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Dulce Venganza

Dulce Venganza

Status: En proceso
Genre:Venganza de la protagonista / Traiciones y engaños / Dejar escapar al amor / Completas
Popularitas:9.1k
Nilai: 5
nombre de autor: ISA Miranda

Miranda y Laura han sido inseparables desde la infancia. Sin embargo, su amistad se ve puesta a prueba cuando Laura se enamora del novio de Miranda, David, y queda embarazada. La traición de Laura hiere profundamente a Miranda, quien decide llevar a cabo una venganza bien planificada, que culminará en una inesperada revelación

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Hilos de Seda y Acero

‎Miranda

‎El rugido del motor de mi Lamborghini Revuelto color negro mate resonaba contra el pavimento de las avenidas de Caracas. Mis manos, con una manicura perfecta en tono borgoña, apretaban el volante de cuero mientras el manos libres proyectaba la voz de Álvaro.

‎‎—Puedes pasar recogiendo a Marian del colegio —le pedí, mi tono era una orden disfrazada de sugerencia.

‎‎—Cristian pasará por ella —respondió Álvaro tras un breve silencio—. Cuando supo lo del almuerzo y tus verdaderas intenciones, se puso como un demonio. Dijo que nos veíamos directamente en el restaurante.

‎‎—Cristian non può essere in quel posto— Cristian no puede estar en ese lugar —farfullé en un italiano fluido y cortante—. Lo que menos quiero es un escándalo mediático y él es perfectamente capaz de armar uno si pierde los estribos.

‎‎Me froté la sien con la mano libre. La presión de ser una Rinaldi en un país que se sentía como un tablero de ajedrez comenzaba a pasar factura.

‎‎—Él está enamorado de ti, Miranda. Creo que lo mejor es alejarlo del plan antes de que sus sentimientos arruinen la logística —comentó Álvaro.

‎‎Negué con la cabeza, aunque él no pudiera verme.

‎‎—Por más que quisiera apartarlo, Cristian es una pieza fundamental. Es una ficha cargada, un activo que no puedo darme el lujo de perder.

‎‎En ese instante, no hablaba la Miranda que él conoció en la calidez de los días tranquilos; hablaba la mujer que respiraba por y para su venganza.

‎‎—Entonces no hay nada que hacer —se lamentó él—. Cambiando de tema: el Presidente tiene una nieta que sufre de una depresión severa. Necesita a la mejor "psicóloga" disponible.

‎‎—Sabes que mi carrera es una fachada, al igual que la fundación. Son los velos que ocultan lo que verdaderamente soy —le recordé, mi voz cargada de una frialdad gélida.

‎‎—Y ese caso ayudará a cementar esa fachada, Miranda. Es política pura.

‎‎—Va bene, d'accordo — Vale, está bien —accedí, reconociendo la lógica estratégica—. Ahora dime, ¿está todo listo para mi llegada?

‎‎—Todo listo, prima. David ya está en el restaurante. Él y Laura tienen una reunión con un posible inversionista. Me aseguraré de que Laura se retrase en el tráfico. Tendrás el camino libre para tu primer movimiento.

‎‎Estacioné el deportivo en el área privada del restaurante. Por el retrovisor, observé cómo tres camionetas Cadillac Escalade negras, con vidrios blindados y neumáticos reforzados, se aparcaban a una distancia prudente. De ellas descendieron hombres con trajes hechos a medida, cortes rectos y oscuros que ocultaban el bulto de las armas reglamentarias bajo las axilas.

‎Eran la élite de mi seguridad. Ethan y Philip se posicionaron a ambos lados de mi puerta. Bajé del auto, luciendo un vestido de seda color esmeralda que se ajustaba a mis curvas como una segunda piel, y unos tacones de aguja que resonaban contra el asfalto. Me retoqué el labial rojo mate antes de hablar.

‎‎—Non voglio errori, Philip —No quiero errores, Philip —dije en italiano mientras caminábamos hacia la entrada del opulento restaurante de diseño minimalista y cristalería de Murano—. Los ojos de las familias italianas están sobre Charlotte y sobre mí. Si algo sale mal, tú serás el responsable y tendrás que ir a Italia a darle la cara a la Nona.

‎‎Philip asintió con una rigidez militar. Al entrar, el aroma a trufas y vino caro me envolvió. Visualicé a David al fondo. Se veía igual, pero el tiempo le había dado una madurez que me revolvía el estómago.

‎‎Caminé con pasos medidos, cada movimiento calculado para proyectar poder y vulnerabilidad a partes iguales. Me detuve frente a su mesa.

