.../UN ALMUERZO UNA NOTICIA/...
Nicholas
—Su nombre es Catherina.
Levanté la mirada y vi a mi tío Charles recostado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y su sombría mirada puesta en mí. Su expresión era tensa, pero no por ello agaché la mirada, como él tal vez quería que lo hiciera. En vez de eso me le quedé viendo, retador. Lo cual solo hizo que el ambiente se volviera cada vez más tenso.
—Ves, Nicholas, mi nombre es Catherina —habló la pelirroja en el momento menos indicado.
—Eso, Celina —dije con apatía.
Sin decir nada me alejé de Catherina y entré, pasando por un lado de mi tío, quien no me quitó la mirada hasta que me perdí de su campo de visión. Sí, de seguro este no iba a ser un almuerzo tranquilo, presentía que estaría lleno de caos y guerra. Como siempre.
Llegué hasta la alcoba principal y vi a mi abuela Elizabeth correr hacia mí con los brazos abiertos y una gran sonrisa en su tierno rostro.
—¡Nicholas, has venido! —dijo al llegar hasta mí y atraparme en un cálido abrazo.
Dejé que me fundiera en su cálido abrazo mientras su delicado aroma a lavanda inundaba mis fosas nasales. Me di cuenta lo mucho que la había extrañado.
—Te he extrañado mucho, mi niño.
—Yo también, abuela, yo también —la estreché aún más.
Estar con la abuela era mi lugar seguro, de eso no cabía duda. Ella siempre lo había sido. Había estado ahí para mí cuando apenas era un chiquillo, trataba de hacer lo posible porque nunca me sintiera mal cuando el abuelo le daba el arrebato de querer insultarme por cualquier tontería que yo hiciera. Y la amaba con todo mi ser.
El momento fue corto pero agradable.
—Vaya, creí que no vendrías —escuché la voz de Rose.
La abuela se alejó de mí.
Levanté la mirada hacia Rose, quien estaba parada con los brazos cruzados al final de las escaleras que llevaban a la segunda planta.
—Pues ya ves, estoy acá —respondí, poniendo los brazos a los lados.
—Que milagro —mofó.
—Pues con esa amenaza que me diste cualquier cosa se puede hacer realidad, hasta milagro.
Rose sonrió de medio lado.
—Yo tampoco creí que fueras a venir —la voz del abuelo nos tomó a los tres por sorpresa.
Giramos la mirada hacia él y su fría y clara mirada se clavó en mí.
—Abuelo —dije, algo tenso.
—Nilcholas bienvenido a casa —dijo, y con su bastón en la mano bajó las escaleras hasta llegar donde nosotros.
El abuelo era un hombre con un semblante frío que podía intimidar a cualquiera. Y es que su mirada era tan vacía y sombría que provocaba salir corriendo cuando te veía, aunque fuera simplemente para detallarte. Aún tenía los recuerdos de cuando era pequeño y hacía que me encogiera de hombros y rápidamente desapareciera de su campo de visión. Era aterrador. Siempre había mantenido miedo de él. Él había hecho que cuando niño siempre le tuviera miedo.
Pero ya era un hombre grande, un adulto independiente que sabía tomar sus propias decisiones y que había tenido que luchar constantemente para lograr algo por su propio mérito. Ya no podía causarme el mismo miedo que de niño.
Nos quedamos viendo durante un largo rato que era tenso.
—Creo que lo mejor es que pasemos al comedor a almorzar —dijo la abuela, rompiendo el silencio.
El abuelo asintió levemente con la cabeza y, sin decir nada, se acercó hasta el comedor y se sentó en la mesa mientras los empleados de servicio servían educadamente el almuerzo con cierta finura y elegancia.
—El almuerzo se va a enfriar —fue lo único que nos dijo el abuelo, ya sentado.
—Llamaré a papá —respondió Rose. Salió de la casa.
La abuela y yo nos sentamos en la mesa y, siendo sincero, todo se veía muy apetitoso. Había platos de todo tipo que invitaban a probarlos cada uno sin dejar nada.
«Si Poppy estuviera acá de seguro no dejaría de sonreír», pensaba.
