De niño me enseñaron a ser cordial con los demás, a ayudar a los necesitados, a no contestar una agresión y siempre hacer lo que mis padres decían. Todo eso se había clavado en lo más profundo de mi mente y cada que hacía algo mal, aparecía esa culpa que presionaba mi pecho y carcomia mi mente.
Mi casa no era la más grande de la zona, más bien era la más humilde. Para mí era la más bonita porque veía como mi padre hacia lo imposible para arreglarla. Mi madre limpiaba todas las mañanas y por la tarde preparaba la comida. Por más que sea verano y las temperaturas eran elevadas, cocinaba esas salsas y sopas que hervía y pelaba nuestros paladares.
Mi vida era muy simple. Ayudar a papa con la huerta y algún que otro trabajo que podía hacer a mi corta edad, luego hacia todo aquello que mi madre pedía, traer verduras o cuidar a mi hermano pequeño. Una vez que terminaba todo ello era tan libre como mi imaginación en aquel enorme prado verde. Mi lucha con bestias enormes un día o seres de otro planeta que invadían la tierra. Todo era tan divertido. Trepar a casi todos los árboles y comer sus frutos o jugar entre sus hojas secas. Deseo que aquellos momentos nunca hayan acabado. Pero finalizó, al igual que mi inocencia de niño.
A medida que uno va creciendo, se va volviendo consciente de muchas cosas que antes pasaban desapercibida o eran escondidas por los padres.
Mi padre ya no era aquel hombre trabajador y fuerte que veía. Encontré su escondite donde guardaba todo ese alcohol. Y veía avergonzado como por las tardes corría para hacer su trabajo y poder al fin poner en su boca esas botellas de licor. Así se quedaba largas horas, inmóvil bajo uno de los árboles de fruta esperando a recobrar la conciencia.
Y mi madre... Que decir de ella... Quién era la que me daba consejos de vida fue la que hoy me arruino. Cuando creía en mi ingenua mente que yo era su ayudante, terminé siendo nada más que su esclavo. Poco a poco noté su poca gana de vivir y de hacer las tareas de la casa. Solo se sentaba en frente de la ventana y veía como el día acababa. En su frustración, se desquitaba conmigo por mi falta de consideración. Su cuerpo obeso por falta de actividad y comer todo el día era su excusa para que yo haga su trabajo de madre. Mi hermano era otro que se sumaba a la causa. Un inútil caprichoso que se quejaba por todo. Mi madre alabando cada estupidez que hacía y mi padre ausente, habían creado un hijo estúpido.
Mi adolescencia fue terrible. Ya no soportaba ver a mi padre ahogarse en el alcohol para huir de esta familia y escuchar a mi madre pelear por sus historias inventadas. Según ella había estado todo el día trabajando y limpiando para recibirlo. Mentira. Ese fui yo... Tú te quedaste sentada sin hacer nada... solo dabas órdenes...
Todo aquello era tan injusto. Hacía todo lo que me pedían y seguía siendo el peor hijo para ellos.
Una noche corrí hasta el pueblo para comprarle la pomada para pies a mi madre. Se habían hinchado tanto que no se podía mover. Mi padre no se movió de la cama y mi hermano no podía ubicar las calles del médico a las que siempre iba para encontrarse con las mujeres de siempre.
Golpee y golpee esa puerta en medio de la oscuridad. Hacía tanto frío que cada que llamaba a la puerta mi puño dolía como agujas clavándose bajo mi piel.
La puerta al fin se abrió y allí estaba el doctor con su pecho cubierto de bellos y su blanco calzoncillo largo. Su rostro mostraba el enojo que sentía por interrumpir su sueño.
Le pedí e imploré por mi madre y solo hizo que serrara su puerta en mi cara. Volví a golpear... Y lo único que recibí fue un fuerte golpe. El dolor de mi mano era diminuto comparado a eso. Regrese a casa empapado por el rocío de la noche. Temblando de frío y con un ojo morado.
Mi madre lloró a gritos al verme con las manos vacías. Sentí como fingía su dolor solo para llamar la atención de mi padre y mi hermano que la ignoraban sin importarle. Pero mi padre se levantó de la cama. Me observo y culpo por todo. Dijo que era un bueno para nada, que debió haber dejado que muriera cuando era niño, y golpeo mi ojo sano.
Esa semana no podía ver bien por donde caminaba. Por lo que termine tirando alguna que otra vajilla de mi madre. Trate de ocultar todo pero mi hermano se encargaba de decirlo todo. Y ahí volvían los golpes. No importaba con que, solo lo que estaba al alcance de sus manos bastaba para sacar su desquiciada paciencia y desahogar su ira en mí.
