Capítulo 11

.../IDENTIDADES DESCUBIERTAS/...

Poppy

Preparaba una deliciosa maruchan mientras escuchaba a la grandiosa Adele y su canción más sonada: Rolling in the deep.

The scars of your love

remind me of us

They keep me thinking

that we almost had it all

The scars of your love

They leave me loreathless

I can't help feeling

—We could have had it all —empecé, para después cantar mi parte favorita—. Rolling in the deep... —grité a todo pulmón—. You had my heart inside of you hand —bajé la voz— and you played it to the beat.

La canción seguía a la vez que la cantaba a todo pulmón, como si me sintiera identificada. Bueno, en gran parte lo hacía, y, además, quién no se siente identificado con las grandiosas canciones que compone Adele.

Cuando el timbre del apartamento sonó dos veces, me callé instantáneamente. Me dirigí hasta la puerta y la abrí. Nuevamente, no había nadie, solo una nota que yacía en el suelo como las de la otra noche que había estado recibiendo y, que al final, no me dejaban de buen humor.

«Otra vez ese vecino» pensé a la vez que ponía los ojos en blanco.

Levanté la nota y la leí:

«Podría por favor no gritar tan fuerte, su voz está a punto de hacer explotar mis tímpanos. Tenga consideración con los demás, gracias.» Fruncí el entrecejo y sentí como el enojo me invadía. Cerré la puerta con una brusquedad que me impactó y, sin perder el tiempo, busqué una hoja y un bolígrafo.

Después fui hasta la puerta del dichoso vecino, dejé la nota en el suelo —como siempre— y toqué el timbre, para luego salir corriendo a mi apartamento.

Nicholas

Cuanto hubiera deseado que revisar los documentos que Poppy me había enviado en la noche fuera fácil, pero la vecina me lo estaba poniendo difícil. Era demasiado ruidosa. Ya le había enviado una nota donde le pedía, encarecidamente, que se callara, pero ni así había colaborado la mujer. No hacía mucho que se había mudado y ya comenzaba a darme problemas.

Bueno, tal vez era como su mamá.

El timbre de la puerta sonó. Fruncí el ceño y, después de quitarme las gafas y dejarlas en la mesa, me dirigí a abrir la puerta, lleno de frustración. No vi a nadie, pero como supuse que había sido la vecina quien había timbrado, bajé la mirada de manera automática para toparme con lo que ya presentía.

Una nota.

«Siento mucho que mi voz sea fea y que usted sea un amargado del carajo, pero solo le pido que respete a la grandiosa Adele,¿comprende? Debería dejar de ser tan fastidioso y disfrutar de la vida.» decía.

Cuando terminé de leer la nota hice lo que hacía llevaba haciendo desde la noche anterior; buscar una hoja y un bolígrafo. Escribí con suma paciencia una nota que, aunque no contenía tantas palabras, eran justas para hacer enojar a cualquiera. O eso esperaba.

Fui hasta el apartamento de la dichosa vecina y dejé la nota en el suelo, luego me fui a paso lento, sin preocupación alguna, a darme un refrescante baño.

Poppy

«Cállese, por favor, parece una niña pequeña.» decía la nota que había recibido después de enviar la mía.

Tenía que ser sincera, la nota me había sacado de mis casillas y ahora estaba hecha una completa furia. ¿Cómo se atrevía un viejo a decirme aquello? ¿Qué me callara? ¿Qué parecía una niña? Estaba loco. El niño parecía él, que no era capaz de dar la cara.

Estaba más que preparada para ir a enfrentar a ese vecinito que jodía hasta la médula y decirle todo lo que pensaba de él. Como también dejarle claro ciertas cosas que eran insoportables de él y me desagradaban.

Salí del apartamento y me dirigí hasta la puerta del vecino. Estaba tan enojada que no me fijé que lo que llevaba puesto no era muy apropiado cómo para una charla. La blusa de tiras rojas con bordes negros no parecía un pijama, y los shorts cortos del mismo color seguramente habrían hecho que a mamá le diera un infarto de haberme visto vestida así. Qué podía decir, de verdad me sentía cómoda usando aquello.

En fin, que se jodiera el amargado maestro de Literatura.

Toqué el timbre, pero en el primer intento nadie abrió. Volví a tocar el timbre, tampoco nadie abrió. Puse una mano en mi cintura, apurada y con la otra empecé a tocar el timbre con impaciencia a la vez que golpeteaba el suelo con el pie. Parecía que la vida se me fuera en aquellas acciones. Aun así, seguí.