«Ja, ves como sí piensas en ella»
Claro que no, eso solo había sido coincidencia.
Santo cielo, qué me andaba pasando últimamente con Poppy Halper. De la nada se me venía a la mente con demasiada frecuencia. Y era extraño, porque yo nunca pensaba en nadie, solamente en lo que realmente me importaba, como el trabajo, la empresa, etc. Y lo peor es que su esbelta figura y sus fascinantes ojos cafés se proyectaban en mi mente.
«Poppy Halper está como para darle unos buenos besos»
«Mira, tú mejor cállate, ¿ok? Mente pervertida»
«Como si tú fueras un galán. Eres un pervertido de primera», me recriminó.
Mi mente debía callarse y no pensar en tonterías. Porque no era momento de pensar tonterías.
Mi tío Charles llegó junto a su hija y Catalina, una a cada lado de mi tío. La pelirroja era la hija de la esposa de Charles, quien se la pasaba de viaje gastando dinero sin pudor alguno. La pelirroja era realmente muy molesta y fastidiosa, y no es porque lo dijera yo. Bueno, aunque tal vez no se podía esperar nada cuando su mamá era igual.
La abuela y Rose no podían quererla, pero, mi tío y mi abuelo solían adorarla con todo su ser. Y era extraño, porque era imposible de creer que el abuelo quisiera a alguien realmente.
—¡Señor Kuesel! —exclamó la pelirroja, acercándose hasta mi abuelo con una gran sonrisa y depositando un beso en su arrugada mejilla.
—Catherina —dijo el abuelo, sonriéndole.
—¿Cómo ha estado, señora Kuesel? —miró a mi abuela, quien fingió una pequeña sonrisa.
—Bien, Catherina, bien —respondió con apatía, provocando una risita en Rose.
Asintió levemente con la cabeza.
—¿Cómo ha seguido, señor Kuesel?
—Bien, gracias por preguntar, Catherina.
Los últimos meses el abuelo había estado un poco enfermo y desde entonces tocaba estarle dando medicamentos a ciertas horas asignadas y llevarlo al hospital a que le hicieran constantes exámenes y chequeos.
—Me alegro mucho por usted.
La pelirroja se sentó a mi lado, sonriendo. Y no es que detestara que lo hiciera, simplemente que sabía por qué lo hacía, y eso me incomodaba.
Sin decir nada empezamos a comer en un gran silencio absoluto. Aunque minutos después ese silencio se vio interrumpido por Catalina, quien lo único que sabía hacer era hablar como cotorra.
Ya llevaba un buen rato hablando sobre sus viajes, las compras que había hecho en cada uno de esos viajes y a los famosos del momento que había conocido. Algo que, al parecer, no le importaba simplemente a mi tío y al abuelo.
«¿Esta mujer no se cansará de hablar tanto?»
—París es realmente fascinante —decía, sin que ninguno (excepto el abuelo y mi tío) le pusiéramos cuidado.
—Nos alegramos mucho por ti, Catherina, pero ¿podrías simplemente comer en silencio, por favor? —Rose no tardó en escatimarle la apatía que sentía por la gente que hablaba demasiado.
La pelirroja miró a Rose, pero al ver la fría mirada que la aludida le brindó, decidió callarse y comer en paz. Creí que mis tímpanos iban a estallar de lo mucho que hablaba.
El abuelo se aclaró la garganta y posó su fría mirada en mí.
—¿Cómo va todo en tu empresa, Nicholas? —me preguntó, observándome.
—Bien —respondí cortante.
—Mmhm... —bebió un sorbo de su copa de vino—. ¿Piensas dejarla en algún momento?
¿A qué venía esa pregunta ahora?
—No —respondí.
—Sabes que pronto tendrás también que hacerte cargo del imperio Kuesel, ¿no? —dijo levantando y bajando sus gruesas cejas con ímpetu—. No es que sienta que no puedes, pero tener que manejar tu empresa y el imperio Kuesel no es algo que vea fácil de acompasar.
Y al decir eso mi tío tosió abruptamente, la pelirroja sonrió con inocencia y Rose, junto a la abuela, se miraron con cautela.
