.../UN SPRITE Y SE LE REINICIA LA VIDA A CUALQUIERA/...
Poppy
“Un Sprite y se le reinicia la vida a cualquiera”. Decía la nota que tenía entre mis manos, pero que antes había estado al lado de la lata de Sprite que Nicholas había dejado para mí.
¿Nicholas todavía recordaba aquello?
¿Realmente había logrado llamarle la atención?
Cuando me lo confesó no supe que otra más hacer que quedarme en silencio mientras procesaba sus palabras. Tal vez esa también fue una de las razones por las cuales hice una broma; porque no sabía qué contestarle realmente. Sabía que, de una manera extraña y sin yo darme cuenta, Nicholas también me llamaba la atención. Y fue ese gusto que sentía el que me llevó a que me entregara a él con total pasión. Pero ese miedo que sentía con constancia era el que siempre me hacía poner casi todo en duda.
Le había pedido que fuéramos con calma, tal vez porque yo necesitaba digerir todo con tranquilidad y porque no quería que se alejara de mí.
Comenzaba a sentir esa extraña necesidad de Nicholas.
A las siete de la mañana, cuando me desperté, no lo encontré por ningún lado, y seguramente si no hubiera sido por su exquisita fragancia impregnada en mi sabana habría llegado a creer que todo había sido un sueño, parte de mi imaginación.
Aunque lo desnuda que me encontraba también me confirmó que para nada había sido un sueño.
Había presentido que Nicholas ya estaría en la oficina. Y acerté cuando al llegar a mi escritorio miré las cortinas de su oficina abiertas y, de paso, hallé una lata de Sprite junto a una pequeña nota con una ortografía tan impecable como él.
Complacida y fascinada por su amable y cariñoso gesto, sonreí. Tal vez Nicholas no se hacía una idea de lo mucho que los pequeños gestos significaban para mí.
En muchas ocasiones había podido ver a ese hombre amable que se escondía tras esa fachada de jefe duro y estricto, la cual en muchas ocasiones me daba miedo. Pero jamás había creído que tendría el placer para ver a Nicholas Kuesel hacer gestos tan cariñosos, y menos tener el honor de ser la receptora.
Me gustaba.
—Buenos días —carraspeó alguien haciendo que volviera a la realidad con rapidez.
Centré la mirada en la persona que se encontraba frente a mí haciendo que me topara con esos ojos claros que, al igual que los de él, irradiaban imponencia, dualidad.
—Buenos días, señorita Rose —dije con amabilidad—. ¿Qué la trae por acá?
—¿Sabes sí está Nicholas?
—Sí, señorita. ¿Le aviso que ha llegado?
—No, gracias. No hace falta —respondió con amabilidad antes de bajar la voz y murmurar—: Seguramente si sabe que soy yo no me deja pasar.
Tal vez creyó que no le había escuchado, porque me miró con tranquilidad y asintió con la cabeza antes de darse la vuelta y encaminarse hacia la oficina de su primo.
«¿No sabes que fue su primer amor imposible?» se encargó de recordarme mi mente, con la intención de torturarme todo el rato que quisiera.
¿Habría sido él igual de atento con ella a como lo estaba siendo conmigo?
¿Habría tenido ella el privilegio de amarlo también?
«¡Ay, Dios, cállate!» me reprendí.
Tenía que dejar de pensar de más y permitir que todo fluyera con naturalidad.
Moví levemente la cabeza para apartar esos pensamientos lo más lejos posible y volví a sentarme para comenzar a trabajar. El amor no reprime de las obligaciones.
—¡¿Que tú y él qué…?! —exclamó Camila conmocionada.
—¿Podrías bajar la voz, por favor? —le pedí haciendo un ademán con la mano después de haberle dedicado una mirada severa.
Camila se dignó en mirar a su alrededor e instantáneamente se tapó la boca con ambas manos, como si apenas se diera cuenta de la presencia de las personas que nos rodeaban en la cafetería y como si con ese simple gesto pudiera hacer que todos se olvidarán de lo que estuvo a punto de gritar.
Como era nuestra costumbre, Camila y yo habíamos quedado para ir a la cafetería que quedaba frente a la empresa a la hora del almuerzo. Sus cotilleos y constantes preguntas acerca de lo que le había contado la otra noche, hicieron que, de una u otra manera, le terminara contando lo que había pasado con Nicholas en mi apartamento.
Aunque me había reservado ciertos detalles para mí sola, ella no podía creerlo, tal vez por eso me observaba con los ojos abiertos como platos, albergando conmoción e incredulidad.