‎—¿David? ¿Eres tú? —pregunté, fingiendo una sorpresa melódica mientras tomaba asiento frente a él sin esperar invitación.

‎‎—Miranda... volviste —la sorpresa en su voz era genuina, casi torpe.

‎‎—Es un gusto verte —le dediqué la mejor de mis sonrisas ensayadas.

‎—Estás diferente —articuló él, mientras su mirada azul recorría mi cuerpo, deteniéndose en el collar de diamantes que adornaba mi cuello—. Es una gran casualidad encontrarnos después de cinco años. ¿Por qué regresaste?

‎—Trabajo —contesté restándole importancia—. Y extrañaba a mis padres. Aunque bueno, ellos no se molestaron mucho en visitarme en Madrid. ¿Y tú? ¿Sigues con Laura?

‎—Ahora soy feliz con ella —dijo, pero bajó la mirada un segundo. Un microgesto de duda que no se me escapó—. Ambos hemos crecido. Tengo mi propia empresa y ella es consultora.

‎De pronto, su voz se volvió cortante.

‎—Sabes que esa noche te necesité. Ambos te necesitamos cuando el doctor nos dio la noticia... de que la niña nació muerta. Fue la última vez que te vi. Te marchaste sin mirar atrás, Miranda. Ni siquiera nos apoyaste en nuestro dolor.

‎Apreté mi bolso con fuerza bajo la mesa. El cinismo de sus palabras era un veneno que quería escupirle en la cara. ¿Su dolor? ¿Qué hay del mío?

‎—Entiende que no podía ver cómo estabas dispuesto a dejar todo nuestro mundo por ella —dije, forzando un temblor en mi voz mientras tomaba su mano entre las mías. El contacto físico era el primer paso de la manipulación—. Fui una cobarde, lo reconozco. Pero no podía quedarme a ver cómo elegías a otra. Regresé porque... porque no estoy dispuesta a ver cómo el hombre que amo se casa con alguien que no soy yo.

‎Lo miré fijamente a los ojos. Vi la duda, vi el ego inflándose al saberse todavía deseado.

‎—Todavía siento cosas por ti, David. Aún podemos luchar. No es tarde.

‎Él se tensó, retirando un poco la mano.

‎—No voy a dejar a Laura. Ella está embarazada, Miranda. Después de años, logramos lo imposible. Son gemelos. Tiene ocho semanas.

‎El mundo se detuvo por un segundo. Un embarazo gemelar. Una oleada de odio puro me recorrió; yo me había asegurado de que ella no pudiera concebir después de aquella noche en el hospital. O el médico me mintió, o Laura estaba jugando un juego tan sucio como el mío.

‎—Al parecer, la única que vive en el pasado soy yo —dije, recuperando la compostura con una rapidez aterradora—. Te felicito, David. Lograste tus metas. Espero que seas feliz.

‎—Las personas cambian, Miranda —dijo él con la mandíbula tensa.

‎—Tienes razón. Es hora de que yo también siga adelante.

‎Me levanté y caminé hacia el reservado privado del restaurante. Al abrir la puerta, el aire cambió. Allí estaba mi familia.

‎—¡Mami, llegaste! —gritó Marian.

‎Llevaba su uniforme del colegio: una falda plisada azul oscuro, una camisa blanca impecable y un pequeño lazo en su cabello rubio. La alcé en brazos, aspirando su aroma a talco y juegos, el único aroma que me mantenía cuerda.

‎—Mi princesa, te extrañé —le susurré.

‎‎—¿Y los chicos? —le pregunté a mi padre mientras me sentaba.

‎—Fueron por una copa. A Cristian le afectó verte con David —dijo mi padre en tono bajo—. Figlia, ¿no crees que Cristian está confundiendo su papel?

‎—No lo creo, papá —respondí cortante. Mi madre sonrió, observando cómo las piezas del tablero se movían a mi favor.

‎Narrador

‎Mientras tanto, en el bar del restaurante, el ambiente era pesado. Cristian sostenía un vaso de whisky con los nudillos blancos. Había visto a Miranda tomar la mano de David y algo en su pecho se había roto.

‎Álvaro lo observaba con una mezcla de pena y advertencia.

‎—¿Me dirás qué te tiene así? —preguntó Álvaro.

‎—Me preocupan dos cosas —respondió Cristian, bebiendo el whisky de un golpe—. Primero, Marian. Tiene cinco años. Ella será la que sufra si este plan de venganza estalla. Y segundo... ella. Tengo miedo de que al final no quede nada de la Miranda que conocí. En solo dos semanas en Venezuela, se ha convertido en una extraña, en alguien de hielo.