¿Por qué? ¿Este había sido su plan desde el comienzo? ¿Traerme con la excusa de un simple almuerzo para que yo aceptara el cargo de su empresa?
Al parecer, el viejo seguía siendo muy estratégico, pero yo no era ningún idiota como él creía.
—Porque te harás cargo de ella, ¿no es así? —inquirió, fingiendo inocencia en su pregunta.
—Padre —habló mi tío Charles, llamando la atención de todos los presentes—, no creo que Nicholas esté capacitado para hacerse cargo del imperio Kuesel. —Estaba claro que la idea de que el abuelo quisiera que yo heredara el imperio Kuesel no le agradaba para nada y lo hacía ponerse siempre a la defensiva.
—¿Cómo qué no, ah? —le preguntó el abuelo, dedicándole una mirada llena de ímpetu—. Su empresa es una de las mejores en las plataformas de chat y es considerado uno de los CEOS más jóvenes de la industria tecnológica, ¿cómo no va a ser capaz de manejar algo tan fácil como lo es el imperio Kuesel?
—Un solo error y todo se puede derrumbar —agregó mi tío, nervioso—. Está muy joven como para ello. Entiendo que pueda manejar su empresa de chat, pero el imperio Kuesel ya es otra cosa. Aún está muy joven, papá.
Al parecer, lo que mi tío quería era que el abuelo entrara en razón de que yo no estaba capacitado para tal puesto tan importante. Pero, lo que mi tío no sabía era que me estaba haciendo un grandísimo favor al tener que ahorrarme tantos discursos.
Pero al parecer el abuelo no pensaba darse por vencido.
—¿Joven? —enfatizó el viejo—. Tiene veintisiete años, ya es un hombre hecho y derecho. —Clavó su penetrante mirada en mí—. Te harás cargo del imperio Kuesel, ¿no es así, Nicholas?
El ambiente se estaba poniendo demasiado tenso y yo solo quería irme de ese lugar. Todo empezaba a ser aburridor y asfixiante. Como siempre. No había día que ir a esa casa no fuera asfixiante.
—No —respondí, dejando la copa de vino en la mesa con parsimonia.
El abuelo me miró con los ojos abiertos como platos, al igual que todos.
—¿No? —preguntó, desafiante.
—No lo haré —empecé con un tono apacible para que el ambiente no se tornara aún más incómodo—. Como dije, estoy bien con mi empresa y mis trabajadores. No necesito manejar otra.
Al parecer, mi plan de que el ambiente no se tornara aún más intenso, fracasó, porque el abuelo apretó la mandíbula, a tal punto que temí que se le partiera.
—¡Eres un desagradecido! —espetó ala vez que daba un sonoro golpe a la mesa con gran fuerza—. Es un legado de la familia, tienes que obedecerlo.
¿Legado?
Que me importaba a mí que fuera legado.
—Deberías tener un poco de consideración hacía nosotros —dijo.
—¿Consideración? —levanté las cejas, haciéndome el intrigado.
—¡Sí! —clamó.
Todos en la mesa nos observaban con atención y preocupación a la vez. Primero porque el abuelo no podía tener reacciones fuera de lo normal. Y la segunda porque sabían que nuestras palabras podían ser como una daga afilada que se enterraba en lo más profundo de cualquiera.
—Anthony, cálmate, por favor —le pidió la abuela, tratando de parecer tranquila cuando en realidad estaba nerviosa por la situación que se presentaba.
—¡¿Qué me calme?! —miró a su esposa con furia—. ¿Cómo quieres que me calme cuando este desagradecido de mierda no quiere hacerse cargo de la empresa que, con tanto esfuerzo hemos sacado adelante? ¡Debería tener consideración contando que fue su culpa que su padre muriera! —soltó con agresividad, dándole otro sonoro golpe a la mesa, esta vez resonó por todo el comedor—. Si él no lo hubiera matado su padre sería quien estuviera a cargo de todo y yo no tendría que pedirle nada a él.
