Capítulo 6

.../MALINTERPRETACIONES/...

Poppy

Abrí lentamente los ojos con cierto esfuerzo y pesadez. La resaca me estaba dando tan fuerte que odie haber tomado. La cabeza me dolía y la luz que entraba por la ventana era intensa, lo cual hacía que sintiera que pronto me explotaría la cabeza.

«Dios, mamá va a matarme por haber llegado borracha» me reproché.

Con aquel pensamiento rondando en mi mente y pensando lo que me diría mamá por mi falta de responsabilidad conmigo misma, volví a acostarme nuevamente.

Las cortinas de la habitación estaban abiertas de par a par, por lo que hice el amago de levantarme a cerrarlas para poder seguir durmiendo, pero mi acción fue interrumpida por un nuevo pensamiento de alerta. Y es que ¡yo no tenía cortinas en mi habitación!

«Entonces, ¿dónde estoy?» me pregunté alarmada.

Me senté rápidamente en la cama y con los ojos abiertos como platos observé cada rincón de mi alrededor. Dos sofás de terciopelo rojo decoraban un rincón de la habitación, las sábanas blancas bien limpias, el gran TV frente a la cama, el rojo intenso de ciertos objetos y en especial de la cama me hicieron poner nerviosa.

¡Esta no era mi habitación definitivamente!

Sin quererlo hacer, porque presentía que algo muy malo había hecho, bajé la mirada y me recorrí de arriba abajo...

Desnuda...

¡Por el amor de Dios! ¡Estaba desnuda! ¡Que alguien me explicara qué carajos había hecho yo anoche, porque de seguro no había sido nada bueno!

Levanté la mirada y vi que la TV estaba encendida, en un canal específico donde estaban dando las noticias mañaneras.

—Noticia de último momento —dijo la reportera con seriedad—. En las horas de la noche un hombre con capucha fue captado por las cámaras de seguridad se llevándose a una mujer que, al parecer, estaba en estado de embriaguez...

Con tan solo oírle decir eso a la mujer, las tripas se me revolvieron al instante y, como acto seguido, mi mente quedó en shock. ¿Y si yo era esa mujer de la que se hablaba en las noticias? ¿Y si el hombre me había hecho algo? O peor aún, ¿si estaba fuera de la ciudad, secuestrada y con un psicópata que quería matarme y adueñarse de mi cuerpo puro?

Sí, tenía que admitir que cuando me alteraba no podía pensar con claridad y ese mi más grande error, porque cuando me alteraba pensaba las peores cosas del mundo y no me daba tiempo a pensar con lógica. Qué puedo decir, era el gran don que había heredado de mi madre.

Después de un par de segundos escuché el sonoro sonido del agua salir por un grifo, de seguro proveniente del baño, y, momentos después, cerrarse abruptamente.

«¿Y si es tu secuestrador?»

Trataba de hacerle entender a mi subconsciente de que no era para nada coherente que me hubieran secuestrado y no me hubieran hecho algo. Pero el pensamiento volvía con un recordatorio de mi madre: «Nunca confíes en nadie, Poppy Halper».

La puerta de donde momentos antes se había escuchado el agua se abrió y lo único que en ese momento se me ocurrió, fue taparme mejor y esperar con los ojos abiertos como platos, mientras que mi mente estaba pidiéndome a gritos que saliera a correr.

Pero lo que vieron mis ojos a continuación me dejó aún más pérdida de lo que estaba, aunque puedo jurar que me esperaba cualquier cosa, nunca de los jamases ni en mis peores sueños hubiera podido aquello.

Frente a mí se encontraba mi jefe recién bañado, con una toalla envuelta alrededor de su cintura, con cientos de diminutas gotitas de agua recorriendo su cara y el torso desnudo.

«¿Es eso lo que los jóvenes llaman una tabla de lavar?»

Mente, concéntrate, por favor.

No eran momentos para pensar cosas como esas, debía concentrarme, tenía que hacerlo.

—Está despierta —dijo, observándome y, acto seguido, se recostó contra la pared con los brazos cruzados.

No respondí, solo me le quedé viendo.

—¿Le han comido la lengua los ratones, Halper? —inquirió, levantado y bajando las cejas.