—Vale, que no es para tanto ni mucho menos un tabú el acostarse con alguien, Camila —le reproché con seriedad—. Así que, por favor, deja de mirarme así, comienzas a darme miedo.
Camila se quitó las manos de la boca y se permitió pestañear un par de veces antes de responder.
—Yo sé que no es para tanto ni mucho menos un tabú. Pero… ¡carajo, qué es el sexy de Nicholas Kuesel! ¡Nuestro bendito jefe, Poppy! —aleteó con las manos para poder darle énfasis a su exclamación.
Claro que lo sabía. A la perfección.
—¿Crees que no lo sé?
Como un gesto muy mío hundí la cabeza en la mesa a la vez que Camila se cruzaba de brazos y se preparaba para hablar.
—Comienzo a dudarlo.
—No deberías, lo tengo demasiado presente —agregue.
Aunque no pude verla, su silencio me hizo comprender que me analizaba con esa atención con la que solía hacerlo, tratando de descifrarme con esa facilidad que tenía para hacerlo. Porque, aunque no lo admitiera, Camila Brown tenía esa capacidad de entenderme y leerme con una facilidad que aterraba.
«Por algo es tu mejor amiga»
—¿Qué te pasa, Poppy? —preguntó rompiendo de la nada el silencio entre las dos—. ¿Qué sientes?
Era eso a lo que me refería.
No supe qué responderle en ese momento. Había llegado a ese momento de mi confusión en el que no sabía qué pensar exactamente, eran tantas cosas. Pero, la principal, era el miedo que de repente comenzaba a carcomerme de una manera espantosa.
—Tengo miedo —respondí bajito. Camila alcanzó a escucharme.
—¿De qué? —inquirió.
Ese era el problema, que no estaba segura de a qué le temía en realidad. Pero al menos tenía algo claro; y era que no le temía a él.
No temía de Nicholas.
—No lo sé —admití antes de clavar la mirada en el té que tenía en frente—. Solo sé que siento algo por él que se fusiona con un miedo inexplicable que surge de la nada. Aunque no se lo haya dicho.
—¿Es miedo de que te pase lo mismo que con James? ¿De volverte a sentir infeliz? —Así, tranquila, esa fue la manera de hacerme esas dos preguntas.
Me le quedé mirando, tratando de descifrarme a través de su apacible mirada. Sí, era eso. Era ese el miedo al que temía. Y ella lo había descubierto de una manera tan rápida que me impresionó.
Dude, pero después de un par de segundos asentí levemente con la cabeza a la vez que revolvía el pitillo en el té para que mi desconcierto no fuera el centro de atención. Aunque esa acción tampoco.
—Sabes que no soy muy buena dando consejos —comenzó—, porque yo estoy peor en ese tema. Pero solo puedo decirte una cosa; y es que no te puedes cohibir de poder volver a sentir algo bonito, no te puedes cohibir de volver a entregar tu humilde corazón por una mala experiencia del pasado. Así es la vida, se tienen experiencias malas, buenas, pero al final del día se quedan en eso: Experiencias. Y debes comprender que de las experiencias tienes que aprender para forjar tu camino y tu carácter, como también tus relaciones con las demás personas. Es válido que tengas miedo, pues es una emoción muy nuestra, pero tampoco puedes permitirle que te cohíba de sentir cosas bonitas, emociones que te roben el aliento.
Cuando terminó me le quedé mirando embelesada, procesando sus intensas y reales palabras. No era momento para hacerme tales preguntas, pero es que era casi imposible. ¿Ella también habría sufrido en algún momento y no me lo había dicho? ¿Habría tenido miedo al arriesgarse a hacer algo? Parecían preguntas banales, pero preguntas que tendría que hacerle en algún momento.
Ahora pensaba, y lo hacía con una intensidad arrolladora a la vez que me preguntaba ciertas cosas que comenzaban a tener respuestas que podrían definir mi vida y mi estabilidad emocional.
Normalmente no era una persona con muchos miedos ni mucho menos una persona inestable, pero eso no me cohibía de sentir miedo en ese momento, y en muchos otros. Porque quería hacer algo bien en mi vida. Y porque sabía lo que quería era que no podía darme el lujo de destruirme emocionalmente.
—¿Crees que… debería hablar con él acerca de esto? —quise saber, algo tímida—. O sea, hablamos de algo está madrugada, pero… siento que no quedó claro como ambos queríamos. Es más, ni siquiera sé qué queremos realmente.
—Claro que sí deberían hablar —dijo con seriedad—. Si, como dices, no tienen las cosas claras deberían hablar. Como una persona madura te entenderá, como todo un cabrón, que no creo que sea, te evitará. Y si es tal el caso, que decepción de nuestro sexy jefecito.