Sus palabras se clavaron en mí como una daga que venía con un veneno letal incluido. Sabía que las palabras mías tanto como las del abuelo podían llegar a herir, pero él sabía perfectamente cómo hacer que me achantara. La muerte de mi padre... tema del cual no me gustaba hablar, y que él se encargaba de restregarme en la cara cuando se le venía en gana como si la memoria de su hijo le importara una mierda. Al parecer, así era.
Como en ese momento.
—¡Abuelo! —exclamó Rose, preocupada.
—¡Anthony! —le siguió la abuela.
¿De verdad eso era lo que todos creían? ¿Qué yo había matado a mi papá?
—¿Eso es lo que piensas? —le pregunté retador.
—No lo pienso, es la verdad —afirmó—. Eso sin contar que tu madre también murió por tu culpa. Eres un maldito caos, todas las cosas malas que suceden en esta familia siempre han sido tu culpa. Todo lo que tocas lo destruyes.
Tragué grueso. No debía dejarme achantar y menos por él.
—¡Eso no es así! —dije con firmeza, apretando la mandíbula.
—Ah, ¿no? —inquirió—. Deberías estar agradecido con nosotros y demostrar tu agradecimiento aceptando la empresa.
—¡Ja! ¿Es en serio? —reí irónicamente. Su maldito plan estúpido.
Quise decir algo más, pero por el respeto que le tenía, por ser mi abuelo y por los presentes, decidí callarme y hacer lo que siempre hacía cuando iba a esa casa y todo se iba al traste, salir de ahí.
Me levanté de la mesa y, sin decir nada a nadie, me dirigí hasta la puerta principal. Nadie se atrevió a llamarme y decirme que no me fuera así, aunque quise que alguien lo hiciera, nadie lo hizo. Abrí la puerta y, al salir, la cerré tras de mí de un portazo. Me dirigí hasta el auto, apoyé las manos en el capo y respiré hondo.
Levanté la mirada al cielo que, casualmente, estaba grisáceo, como si quisiera llover y también descargar toda su furia y frustración junto a mí.
Las palabras del abuelo me habían dolido, realmente lo habían hecho. Siempre me habían pedido que no me culpará por la muerte de mis padres, pero el abuelo siempre se encargaba de recordármelo frecuentemente. Y es que era entendible que estuviera enojado conmigo, quien mató a su hijo favorito.
Había querido no culparme por ello, pero ¿y si era verdad lo que decían? Que por mi culpa estaban muertos. Si eso era así, no podría cargar con el remordimiento tanto tiempo, porque entonces tarde o temprano caería a un maldito abismo del cual no podría volver a salir.
Me subí al auto y puse las manos en el volante, lo apreté lleno de frustración. Primero se oyó el sonido de un trueno y luego una suave brisa helada invadió los lugares de la ciudad, para después darle entrada a una fuerte lluvia. Prendí el auto y, sin perder tiempo, me dejé llevar hacia el lugar que mi frustración me quisiera llevar.
Poppy
Hacía un buen rato que había empezado a llover y, aprovechando el día de lluvia, Lily y yo decidimos sentarnos en la sala a ver un par de películas mientras comíamos palomitas de maíz con caramelo, frituras de cualquier clase y tomábamos Sprite.
El mejor plan de todos.
Estábamos viendo la película con el título de; No se aceptan devoluciones, y solo faltaban un par de minutos para que se acabará y siguiéramos llorando como locas porque la niña se había muerto.
Sí, sí, lo admitía, era bien sensible.
Miré mi celular, que marcaba las ocho en punto, era impresionante como el tiempo pasaba tan rápido y ni cuenta nos dábamos.
La película llegó a su final y al ver que aún nos quedaban más palomitas —demasiadas—, decidimos ver otra película y tomar más Sprite.
—¿Cuál otra película vemos? —me preguntó Lily, sacando el CD del DVD.
—No sé, la que tú quieras —respondí sin mucha importancia. No me interesaba qué película decidiera poner, la verdad.
—Entonces, veamos Anabella —propuso con una sonrisita maliciosa.
Abrí los ojos como platos y rápidamente negué con la cabeza. Vale, sí que me importaba qué película quisiera ver.
—¡¿Qué?! —exclamé—. Oh, no, no. No veremos a esa muñeca del demonio. Eso sí que no, ni loca, ¿vale?
