Capitulo 8

Ravenna tras escuchar la cruda verdad de la boca de su madre sintió su corazón estrujarse, era impensable para ella aceptar que su madre y su hermano podrían morir, ya que una enfermedad como esa era sinónimo de muerte.

- Ravenna: no... no lo aceptó.

Murmuró Ravenna y salió corriendo de la casa.

- Ingrid: ¡a dónde vas a estás horas Ravenna!

Grito Ingrid pero Ravenna no hizo caso y salió disparada hacia algún lugar.

Ravenna, llena de desesperación, se lanzó a la oscuridad en busca de hierbas medicinales. Cada paso era una lucha contra el dolor y el miedo que la atenazaban.

Corrió entre los árboles, su respiración entrecortada por el llanto que ahogaba su garganta no la detuvo en su búsqueda.

Al llegar a un claro, Ravenna se dejó caer de rodillas, con el corazón desgarrado por la angustia. Sus manos temblorosas se hundieron en la tierra, arrancando hierbas con gestos frenéticos. Las lágrimas se mezclaban con el barro en sus mejillas, y sus uñas se llenaban de tierra mientras sus manos se raspaban contra el suelo, era un completo desastre, lágrimas, sangre, tierra y su desesperación, Ravenna parecía perder la razón.

- Ravenna: Sí, la medicina funcionará. Tiene que funcionar...

Murmuro entre sollozos, aferrándose a la débil esperanza que aún brillaba en su corazón destrozado.

- Ravenna : Charles... Charles... Donde estas.

El nombre de Charles escapó de sus labios entre susurros entrecortados, anhelando su apoyo en aquel momento de desesperación abrumadora. La soledad del bosque resonaba con sus súplicas perdidas en el viento.

Tras un tiempo, Ravenna, exhausta y llena de tierra, regresó a casa con el corazón roto y las manos marcadas por su desesperación.

Preparó las infusiones con las hierbas que había recolectado, intentando aferrarse a una esperanza que se volvía más tenue con cada segundo.

Al llegar a la habitación de su madre, la vio acostada, más débil que antes. Un escalofrío recorrió su espalda ante la realidad inminente. Se estremeció de miedo, pero se obligó a aparentar fortaleza. Sin embargo, Ingrid, con ojos cansados, se negó a dejar que la tocara.

-Ingrid: Deja la medicina a un lado. No debes tocarme, ni a mi ni a André... Podrías, podrías contagiarte.

Ravenna protestó, pero las palabras de su madre resonaron en la habitación como un lamento irremediable. Sintiéndose impotente, dejó la medicina y se retiró.

Luego, se dirigió a la habitación de André, donde un hedor nauseabundo la golpeó al abrir la puerta.

La visión que enfrentó la paralizó. Su hermano, cubierto de heridas, flaco y pálido, yacía en la cama como un espectro de lo que una vez fue. La realidad, cruda y cruel, la golpeó con fuerza, y Ravenna, temblando, se preguntó en silencio por qué la desgracia había caído sobre su familia.

Ravenna, sintiendo el peso de la desesperación, quedó inmóvil ante el lecho de su hermano, mientras la pregunta sin respuesta resonaba en su mente.

Las lágrimas brotaron como un torrente, mientras se preguntaba una y otra vez.

- Ravenna: ¿Por qué? ¿Por qué tenía que sufrir así mi familia?

La habitación de André estaba sumida en un silencio roto solo por los gemidos tenues de sufrimiento. Ravenna, con lágrimas en los ojos, se acercó a su hermano, cuya condición empeoraba a cada minuto. Las heridas abiertas cubrían su piel, y la imagen era tan desgarradora que Ravenna sintió un nudo en el estómago.

Se arrodilló junto a la cama, intentando ignorar el hedor nauseabundo que llenaba la habitación. Los sollozos escaparon de sus labios mientras comenzaba a limpiar las heridas de su hermano. Sin embargo, la visión de la carne enferma y las llagas purulentas eran más de lo que su estómago podía soportar.

A Pesar de sus esfuerzos por contenerse, Ravenna no pudo evitar que un retorcido sentimiento de repulsión se apoderara de ella, y se apartó bruscamente, sintiendo un nudo en el estómago que amenazaba con hacerla vomitar.

Sintiendo cómo las náuseas le subían por la garganta, corrió hacia el baño, y con un retorcijón en el estómago, vomitó. Las lágrimas se mezclaban con el desagradable sabor en su boca. Ravenna se sintió avergonzada y angustiada por su reacción, cuestionándose a sí misma cómo podía sentir asco por su propio hermano.

- Ravenna: ¡Perdóname, André! No quería... no quería...

