Faltaban veintitrés días para mi boda cuando descubrí que el príncipe Cassiel planeaba matarme después de convertirse en emperador.
Esa misma noche, mi padre apareció muerto.
Solo tenía una forma de escapar de mi prometido: casarme con su hermano mayor.
Killian, el príncipe maldito que todo el Imperio temía.
Creí que estaba eligiendo al menor de dos monstruos.
Hasta que llegué al Norte y miles de soldados se arrodillaron ante mi esposo.
—Bienvenido a casa, mi rey.
Entonces se arrodillaron ante mí.
—Bienvenida, mi reina.
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Capítulo 2: El príncipe que todos temen.
Supe que algo había ocurrido antes de que el carruaje terminara de detenerse.
La entrada de la mansión Aster estaba llena de caballos.
Reconocí los uniformes de nuestros guardias, pero entre ellos había también hombres vestidos con los colores negros y dorados de la familia imperial. Permanecían distribuidos alrededor de la propiedad con una organización que me hizo sentir que no estaban allí para protegernos.
—Detén el carruaje.
—Mi lady, todavía no...
—¡Detenlo!
Abrí la puerta antes de que el cochero pudiera bajar.
La lluvia había disminuido, pero el agua acumulada sobre los adoquines empapó inmediatamente el borde de mi vestido. No me importó.
Subí las escaleras.
Uno de los guardias de mi padre intentó interceptarme.
—Lady Alamea...
—¿Dónde está mi padre?
Su expresión respondió antes que sus palabras.
Sentí un frío que no tenía nada que ver con la lluvia.
—¡Hice una pregunta!
—En su despacho.
Seguí caminando.
—Mi lady, quizá debería esperar...
No lo escuché.
Atravesé el vestíbulo y subí las escaleras prácticamente corriendo. Había sirvientes reunidos junto a las paredes del pasillo. Algunos lloraban. Otros bajaban la cabeza cuando me veían pasar.
Nadie intentó detenerme cuando llegué al corredor del despacho.
La puerta estaba abierta.
Había imaginado muchas veces cómo sería perder a mi padre.
Después de la muerte de mamá, aquel miedo se había convertido en una sombra silenciosa que me acompañaba cada vez que él enfermaba o viajaba lejos de la capital.
Ninguna de esas imaginaciones se parecía a aquello.
Mi padre estaba tendido junto al escritorio.
La luz de las velas alcanzaba apenas el centro de la habitación y convertía los muebles en largas sombras contra las paredes. Una copa rota permanecía cerca de su mano y una mancha oscura se extendía sobre la alfombra.
Me detuve en el umbral.
Durante varios segundos fui incapaz de moverme.
—Papá...
Mi voz apenas salió.
Di un paso.
Después otro.
Alguien intentó sujetarme del brazo, pero me aparté.
Me arrodillé junto a él.
Tenía los ojos cerrados. Su rostro parecía extrañamente tranquilo, como si estuviera dormido y pudiera despertar en cualquier momento para preguntarme por qué estaba sentada en el suelo.
Le tomé la mano.
Estaba fría.
—No.
La palabra escapó de mi boca antes de que pudiera contenerla.
Apreté sus dedos.
—Papá.
Nada.
El dolor llegó de una manera diferente a como lo esperaba.
No fue un golpe.
Fue una presión lenta que comenzó detrás de mis costillas y continuó creciendo hasta que respirar se volvió doloroso.
Esa misma mañana habíamos desayunado juntos.
Me había preguntado si estaba nerviosa por la boda y yo había bromeado diciendo que todavía tenía veintitrés días para escapar.
Veintitrés días.
Cerré los ojos.
Cassiel.
Sus palabras se cruzaron rápidamente en mis pensamientos;
«Su padre es el problema inmediato.»
Levanté la cabeza.
—¿Qué ocurrió?
El médico de nuestra familia permanecía a unos pasos.
—Creemos que fue el corazón.
Lo miré.
—¿Creen? —interrogué sarcásticamente—¿Su corazón?
—La muerte parece haber sido repentina, señorita.