Me entendería. Yo sabía que lo haría. Después de todo, era Nicholas Kuesel, y aunque en muchas ocasiones dijera que parecía un psicópata guapo, comenzaba a demostrarme que era el hombre más comprensible que conociera.
—Gracias —la miré.
—No hay de qué. ¿Para qué están las amigas, eh, Poppy? —Sonrió—. Y no te cohíbas de ir por ese sexy e insoportable jefe que tenemos.
A través de los grandes ventanales de la empresa pude ver como la noche reinaba en toda la ciudad. Ya todos mis compañeros se habían marchado para sus respectivos hogares a descansar. Como siempre, y, tal vez como una costumbre que, sin darnos cuenta, habíamos optado, Nicholas y yo éramos los últimos que quedábamos.
La luz de su oficina aún seguía encendida, por lo que supuse no se iría todavía.
Volví la mirada al computador y me centré en acabar el trabajo que, gracias a mi rapidez, iba a terminar. Estuve tan centrada en lo que hacía que no vi el momento en el que alguien se acercó a mi escritorio.
—¿Piensa irse ya, Halper? —Su voz, tan fascinante como siempre, llegó a mí como una melodía.
Levanté la mirada y me encontré con esa mirada clara irradiando imponencia y una dualidad inigualable. A pesar de que se le notaba cansado eso no le restaba ni un ápice de lo atractivo que era.
—Sí, señor —respondí—. ¿Usted ya se iba también?
—Sí —asintió levemente con la cabeza—. Vamos, voy a llevarla hasta su casa, aunque se niegue. —Sonrió.
Y yo también lo hice.
Me apresuré a guardar todo antes de levantarme de la silla y hacerme a su lado para comenzar a caminar juntos en dirección del ascensor. Cuando las puertas de este se abrieron, entramos, y un silencio arrollador nos envolvió con rapidez.
No comprendía por qué todo se sentía tan extraño y a la vez tan cómodo. Era como si necesitáramos estar cerca el uno del otro, pero en silencio.
Nicholas
Sabía que tanto ella como yo, quería acercarse, lograr tener el más mínimo roce o contacto que nos permitiera sentirnos, aunque fuera un momento. Como también sabía que no lo haríamos porque nuestro fuero interno nos repetía que, seguramente, estaba mal. Porque eso me decía el mío.
Lo que menos quería era mostrarme intenso y hacerla incomodar, quería que se sintiera bien estando a mi lado.
Todo era un proceso que llevaba tiempo.
—¿Qué tal tu día, Halper? —me animé a preguntarle tras moverme un centímetro que me permitiera estar cerca de ella.
Me miró con una tímida sonrisa adornando su rostro.
—Muy bien, ¿y el tuyo? —preguntó.
—Oh, se ha mejorado después de verte —le dediqué una sonrisa pícara.
—¿De verdad, señor Kuesel? —inquirió con mofa. Asentí con la cabeza—. ¿Por qué?
—Porque verla es como poder respirar con tranquilidad.
Una sonrisa más amplia se ensanchó en su delicado rostro, y supe por la manera en la que se encogió de hombros que no quería ser demasiado abierta con sus emociones. De repente, su expresión cambió.
—Creí que, por las constantes veces que lo dijo, le proporcionaba meras jaquecas —dijo de la nada, entrecerrando los ojos—. Eso sin tener en cuenta que una vez me dijo incompetente.
Oh… esa vez.
Analizándolo bien, tal vez fui un poco severo con ella en ese momento, pero el enojo me invadía y es que la señorita no me había entregado el informe como lo pedía el cliente. Además, si tal vez no hubiera sido por eso, no habría podido sentir sus cálidos labios contra los míos.
—Creo que usted debería aprender a ser más profesional, señorita Halper —respondí con seriedad—. Como también debería aprender a olvidar las cosas malas del pasado.
—¿Usted cree? —inquirió con gesto pensativo.
Asentí levemente con la cabeza a la vez que me cruzaba de brazos.
—Pues déjeme decirle que no, no lo haré —declaró con decisión.
—No sabía que fuera tan rencorosa, Halper —bufé fingiendo seriedad.
—Pues ya lo sabes, señor Kuesel.
En todo momento nuestras miradas estuvieron unidas, sin despegarse ni un segundo, sin mala intención u otra razón que no fuera mirarnos mientras hablábamos. Sin esperarlo, sonreímos.
No sabía cómo habíamos hecho para llegar a esa conversación tan insignificante y sin sentido alguno, solo sabía que era lo más de cómoda y tranquila. Hablar con Poppy era tranquilo y relajante, aunque, como había dicho ella, me sacara jaquecas (aunque eso era solamente en el trabajo).
