Tomé la minivan color blanco, que se encontraba estacionada a un lado de la carretera, la parte trasera y sus costados estaban decorados por flores, rosas, grandes girasoles y margaritas, se posaban alrededor del nombre de la florería. Parecía que la misma primavera había vomitado sobre la pobre camioneta.
Logré meter las flores con cuidado en la parte de atrás, para luego subir del lado del conductor y ponerme en marcha hacia mi destino. No podía creer porque la solicitud provenía de las oficinas de la Familia De’Ath, quienes gobernaban esta parte del mundo. Todas mis defensas se activaron, mi mente se puso a la defensiva y mi rostro relajado cambió a uno serio, mi cuerpo se encontraba rígido durante todo el recorrido y se tensó al ver el gran edificio vestido de cristales oscuros, aun con las bocinas y el sonido de las ruedas de los autos por las calles, se podía escuchar el sonido del agua cayendo con fuerza y libertad. La cascada posicionada a un costado del edificio donde caía sobre una gran fuente que parecía ser el centro de un pequeño parque con estacionamiento. Para las personas que venían de las afuera y veían en edificio de cristal con una cascada gigante, la cual parecía que el agua caía de lo más alto del mismo edificio.
Estacioné la camioneta en uno de los espacios vacíos del estacionamiento-parque. Cuando bajé y fui hacia la parte trasera a buscar las flores, los pétalos brillaron aún más con la luz del sol cayendo sobre ellas. Cuando mis ojos volvieron a caer sobre el edificio. Contuve la respiración, hasta sentir que mis pulmones ardían, solté el aire con fuerza. Cuando volví a bajar la cabeza vi, lo que parecía ser la gorra vieja de Ziven, la tome y la
coloque sobre mi cabeza.
Me daba confianza decir que nadie podía reconocerme, los lentes de lectura y la melena rebelde que caía por mi espalda en una trenza desaliñada, me daba seguridad en que nadie iba a reconocerme. Me había teñido el cabello, de un color totalmente opuesto al de mis raíces. Solté de nuevo el aire cuando me di cuenta que mis pulmones volvían a calentarse, pidiendo volver a trabajar.
Mi mente volvió a un punto de nuevo en la florería.
Me maldije a mí misma por ser tan perezosa, debí quedarme a limpiar el almacén y dejar que venga Ziven y se encargara de esto. Yo no podía hacerlo, me retracto en ese momento. Aunque Nathan me había dicho que él nunca le había dicho algo a su hermano sobre mí, que lo único que su hermano sabía, era que mi hermana era hija única. Lo había hecho para protegerme, creía en él. Pero, aun así, no podía sacarme la ansiedad de saber que estaba a punto de entrar a la boca de la bestia.
Bueno, al menos sabía que no iba a subir hasta su oficina, que las flores eran para un empleado de las oficinas. Alguien de bajo rango, por favor, quiero creer eso. Volví a suspirar y me concentré en caminar hacia el edificio con la frente en alto. Al entrar el color negro y dorado fue lo primero que mis ojos captaron, el piso era un completo espejo gigantesco color negro, las columnas que se encontraban separadas y dispersas ordenadamente parecían ser de mármol dorado. El edificio parecía tener lo que era un gran espacio en el centro, donde estaba decorado por diversas plantas naturales, un gran árbol que parecía tener cientos de años y casi más de diez metros se encontraba situado en el centro. El lugar no dejaba de sorprenderme, pensé que al entrar lo primero que sentiría sería un lugar complemente cerrado y aburrido, sin espacio para que el aire recorra estos pasillos. Pero estaba equivocada, se podía respirar mejor aquí, que afuera. Algunas personas venían e iban por el gran lugar, todos parecían estar sumergidos en su mundo y en trabajar para luego poder ir a casa.
Un sentimiento nostálgico recorrido mis venas al recordar esa adrenalina y estar ocupada en todo momento, extrañaba mi antiguo trabajo, pero aún no estaba lista para volver. No podía hacerlo, el olor a desinfectante y el sonido de los aparatos médicos me recordaban a aquel episodio oscuro dentro de mi cabeza.
Me sacudo mentalmente para borrar cualquier rastro de ese desagradable recuerdo.
Me acerqué a la recepción en donde se encontraban cuatro hermosas mujeres atendiendo el teléfono y tomando notas. Parecían bastantes ocupadas, su piel lisa como porcelana y sus cabellos sedosos y arreglados delicadamente en un moño elegante, las volvían totalmente profesional junto al
uniforme de la oficina. Parecían robots hechos a la medida.
—Disculpe, vengo a…—La morena a la que me acerco, me interrumpe.
—¿Tiene cita? —ella me pregunta sin mirarme, sigue con la mirada colgada por el ordenador frente a ella.
Reproduzco la llamada dentro de mi cabeza.
—Eh, no…—digo no tan segura.