—¿Qué? No, no, claro que no —negué levemente con la cabeza.

Se me quedó viendo, intrigado.

—¿Se siente bien? —preguntó después de un corto momento.

—Sí, sí —asentí con la cabeza.

Él no dijo nada, solamente cogió la ropa que había en uno de los sofás y, como acto seguido, volvió a entrar nuevamente al baño, cerrando la puerta tras de sí. Minutos después volvió a salir con el mismo traje de la noche anterior. Su espeso pelo seguía mojado y botaba diminutas gotas de agua que le hacían ver fascinante.

Y supe que se había dado cuenta que lo observaba como loca porque al pasarse una mano por el pelo, me miró y con seriedad preguntó:

—¿Qué?

Tragué saliva, tenía los vellos de punta, estaba que me moría de la vergüenza por la maldita duda que me estaba carcomiendo y me pedía a gritas hacerla o nunca más podría tener tranquilidad.

—Halper, ¿acaso quiere preguntar algo?

Carajo, me conocía tan extrañamente bien que detesté eso.

—¿Nosotros... —empecé, dubitativa—, anoche...? —bajé la mirada a mis manos, las cuales estaban sudando.

«Es ahora o nunca, querida Poppy»

—¿Nosotros anoche nos acostamos? —pregunté sin rodeos finalmente.

—A dormir, sí —dijo con total tranquilidad—. Si es a lo que se refiere.

¿Me estaba tomando del pelo?

Tanto que me había costado hacerle la pregunta para que él respondiera con ese comentario que, bien en el fondo, sabía que contenía una burla implícita.

Nicholas

Sí, me estaba burlando de ella de una manera implícita, pero es que no había podido evitarlo cuando vi como se había puesto de roja al hacerme la pregunta, tratando de ser valiente. Era normal que tuviera dudas, después de todo, había amanecido en un lugar que no era su casa y segundo, estaba desnuda de pies a cabeza.

—No me refiero a eso —protestó, molesta—. Me refiero a otra cosa.

La miré, haciéndome el desentendido.

—Pues explíquese mejor porque no le estoy entendiendo nada.

—Usted sabe lo que he querido preguntarle.

Me crucé brazos, serio, aunque por dentro disfrutaba de martirizarla.

—No, la verdad no lo sé. Hágame la pregunta otra vez para ver si de pronto, de pronto, se la puedo responder como usted quiere.

Hizo un mohín, resignada y soltó un hondo suspiro.

—Le había preguntado si nosotros anoche...

La interrumpí al ver lo incómoda que estaba.

—No.

—¿Ah? —preguntó, confundida.

—No hicimos nada de lo que usted se imagina, si era eso lo que la martirizaba. No tiene por qué preocuparse —respondí, volteando la cara, avergonzado.

—Entonces... ¡¿por qué estoy desnuda?! —se tapó mejor, como si tuviera miedo de que la observará como un depravado.

Pero ¡joder, sí que era difícil no mirarla cuando se veía realmente hermosa!

¡Carajo, carajo, carajo!

¿Cabría en el mundo tanta belleza femenina cómo lo era la de Poppy Halper?

Mi mente proyectó el por qué Poppy estaba desnuda. Resulta que, cuando me iba a acostar a dormir junto a ella, a la señorita se le había dado por quitarse la ropa, según ella porque tenía mucho calor y la ropa le incomodaba demasiado, lo cual hizo que no pudiera pegar el ojo en casi toda la noche. Había sido tal la tensión que tenía que cuando salió el sol lo agradecí profundamente y no dude ni un momento en levantarme.

—Según usted, tenía mucho calor.

Ella se me quedó viendo, perpleja.

—¿Qué?

—Como escucha.

—Maldito alcohol —masculló por lo bajo.

Parecía que pensaba en algo, dubitativa.

Un incómodo silencio se instaló entre nosotros. No estaba acostumbrado a pasar momentos de silencio con Poppy. Por lo regular solía regañarla o hablarle para pedirle hacer cualquier cosa. Y no es que todos los silencios fueran incómodos, sino que, la situación al parecer no era la adecuada para silencios.