Mi padre tenía cincuenta años. Cabalgaba todas las mañanas y podía pasar horas entrenando con una espada simplemente porque se negaba a aceptar que ya no tenía veinte.
—Quiero que lo examine nuevamente.
El médico vaciló.
—Lady Alamea...
—¿Nadie es capaz de entender cuando hablo? —observé a todos los sirvientes y personas nobles que se encontraban en la habitación— Examinen a mi padre, el Duque Aster, nuevamente y todas las que sean necesarias...
—Alamea, mi amor.
Mi amor...
Aquella voz hizo que todo mi cuerpo se tensara.
Giré lentamente.
Cassiel estaba junto a la puerta.
No lo había oído entrar.
Vestía todavía la misma ropa que llevaba cuando lo había visto con Rosie. Su cabello oscuro estaba ligeramente húmedo por la lluvia y su expresión reflejaba exactamente la cantidad de dolor que se esperaba de un futuro yerno.
Si no hubiera escuchado aquella conversación, habría corrido hacia él.
Aquello fue lo que más me dolió.
—Vine en cuanto recibí la noticia —dijo.
Se acercó.
Cada instinto de mi cuerpo me pidió que retrocediera pero no lo hice.
Cassiel se arrodilló frente a mí y tomó mis manos.
—Lo siento.
Miré sus dedos alrededor de los míos.
¿Cuántas veces me había tocado después de tocar a Rosie?
¿Cuántas veces había mentido mirándome directamente a los ojos?
—¿Cómo te enteraste?
Algo cambió fugazmente en su expresión.
—Uno de tus sirvientes informó al palacio.
Asentí.
Necesitaba actuar.
Si Cassiel descubría que había escuchado su conversación, yo podía ser la siguiente persona que apareciera muerta por un conveniente problema cardíaco.
Así que hice algo que me revolvió el estómago.
Me acerqué y apoyé la frente contra su hombro.
Cassiel me abrazó.
—Estoy aquí —susurró—. No tienes que preocuparte por nada.
Cerré los ojos.
Era exactamente eso lo que me preocupaba.
⬩➤
Dos horas después, la mansión estaba ocupada por soldados imperiales.
Cassiel dijo que era por seguridad... Por mí seguridad.
Yo no le creí.
Mi padre todavía no había sido llevado de su despacho cuando un funcionario de la Corona llegó con documentos relacionados con la sucesión del ducado.
Aquello tampoco me pareció normal.
Me convertía inmediatamente en Duquesa Aster, pero hasta que contrajera matrimonio debía completar una serie de procedimientos ante el Consejo Imperial.
Cassiel se ofreció a encargarse de todo.
Naturalmente.
—Deberías descansar —me dijo cuando finalmente quedamos solos en el salón.
Estaba junto a la chimenea mientras yo fingía observar el fuego y en mi cabeza continuaban dando vueltas las imágenes de Cassiel con Rosie, mi madre... Y mi padre.
—No creo que pueda dormir.
—Entonces intenta hacerlo.
Sentí sus manos sobre mis hombros.
Tuve que obligarme a no apartarme.
Sus dedos permanecieron allí unos segundos, firmes, como si quisiera transmitir una seguridad que yo ya no podía sentir.
Entonces escuché algo que consiguió sorprenderme.
—La boda puede posponerse.
Giré la cabeza hacia él.
Cassiel me observó en silencio antes de acariciar mi mejilla con una suavidad que, en otro momento, quizá habría conseguido tranquilizarme.
—Aunque quizá sea mejor no hacerlo.
Ahí estaba.
La contradicción que esperaba.
—¿Por qué?
—Ahora eres la cabeza de tu familia. Estarás rodeada de hombres que intentarán aprovecharse de tu dolor. Cuando seas mi esposa, nadie podrá tocarte.
Casi me reí.
Nadie podría tocarme.
Solo él.
Qué irónica podía ser la vida.
Faltaban veintitrés días para convertirme en su esposa. Veintitrés días antes de que pudiera hacer conmigo lo que quisiera sin que nadie pudiera cuestionarlo.
Después, ¿cuánto tiempo tendría?
¿Un año?
¿Dos?
Quizá Cassiel ya había elegido el veneno. Quizá incluso había decidido dónde quería que enterraran mi cuerpo.
