Aquel día regresé a casa solo. Hice mi trabajo con total normalidad. Fui al granero a alimentar a los caballos, arregle sus camas y junte los huevos que encontré en los nidos de las gallinas.
El sol brillaba radiante a lo alto. Hacía calor así que fui por agua y vi a mi madre mirando por la ventana. Tal y como hacía todos sus días.
Me acerqué a ella desde atrás para ver que tanto observaban sus ojos. Del otro lado del cristal sucio no había nada más que un campo verde y la plantación de naranjas que había dado frutos enormes. Se veían tan apetitosas que fui a tomar algunas. No me importaba invadir su vista con mi presencia.
Tomé la naranja más brillante y enorme que había visto en mi vida. Arranque sus cáscaras y note que por dentro estaba totalmente seca. Agarre otra y seguía igual. Mi garganta ardía de sed por una gota de su jugo. Deseaba darle un gran mordisco a una. Supuse que era el árbol el problema así que fui por el siguiente. Este era mucho más alto. Subí hasta arriba y tomé la más alta. Arranque su cáscara y chorreaba sus jugos. Mi boca babeaba al verla. La mordí sediento, pero su sabor era tan insípido. Mi frustración se incrementaba a cada árbol que subía y mi intento fracasaba. Hasta que me agote y desistí de aquellas frutas. Toda una plantación en vano. Les había dado tanta atención estos meses y terminaron siendo de decoración. Asome la vista sobre mi hombro y vi esa sonrisa burlona en mi madre, era como si disfrutara mi fracaso. La detesté de inmediato.
Tenía demasiado calor. Mi cabeza daba vueltas y tenía mucho apetito. Recordé los huevos que había juntado hacía poco, por lo que decidí hervirlos y llevarlos al río para comerlos y pasar el rato allí.
El camino no era muy alejado, ni muy difícil de cruzar, pero los zancudos eran un obstáculo difícil. Raramente lograba matar algunos torpes que intentaban morderme, pero los otros podían salirse con la suya. El sonido del agua era tan relajante. No era un agua cristalina, pero me gustaba igual. En la sombra me quite la camisa y la use para recostarme. Mi estómago rechinaba impaciente. Tomé uno de los cuatro huevos y lo golpeé contra una roca. Su cáscara estaba demasiado pegada. Su color no era el blanco que comúnmente veía. Era más bien rosa o rojo. Me dio algo de asco, pero seguí descascarando aquel huevo. En su interior había nada más un polluelo a medio crecer. Pensé en que habría sentido al momento de haberlo echado al agua... Morir hervido, o tal vez no sintió dolor...
Abrí el siguiente y este exploto. El olor era nauseabundo. Todo su interior se había derramado en mi rostro y pecho. Sentí como mis tripas se retorcían así que corrí a la orilla a lavarme de inmediato. Aquella peste se había impregnado en mi piel y era tan difícil respirar. Mi apetito había desaparecido. Sentía rabia, y terminé arrojando el resto de los huevos contra aquella roca de antes. Uno volvió a explotar y el otro rebotó ante el impacto. Me llamo la atención y fui hasta él. Era otro polluelo. Pero este seguía vivo. Cubierto de sangre lo veía luchando por respirar con gran dificultad. Era gracioso ver como se esforzaba para levantar su cabeza. Era tan débil. Lo tomé entre mis manos y dejó de respirar. ¿Fue aquel golpe que lo mato? O el agua hervida de antes, o el oxígeno... o fui yo...
Muchas eran las circunstancias que lo podrían haber matado.
Regrese a casa, sin mi camisa, la había olvidado. Mi madre me vio de reojo con asco y tapo su nariz. Aunque no le dio tanta importancia, solo la escuchaba como murmuraba preocupada por el retraso de mi padre y mi hermano.
Para mí era un placer aquella paz. Podía moverme con tranquilidad sin tener a esos dos detrás de mis talones esperando a golpearme o reírse de mí. Y mi madre no podía hacer más que insultarme o arrojarme alguna que otra cosa que este a su alcance.
Esa noche fue extraña. Hizo tanto frío que no pude dormir. Fui por más leña para el hogar y encontré a mi madre en la ventana. Tiesa e inmóvil. Su piel pálida y fría me habían dado indicio que ya había partido. Me llamo mucho la atención su posición... Ella no suele sentarse allí. Tomé su hombro y cayó redonda al piso. En su espalda había un cuchillo hundido hasta su mango. Podía notarse con la fuerza que se usó al atravesar su hombro y llegar hasta su pecho. La sangre seca se había impregnado en el sillón y su ropa, y alguna que otra mosca ya volaban hambrientas de sus restos. Su cuerpo hinchado parecía de ya varios días. No sentí nada al encontrarla así. Solo no entendí que sucedía. Aunque me alarmaba que alguien me culpase de esto. Supuse fueron mi hermano y mi padre, ya que nunca habían regresado a casa. Se lo diré a Sofía. Sé que puedo confiar en ella. Mañana le diré todo y escaparemos de aquí. Era el momento justo.