Levanté la muñeca izquierda y miré el reloj que de vez en cuando llevaba conmigo, y vi que pronto serían las diez de la mañana. Debía apurarme o no llegaría a tiempo al dichoso almuerzo que mi abuelo había organizado y al que la abuela había insistido que fuera.

Volví la mirada hacia Poppy, y al ver que removía sus manos, incómoda, le dije:

—Su ropa está en aquel sofá —señalé uno de los sofás que había en un rincón de la habitación—. Vístase, la llevaré a desayunar y luego a su departamento.

—Está bien —asintió con la cabeza.

Para darle más espacio decidí salir de la habitación y esperarla afuera en el pasillo.

Minutos después íbamos camino a un restaurante cercano que había visto la noche anterior al pasar por aquel lugar.

Llegamos hasta un pequeño restaurante. Al entrar la vi que sonrió al sentir el olor de la comida. Poppy Halper era el tipo de mujer que con comida era feliz y, aunque fingiera no saberlo, lo sabía de sobra. Era muy evidente, demasiado diría yo, pero tal vez eso era parte de su encanto femenino.

«Tu nivel de acoso es supremo, chico Nicholas»

«Cállate. Nunca la he acosado, ¿ok?»

«Ah, ¿no?»

No. Otra cosa es que fuera un gran observador.

Nos sentamos en una de las mesas del fondo y, segundos después se nos acercó un chico a anotar nuestro pedido. Cuando le dijimos lo que íbamos a querer, se marchó.

—El día está muy bonito, ¿no cree? —dijo, sonriendo, pero yo sabía que era porque estaba incómoda.

—Sí... Tal vez.

Mi celular sonó y vi que un mensaje titilaba en la pantalla, era de Rose, mi prima:

Rose: Mira, Nicholas Kuesel, donde tú no vengas al almuerzo que el abuelo inventó para todos y me dejes acá sola lidiando con todo, ¡te juro que te acabo! ¿Entendiste?

Nicholas: Tranquila, que sí voy a ir.

Gracias al cielo vio el mensaje y dejó de escribirme con sus comunes advertencias. Pero, bueno, la entendía, tener que comer en compañía del abuelo era ajetreado y llegaba a ser estresante, demasiado. Pasé una mano por mi espeso pelo y sentí la pequeña y tímida mirada de Poppy puesta en mí.

La miré y rápidamente volteó la mirada hacia un punto no muy específico.

El chico de antes volvió, esta vez con una de bandeja de comida en las manos, la cual tenía nuestro pedido.

—Gracias —le dijo al chico, este asintió con una sonrisa y se fue—. Bueno —miró los platos que se hallaban en la mesa—, llego la hora de comer.

Empezamos a comer y con cada cucharada que le daba a alguno de los platos y se los llevaba a la boca para saborearlos, Poppy sonreía con fascinación, fascinada. Y puedo jurar que por más que intenté no prestarle atención, me fue imposible.

Poppy

Al terminar de desayunar salimos del restaurante. Los sábados, para mí, eran muy bonitos y este parecía no era la excepción. Cuando Nicholas terminó de pagar la cuenta —aunque había pedido que me dejara pagar a mí también, pero no quiso—, salimos del restaurante y nos dirigimos hasta su auto. Cuando nos subimos Nicholas arrancó.

Tenía la mirada perdida en la ventana y en los edificios que íbamos dejando atrás junto a las personas que caminaban con tranquilidad por las calles. Sin saber por qué, una escena inédita, de la cual no me acordaba en lo mínimo, se proyectó en mi mente. En ella Nicholas me abrazaba con protección, mientras preguntaba en mi oído cómo podía ser bueno conmigo y ganarse una parte de mi corazón. En su mirada se reflejaba un gran cariño desconocido hacia mí, su rostro estaba a centímetros del mío y nuestras respiraciones parecían estar entrecortadas. Mis manos rodeaban su cuello y, como acto seguido, Nicholas acortó la distancia imaginaria que nos separaba con un profundo y seductor beso. Eso era... era...

¡¿Qué carajos me pasaba?!

Eso, seguramente, tenía que ser alguna burrada de mi imaginaria mente, a veces solía pensar estupideces, pero esa era a otro nivel.

«¿Y sí fue verdad?» me pregunté internamente.