—¿Este vecino no piensa abrir o qué? —mascullé para mí misma.

Sin previo aviso, la puerta se abrió abruptamente haciendo que diera un respingo lleno de brusquedad. Esperé toparme con un hombre viejo, barrigón, con canas y barba y unas gafas feas.

Pero, para mi sorpresa, mi pensamiento se disipó en cuanto mis ojos se toparon con un pecho fuerte y unos muy bien marcados pectorales, con pequeñas gotas de agua cayendo lentamente por aquel cuerpo glorioso.

Mis ojos se abrieron como platos.

«¡Por el amor de Dios, no me esperaba este tipo de recibimiento! Si me hubieran avisado que el vecino recibía de aquella manera habría venido más antes»

Sentí las babas caerme de la boca y los ojos a punto de salirse de sus órbitas. ¿Podría tocarlos? Parecía una pervertida de primera clase. Ya estaba imaginando qué se sentiría tocar aquellos bíceps cuando el dichoso vecino se aclaró la garganta y habló:

—¿Se le ofrece algo? —Aquella voz...

Lentamente, levanté la mirada y... ¡Santo cielo! ¡Esto tenía que ser una broma de muy mal gusto! ¿El psicópata de mi vecino era el psicópata de mi jefe, Nicholas Kuesel? Que me tragara la tierra en ese mismo instante era lo único que pedía.

Puedo asegurar que, si mi mandíbula no hubiera estado pegada a mi rostro, seguramente se hubiera caído al suelo por la sorpresa que me llevé...

¿Cómo podía ser cierto?

—¿Halper? —preguntó Nicholas, sorprendido al igual que yo.

[...]

Minutos después estaba en el lujoso apartamento de mi jefe, sentada frente a una mesa de mármol negra frente a Nicholas. Él, tenía los brazos cruzados y la mirada fija en mí. Yo, por mi parte, me removía con impaciencia los dedos de las manos. Estaba sudando de los nervios.

Agradecía que Nicholas se hubiera tomado la molestia de vestirse antes de invitarme a pasar.

Mientras el silencio se hacía presente, me permití observar el apartamento. Era bonito y sofisticado. El negro y el gris era n los colores que reinaban en las paredes y los muebles. Aunque eso no le quitaba lo bonito, simplemente que... se sentía demasiado opaco y desolado. Viéndolo bien, su oficina y su apartamento no se parecían en nada.

Un escalofrío me recorrió la espina dorsal al sentir la profunda mirada Nicholas puesta en mí. Me estremecí. Con lentitud llevé la mirada hasta él y me le quedé mirando.

Por un momento me perdí en sus ojos claros. Me permití navegar en ellos, no por mucho tiempo. Era tan intensa que sabía no resistiría demasiado en ella.

Me analizaba de manera detallada y clara, algo que volvió a causarme un estremecimiento intenso.

—Entonces... —empecé después de aclararme la garganta, nerviosa—, ¿somos vecinos?

—Sí, eso parece —respondió con total tranquilidad.

—Tengo que admitir que jamás pensé que ese fastidioso vecino fuera a ser usted —dije con una risita tonta. Y fue un momento después que caí en la cuenta de que lo había llamado «fastidioso»

—Lo mismo puedo decir yo, ¿no creé? —enarcó una ceja y, antes de acercar su rostro a pocos centímetros del mío, puso las manos en la mesa.

—Bueno, bueno —me moví rápidamente con nerviosismo—. Pero ¿qué se supone que tenemos que hacer ahora? Al parecer como vecinos no nos podemos llevar bien.

«Soportarlo» dijo mi fuero interno.

Al menos está vez él tenía puesto ropa formal y no una simple toalla atada a su cintura. Debía concentrarme, sabía que tenía que hacerlo. Solamente que la imagen de su pecho no dejaba de proyectarse en mi mente, haciendo que me desviara del tema con frecuencia. Y me avergonzaba de

mis anteriores pensamientos pecaminosos.

—Para que podamos convivir bien como unos vecinos civilizados vamos a poner unas cuantas normas, ¿le parece, Halper? —preguntó después de alejarse de mí, volviendo a su antigua posición.

—Bien —respondí antes de sonreír ampliamente.

Como si ya lo tuviera planeado, movió una hoja en blanco que había en la mesa junto a un bolígrafo.

—Empiezo yo —anunció, tomando el bolígrafo y la iniciativa—. Cero ruidos en las noches, ¿entendido? —Y sin decir nada lo anotó.