‎Álvaro suspiró, dejando unos billetes en la barra.

‎—Miranda no dejará que nada le pase a la niña. Ella daría su vida por Marian, lo sabes. Pero para protegerla, primero tiene que destruir a sus enemigos. Vamos, ya debe estar en la mesa.

‎Caminaron de regreso, dejando atrás el amargor del alcohol y enfrentando la realidad de una guerra que apenas comenzaba.

‎Miranda

‎El reservado del restaurante era un oasis de mármol y madera de nogal, aislado del bullicio exterior por pesadas puertas insonorizadas. En el centro, una mesa circular permitía que todos se miraran a las caras, una costumbre siciliana para que nadie pudiera apuñalar por la espalda sin ser visto.

‎—Mami, ¿puedo pedir el pabellón? —preguntó Marian, balanceando sus piernitas bajo la silla. Su uniforme escolar contrastaba con la elegancia agresiva de los adultos.

‎—Claro que sí, mi vida —respondí, acariciando su cabello.

‎En ese momento, las puertas se abrieron. Cristian entró primero, seguido de Álvaro. Cristian no me miró; sus ojos azules, usualmente cálidos, estaban nublados por una tormenta de celos y decepción. Se sentó pesadamente frente a mí, ajustándose el cuello de su camisa como si le asfixiara.

‎—Llegan a tiempo —dijo mi padre, rompiendo la tensión con una voz de barítono—. Estábamos por ordenar.

‎—Vimos que ya hiciste tu "entrada triunfal" afuera, Miranda —soltó Cristian, su tono goteando un sarcasmo que hizo que mi madre alzara una ceja.

‎—Contieniti, Cristian —Contente, Cristian —le advertí en un susurro gélido—. Estamos en familia. Mi encuentro con David era necesario para medir el terreno.

‎—¿Y qué tal el terreno? —intervino Álvaro, tratando de suavizar el ambiente—. ¿Sigue siendo el mismo idiota manipulable de hace cinco años?

‎—Peor —respondí, mientras el mesero servía un vino tinto de reserva—. Se cree un hombre de familia. Y según él, Laura está embarazada. Gemelos.

‎Un silencio sepulcral cayó sobre la mesa. Mi madre dejó su copa de cristal sobre el mantel con una lentitud peligrosa. Ella, mejor que nadie, sabía lo que había ocurrido en aquella clínica cinco años atrás.

‎—¿Embarazada? —repitió mi padre, entrecerrando los ojos—. Eso es... biológicamente improbable, basándonos en los informes que manejamos.

‎—Es una mentira o un milagro —dije, sintiendo una punzada de rabia—. Pero no importa. Si ella quiere jugar a la familia feliz, yo le daré el final trágico que se merece.

‎El almuerzo transcurrió entre platos de comida criolla gourmet y conversaciones triviales frente a Marian, pero bajo la mesa, el aire vibraba. Cristian apenas probó bocado, limitándose a observar a la niña con una devoción que me recordaba por qué lo necesitaba cerca: él era el ancla de humanidad que yo ya no podía ser.

‎Una vez terminamos, envié a Álvaro y Cristian a escoltar a mis padres y a Marian hacia la salida secundaria. Me quedé atrás, fingiendo retocar mi maquillaje, hasta que Philip entró al reservado. Su rostro era una máscara de piedra.

‎—Rapporto, Filippo — Informe, Philip —ordené, cerrando mi polvera con un chasquido.

‎—Señorita Miranda —empezó, manteniendo las manos entrelazadas a la espalda—. Mientras usted almorzaba, interceptamos la señal del teléfono de Laura. Ella no estaba en una reunión. Estaba en una clínica privada de fertilidad en el este de la ciudad hace una hora.

‎—¿Buscando confirmar sus ocho semanas? —pregunté con una sonrisa ladeada.

‎—No exactamente. Hablamos con nuestro "contacto" en el laboratorio. No hay registro de ningún examen de sangre reciente a nombre de Laura que confirme un embarazo. Sin embargo, hay una transferencia bancaria cuantiosa realizada desde su cuenta personal a un ginecólogo de dudosa reputación ayer por la tarde.

‎Caminé hacia el ventanal que daba al estacionamiento, viendo cómo David salía del restaurante solo, con los hombros caídos.

‎—Un embarazo falso para retenerlo —analicé en voz alta—. David quería una familia y ella se la está inventando para que él no mire hacia otro lado. Qué jugada tan desesperada... y tan útil para mí.