No. Claro que no. Estoy más que segura que no lo había sido.

Mi vista se posó en Nicholas. Y lo comencé a recorrer desde sus grandes y fuertes manos, las cuales estaban al volante y hacía que sus venas se marcaran a la perfección cuando las tensaba, hasta su blanco cuello. Con gran parsimonia observé su espeso y brillante pelo, cuando y sin esperarlo, me pilló en in fraganti.

—En la forma en que me mira he llegado a pensar que le gusto, Halper —dijo, con la vista al frente.

—¿Ah? —solté—. ¿Qué? No, claro que no. Eso es absurdo, por Dios.

Y, sin decir más, volteé la mirada nuevamente hacia la ventana, sintiéndome nerviosa e incómoda.

—¿Por qué sería absurdo, Halper? —preguntó intrigado—. ¿Acaso estoy tan mal?

Tragué grueso. Yo nunca había querido decir eso, ni más faltaba. Y él sí que había sabido como descolocarme.

—No, claro que no —tartamudeé, dubitativa—. Yo nunca había querido decir eso.

—¿Si no había querido decir eso, por qué se le escucha tan nerviosa, ah, Halper? —levantó las cejas.

Por el amor de Dios, que alguien me ayudara a salir de ese enrollo. ¿Cómo hacía para decirle que no estaba mal sin decirle que era guapo y sin que pensara que me gusta? Y en ese preciso momento la melodía inicial de Fairytale empezó a sonar, e inmediatamente supe que era mi celular. Lo saqué del bolso y vi el nombre de mi hermana Lily titilar en la pantalla.

Descolgué.

—Hola, Lily, ¿pasa algo? —pregunté.

—Hola, Poppy —respondió a través de la línea—. ¿Ya vas para el apartamento?

Miré a Nicholas, quien observaba con atención por donde iba manejando y se hacía el ajeno a mi conversación. Volteé la mirada y seguí en la charla con Lily:

—Sí, ¿por qué? ¿Ha pasado algo malo?

Ella soltó un sonoro suspiro al otro lado, el cual escuché perfectamente.

—¿Por qué te figuras que ha pasado algo malo, eh? —ahora se escuchaba indignada—. Más bien debería ser yo quien te preguntara eso, ¿no crees? —pude imaginarla alzar las cejas expectantes—. Anoche no volviste a casa y no creas que no estuvimos preocupadas por ti, Poppy.

—Vaaale, pues ya voy para allá.

—No, no puedes —dijo con firmeza.

—¿Y por qué no, ah, niña? Te recuerdo que soy tu hermana mayor y no tienes derecho a decir qué hacer y qué no, ¿ok?

—Bueno, aunque estés abusando de tu autoridad como hermana mayor y aunque no quiera, te lo diré; mamá y yo estamos en el supermercado, tenemos las llaves del apartamento. Pero si no quieres esperar afuera puedes venir al supermercado de la esquina y ayudarnos con las compras, querida Poppy...

Lily era buena hermana, no lo negaba, pero sabía más que nadie que era una carajada cuando se lo proponía. Presentía que había sido ella quien se había cargado las llaves para hacerme ir hasta el supermercado.

—Ya voy para allá.

Ella victoreó y me imaginé su sonrisa de triunfo.

—Aquí te esperamos, Poppy. —Y, sin decir más, colgó.

Miré a Nicholas, quien educadamente se había hecho el de la vista gorda en durante toda la conversación. Me aclaré un poco la garganta y lo miré.

—Me podría dejar por acá, por favor —la frase sonó más a pregunta que a afirmación.

Él me miró, extrañado.

—¿Y eso? —quiso saber.

—Tengo que entrar a comprar unas cosas.

—Bien —respondió, y, como acto seguido, frenó el auto con tranquilidad.

Después de unos segundos me quité el cinturón de seguridad y abrí la puerta del auto para poder bajarme, y, al hacerlo, me volví hacia él.

—Muchas gracias.

—No se preocupe —su mirada se clavó en mí, haciéndome estremecer de pies a cabeza como siempre que me miraba.

