la transformación

Esa noche, una orquídea me esperaba sobre mi cama. ¿Había entrado a mi recámara? Ya no soportaba más, necesitaba verlo. Corrí a la ventana con ansiedad, pero no había nadie como siempre. Grande fue mi sorpresa cuando, en mi afán por asomarme a la ventana, retrocedía a mi posición inicial. Alguien detrás mío sujetó con la mano izquierda mi cintura y con la derecha tapó mi boca para evitar que gritara. Hasta ese momento me di cuenta de su aroma. Era él. Entonces permití con añoranza su cercanía. Anhelaba tanto su presencia. El único lugar en donde yo quería estar era ahí, en sus brazos. Soltó mi boca y me giró como una muñeca de trapo frente a él. Entonces me abracé a él con un llanto de descanso, pues imaginé que no volvería a verlo. Y por primera vez me besó, un beso que los dos anhelamos

- Perdóname por entrar a tu recámara, por no avisarte.

- ¿Qué pasó? Te fuiste.

- Me sentí mal. No podías verme así.

- ¿Así, cómo?

- Enfermo.

- Yo podía cuidarte.

- No, mi amor. No podías cuidarme.

- ¿Por qué? No entiendo. Me dijiste "mi amor".

- No puedo explicarte ahora. Eso eres para mí, mi único amor.

- Sentí que moría sin ti.

- Yo... siempre estaba contigo.

- Pero no entiendo. Siempre dices que estás conmigo, te siento, te escucho, pero no te veo.

- No quiero que me veas.

- ¿Por qué?

- Te amo. No quiero perderte.

- ¿Tiene algo que ver con lo que le pasó a René y Omar?

Al mencionar esto, él se alejó de mí dándome la espalda. Continué con mi pregunta.

- Ellos mencionaron un monstruo. Nadie les creyó, pero aquellos ruidos eran escalofriantes. Dijiste que eras tú.

Él inclinó su cabeza. No podía continuar escondiendo la verdad. Entonces caminé y me paré frente a él. Con mis manos, tomé su rostro. Entonces, esa mirada perdida en el piso, la fijó hacia mí y observé una súplica. En aquellos ojos desafiantes ahora estaban llenos de dulzura.

- No quiero ser lo que soy.

- ¿Qué eres?

- Un monstruo... Tenía 12 años. Mi padre era un analista en un laboratorio de ciencias de la universidad. Mi madre era médico forense y soy gemelo. Mi hermano era muy tranquilo, pero yo siempre fui muy inquieto, travieso. Todo quería tomar, probar. A mí me llamaba mucho la atención el trabajo de mi padre. De grande, yo quería ser un científico. Muy seguido al salir de clase visitamos nuestros padres, a veces a uno, otras a otro. Ese día fui solo. Alberto, mi hermano, se fue a casa, pero yo me fui al laboratorio. Mi padre nos había prohibido acercarnos a las jaulas de los animales que estaban en investigación, pero ese día llegué al laboratorio y mi padre no estaba. Entonces, para nosotros era algo normal pasear por los pasillos del laboratorio. Había algunas piezas en formol, fetos de animales y humanos, un conejo, unas ratas, un pollo, un camaleón, una salamandra y un lagarto. Un lagarto escorpión. Era una extraña sensación la que me produjo al verlo. Su color, su tamaño, me pareció un animal perfecto. Me acerqué, puse mi mano sobre la caja y la abrí. Mordió mi dedo índice de la mano derecha. Con la mano izquierda cerré la caja, luego tomé mi mano derecha y salí corriendo. El dolor fue intenso, tanto que me hizo marear. La identificación decía que ese lagarto era venenoso. Entonces pensé que pronto moriría. Corrí a casa y subí a mi cuarto. Mamá estaba cocinando y Alberto estaba en la casa de un amigo haciendo la tarea. No podía soportar el dolor. Comencé a sudar, sentí que mi corazón salía de su lugar y corrí con mamá para que me ayudara. Mamá al verme gritó. Me tiré al piso mientras mamá aflojaba mi ropa. Mi color de piel había cambiado y tenía por mi respiración. Con desesperación me preguntó si había ingerido algo o había comido algo, pero yo casi no podía hablar. Solo dije que me mordió un lagarto del laboratorio. Ella corrió y trajo un medicamento. Me inyectó la vena y perdí el sentido. Desperté en mi cama con una solución prendida a mi brazo y mi hermano burlándose de mí. Mis padres comenzaron a regañarme con razón. Ya estaba tranquilo, "ya había pasado", y por la noche ya estaba jugando. Parecía un títere. Mi brazo colgaba de aquel suero y ya me estorbaba. Más tarde me lo retiró y todo quedó en el recuerdo. Unos meses después, cuando ingresé al nuevo ciclo escolar, era otra escuela, otro nivel y nuestras hormonas habían cambiado. Siempre fui juguetón, pero ahora mi carácter, junto a otras cosas, habían cambiado. Ya no tenía la paciencia de antes. Siempre estaba de mal humor. Todo me molestaba. Noté entonces algo que me favorecía mucho. Aquel día mi padre me prohibió salir de casa. Me salí. Me sentía encerrado. De regreso, él ya estaba en casa y desde la calle observé la ventana de mi cuarto. Sentí que podía subir un pie y luego el otro. Pronto estaría arriba. Descubrí una agilidad que no tenía. Mis sentidos se habían agudizado y todo esto me gustó. Por las noches salía de casa por la ventana y corría. Me gustaba sentir esa agilidad en mi cuerpo. Podía usar esto como un camuflaje en las paredes, en los coches, pero luego comencé a transformar mi cuerpo poco a poco. Mis manos podían sujetar y eso hacía más fácil mi subida a los muros. Mi visión se agudizó y junto con mi oído podía protegerme en las calles. Pero quizá mi satisfacción me hizo transformar por completo. Entonces comenzaron a agredirme y yo comencé a esconderme. Mi defensa fue morder y comenzó mi calvario. Me transformaba en un lagarto con una agilidad extraordinaria. La gente comenzó a manifestar miedo. Había un monstruo por las calles, algunos heridos. Comenzaron a buscar ese monstruo. Mis padres asustados no querían que saliéramos de casa. Entonces hablé con mis padres. Fue así como comenzó esa serie de exámenes incansables, muestras de sangre y orina. Ahora yo era ese animal, un conejillo de indias. Querían evitar que yo continuara con la transformación. Con el tiempo aprendí a controlarme. Un día salí de casa, dejé una carta y ya no volví. Tenía 15 años cuando huí de casa. Me cansé de los exámenes, me cansé de vivir en casa. Quería sentirme libre, sin ataduras. Querían investigar mi enfermedad. Ahora me gusta estar solo. Disfruto el silencio del lago. Desarrollé necesidades que no existían. Me transformo y lo disfruto. Me gusta entrar al lago y quedarme ahí por días. Pero cuando me molestan, puedo ser muy agresivo.

Perdóname, no lo sabía.

Aquella tarde, yo estaba en el lago. Ellos te entregaron a mí porque, en ese momento, ya me eras parte de mi, Llevaba unas horas observando tu belleza, y cuando ellos te entregaron a mí, ya te amaba.

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