Al regresar, Ravenna se limpió el rostro y se enfrentó a la dura realidad. Se acercó nuevamente a André, sintiendo una mezcla de desesperación y autoacusación. Se reprochaba por su debilidad, pero al mismo tiempo, la impotencia la envolvía.

La noche se cernió sobre la casa, pero el insomnio se apoderó de Ravenna. Se sentó en el suelo entre las puertas cerradas de las habitaciones de su madre y su hermano. Sus manos temblaban mientras suplicaba en voz baja, desgarrada por el miedo y la impotencia.

- Ravenna: Por favor, por favor, sánalos. No puedo perderlos...

La oscuridad de la noche parecía reflejar el abismo en el corazón de Ravenna. Olvidó por completo la novela que alguna vez la sumió en sus páginas de escape.

Al amanecer, la urgencia la impulsó nuevamente. Después de comprobar el estado de su madre y hermano, Ravenna corrió hacia el pueblo en busca del médico, la única esperanza que podía quedarles. Sin embargo, la cruel realidad la golpeó cuando un asistente del médico le informó que era imposible atender a más pacientes.

- Es imposible, el doctor tiene pacientes para atender por el resto del día de hoy, mañana y probablemente la semana entera... Lo siento.

Una epidemia había azotado Woodville.

El miedo se apoderó de Ravenna, sintiendo que las predicciones de la Santa se volvían tangibles en su pequeño pueblo.

Regresó con pasos lentos y temerosos, decepcionada y asustada por el destino que les esperaba.

A pesar de la desesperación, Ravenna continuó preparando la medicina con las hierbas que conocía, pero la falta de mejoría en su madre y hermano la sumía en una espiral de desesperación. El tiempo corría en su contra, y la sombra de la muerte se cernía sobre su hogar.

Los días avanzaron en Woodville como una marcha inexorable hacia la tragedia. La sombra de la enfermedad se cernía sobre la casa de Ravenna, y con cada amanecer, tanto André como Ingrid veían menguar sus fuerzas. La habitación de enfermos resonaba con gemidos de sufrimiento, y el hedor de la enfermedad permeaba los rincones de la casa.

Una tarde, Ingrid, debilitada pero lúcida, llamó a Ravenna a su lado.

- Ingrid: Hija, no te esfuerces tanto. Necesitas descansar.

Las palabras de su madre se colaron como flechas en el corazón de Ravenna. Ingrid continuó, sus ojos reflejando una resignación que cortaba más profundo que cualquier enfermedad.

- Ingrid: No te preocupes por nosotros. Nuestras muertes son inevitables.

Ravenna, endurecida por la desesperación, la miró con incredulidad.

- Ravenna: ¿Cómo puedes decir eso? No puedo simplemente quedarme de brazos cruzados y...

Ingrid la interrumpió con una sonrisa triste.

- Ingrid: No te estoy pidiendo que te quedes de brazos cruzados, hija. Solo quiero que cuides de ti misma.

Ravenna frunció el ceño, sus ojos destellando con determinación.

- Ravenna: ¿Cuidar de mí misma? ¿Y qué es para ti cuidar de mí misma, mamá? ¿Dejar que mi familia se desvanezca ante mis ojos?

Ingrid, a pesar de su debilidad, respondió con calma.

- Ingrid: No quiero que te consumas en vano. Tienes toda una vida por delante. No mereces sufrir más de lo necesario.

Ravenna apretó los dientes, la frustración burbujeando en su pecho.

- Ravenna: Pero mi vida eres tú y André. No puedo simplemente...

 Ingrid, al ver la herida que había causado en el alma de su hija, sintió un nudo en su garganta. Una mezcla de alivio y tristeza inundó su corazón al darse cuenta de la fortaleza y el amor que Ravenna demostraba en medio de la desesperación. Ingrid, con un suspiro, se disculpó.

- Ingrid: Perdona si mis palabras te han herido. A veces, en la debilidad, nuestras mentes se enredan en contradicciones. Debo aceptar que he criado a una hija fuerte y amorosa. Perdóname.

Una mezcla de paz y tristeza cruzó el rostro de Ingrid mientras le sonreía débilmente a Ravenna. La hija, aunque herida por las palabras de su madre, encontró consuelo en saber que, incluso en medio del dolor, había logrado transmitirle fuerza y amor.

La enfermedad continuó su marcha inexorable, pero en ese instante, en medio de la oscuridad y el sufrimiento, madre e hija encontraron un destello de paz en el amor compartido que les fortalecía

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Comments

Elisa Patico

Elisa Patico

que triste 😢

2024-02-04

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