—¿Por qué no? —se hizo la inocente—. ¿Acaso te da miedo? ¿O te haces pis en la noche, querida Poppy? —Lily podía ser mala cuando se lo proponía.
—Claro que no. Pero es eso o nada —declaré, haciendo que se lo pensara mejor.
—Oh, vamos, Poppy —pidió mientras juntaba las manos.
—NO.
—Uffff, vale —se rindió y buscó otra película.
Al final puso una película que, les puedo asegurar, nunca había visto. Unos tales rápidos y furiosos. Empezó con una entrada épica que al verla me gusto y bebí ligeramente mi Sprite.
Rato después ya íbamos en la mitad de la película, y la cosa se iba poniendo cada vez más buena e interesante. Luego y, por alguna extraña razón, recordé que ya había hecho el último pago a mi nuevo apartamento y que estaba pensando en mudarme mañana. Pero ése no era el problema, el problema era cómo decirle a mi mamá sin que se sintiera mal.
O a Lily.
—Oye, Lily —la llamé, dubitativa.
—¿Sí? —me preguntó sin despegar la mirada del televisor.
—¿Qué pasaría si te dijera que ya terminé de pagar mi nuevo apartamento?
Ella me volteó a ver abruptamente, con los ojos abiertos como platos.
—¿De verdad? —preguntó.
Asentí con la cabeza, sonriente.
—¡De verdad me alegro mucho por ti, Poppy! —exclamó, más feliz que yo.
Al parecer esa parte se la estaba tomando con felicidad y gran tranquilidad. Ahora solo faltaba la otra parte. Complicada.
—Y que me mudo mañana —hablé.
Lily se dejó caer instantáneamente escuchó lo que le dije. Su expresión de felicidad decayó.
—¿De verdad? —preguntó en un hilo de voz.
—Sí... —asentí con la cabeza, lentamente.
—Oh, de verdad me alegro mucho por ti, Poppy —dijo—. Pero no creí que te mudaras tan pronto.
—Creo que entre más rápido mucho mejor —volteé la mirada a un punto no muy específico, ver su semblante triste me hacía sentir mal—. Además, ya debería haberme independizado hacía mucho tiempo —finalicé.
Lily no dijo nada, solo suspiró y sus ojos se pusieron vidriosos, como si tuviera ganas de llorar. Y sin esperarlo ella empezó a sollozar en voz baja. Mi corazón se encogió al ver a Lily llorar. Sabía que no era fácil de asimilar. Yo siempre había sido su hermana mayor, había estado con ella en todo momento. Y, decirle de la nada que me mudaba, era... extraño.
—Oh, no, no. —Me acerqué hasta ella y la abracé—. No llores, Lily, por favor.
—No quiero que te vayas, Poppy —habló entre sus sollozos.
—Tú y mamá podrán irme a visitar cuando quieran. O yo podré venir de vez en cuando.
—¿Pero con quién voy a estar en casa?
—Con mamá —dije.
—La verdad no quiero que te vayas, Poppy —volvió a decir, aferrándose a mí.
—Aunque me vaya a vivir a otro lado siempre estaré para ti, Lily, siempre... —hablé con un hilo de voz.
Al parecer eso la había tranquilizado un poco, porque levantó su vidriosa mirada hacia mí.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo —asentí con la cabeza y sellamos nuestro pacto entrelazando nuestros dedos meñiques—. Así que mejor veamos
Antes de que la película terminara, Lily decidió que lo mejor era irnos a dormir, por lo que se fue a su habitación en cuanto yo acepté. Sabía que no había querido seguir viendo por la noticia que le había dado. Éramos demasiado unidas, y haberle dicho que pronto me mudaría, fue un balde de agua fría para ella. Yo me fui a mi habitación minutos después, solamente que no logré dormirme. Simplemente me senté en la cama y observé a través de la ventana como caía la lluvia a la vez que las luces de los edificios iluminaban la ciudad, dándole un toque encantador combinado con una nostalgia desconocida.
Parecía que el cielo estaba triste. O alguien lloraba desconsoladamente.
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San Aguirre
*vayas
2024-03-17
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