DEMITRI
Mi mano se apretó sobre el vaso, nuevamente lleno hasta la mitad de Whisky. Mientras estudiaba a mi padre. Sentía recelo por su visita abrupta a La Torre. Aun así, mantuve mi rostro de mostrar cualquier emoción, sabía
que él odiaba aquella. Y durante años, en mi niñez me lo había hecho saber. Apure el líquido hacia mi garganta cuando presentí que mi mente intentaba divagar en los lugares más oscuros de mi memoria. No quería hacerlo.
Lágrima que derramas, dolor que recibes.
Tú no lo eres.
Las palabras de mi padre en el pasado y las de la Sita. Laurens se mezclaron en forma de eco en mi cabeza. Trague saliva a la vez que me inclinaba hacia adelante y vertía más licor en el vaso.
—Escuché que aceptaste el compromiso con la hija mayor de la familia Raffelsen. —la voz rasposa de mi padre hace que clave mi mirada en él.
Vuelvo a echarme hacia atrás, sobre el respaldo del sillón. Demir De’Ath’s, se encontraba frente a mí sentado, con las piernas ligeramente abiertas y entre ellas el bastón de madera oscura. Sus manos, ambas de ellas, se mantenían arriba de la punta del bastón cubierto de metal que terminaba con forma de la cabeza de una León con la boca abierta. El símbolo de la familia De’Ath’s, uno que llevaba la misma diosa Ignis portando en su escudo. El hombre que cruzaba ya su sexta década, la alerta grabada en cada arruga de su curtido rostro. Sus ojos azules me estudiaban sin parpadear, él estaba esperando “algo” cualquier cosa de mí.
Esperando para soltar cualquier reprimiendo.
—Sí. —digo mientras asiento y elevo de nuevo el vaso hacia mis labios.
—Eleanor Raffelsen, es la prometida de tu hermano.
Mis ojos conectan con los suyos.
—Acepte en nombre de Nathan. —trago saliva. —Además, al aceptar me dan los papeles del permiso de adquisición de las empresas en Londres. —él no dice nada, lo anterior parecía no haberle interesado, en cambio, saco una de sus manos del bastón y optó por devolver la vista a los papeles que le había dado en el momento que entre a la habitación. Pero él los había dejado sobre la mesa de cristal, la cual era nueva porque la anterior había sido rota por el cuerpo de uno de mis hombres al ser tacleado por una mujer no más de 1, 65 metros de altura. —Cuando Nathan regrese, se le concederá su lugar y todo lo que le pertenece.
Eso captó su atención, levanto los ojos de los papeles.
—¿Y eso es? —sus palabras se alargaron.
Me remuevo en mi lugar, no me había dado cuenta qué estaba haciendo de mi mano libre un puño, hasta sentí la tensión del guante. Afloje mis dedos.
—El puesto del gobernante de la nación del fuego, el bendecido por la Diosa Ignis. El dueño de La Torre y de todas estas tierras. —mis palabras caen de mi boca como un canto dicho de memoria. Un canto que sí me sabía de memoria y era uno que me habían grabado en mi piel. Recordándome el simple remplazo y pedazo de mugre que era ante sus ojos. Le sostuve la mirada. —El lugar donde pertenece.
Y no. Tú no lo eres.
Sentí un cosquilleo en la nuca, cuando aquellas palabras volvieron a sonar en mi cabeza. El rostro de Evangeline Laurens surgió con ello, era algo ovalada, de pómulos altos y definidos, con cejas bien marcadas, con un arco natural y fino. Su cabello rojo y rebelde había caído hacia adelante cuando pronuncio aquellas peligrosas palabras, aunque sabía que aquel color no era su color original, se lo había teñido para intentar escapar de mi radar.
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