Cuando al fin logré salir de aquel lugar, lo único en lo que pensaba era en cómo rayos huir de este mundo. Intenté quitarme la vida, pero ninguno funcionó. Pastillas, arrojarme al río, tirarme de un maldito edificio. Este último casi lo logro, pero los superdotados me trajeron arrastrando de la muerte. Ya me había dado por vencida a mi hermosa suerte. Bien... si no moriré entonces quiere decir que debo vivir por alguna razón, supuse. Y así fue como comencé a luchar. Golpee cada puerta que encontré pidiendo trabajo. No me importaba de que, solo que algún desentendido en mi pasado me contraté. Pero aquí y en todo el país soy muy famosa. La asesina de niños. Perfecto...
Nadie quiso involucrarse con alguien como yo. Cerrarme la puerta en la cara o escupirme ya me parecía bastante educado comparado con lo demás.
Aquella noche vi como golpearon a un tipo en la calle. Inconsciente e indefenso lo observé. Le habían robado hasta la ropa interior. Mire a mi alrededor viendo si había quedado algo que me sirviera. Una maldita llave. Plana y sin mucho diseño. Bastante simple a mi parecer. ¿De una casa o un auto?
_ Hey mocosa. Eso es mío.
Me dijo aquel surtido apenas consciente
_Sí me dices de que es, podría darte una mano.
_ Jajajaja justo lo que necesita un moribundo...
Rápido se levantó. Su nariz torcida seguía arrojando sangre a su gran estómago. Me miró de pies a cabeza. Me sostuvo de uno de mis brazos con bastante fuerza y tocó uno de mis pechos. El bastardo era un superdotado. Por poco y me rompe el brazo.
_ Si haces que me venga te dejaré ir con ella.
¿De verdad me cree tan estúpida? Pero el maldito tenía razón.
No podía huir de allí. Nadie camina por esta zona a esta hora. Y mi brazo seguia atrapado en su enorme mano.
Llevo mi mano a lo más bajo de su estómago sucio y sudado, como tratando que encuentre algo allí. Pequeño y duro estaba allí su sexo esperando a que haga algo con él. Mi estómago estaba muy revuelto. Sentía tanto asco por aquella situación.
El maldito me enseño como diablos quería que lo hiciera. Tuve que hacerlo. Una y otra vez. Veía como su rostro cambiaba, y su respiración se acortaba cada vez más. Al fin terminó. Temía que me haga algo. Pero solo me sonrió y me soltó.
_ Mi casa queda entre la tercera y quinta del barrio bajo. _ dijo desplomándose al piso.
Me acerque y patee su cara. Estaba muerto.
Dudaba que fuera cierto, pero mi curiosidad ante aquella llave era más fuerte. Una pocilga me esperaba allí. En su interior no había más que revistas de niñas desnudas, bollos de papel por doquier y restos putrefactos de comida. El olor era inmundo. Bien... mi nuevo hogar.
Lo que ese pervertido me enseño me dio una idea. Sabía que nadie me contrataría. Por lo que fui al otro lado del lugar y desde la oscuridad llame la atención de varios jovencitos deseosos de tener su primer encuentro sexual. Al principio era simple. Caían como moscas. Y el dinero llenaba mis bolsillos. Los viejos eran los que mejor pagaban. Pocas veces eran mujeres las que accedía. La primera, para mí fue algo totalmente desconocido. Fracasé por supuesto. Pero la segunda, una mujer mayor, con gran paciencia me explico como debía hacerlo. Bingo, dije.
Poco a poco logré equipar como deseaba mi casa. Ya no era necesario ir todos los días a buscar dinero. Sabía perfectamente quiénes pagaban más allí.
Era un trabajo sencillo, que no requería mucho esfuerzo, solo saber donde encontrar a aquel tipo de personas. Dotados o no, no me importaba demasiado. Solamente trataba de evitar aquellas pulseras rojas.
Mi vida iba bien. Aunque muy vacía y aburrida. Mis diálogos no eran más que el monto que cobraba por el servicio. Y un día decidí desviarme por un callejón que nunca había visto por más que hacía ya rato rondaba por la zona. No era para nada atractivo, ni mucho menos concurrido. No tenía salida, solo un inicio.
Todas las mañanas veía a la misma persona salir de allí. Sus ojos tan vacíos como mi vida. Sin interés de seguir. Sola y olvidada. Insultada, evadida e ignorada como yo. Entiendo tanto aquel sentimiento. Quedé allí viendo entre las sombras que tanto hacías. Bolsas chorreantes de peste, tus cortas conversaciones aburridas con alguna que otra rata de allí. Tu voz me llamo la atención. Quería saber tu nombre.
Un día normal para mí era concurrir a viejos decrépitos con billeteras holgadas deseosos de unos pocos minutos de placer. Pocas veces se atrevían a estafarme. Aunque el que menos imagine lo hizo. Creo habría tenido unos sesenta y cinco o setenta años. Siempre trato de recibir el dinero antes, pero esta vez no fue así. El bastardo no tenía un peso, y para completar me había querido golpear el rostro por no acceder a más. Corrí de allí y me oculté en aquel pasillo por horas. Encendí un cigarro y esperé que oscurecerá. Hasta que volviste.