‎—¿Qué quiere que hagamos? —preguntó Philip—. Podemos exponerla ahora mismo.

‎—No, Philip. Exponerla ahora le daría a David la oportunidad de odiarla y superarla. Quiero algo más cruel. Quiero que ella siga adelante con su farsa. Quiero que compre ropita de bebé, que decore una habitación, que David se ilusione con esos hijos que nunca nacerán.

‎Me giré hacia él, mis ojos brillando con una luz depredadora.

‎—Voglio que crolli tutto quando saranno più felici — (Quiero que todo se derrumbe cuando sean más felices)—. Deja que sigan celebrando. Mientras tanto, Philip, encárgate de que el "amigo" médico de Laura sepa que ahora trabaja para los Rinaldi. Si ella necesita ecografías falsas, nosotros se las daremos.

‎—Entendido, señorita. ¿Algo más?

‎—Sí. Vigila a Cristian. Está empezando a cuestionar los métodos. Y en este juego, el que duda, se convierte en un cabo suelto que mi familia querrá erradicar y eso no lo voy a permitir.

‎Salí del restaurante con la frente en alto. El sol de Caracas me cegó por un instante, pero el frío en mi pecho era constante. La venganza no era un plato que se servía frío; era un festín que yo estaba cocinando a fuego lento, y Laura acababa de ponerme los ingredientes principales en la mano.

‎El trayecto de regreso al apartamento fue un silencio denso, cargado de palabras no dichas. Mientras las camionetas de seguridad nos seguían a una distancia táctica, yo observaba por la ventana el caos de la ciudad, sintiendo el peso de la mentira sobre mis hombros.

‎Al llegar al conjunto residencial, un complejo de edificios modernos con seguridad privada y acabados de lujo, el contraste fue inmediato. Cruzar el umbral de nuestro hogar era como entrar en una dimensión paralela. Aquí no había guardaespaldas en cada esquina, ni órdenes en italiano, ni planes de muerte. Solo el aroma a vainilla de las velas que me gustaba encender y el calor de un hogar que yo misma había diseñado.

‎—¡Mami, voy a ver a Cenicienta! —exclamó Marian, corriendo hacia su habitación.

‎Su cuarto era mi refugio personal, el lugar donde la "Miranda Rinaldi" desaparecía. Las paredes estaban decoradas con murales pintados a mano de las princesas de Disney. Su cama, una estructura personalizada en forma de carruaje blanco con detalles dorados, ocupaba el centro de la estancia bajo un techo pintado como un cielo estrellado. Todo era en tonos pasteles, rosas suaves y lavandas; un mundo de inocencia que yo protegía ferozmente.

‎Cristian la ayudó a quitarse el uniforme y la dejó jugando. Cuando salió de la habitación y cerró la puerta con suavidad, su rostro ya no era el del hombre sumiso del restaurante. Era el del amigo que estaba llegando a su límite.

‎—Tenemos que hablar, Miranda. Ahora —dijo, señalando la sala.

‎El departamento era acogedor, lleno de alfombras mullidas y cuadros de arte contemporáneo que yo había elegido con cuidado. Era nuestra burbuja de felicidad, pero hoy, las sombras del exterior se habían filtrado.

‎—Estás tenso desde que bajamos del auto, Cristian —dije, quitándome los tacones y hundiéndolos en la alfombra—. Si es por lo de David, ya te dije que es parte del juego.

‎—¡No me vengas con el juego! —estalló en un susurro furioso para no despertar a la niña—. Estoy harto de las medias verdades. ¿Por qué hoy había diez hombres armados hasta los dientes siguiendo a un "simple psicóloga"? ¿Por qué le hablas a Philip como si fuera un soldado y no un empleado? ¿Y por qué demonios hablas en italiano cada vez que quieres ocultarme algo?

‎Me acerqué a la barra de la cocina para servirme un vaso de agua, intentando mantener las manos estables.

‎—Es por seguridad, Cristian. Venezuela está peligrosa y mi familia tiene recursos. Es normal querer protección para Marian.

‎Cristian caminó hacia mí y me obligó a mirarlo. Sus ojos buscaban a la Miranda con la que compartía risas y películas en el sofá, pero solo encontraba el acero de mi mirada.

‎—Non dirmi bugie —No me digas mentiras —soltó él, sorprendiéndome al usar las pocas palabras que había aprendido—. Te escuché en el restaurante. Hablabas de "pilares", de "fichas", de "venganza". Miranda, vivimos juntos, cuidamos a esa niña como si fuera nuestra... pero siento que no tengo idea de quién eres realmente cuando sales por esa puerta.