El ascensor se detuvo y un pitido que nos indicó que ya habíamos llegado a nuestro destino hizo que hasta ahí se zanjara la conversación.
—Vamos —le indiqué señalando la salida con la mandíbula.
Fui el primero en salir, sabiendo que Poppy me seguía.
—Qué noche tan bonita —comentó tras de mí después de haber cruzado las puertas de vidrio y que la noche nos recibiera con una oleada repentina de un gélido viento que me hizo estremecer. Y por la manera en la que se arrebujó entre su gabán supe que a ella también.
Incliné la cabeza y llevé la mirada al cielo. Estaba despejado, por lo que se podían visualizar bastantes estrellas salpicadas como pequeños puntos pintados en un lienzo. Me giré y no pude hacer otra cosa más que sonreír al verla observar el cielo de la misma manera ensimismada que yo lo hacía con ella.
No me importaba si no era el momento de detallarla, pero quería hacerlo. Sentía esa intensa necesidad de grabármela al completo. Su largo y negro gabán la hacía ver delicada y a la vez elegante. La manera en la que sostenía su bolso, en su hombro, la hizo ver casual. Y, como el mejor marco para ella, cuando otra ráfaga de viento nos acarició y su cabello se alborotó en el vuelo, se vio fascinante.
—¿No le parece encantadora? —preguntó sin apartar la mirada de su objetivo.
«Tú, sí. Siempre me lo has parecido» quise poder decirle, pero temí asustarla. Ya me había dejado llevar por mis impulsos una vez.
—Por supuesto que lo es —respondí observándola—. ¿Nos vamos? —le pregunté con amabilidad.
Me miró antes de sacar las manos de los bolsillos del gabán.
—Sí.
Me acerqué a la puerta del copiloto y la abrí para que pudiera entrar. Antes de hacer su siguiente acto me dedicó una sonrisa. Me subí también y en seguida me hice al volante.
El auto se puso en marcha y un silencio nos invadió de súbito, haciendo que ninguno de los dos pronunciara palabra alguna durante un rato. Tal vez ella pensaba. Yo lo hacía.
—¿No te parece extraño? —preguntó de la nada, sin mirarme.
—¿El qué? —Le dediqué una mirada efímera.
—O sea, que tú y yo pasamos de… acostarnos juntos a estar así: en silencio sin saber qué decir —respondió antes de mirarme.
Lo pensé un momento. Viéndolo bien, sí lo era un poco. Y es que no solo era eso, yo era su jefe y ella mi secretaria, algo que no se tenía que recordar. Eso no era problema, porque aun así yo logré quedar atrapado por ella. Pero sí parecía un tantico extraño pasar de una relación meramente laboral a tratar de una manera mucho más íntima.
—Si lo analizamos bien, un poco —me sinceré a la vez que hacía un gesto.
Inesperadamente, soltó una carcajada que inundó todo el auto con rapidez.
—¿De qué te ríes? —quise saber, intrigado.
—Tu expresión ha sido demasiado graciosa. Debiste verte. —No paraba de reí.
Me quedé en silencio mientras ella seguía riéndose hasta que decidió parar. Sonreí para mí a la vez que Poppy se acomodaba en el asiento.
—Vale, ya he terminado. ¿En qué íbamos? —su pregunta fue hecha más para sí misma que para mí. Se aclaró la garganta—. En realidad, nunca nos vi a los dos en algo así.
—¿Por qué? —Nos adentré al tráfico.
Su silencio me indicó que pensaba su respuesta con un cuidado interesante.
—Siempre te mostraste como el típico jefe que parece que odia a su secretaria. Y yo… pues yo solo anhelaba que te cayeras y te rompieras una pierna.
Su respuesta tan sincera me hizo soltar una carcajada.
¿Era en serio? ¿Siempre había deseado eso para mí?
«Anotado en su contra»
—¿Por qué carajos deseabas eso, Halper, ah? —inquirí inquisitivo después de haber parado de reír y dedicarle una mirada.
—¿En serio me lo preguntas, Kuesel? Pues tu manera de psicópata, sin decirlo de manera literal, es terrible. Eres tenaz como jefe. Que Halper esto, que Halper lo otro, Halper haga, Halper venga, Halper vaya —imitó una voz gruesa y gutural mientras los gestos que hacía con las manos le daba más énfasis a lo que decía.
—Se llama pedir eficiencia, Halper —aclaré.
—No me lo parecía, en vez de eso, creí que me odiabas.
—Nunca lo haría, Halper. —La miré con cariño, pidiéndole que esa idea errónea que tenía desapareciera de inmediato—. Nunca podría odiar a nadie. Y menos a ti.