Tragué saliva y dibujé una sonrisa que no sentía.
—Tienes razón.
La mentira pareció bastarle.
Cassiel sonrió y depositó un beso sobre mi frente.
—Siempre voy a protegerte.
Lo observé alejarse sin responder.
Esperé hasta que sus pasos desaparecieron por completo antes de permitirme respirar con normalidad.
Pasaron varios minutos.
Entonces me levanté.
No fui a mi habitación.
Fui directamente al despacho de mi padre.
Los guardias imperiales habían desaparecido de aquella parte de la residencia, pero apenas entré supe que alguien había estado allí.
Había cajones abiertos, documentos fuera de lugar y varios libros desplazados de sus estantes.
Alguien había registrado la habitación.
Recordé inmediatamente la conversación que había escuchado.
«El duque está investigando.»
Cerré la puerta detrás de mí y comencé a buscar.
Revisé el escritorio, levanté documentos, abrí cajones y recorrí los estantes uno por uno. No sabía exactamente qué esperaba encontrar. Una prueba. Un nombre. Cualquier cosa que pudiera explicarme por qué mi padre había muerto y por qué, de repente, tantas personas parecían interesadas en lo que había dejado atrás.
Pasó casi una hora antes de que recordara algo.
Mi padre nunca guardaba los documentos importantes en el escritorio.
Cuando era niña, me había enseñado un compartimento oculto detrás de uno de los estantes de la biblioteca. Lo recuerdo perfectamente porque, en aquella época, había creído que se trataba de una especie de tesoro secreto.
Todo hombre importante necesita un lugar donde esconder sus peores decisiones.
En aquel momento me había parecido una broma.
Ahora no.
Me acerqué a la biblioteca y recorrí los libros con la mirada hasta encontrar el que buscaba. El tercer volumen de una enciclopedia militar.
Lo retiré.
Se escuchó un pequeño clic y el estante se desplazó unos centímetros, dejando al descubierto un compartimento oculto. Mi corazón se aceleró al descubrirlo, aunque la emoción duró apenas unos segundos.
Dentro, casi todo había desaparecido. Alguien se había adelantado y había registrado el escondite antes que yo, llevándose cualquier documento que pudiera resultar importante. Aun así, cuando introduje la mano hasta el fondo, mis dedos rozaron algo que había quedado atrapado contra la madera. Era un sobre aplastado. Lo saqué con cuidado y lo observé durante unos instantes, esperando encontrar mi nombre en el exterior, pero no había ninguna dirección ni destinatario. Solo dos palabras escritas con la letra inconfundible de mi padre: Príncipe Killian.
Me quedé inmóvil mientras aquel nombre cobraba sentido en mi cabeza. Conocía perfectamente quién era Killian, como lo conocía prácticamente todo el Imperio.
Era el primogénito del emperador y el hermano mayor de Cassiel, el príncipe que había perdido su derecho al trono después de la Masacre de Vhalen y cuya historia se había convertido en una mezcla de tragedia, rumores y terror. Había sido acusado de practicar magia prohibida y, con el paso de los años, su nombre había terminado asociado a toda clase de historias.
En la capital, las madres utilizaban su figura para asustar a sus hijos y conseguir que obedecieran. Decían que el príncipe maldito había dejado de ser completamente humano, que algo oscuro había ocurrido dentro de él después de Vhalen y que las tierras del Norte se habían convertido en su propio dominio. Hacía doce años que gobernaba aquella región y, durante todo ese tiempo, los rumores no habían hecho más que crecer.
Algunos aseguraban que había construido un ejército personal, otros afirmaban que había convertido las fortalezas del Norte en un reino independiente y los más supersticiosos juraban que nadie que se acercara demasiado a él regresaba siendo la misma persona. Y ahora, después de doce años, Killian había regresado inesperadamente a la capital apenas tres días atrás.
Abrí el sobre con una cautela que no pude explicar y saqué la única hoja que había en su interior. La desplegué lentamente sobre mis manos y encontré varias anotaciones de mi padre, junto con nombres que no reconocía y fechas que correspondían al mismo año en que murió mi madre.
