Era una hermosa mansión. Roberto parecía emocionado, pero a él no parecía impresionar el lujo. A él le divertía como un niño que llega a conocer un lugar nuevo. Quizá podríamos decir que era el niño travieso y juguetón que no mide las consecuencias de aquellos años, solo que ahora me hizo partícipe de esos juegos. Caminó conmigo en brazos. Yo parecía volar de lo rápido que él se conducía, hasta que llegamos al pie de la escalera. Los dos hombres que nos acompañaron dejaron la silla de ruedas en la entrada y salieron. El señor de bigote grueso nos observaba desde el salón, pero Roberto y yo quedamos justamente frente a "otro Roberto", otro Roberto que bajaba la escalera. Eran tan iguales, pero le faltaba a él su dulce mirar hacia mí. Parecía un Roberto en otra dimensión. Sonrió y mostró felicidad al ver a su hermano. Roberto sonrió igual y dio unos pasos para depositarme en una silla junto a la escalera. Caminó con paso firme hacia él y se dieron un fuerte abrazo. Se separaron, pero continuaron sosteniéndose de los brazos mientras se observaban mutuamente. Por un momento, sus ojos acuosos de los dos se confundían. Parecían el reflejo en el agua uno del otro.
Alberto: ¿Cómo estás? ¡Te extrañé tanto!
Roberto: Yo también, estoy muy bien, andando de allá para acá, en todas partes y en ninguna.
Alberto: Me dejaste solo... un día aquel que me metía en problemas desapareció y llegó el aburrimiento a mi vida.
Roberto: Quiere decir que en verdad me extrañaste.
Alberto: ¡Claro que sí! Muchas veces temí no volverte a ver.
Roberto: Yo hubiera querido no irme, pero las circunstancias me obligaron.
Entonces, Alberto caminó y le mostró el camino hacia una bella estancia para sentarse y platicar. Roberto me tomó nuevamente en brazos y me llevó hasta ese lugar. Me depositó en una de las sillas y él se acercó otra mientras Alberto hacía lo mismo. El señor del bigote grueso había desaparecido al fin.
Roberto: Pensé que mis padres estarían aquí.
Alberto: Aún no llegan, supongo que siguen en el laboratorio.
Roberto: ¿Qué has hecho?
Alberto: Pues... soy un chico lógico, fui a la escuela, estoy en la universidad, tengo una linda novia, salí un tiempo del país, estaba aburrido de todo esto, tengo poco tiempo que regresé y tú?
Roberto: Pues... me volví aburrido, huraño y tosco, me convertí en un monstruo, lo único hermoso realmente es ella, mi dulce novia Renata.
Alberto: ¿Ella es tu novia? Pues te felicito, realmente ella es muy hermosa.
Renata: Gracias.
Alberto: Pero no entiendo qué fue lo que pasó, un día desapareciste, ellos hablaban mucho de aquel incidente en el laboratorio, de tu transformación, de aquellos chicos que murieron, luego nada, por años, anoche mamá me dijo que estarías aquí, pero no podrías salir.
Roberto: Me he metido en muchos problemas a partir de ahí, papá y mamá me han seguido desde entonces, no sé hasta dónde, es real que quieran que regrese a casa o quieran que permanezca como ratón de laboratorio y ahora, me han obligado a través de ella, de su privación de libertad.
Alberto: ¿Cómo? No entiendo.
Roberto: Ellos la extrajeron de su hogar, si no coopero con ellos, no la dejarán en libertad.
Momentos más tarde, Roberto le pidió al señor del bigote grueso que nos indicara dónde dormiríamos y me tomó en brazos y prometió a Alberto bajar en seguida para seguir con la plática. Subimos escaleras mientras Alberto se dirigía al estudio para beber una copa. Roberto subió y caminó por un pasillo largo sobre un bello jardín interno. Parecía un ala de la mansión. Al final había tres habitaciones. El señor de bigote grueso nos conducía. La primera habitación era la mía, en seguida estaría Roberto. Entramos, era una hermosa habitación con un gran balcón hacia el jardín externo. Parecía que estaban preparados para recibirnos. Una habitación acogedora, con una cama pequeña de madera, con una cubrecama en color crema con flores rosas, cortinas en crema y alfombra en palo de rosa, una mesa con una lámpara blanca. Roberto me dejó y regresó con su hermano. Habían dejado tantas cosas atrás que toda una noche no fue suficiente. Realmente ellos sí se habían extrañado. Sus padres llegaron por la madrugada y subieron directo a su habitación. El sol de la mañana sorprendió a los gemelos, ebrios de alegría, juntos otra vez. Subieron a sus recámaras a darse un baño y regresar para el desayuno. Al despertar, esperaba sentada en mi cama. Llegó Inés, tocó a mi puerta. Era una chica joven un poco más grande que yo, morena, pelo castaño claro, ojos café, usaba un uniforme azul con un medio mandil blanco, tenis y calcetines blancos. Parecía una chiquilla traviesa. Usaba coletas y una cofia blanca. Abrió la puerta y preguntó: "Buenos días, ¿puedo pasar?" al mismo tiempo que mostraba parte de su cara, inclinando parte de su rostro con gran simpatía y humildad hacia el lado derecho.
Renata: Claro que sí, adelante.
Inés: Mi nombre es Inés. La señora Victoria me envió para ayudarle a levantarse. ¿Querrá darse un baño?
Renata: Por favor... Necesito un baño urgente. ¿Podrías ver si mi silla de ruedas está abajo?
Inés: Claro que sí. Voy a buscarla.
Inés trajo mi silla de ruedas y me ayudó a subir a ella. Posteriormente, me trasladó al baño. Me dejó sola y cuando volvió, trajo ropa nueva para cambiarme. Prácticamente había usado una pijama desde que salí de casa y el aseo había sido muy limitado. Me sentía fresca y limpia. Poco después llegó Roberto y me levantó en brazos. Me condujo al comedor, donde esperaban los padres y el hermano de Roberto. Los cinco estaban sentados a la mesa y todos parecían estar contentos ante esta reunión que parecía tan agradable.
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