—¿Qué? ¿Entonces mi reality show? —inquirí, indignada.

—No. Cero. Ruido. Halper —aclaró.

—Ah, no, lo siento mucho, pero mi reality no me lo pierdo —me crucé de brazos.

Entonces, Nicholas soltó un corto suspiro, al parecer, derrotado.

—Está bien, su reality puede ser escuchado. —Prosiguió—. Cero olor a maruchan podrida.

Fruncí el ceño.

—¿A caso huele?

—Ni que lo pregunté —y anotó su dichosa regla.

Lo observé a la vez que movía el bolígrafo y observé como se le tensaban los músculos.

—Ya —dejo el bolígrafo a un lado.

—Yo también pondré una condición  anuncié antes de coger el bolígrafo—. Cero notas...

Ya habíamos terminado de escribir las reglas para poder convivir como buenos vecinos y llevarnos bien, por el momento. No eran demasiadas, solo diez. Me levanté de la mesa a la vez que nuestras miradas se cruzaron instantáneamente.

—Me voy.

—Bien —respondió a la vez que me observaba con detenimiento.

—Que pasé buena noche, señor Kuesel —dije, riendo como tonta. Nicholas me acompañó hasta la puerta y caballerosamente la abrió para mí. Antes de salir, me giré hacia él, y sin saber qué carajos me picó, lo miré maliciosamente.

—¿Puedo tocar sus bíceps?

«¡¿Qué carajos has dicho, Poppy Halper?!» me recriminé.

—Sí, claro —dijo con inocencia, después cayó en cuenta—. ¡¿Qué?! ¡No! ¿Qué le pasa?

—Ay, era broma, pero si quiere no es broma —aclaré—. Siga cuidándose. —le recomendé.

—Usted también debería seguir cuidándose, Halper. —Su mirada recorrió mis pechos con descaro.

Me cubrí rápidamente con las manos y lo miré con el ceño fruncido.

—No sea pervertido —exigí.

—Lo mismo digo, Halper.

—Que descansé, hasta luego —y sin decir nada salí rápidamente de aquel apartamento donde había un hombre que me observaba con una mirada intimidadora y seductora.

—Que descanse, Halper.

Nicholas

De todas las personas que me hubiera imaginado jamás se me hubiera pasado Poppy Halper por la cabeza. Ahora entendía porque aquella voz tan encantadora se me hacía tan familiar. Una sensación de felicidad me invadió y no sé por qué. Tal vez era porque verla me daba paz y tranquilidad. Eso sin tener en cuenta los constantes dolores de cabeza que solía sufrir por ella.

»—Cuando a un hombre le gusta una mujer y esta no se da cuenta, el hombre tiende a desearla más —habían sido las palabras de mi padre cuando era un simple niño y le pregunté por qué los hombres tendían a hacer locuras por las mujeres—. Además, la mujer es el ser más sensible, humilde, bondadoso, cariñoso y puro en amor que vayas a conocer. Por eso la mujer es el mejor encanto y descubrimiento de este mundo. Por eso —me señaló con un dedo y sonrió ampliamente—, cuando encuentres a tu mejor descubrimiento, no la dejes ir, Nicholas.

¿Por qué de la nada recordaba aquello que me había dicho mi padre?

¿Acaso aquello aplicaba en Poppy? No, seguramente no.

«Te gusta» me dijo mi fuero interno.

«Claro que no»

«No lo niegues, Nicholas Kuesel»

«Es linda, tierna, sensible y... Bueno, qué sé yo, solo soy un simple mundano que tiene una vida hecha un caos»

«Los mundanos también se enamoran»

Pero los humanos somos quienes tenemos más poder de lastimar a otro ser humano.

Sobé mis sienes y sonreí al recordarla. Tal vez Poppy Halper era todo aquello que contenía un descubrimiento y yo aún no lo sabía. Ojalá estuviera próximo a hacerlo.

Ojalá…

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Comments

Momys.rub

Momys.rub

Sabias palabras de mi señor Suegris, q en gloria este!!!
Pinchi Nico,no te pases!!!!
Estas viendo y no ves???!!
Como te atreves a abrir la puerta así tan descaradamente buenote???
Nos confundes y no nos dejas pensar con claridad!!!
Así como te reclamamos??
Si nos estas enseñando el lavadero donde podemos tallarrrrr agustoooooo los choninos, cuando sabes q no tenemos lavadora??
No te pases!!!
Jajajajajajajajaja¡!!
Amooooo a estos pubertos mamones!!!!

2025-01-20

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