Sin decir más me fui antes de que la mirada de Nicholas me terminara de poner los vellos de punta y acabara con el poquito de dignidad que me quedaba. Por el amor de Dios, debía de creer que era una borracha que no tenía autocontrol. Me sentía fatal después de haberle hecho lidiar conmigo en estado de embriaguez.

Nicholas

Cuando dejé a Poppy en el lugar que me había pedido, logré deducir que no era su casa.

Conduje directo a casa del abuelo, donde de seguro ya estaba mi prima Rose, mi tío Charles, con quien nunca había tenido una buena relación desde que habían muerto mis padres, y mis abuelos.

Una de las razones por las cuales no quería ir a casa del abuelo era porque sabía cuál sería su principal tema de conversación durante el almuerzo: El imperio Kuesel. El legado de la familia Kuesel, un legado que el abuelo quería que yo siguiera y que mi tío evitaba a toda costa que heredara, y el cual yo no quería aceptar porque no me apetecía.

Simplemente no quería porque ya tenía mi propia empresa y estaba satisfecho con los resultados y el triunfo que había conseguido hasta el momento.

Al llegar a la mansión estacioné el auto y, antes de bajar me acomodé el traje de la noche anterior.

«Maldición, de todas las cosas que se me hubieran podido olvidar, precisamente se me tenía que olvidar que tenía el mismo traje de anoche, arrugado y un tanto apestado a alcohol. Maldición»

La mansión Kuesel tenía un diseño moderno y encantador, aunque no se podía decir lo mismo del ambiente que la rodeaba por dentro. Tenía una sofisticada entrada hecha en piedra, la rodeaba un inmenso jardín, muy bonito.

Antes de poder entrar una ruidosa y chillona voz ensordeció mis tímpanos de una manera escandalosa.

—¡Nicholas! —gritó la pelirroja haciendo un escándalo tonto.

«Ay, no, Catalina, ¡santo cielo! ¿Acaso nunca podemos descansar de ella?» inquirí, lleno de frustración.

«Eh, Nicholas, creo que no se llama Catalina, sino Catherina» recordó mi mente, como si existieran dos voces en mi interior.

«Si se llama Carolina me da igual»

Catalina se me abalanzó por detrás, apretujándome como un oso de felpa. Su fuerte olor se impregnó en mis fosas nasales y, aunque ella quiso que correspondiera a su abrazo, no lo hice, solo alejé los brazos de ella, claramente incómodo.

—¿Cómo has estado, Nicholas? —preguntó, haciendo, según ella, ojitos tiernos.

—Bien —respondí, cortante.

—Qué bueno, Nicholas.

Asentí levemente con la cabeza y noté como se me quedó viendo por un largo rato, haciéndome sentir incómodo. Hasta que al fin habló:

—Oye, Nicholas...

—¿Qué?

—¿No me vas a preguntar cómo he estado? —sonrió con una fingida inocencia que yo sabía que no poseía.

Y aquí íbamos otra vez.

Solté un pequeño suspiro y la miré con hastío.

—¿Cómo has estado, Catalina? —pregunté, apático.

—Bien —sonrió, y, después de analizar algo, hizo un mohín—. Pero no me llamo Catalina, me llamo Catherina, Nicholas, que no se te olvide —me corrigió moviendo un dedo en el aire con elegancia.

—Bueno, Carolina —dije.

Ella volvió a hacer un mohín.

—Es Catherina, no Carolina, Nicholas —me volvió a corregir.

—Eso, Carina —respondí, zafándome de su agarre—. ¿Y qué haces aquí, Camila?

Y supe que se había enfadado por la manera tan brusca en la que se había alejado de mí y, como acto seguido, dijo con su habitual voz chillona y mimada:

—¡Que mi nombre es...!

Pero fue interrumpida por una voz ajena poco agradable.

—Su nombre es Catherina.

Más populares

Comments

Momys.rub

Momys.rub

Jajajjajaaj si aja como se camila!!!
Sin duda serás una patada en los Ovarios!!
Apenas te leí y ya me caes gorda!!

2025-01-20

0

Total

descargar

¿Te gustó esta historia? Descarga la APP para mantener tu historial de lectura
descargar

Beneficios

Nuevos usuarios que descargaron la APP, pueden leer hasta 10 capítulos gratis

Recibir
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play