Te observé. Y mi boca hablo de más. Me miraste tan desconfiada como yo lo hice la primera vez que te vi.
No me dijiste tu nombre por lo que intenté llamar tu atención. Aquellas pocas palabras y esa ridícula metáfora de esas ratas había funcionado.
Con el tiempo volvimos a toparnos. Era el destino. Algo dentro mío, una voz me decía que te ayude. Y te lleve a mi lugar seguro. Tú, una perfecta desconocida, en mi casa, te alimente, vestí y te use. Probé que tan lejos podías llegar. Éramos muy parecidas. Yo también había hecho cosas repugnantes por un techo.
No dejare que te vayas.
Comenzamos a hablar de a poco. Note tu interés en como conseguía dinero y comida, pero no permitiría que hagas aquello. Ese era mi trabajo. El tuyo aquí es complacerme.
Supuse que de mi parte era muy egoísta. Pero tuviste muchas oportunidades de irte o hasta incluso deshacerte de mi. Y aún así permaneciste a mi lado.
Lavabas mi espalda, mi ropa, esperabas la hora en la que entrará por esa puerta para recibirme con una sonrisa oculta. Eras como un cachorro.
Trate de no volver a sobrepasarme como la primera noche. Fue tan difícil. Aunque te faltase un diente, tu belleza era muy exótica. Esa piel blanca, cabello negro al igual que tus ojos. Tus dedos finos y alargados me tentaban demasiado de solo pensar que tan profundo podían llegar. Te pondré a prueba y veré el comportamiento que tienes conmigo. La soledad te traerá directamente a mi y te entregarás totalmente a mis deseos. Estoy segura.
Aquello que suponía no había tardado demasiado. Por momentos odiaba el don que mi padre me heredo. Pero en algún punto lo amaba. Mis palabras y acciones habían alterado la mente de Lili. La tenía en la palma de mi mano.
_ Lo volveras a hacer? _ me preguntaste esa noche calurosa.
No sabia si era la ropa de dormir la que hacía querer arrancármela y quedar desnuda o el ambiente que había. Te vi ahí, tendida a un lado de mi angosta cama. Con solo tu harapienta remera, la que si veía con cuidado podía llegar a traslucir uno de tus pechos a un lado.
_ No te obligaré a hacer algo que no deseas.
Me miraste decepcionada. Como esperando otra respuesta.
_ Aunque es verdad que no has hecho nada para traer algo de comida. Todo esto de aquí es por mi esfuerzo.
Tu rostro de miedo me daba una idea de lo que pasaba por tu mente. _Me echará a la calle o me obligará a ofrecerme por dinero.
Nada de eso. Solo quería ver que harías, que dirías o como me contestarías.
Te aferraste a mi. Hacía mucho no recibía un abrazo.
_ Tonta. No te correré. Tu compañía aquí me ayuda mucho. Me esperas con la comida y me recibes feliz. ¿Qué más puedo pedirte?
Te regresé aquel abrazo. Y sonreíste. Mi corazón por poco y lo escuchas. ¿Esta es aquella necesidad que sienten los viejos cuando acuden a mi? No... es diferente. Quiero verte sonreír aún más. Que te aferres a mí cuerpo. Quiero que me toques, que me beses y acaricies. Quiero ver tu desempeño con esos apetitosos dedos.
Te escabulliste rápidamente en mi ropa interior y buscaste mi entrepierna. Torpe niña. ¿Qué tanto esperaba de alguien que no tiene experiencia más que con algún loco pervertido que la acoso?. Aunque que suerte la tuya... Tener a alguien con mi experiencia para enseñarte absolutamente todo. ¿Así de ingenua me veía al inicio? ¿Así de frustrados se sintieron los primeros hombres o aquella mujer? ¿O así de excitada estaba la mujer que me enseño como hacerlo?
Me tomé el descaro de quitarme la ropa y enseñarte hasta mis más ocultas profundidades. Te señale e indique que hacer. Tú asentabas la cabeza mientras tragabas tu vergüenza. Temblorosa fuiste aprendiendo cada esquina de mi interior. Bendito sea el día que te cruce, pensé entre gemidos.
Parece que hay cosas que solo puedes aprender por experiencia propia. Así que te obligue a estar en iguales condiciones. Te enseñe como consolar a alguien con tu boca y como detenerse en el momento justo para que la diversión pueda continuar.
Te entregaste completa a mi pervertida mente. Me entregaste tu ser, tu cuerpo y tu alma. En aquella pequeña habitación, ocultas del terrible exterior y la peligrosa realidad estábamos las dos unidas contra el mundo y cualquiera que se entrometiera con nosotras.
_ No vuelvas allí. _ Me dijiste
_ Huyamos de aquí juntas y quitémonos estas pulseras para que nadie nos vuelva a señalar.
Deseaba tanto eso. Quería vivir en paz contigo. Sentí como una débil muchacha me había robado todo. No era mis pertenencias, ni mi corazón. Eso te lo había ofrecido yo. Mi don... me refería a eso... ya no era útil en ti... no necesitaba manipular más nada. Tú eras quien me manipulaba ahora. Una simple humana logro que me desnudara completamente.
_Mi nombre es Irene. _ Lo dije al fin...
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