Pensé varias veces en huir de allí. Pero temía por mi futuro o que mi padre me encontrase y fuese peor. Sabía que tenía muchos conocidos con los que compartían copas y se contaban absolutamente todo. Entonces guardaba mi mochila y volvía a esa vida horrible.
Mi madre delante de los demás era perfecta. Sonreía como toda una dama y era sumamente amorosa con nosotros. Muchos la envidiaban por la familia perfecta que tenía. Todo eran apariencias. Ya no soportaba tal mentira.
Llegado a los veinte. Mi padre me tomó del cuello y me llevó a un lugar de la ciudad que jamás había visto. Un edificio descuidado y oscuro. Dentro se oian risas, gritos y gemidos. Las habitaciones no tenían más que una cortina que apenas cubría su interior.
Hombres robustos montados sobre mujeres totalmente desnudas, que mientras pasábamos veía su rostro simulando un gemido o un orgasmo. No entendía cuál era el plan de mi padre.
Llegue al final del pasillo y me empujo a una de esas habitaciones. Dentro había solo una pequeña cama y una mujer mayor. De cabellos blancos y pechos caídos. Me observo y sonrió.
Me susurro si era mi primera vez. No entendía que pasaba. Mi padre solo se quedó viéndome desde la puerta mientras está anciana me desabrochaba el pantalón. De inmediato lo supe. No cambiaré de personalidad únicamente por montar una mujer. Jamás haría eso. Esto que soy es producto de ustedes.
Empuje a la mujer y esta cayó al piso. Se enfureció y me abofeteo. Mi padre había enfurecido y me comenzó a gritar de cuánto dinero había gastado en esta puta para convertirme en hombre, que yo era un marica y que el me enseñaría como se hacía.
La pobre lo vio asustada y de un tirón la había levantado de su cabéllo y la tomó delante mío. De donde estaba se podía sentir el aliento de mi padre repleto de alcohol. Poco fue la tortura de la anciana, pero en las sabanas habían quedado unos pocos cabellos blancos tendidos. Lloro y mi padre río a carcajadas.
De regreso dijo a todo el que nos cruzaba lo impotente y marica que yo era. Fue tan vergonzoso. En casa continuo. Era el hazmerreír de todos. Sentía mucha rabia y vergüenza. Quería acabar con mi vida, pero era un cobarde.
Así paso un año más en aquella casa frente al prado verde. Un día una muchacha llegó a casa ofreciendo quesos de cabra. Mi padre fue muy gentil con ella. Sabía cuál era su interés allí. Pero la joven solo se fijaba en mí mientras alimentaba a los animales.
Al día siguiente regreso, pero esta vez fue directo al granero. Trato de conversar conmigo, pero mi hermano apareció y se la llevo vaya a saber donde. Solo deseaba que se fuera de aquí, no quería que se involucrarse con esta familia. Sabía que sufriría. Pero volvió a aparecerse frente mio un y otra vez. Las conversaciones eran muy cortas al principio, pero luego fluían como un río calmo. Me agradaba. No me sentía solo. Había encontrado alguien tan parecido a mi. Además, era bonita e ignoraba a mí familia. Solamente me elegía a mi. Era el destino.
Comenzamos a vernos a escondidas cada vez más seguidos. Por las noches sentía tal atracción que deseaba besarla. Esa noche ella se adelantó a mí deseo. Fue la mejor sensación que pasé en mí vida. Me había enamorado perdidamente. Quería huir de allí con ella en ese mísmo momento.
Pero jamás ocurrió. Me destruyó la poca cordura que quedaba en mi. La única persona que me había enseñado amor era quien me había quitado lo último de humanidad que tenía.
Ese día fui donde siempre nos encontrábamos. detrás del bosque oculto del sol. Ese era nuestro lugar secreto. Nadie más lo conocía. Hasta ese momento.
Llegue y la vi... con una sonrisa que jamás me había mostrado. Sus ojos me veían y no le importaba en la situación que la encontraba. No le importo mis sentimientos en absoluto.
Mi hermano y mi padre la tomaban como a aquella puta entre los pastos verdes. Los tres me veían y reían. Esto no podía ser real. La vida me odiaba. ¿Acaso es mi castigo haber nacido?
No... mi misión aquí es otra. Debo limpiar el mundo de estas inmundas criaturas.
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