Recorrí las líneas con la mirada, intentando encontrar alguna explicación, hasta que una frase subrayada hizo que me detuviera:
«Vhalen no comenzó con Killian. Comenzó con Helena.»
Mi respiración se volvió más lenta mientras volvía a leer aquellas palabras. Helena. Mi madre.
Durante años había creído que su muerte había sido consecuencia de una enfermedad y jamás había tenido motivos para cuestionarlo, pero ahora su nombre aparecía escrito por mi padre junto a la masacre que había destruido la vida de Killian, el verdadero y legítimo heredero al trono.
Sentí que se me secaba la boca mientras intentaba comprender qué podía significar aquello. ¿Qué relación había tenido mi madre con Vhalen? ¿Por qué mi padre había considerado necesario dejar constancia de su nombre? Y, sobre todo, ¿Qué tenía que ver ella con el príncipe al que todo el Imperio consideraba un monstruo?
Bajé la mirada y descubrí una segunda anotación al final de la página. La letra de mi padre era diferente allí, más apresurada, como si hubiese escrito aquellas palabras sabiendo que quizá no tendría tiempo para explicar nada más;
«Si me ocurre algo, encuentra al primogénito. Él también fue traicionado.»
Tuve que leer la frase dos veces antes de poder apartar los ojos de ella. Mi padre había sabido que estaba en peligro. Tal vez incluso había sabido que su muerte era inevitable, y aun así no me había dejado una explicación completa ni una advertencia directa.
Había dejado un nombre. Killian.
Cerré los dedos alrededor de la carta mientras una serie de piezas comenzaba a encajar de una manera que no me gustaba en absoluto.
Mi prometido planeaba matarme, mi padre estaba muerto y ahora existía la posibilidad de que mi madre tampoco hubiera muerto por una simple enfermedad. Y, en medio de todo aquello, la única persona a la que mi padre parecía haber confiado parte de la verdad era precisamente el hombre más temido del Imperio, el príncipe al que todos habían condenado doce años atrás.
Guardé la carta dentro de mi vestido y permanecí unos segundos en silencio, intentando asimilar todo lo que acababa de descubrir.
Por primera vez desde que había regresado a casa, sentí algo diferente al dolor que había pesado sobre mí desde la muerte de mi padre.
Era una posibilidad, aunque apenas pudiera llamarla así. Una posibilidad peligrosa, absurda y probablemente suicida, pero una posibilidad al fin y al cabo.
Me acerqué lentamente a la ventana y levanté la mirada hacia los tejados de Veridian. A lo lejos podían distinguirse las torres del palacio donde se hospedaban los miembros de la familia imperial. Killian estaba en algún lugar de aquella misma ciudad. No sabía qué relación había tenido con mi madre, no sabía por qué mi padre había escrito su nombre ni tenía la menor idea de si aquel hombre aceptaría siquiera recibirme, pero sí sabía algo con absoluta certeza;
Si Cassiel temía que descubriera la verdad, acudir al hermano al que le habían arrebatado el trono probablemente sería la peor decisión que podía tomar.
Y, precisamente por eso, quizá fuera la única que todavía podía salvarme.
Apreté la carta contra mi pecho mientras contemplaba las luces de la capital al otro lado del cristal. Si mi padre había confiado en Killian, entonces tendría que descubrir por qué. Si mi madre había estado relacionada con Vhalen, necesitaba conocer la verdad. Y si el hombre que todos llamaban príncipe maldito había sido traicionado, tal como había escrito mi padre, quizá nuestras historias estuvieran mucho más conectadas de lo que jamás había imaginado.
No sabía qué encontraría cuando lo enfrentara, ni si acercarme a él significaría ponerme todavía más cerca de la muerte, pero después de descubrir que mi propio prometido planeaba acabar conmigo, ya no podía permitirme elegir el camino seguro.
—Muy bien, príncipe maldito —murmuré, manteniendo la mirada fija en las torres del palacio—. Veamos qué sabes de mi familia.
Mañana encontraría a Killian.
gracias me dejas sin palabras, hermosa y misteriosa historia ❤️❤️❤️🥰🥰🥰