El inicio de clases de la nueva generación de superdotados había comenzado en el formatorio de la Guardia Civil. Los postulantes habían sido reubicados acorde sus dones y sus collares seguían aún bajo el control de los instructores. Quitárselos sin saber sus verdaderas personalidades o ver sus límites era peligroso.
_ Director Samuel, en esta lista de aquí podrá ver los nuevos integrantes como usted me pidió.
En aquel lugar se encontraba un hombre robusto, de tez clara y cabello castaño. Sus ojos imitaban el blanco de las nubes en verano y una gran cicatriz partía al medio su ojo izquierdo al igual que sus profundas arrugas en su rostro. El tabaco de su pipa volvían carrasposa su voz con cada bocanada de humo, y su personalidad era igual de marga que el café frío que estaba al costado de su escritorio ya hacía horas.
_ Espero este año venga algo bueno, Ada.
_ El último nombre de la lista podría ser de su interés señor director, o eso es lo que me comento el Dr. Gabriel.
Haber oído aquello despertó gran curiosidad en él. Escuchar que ese personaje loco y desquiciado recomiende a uno de sus experimentos era poco común. Hasta extraño podría decirse.
Sin perder tiempo indagó en aquella hoja y solamente encontró un corto y vacío nombre.
_ Ada, consigue toda la información que puedas de esta persona. Este año me ocuparé personalmente de enseñar a este grupo como ser parte de la Guardia Civil.
En la ciudad, grandes columnas de humo y fuego se dispersaron por los edificios y casas a gran velocidad. Desde lo alto de las torres se podía ver la desesperación de los pocos sobrevivientes que quedaban. Malheridos, en su afán de escapar de aquella muerte dolorosa, entre las llamas se distinguía como se arrojaban al vacío y acababan golpeando contra el asfalto tiñiendolo de una capa roja. Gritos de horror se oían hasta la estación de policías. Pocos integrantes de la Guardia Civil podían ayudar, ya que la mayoría se encontraba luchando con un gran grupo de rebeldes de niveles avanzados que intentaban tomar como rehenes a pequeños niños. Muchos sabían cuál era sus intenciones además de generar casos. La sangre pura e inocente de humanos normales servían para sus sacrificios en sus comunidades ocultas. Pocos fueron los que regresaron o huyeron de aquellas matanzas, pero pudieron ser testigos fieles de sus obras y dieron a conocer sus rituales.
El grupo de defensa hacia lo posible para sostener los edificios y escombros que se derrumbaban sobre los civiles, mientras que el grupo de ataque arriesgaba sus vidas para detenerlos. La conformación de ellos había sido totalmente neutralizada por los rebeldes. Los dotados de ataque no tenían a sus compañeros de defensa, por lo que eran presa fácil para ellos. Tan solo un simple golpe directo bastaba para derrumbarlos, aunque su agilidad y destreza los mantenía alejados.
Los Épicos más débiles caían como moscas. Sus dones ya no eran los adecuados para este tipo de situación, aunque debían hacer lo posible para retenerlos allí hasta que llegase el grupo de Leyendas. Cada minuto contaba para la derrota total. Y dejar el formatorio desprotegido era aún más peligroso. Los instructores habían rodeado cada rincón del lugar, ya que algún que otro rebelde se había querido colar en él. La mente de los nuevos aún era vulnerable a cualquier manipulación externa y mucho no se sabía de ellos como para confiar en su lealtad e intenciones de pertenecer en el lado de los buenos.
_ ¡Director! El formatorio está siendo rodeado. La Guardia Civil ha informado que tardará en llegar. Las redes de comunicaciones han sido destruidas. Se envió un mandatario de urgencia para pedir refuerzos, pero afuera...
_ Ada, avísale a los instructores de defensa que activen en escudo. La Guardia Civil no será de ayuda cuando llegue. Para ese entonces ya habrán ingresado y la ciudad ya estará destruida.
La mirada de la secretaria quedó en blanco por unos segundos. Sabía que la única salida sería si el director tomaba riendas en el asunto. El único Leyenda mas experimentado en guerras era él.
Tantos años en el frente lo habían llevado a desarrollar su habilidad al límite de poder ser defensa y ataque a la vez. Su don era único entre todos. Ese había sido el motivo de poder actuar solo. No era necesario un Guardia de defensa.
En las salas, los novatos veían a lo lejos sin comprender que sucedía alrededor. El equipo de enfermería había abandonado el recinto con suma prisa mientras cargaban enormes equipos en sus espaldas y solo quedaban con ellos unos pocos instructores.
Una voz resonó en la mente de todos ordenando que se proteja el edificio.