—Lo siento, pero antes debe pedir una cita si quiere…
—Solo vengo a entregar flores.
Ella levanta la mirada y sus ojos color verdes esmeraldas me penetran.
—Le vuelvo a repetir. Debe tener cita si quiere proseguir. —su voz neutra, comenzaba a sacarme de mis casillas. Sabía que ella estaba haciendo su trabajo, pero yo también estaba haciendo el mío. —Por lo que no puedo dejarla pasar.
—Y yo le vuelvo a repetir. Vengo a hacer una entrega. Me llamarón de una de las oficinas de aquí para entregar unas flores. No saque cita o…—no sabía porque debía sacar cita para entregar unas tontas flores. —, no saque cita porque no sabía que era necesario hacerlo.
Ella suspira.
—Aun así, no puedo dejarla pasar. —ella mantiene su postura. —Aunque puedo pedirle que deje las flores aquí, luego uno de nuestros empleados se lo hará llegar a su receptor.
—Eso…—me interrumpo a mí misma, pensándolo bien eso aceleraría las cosas y podría salir de este lugar rápidamente. —Eso está bien. Muchas gracias. —en mis labios se forma una honesta sonrisa al ver el favor que ella me había hecho. Ella continua con su expresión neutra.
Coloco las flores sobre el mostrador, justo en el momento que el teléfono frente a ella suena repetidamente dos veces, a la tercera vez ella atiende.
—Sí, Sí…Sí, Señor. —manteniendo su voz seria, ella no deja de mirarme. Estoy por irme, dejar las flores y huir. —Lo lamento, señor. Inmediatamente lo haré. ¡Que tenga un buen día, Señor!
Escucho el picotear de sus tacones contra el suelo.
—Señorita, espere…
Vuelvo a girar mi cuerpo para enfrentarme a ella.
—Han dado permiso para que pueda subir y pueda entregar las flores personalmente. —ella sale de detrás del mostrador y se pone a un costado, mostrándome el lugar hacia donde se encuentras los ascensores. Los cuales eran de cristal y se podía ver con claridad quienes subían hasta lo más alto. No podía moverme, ella me mira con una sonrisa profesional, tiene un brazo sobre su estómago y el otro lo estira en dirección hacia los ascensores. El mal presentimiento volvió a molestarme justo en el centro del pecho. Aun así, tomo las flores y me acerco a ella. Ambas caminamos hacia uno de los ascensores.
Estaba segura, tengo que estarlo. Nadie podía reconocerme, él no sabe de mi existencia.
Al entrar, ella aprieta un botón y se queda fuera, parecía que solo yo iba a subir.
—Que te tenga buen día, Sita. Evangeline.
—Espera, ¿Qué?... —las puertas se cierran y por algún motivo su sonrisa me dio escalofríos. Cuando reaccione a lo que ella había dicho, intente detener las puertas de cerrarse, pero era demasiado tarde. El ascensor de cristal comenzó a subir sin que yo pudiera detenerlo, solo una catástrofe podía hacerlo. Cuando miré hacia arriba, los números no dejaban de subir.
Mierda, mierda, mierda, mierda…
Apreté el botón de emergencia, pero este no funcionaba, mejor dicho, parecía estar de adorno en el tablero. En un segundo, el ascensor se detuvo y sabia cuál iba a hacer mi próxima acción. Iba a volver a bajar y olvidar la entrega. No me importaba, el zumbido en mis oídos me decía que algo estaba a punto de pasar y que debía de escapar. Las puertas comenzaron a abrirse, aprete con rapidez el botón del primer piso, quería bajar, por favor.
Baja, baja, baja, baja….
Pero no sucedía nada. El ascensor parecía haber muerto, aunque los ascensores que tenía a mis costados parecían moverse sin ningún problema. Decidí salir y buscar las escaleras de emergencia, no sabía cuántos pisos había subido. No había prestado demasiado atención a los números, solo recuerdo que luego del décimo piso el ascensor siguió subiendo. El que la recepcionista supiera mi nombre sin que yo le dijera, me daba mala espina. Y sabía que debía huir.
Él podría saber de mí. No iba a dejar que arruinara la vida que mi hermana tenía hasta ahora. No le iba a dar el gusto a ese bastardo.
Logre sacar un pie cuando un hombre de cabello chocolate y ojos verdes apareció frente a mí. El traje se ajustaba a su cuerpo perfectamente, tenía una remera en cuello V debajo de la chaqueta, en vez de una camisa. Su sonrisa despreocupada hizo que me tragara mi respiración. Detrás de él, dos personas vestidas de negro posaban en silencio y con un rostro que gritaba muerte. Por instinto di un paso hacia atrás, alejándome del hombre de sonrisa siniestra.
—La estábamos esperando, Sita. Evangeline.
Mi mundo entra en conflicto y mi cuerpo se prepara para pelear.
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