‎—Eres mi mejor amigo, Cristian. Eres el hombre que ha estado para mí cuando nadie más lo estuvo —le dije, suavizando el tono, buscando su mano—. Te oculto cosas para proteger esta burbuja. Para que cuando entres aquí, solo seas tú, Marian y yo. No quiero que tus manos se ensucien con mi pasado.

‎—¡Ya están sucias! —exclamó con dolor—. Soy parte de tu plan sin saber siquiera cuál es el plan. Me preocupa que estés cruzando una línea de la que no haya retorno. Vi cómo mirabas a David. No era solo odio, era manipulación pura. Estás usando sus sentimientos, Miranda. Y me aterra que, en el proceso de destruirlos a ellos, te destruyas a ti misma y nos lleves a Marian y a mí en la caída.

‎Me quedé en silencio, sintiendo una punzada de culpa. Él tenía razón. Él amaba la fachada que yo había construido en este apartamento, pero la fachada se estaba resquebrajando.

‎—No voy a perder a Marian —afirmé con una frialdad que lo hizo retroceder un paso—. He movido cielo y tierra para que ella tenga esta habitación de princesa y esta vida tranquila. Si tengo que convertirme en un monstruo para que ella nunca sepa lo que es el dolor, lo haré.

‎—¿Y qué pasa conmigo, Miranda? —preguntó él en un hilo de voz—. ¿Soy solo otra "ficha cargada" en tu tablero? ¿O de verdad significo algo en este hogar que decoraste con tanto amor?

‎Lo miré, y por un segundo, la máscara de los Rinaldi cayó. Lo abracé con fuerza, escondiendo mi rostro en su pecho.

‎—Eres lo único real que tengo, Cristian. Por favor, no me pidas que te cuente todo todavía. Solo... confía en mí un poco más.

‎Él suspiró, rodeándome con sus brazos, pero no se sentía como una victoria. Sabía que su confianza se estaba agotando y que el secreto del embarazo de Laura, y mi plan para usarlo, sería la próxima bomba que amenazaría con destruir nuestra pequeña y perfecta burbuja.

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Delyiris Rogeris Perez Mecia
gracias por la historia, fue un viaje interesante
Delyiris Rogeris Perez Mecia
es una novela increíble, llena de giros inesperados que enganchan desde el primer momento
Martha Ordoñez
bien. bien por lo que leí interesante gracias bendiciones
Martha Ordoñez
muchas gracias bonita novela bendiciones
Martha Ordoñez
gracias mi querida autora por escribir una bonita historia bendiciones
ISA Miranda: para mí fue un placer escribir está historia
total 1 replies
Martha Ordoñez
bonitos capítulo gracias
Martha Ordoñez
bonitos capitulos bendiciones escritora gracias
Martha Ordoñez
bendiciones escritora y gracias por estos intensos capitulos
Martha Ordoñez
gracias gracias escritora por subir más capitulos bendiciones
Carlos Robledo
muy buena historia solo que me dejas en suspenso saludos desde León,GTO México
ISA Miranda: el suspenso es bueno 🙃🙃 pero tranui que hoy actualizo
total 1 replies
Martha Ordoñez
muy interesantes los capítulos bendiciones escritora gracias
Martha Ordoñez
gracias gracias por subir más capitulos bendiciones escritora
Martha Ordoñez
bien bien por los capítulos bendiciones escritora gracias
Martha Ordoñez
que bonito capitulo gracias
Martha Ordoñez
más capitulos porfi bendiciones escritora
ISA Miranda: tranquis que hoy nos toca caps
total 1 replies
Carlos Robledo
que romántico
ISA Miranda: sí, se puede decir que es la calma antes de la tormenta 🤫🤫
total 2 replies
Carlos Robledo
muy buenos capitulos ya los extrañaba
ISA Miranda: yo también los extrañaba 🥺
total 1 replies
Martha Ordoñez
muy bonitos los capítulos bendiciones escritora gracias más capitulos porfi
ISA Miranda: veré si mañana actualizo, debido a que la historia está llegando a su fin y quiero que el capitulo siguiente sea muy productivo
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Carlos Robledo
muy buena la historia me tiene atrapada y súper emocionada
Carlos Robledo
muy buena l historia me tiene atrapada hace que mi imaginación vaya recreando cada palabra, ya que me encanta leer
ISA Miranda: gracias, está historia se a vuelto muy importante para mí
total 2 replies
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