_ Director, ya di el aviso. _ Decía Ada mientras se preparaba y alzaba sus manos al cielo.
El lugar había sido rodeado. Grandes hombres mitad bestia, otros en llamas o con armas que extraían de sus pieles se preparaban para avanzar. Aunque algo los detenía. A lo lejos se podía ver uno de ellos observando todo desde lo alto. Suspendido entre las nubes y escoltado de dos más, era indicio de quien los lideraba.
En un principio se creía que su objetivo era la estación de policías o solo crear casos, pero viéndolo desde este punto está claro que era algo más. Buscaban otra cosa. Y aquello se encontraba en este formatorio.
El director Samuel camino lento y seguro hasta la puerta principal y se detuvo a unos pocos metros de los rebeldes. Era una gran horda de salvajes cubiertos de muerte y miedo.
A sus espaldas una gran cupula cubrió el edificio completoamente y lo protegió con todos en su interior. Uno a uno los salvajes avanzaban y caían en pedazos al suelo. El Director Samuel no movía un solo músculo. Los instructores con sus ojos cerrados solamente se ocupaban en mantener sus manos en lo alto para mantener aquel campo de protección en pie. Confiaban ciegamente en el Director.
Su vista solo se dirigía al cielo. A aquellos rayos resplandecientes que cegaban a cualquiera que los observara. Solo él era capaz de distinguir aquel rostro, su ojo partido sabía quién se escondía entre las nubes. Un gran peligro acechaba allí.
_ Espero lleguen a tiempo...
El sol se escondió, y comenzó a llover fuertemente. La tormenta había llegado de improvisto. Todos sabían que aquello era obra nada más y nada menos que de uno de los rebeldes. ¿Su motivo? Cubrir su huida. Aunque no todos se habían retirado. El Director Samuel ya no tenía rivales que lo atacasen. Más bien, tenía una amenaza aun mayor que había penetrado el escudo. Uno de los instructores había perdido demasiada sangre y su falta de fortaleza debilitó aquel lugar. El tiempo se había paralizado al igual que el corazón de todos allí. Que un rebelde superdotado, y mucho más que uno de sus más temidos enemigos haya ingresado era lo peor que podía suceder en este momento.
Cada esquina y habitación había sido revisado al igual que los novatos, se los inspeccionó y controlo para evaluar si habían sido heridos o influenciados, pero no se encontraron señales ni rastros de aquel rebelde. Era tan extraño no encontrar indicio de su presencia que de todos modos la alerta seguía en pie.
Poco a poco la ciudad se libraba de aquella capa de cenizas y de entre los escombros los enfermeros traían de regreso y curaban a los civiles. El ataque de esta magnitud había sacudido a todos. Era impensable que luego de la última guerra haya regresado grandes enemigos para destruirlo todo. Afortunadamente, la ciudad contaba con uno de los últimos sobrevivientes de aquella época oscura.
Agotado por su avanzada edad, el director Samuel inspeccionó uno por uno, con sus últimas fuerzas, a sus leales aliados. Aquel terrible atentado había iniciado una nueva alerta al igual que un nuevo año. La tensión y seguridad del lugar debería de duplicarse ahora que saben que encontraron algo de su interés en este lugar.
Una vez ya en orden todo, las lecciones se habían suspendido y los novatos fueron enviados a sus cuartos para ubicarse cómodamente y hacerlos sus nuevos hogares. Divididos de a dos fueron ingresando y acomodando sus escasas pertenencias. Aunque una de las habitaciones había sido afectada por el ataque. El Director decidió reubicar a aquel par en el ala de los instructores. Una habitación mucho más pequeña con una litera doble y una ventana pequeña a lo alto. En la litera más alta se recostó Lilit mientras veía a detalle cada rincón de esas pálidas cuatro paredes. Todo aquello le traía sensaciones extrañas. Las duchas no eran privadas como en el ala de novatos. En este nuevo sector todo era compartido. Pero con su presencia debía ser supervisado por una instructora.
La hora del baño había llegado y tan solo con sus paños cubrían sus cuerpos. Las regaderas pegadas una a la otra, el agua helada que tardaba una eternidad en tomar temperatura, su compañera de cuarto a sus espaldas, esa sensación de deja vu la alertaba al máximo. La sombra de la supervisora junto con sus pasos pesados le habían traído aquel doloroso recuerdo de regreso.
_ ¡No! ¡No me toques, aléjate!
Gritaba Lilit mientras peleaba contra su memoria que a cataratas y a detalle llegaban imágenes de ese momento con el cuidador en la ducha.
_ ¡Supervisora se está haciendo daño! _ Grito su compañera aterrada de lo que sus ojos estaban viendo.
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