Desde la noche en que presenció la muerte de su padre, Eleonore Montrose no ha vuelto a hablar. Su silencio, convertido en motivo de vergüenza para su familia, es usado por su madrastra, Lady Agatha, para someterla y ofrecerla en matrimonio a un hombre al que no conoce: Lord Edmund Blackwood, heredero de una antigua casa junto al mar.
Obligada a unirse a un extraño y exiliada en una mansión llena de ecos, Eleonore descubrirá que el silencio puede ser también un refugio… y que el amor, incluso en medio de la imposición, puede revelar verdades que todos preferirían mantener enterradas.
Pero cuando los recuerdos reprimidos regresen, su voz —la que creían perdida— podría ser tanto su salvación como su condena.
HISTORIA DE 25 CAPÍTULOS. GRACIAS POR LEER.
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CAPITULO 2
El amanecer llegó envuelto en niebla.
Los carruajes esperaban alineados frente a la mansión Montrose, cubiertos de escarcha, como si hasta el invierno quisiera presenciar aquel sacrificio.
Dentro, la casa vibraba con el sonido de los preparativos: el roce de las faldas, el tintinear de las copas, los murmullos de las criadas que no se atrevían a mirar a la novia.
Eleonore estaba en el vestíbulo, inmóvil. El vestido pesaba sobre ella como una carga, y cada prendedor que Lady Agatha colocaba en su cabello era un clavo más en su propia resignación.
—No llores —dijo Lady Agatha, sin dulzura—. La melancolía arruina el cutis.
Eleonore no lloró.
No podía.
El llanto, como la voz, le había sido arrebatado hacía mucho.
Las hermanas Montrose bajaron la escalera en tonos marfil y rosa, risueñas, radiantes. Beatrice lucía satisfecha; Charlotte, en cambio, parecía incómoda, pero calló. Nadie desafiaba a Lady Agatha.
El carruaje partió bajo un cielo sin sol.
Eleonore miraba por la ventanilla: las colinas, los árboles, la bruma. Todo se movía despacio, como si el mundo evitara llegar al final. A lo lejos, el campanario de Saint Iver se alzaba entre los pinos, gris y delgado, señalando al cielo.
La capilla estaba helada.
El mármol devolvía un eco hueco a cada paso, y las flores del altar eran tan pálidas como la novia.
Lord Edmund Blackwood tenía treinta y un años, la esperaba junto al sacerdote. Vestía de negro, sin joyas, salvo un anillo familiar. Su rostro era severo, contenido, el de un hombre acostumbrado a ser obedecido, no amado.
Bajo la luz fría de los vitrales, parecía mayor de lo que era. Había en él una calma disciplinada, de quien ha convivido demasiado tiempo con el silencio.
Cuando Eleonore avanzó hacia él, tan joven y frágil bajo el velo, una sombra cruzó fugazmente su mirada. Nadie lo notó, salvo el sacerdote.
—¿Aceptas por esposo a Lord Edmund Blackwood, para amarlo y honrarlo hasta el fin de tus días?
La capilla se llenó de un silencio espeso.
Lady Agatha apretó el abanico.
Eleonore levantó la cabeza y asintió.
Tan leve fue el gesto que casi nadie lo vio, pero bastó.
El sacerdote prosiguió.
Cuando llegó el turno de Edmund, su voz sonó grave, sin vacilación:
—Acepto.
El eco de la palabra recorrió las piedras, pesado como un juramento.
Tras la ceremonia, las felicitaciones resonaron huecas. Lady Agatha sonreía; Beatrice agitaba su abanico con aburrimiento.
Lord Blackwood ofreció su brazo a su nueva esposa. Ninguno dijo nada.
Afuera, el aire cortaba la piel.
Nevaba.
Eleonore tembló, no de frío, sino de algo más antiguo, más profundo. Subió al carruaje; él la siguió sin una palabra.
Durante el trayecto, solo se oía el golpe de los cascos sobre el hielo.
Eleonore miraba el paisaje borroso; Edmund la observaba con discreta curiosidad, como quien intenta descifrar un silencio.
—¿No hablas? —preguntó al fin, en voz baja.
Ella negó.
Él asintió.
—Lo sé —dijo simplemente—. Me lo advirtieron.
No había crueldad en su tono, solo una distancia honesta.
El silencio volvió, esta vez menos incómodo, aunque lleno de lo que ninguno sabía nombrar.
Horas después, el carruaje se detuvo frente a una mansión inmensa, azotada por el viento.
Blackwood Manor se erguía sobre el acantilado, con las olas rompiendo abajo y un cielo gris de gaviotas girando sin rumbo.
Edmund descendió y le ofreció la mano.
Por un instante, Eleonore dudó. No por miedo a él, sino porque el viento que subía desde el mar le trajo algo que creía perdido: la sensación de libertad.
Él la miró, con una calma que no supo leer.
—Bienvenida a tu nuevo hogar, Lady Blackwood.
Eleonore inclinó la cabeza.
Y aunque no podía hablar, deseó poder decir algo.
Algo que no fuera una despedida.