La espere y espere pero nunca llego. Al día siguiente acudí nuevamente a aquel bosque secreto pero el olor nauseabundo me descomponía. Que animal más grande habría muerto para semejante olor pensé. Lo seguí... Entre pastos secos y tierra removida noté el gran tamaño de aquel pozo. La curiosidad era más que fuerte y comencé a excavar. Mis uñas negras de tierra poco a poco iban descubriendo aquello que nunca imagine encontrar. Era Sofía...
Llore a gritos. Trate de levantarla, pero su piel se desprendía. Los gusanos habían avanzado a tal punto que su estómago se había pegado a su columna y su cabello deslumbraba su pelada cabeza.
¿Qué había sucedido?... Mire nuevamente aquel pozo y vi otro cuerpo. De inmediato note aquel anillo característico en su mano. Era mi padre. Quite los restos que lo cubrían y vi a mi hermano a su lado, o lo que quedaba de ellos. Sus cuerpos desmembrados, de un golpe en seco se veía como habían sido separadas sus cabezas, piernas y brazos. Pero Sofía... En su espalda también tenía señal de lo mismo. No entendía que sucedía. Mi miedo me obligó a correr y dejar atrás todo.
Volví a casa y busqué el poco dinero que quedaba y alguna que otra cosa valiosa para mí. No quería que sospecharan de mi huida y la muerte de todos. Así que decidí ocultarlos bajo el fuego. Las secas paredes de mi casa más las ramas de aquellos árboles habían consumido los putrefactos cuerpos.
Sin voltear la vista me alejé de todo aquel pasado y angustia. A partir de ahora no existiré para nadie. Seré una persona desconocida para todos. Un nuevo nombre y una nueva vida.
Camine varios días sin rumbo alguno. El pan que había llevado ya se había acabado y mi cuerpo estaba ya débil del cansancio. Aunque logre encontrar una casa abandonada a la salida de un pueblo fantasma. Tenía un techo al fin solo para mí. Me acomodé allí y la hice mía. Merodeando encontré que en aquellas casas cercanas vivía gente. Extraños y ocultos de la luz del sol se mostraban bajo la blanca señal de la luna. Su vida nocturna me fascinaban. Rápidamente, me uní a ellos y logré escabullirme como un forastero. Con ellos descubrí que no eran humanos comunes como yo. Si no que eran fuertes, veloces y hasta algunos lograban desaparecer. Deseaba ser como ellos. Pero me resultaba imposible alcanzarlos.
Solo era un loco que huyo de su vida temerosa de lo que podrían decir de mi.
Pero aquella calma no duraría para siempre. Pronto golpearon mí puerta un grupo de hombres con extraños trajes negros y largas corbatas. Sin medir se metieron en mi casa y me tomaron por la fuerza.
Algunos de los que me conocían trataron de detenerlos y otros intentaban mediar palabras, pero todo se resumía en el asesinato de mi familia y de Sofía. Yo no lo había hecho. Era imposible ya que siempre estuve en aquel río y atendiendo la granja.
Mi terror aumentaba a cada paso que me llevaba más cerca de ese vehículo. Grité con tal fuerza que mi voz se había silenciado. Un silbido invadió mis oídos y todo se había detenido. Sentí la mirada de todos sobre mi. Deseaba tanto que me ayudasen a escapar.
Uno de los ancianos del lugar se paró frente mío y me tomó del hombro, me observo y dijo _ Eso haremos.
No entendía que sucedía. Sólo fui testigo de cómo todo aquel pueblo se alzaba contra mis captores. Ellos solo permanecieron allí inmóviles como si esperaran su muerte. El silbido se ceso cuando el corazón de esos dos se detuvieron. Todos volvieron la vista hacia mi y de inmediato supe lo que había sucedido. Como Sofía había muerto por mi mano y mí padre y hermano inmóviles esperaron su muerte. Como con el hacha partí su cuerpo y como apuñale a mi madre por la noche. Supe que todo lo que tocaba fallecía o lo alteraba. La plantación de naranjas... Los huevos que había hervido... estos hombres... era uno más de este pueblo nocturno. Entendí todo este poder que poseía y quería más, quería acabar con todo lo que me rodeaba, hacer sufrir a todos los que se burlaron de mi y me hicieron sufrir. Dominaré las mentes de cada humano capaz de servirme y los convertiré en mis juguetes personales. Me divertiré con su sufrimiento y oiré como melodías sus suplicas de piedad.
Ahora lo recuerdo todo... gracias a ti padre por darme esta oportunidad de vengarme... Gracias a ti podré terminar con todo y todos, haré cualquier cosa que me pidas... solo dimelo y no dudaré de ti.
_ BIENVENIDO HIJO MIO... HOY TE DARÉ UNA NUEVA MISIÓN... ESCUCHA CON ATENCIÓN MI QUERIDO BELIAL.
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