De repente, otro silencio se instaló entre los dos durante un rato, momento en el que ninguno de los dos dijo nada. No comprendía por qué esos silencios eran tan constantes y cómodos, solo estaba seguro de algo, que en esos momentos de silencio ambos pensábamos con cuidado.
Porque a eso incitaba el momento; a pensar.
Ella, seguramente, tenía dudas y miedos que presentía quería contarme sin perderme de detalle alguno. Yo, pensando la manera y el momento en el que poder hacer que me contara todo eso que pensaba de esto. Porque sabía que quería hacerlo, la manera impaciente en la que mordía su labio me lo indicó.
—¿Qué piensas, Halper? —le pregunté—. Dime, hay algo que quieras decirme.
—¿Qué buscas realmente, Nicholas? —Así, inquisitiva y directa.
Ahora que me lo preguntaba en voz alta se escuchaba más real. Y, sin mentir, daba un poco de miedo. Lo que quería con ella era algo que iba más allá de querer acostarme en su cama, sentir su cálida cercanía, y levantarme en las mañanas acariciándola… observándola.
—Si lo digo en voz alta sonara muy real, y no me interesa asustarte —admití bajando la voz lentamente.
—Quiero escucharlo —fue contundente y se mostró segura.
Solté un hondo respiro antes de llevar mi mirada a ella y encontrarme con sus bellas pupilas que sentí iban a traspasar esas barreras que tenía e iban a explorarme al completo.
—Estar contigo, Halper.
Supe que mi confesión la había sobresaltado por la manera que tuvo de encogerse de hombros como instinto. Ya no había marcha atrás. Esta conversación definiría el mañana.
El silencio que creamos me permitió escuchar como su respiración se tornaba entrecortada. ¿Estaba siendo muy directo?
—¿Y tú, Halper? —pregunté después de ver que no decía nada.
—Yo… —dudó—. Yo realmente tengo miedo, mucho, para ser exactos. Tal vez pienses que es una tontería, pero es algo que no puedo controlar. Es un miedo que de repente se instala en mí. —James. Sabía que, en gran parte, era por la experiencia vivida con él—. Es extraño, lo sé, pero espero me comprendas y tengas paciencia. Porque… yo también tengo esa extraña necesidad de querer estar contigo…
Mi aliento se cortó y mi pulso se disparó. Los latidos de mi corazón se aceleraron al escuchar sus últimas palabras y temía que ella pudiera oír la manera tan descontrolada en que latía mi corazón.
Poppy Halper también quería estar conmigo.
«Quiere estar contigo…» susurró mi interior creando un eco en todo mi cuerpo que me hizo vibrar.
Sin esperarlo, llegamos al edificio. Segundos después nos aparqué en el parqueadero. Me tomé un momento de silencio antes de mirarla y encontrarla observándome con cariño y devoción.
—Halper... —la llamé y clavó su mirada mí—. Tus miedos no son tonterías, es más, te agradezco por tener el valor de contármelos. Como también quiero que sepas que lo comprendo. Y como te dije, iremos al ritmo que tú quieras. No tengo prisa alguna. —No le mentí, todo lo que dije fue real, porque lo sentí, cada una de las palabras.
Estuve atento a cada uno de sus movimientos, desde cuando acercó su rostro al mío y nos perdimos en nuestras miradas con una atención arrolladora hasta cuando colocó una de sus delgadas manos en mi rostro y, acortando los pocos centímetros que nos separaban, posó sus labios sobre los míos.
Nuestras bocas se buscaron con tranquilidad y se devoraron con una intensidad que nos hizo jadear. No fue un beso erótico ni mucho menos esperó ser agresivo. Fue todo lo contrario, lo cual me gustó.
—Gracias… —susurró después de haber separado nuestros labios y pegado nuestras frentes.
Su aliento rebotó en mi boca y no me sentí capaz de poder controlarme. La atraje hacia mí y uní nuevamente nuestros labios en otro encantador beso que nos prometió muchas cosas entre delicadas caricias que, sin saberlo, más adelante nos cobrarían factura.
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Comments
Momys.rub
Vaya vaya tacubaya!!!!
Hasta q por fin se convirtieron en Adultos!!!
Y ahora q la dona ya esta bien rellena, si meterá al horno para q se empiece a cocinar el meregue q llora cada 3 horas!!!!
Ahahahahahah!!!!
Que Suegra No seria Feliz con un Yerno así????
O una Nuera así de delicada, bella, indigente y con gran sentido del humor???
Yo siiiiiiii!!!!!
2025-01-21
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