el castillo de la princesa

Roberto, ante la incredulidad de todos, se enfrentó con enojo y emitió un gruñido ensordecedor. Hincho sus brazos y su espalda en contra de ellos y en mi protección. "¡A ella no la van a tocar!", dijo Roberto. Adolfo palideció y retrocedió. ¿Quién podría desafiar a un ser de esa magnitud? Inmediatamente, Adolfo abrió la puerta y salió del lugar. Sería mejor llevar las cosas en paz, tomar las muestras de Roberto y hacer las investigaciones necesarias sin molestarlo. Pero, ¿realmente podrían hacer a su voluntad cualquier investigación? Esa era una muestra de que en cuanto él lo decidiera, terminaría todo esto. Pero Roberto tenía varias ataduras, ataduras de amor que pronto debería romper. Una era a sus padres, la otra era hacia mí. Por ellos y por mí, él permitía esa manipulación hacia su persona. Más tarde, regresó alguien con las charolas de comida y por la noche entró la señora Victoria.

"Victoria, hijo ¿cómo estás?", preguntó la señora.

"Mamá, ya quiero salir de aquí", respondió Roberto.

"Solo tomarán unas muestras más, hijo. Ten paciencia", dijo Victoria.

"Dime, ¿qué quieren saber, mamá?", preguntó Roberto.

"Tu cuerpo absorbió las células de 3 animales en investigación. Ahora quieren saber los beneficios que atrae a tu cuerpo. En aquella ocasión, cuando eras niño, tu transformación provocó la muerte de esos niños. Ahora queremos saber si tus células pueden salvar vidas", explicó Victoria.

Al escuchar esto, Roberto palideció pero guardó silencio. Él había salvado mi vida, pero no podía hablar porque hacerlo significaría exponerme. La señora salió del lugar y Roberto llamó entonces a Rubén, su padre.

"Hijo, dime", dijo Rubén.

"Papá, quiero pedirte, yo voy a cooperar contigo en todo, pero saquemos de este lugar. No es propio este lugar para los dos. No somos ratones de investigación y aunque así fuera, yo puedo serlo, ella no", dijo Roberto.

"Voy a platicarlo con Adolfo y tu madre y regreso", respondió Rubén.

Roberto regresó a mi lado. Quería sacarme de ese lugar. Sabía que si seguimos en ese lugar, mi salud empeoraría. Me abrazó y besó mi frente. Horas más tarde, Adolfo, quizás el más interesado en mi permanencia en ese lugar, regresó un tanto desafiante.

Adolfo: Roberto, la verdad es que tienes razón al sentirte como un prisionero. Te pido disculpas por eso, pero la única forma de hacerte regresar era esa. Tú habías huido de casa y hablé con tus padres para que vivas con ellos nuevamente. ¿Estás de acuerdo?

Roberto: Está bien.

Adolfo: Quizás continuarán en una prisión, pero esta será mejor. Tus padres ya no viven en "Castellanos", ahora viven en "Lobatos", una de las mansiones más bonitas del lugar. Tienen un pequeño lago, grandes jardines y es muy espaciosa. Creo que ahí estarán bien.

Roberto: Está bien. Quiero pedir una silla de ruedas para Renata, para que ella pueda moverse con libertad.

Adolfo: Pide lo que quieras, pero de antemano te digo que no quiero fugas de información. Las llamadas por teléfono estarán restringidas y las salidas de la mansión serán cuestionables. Pido tu comprensión.

Roberto, un poco malhumorado, aceptó.

Roberto: ¿Quién vive ahí, mis padres?

Adolfo: Tus padres y tu hermano.

Roberto: ¿Cuándo saldremos de aquí? ¿Cuánto tiempo durará esto?

Adolfo: Hoy, más tarde, arreglaré todo y podrán salir de aquí. La verdad es que nosotros también quisiéramos que todo terminara, pero aún no sabemos cuándo.

Cuando Adolfo salió, Roberto caminó con prisa a mi lado y me besó contento.

Roberto: Te sacaré de este lugar. Luego será más fácil salir de allá.

Lo miré y sonreí. Su forma de conducirse entre plantas, árboles y lagos era asombrosa. Claro que sí, todo será fácil.

Más tarde, llegaron por nosotros. Acercaron una silla de ruedas para mí, mientras un camillero intentó levantarme en brazos, pero Roberto no lo permitió. Me tomó en sus brazos y me condujo a la salida y luego al interior de ese vehículo. Era una camioneta pequeña con la parte trasera cubierta. No podíamos ver el exterior, no sabíamos por dónde nos llevarían. Aún así, yo confié en Roberto y él estaba conmigo, juntos siempre. El trayecto fue largo. Al principio, parecía el camino sobre las grandes avenidas, las luces tenues de las lámparas entre las hendiduras de las puertas. Luego, el trayecto de un camino rocoso, pero su olor a hierba fresca me daba la sensación de paz y tranquilidad. El auto se detiene por unos momentos, entra por una puerta enrejada. Al parecer, ya habíamos llegado. Momentos más tarde, el auto para. Al parecer, este es nuestro destino. Abren la puerta trasera de la camioneta. Primero baja Roberto y observa el lugar. Alguien quiso ayudarme a bajar, pero nuevamente Roberto no lo permite. Me toma en brazos y camina al contrario de la casa y sonríe.

Roberto: ¿Te gusta mi amor?

Renata: Es un bello lugar.

Roberto giró en dirección a la casa mientras me hablaba al oído.

Roberto: ¿Ves hermosa? Ahora estamos en el castillo de la princesa... y la princesa eres tú.

Subió escalones arriba mientras dos chicos nos seguían, uno el chófer, el otro con la silla de ruedas en las manos. Roberto, con esa agilidad que lo caracterizaba, alguien nos esperaba dentro. Era un señor delgado, alto y muy moreno con un bigote grueso. Dio la bienvenida y luego Roberto caminó al interior. Había un gran salón con una chimenea a un lado, adentro en un extremo un comedor grande y al final una gran ventana de cristal donde se observaban las luces del exterior. