasado donde vivieron horrores dentro de aquella casona.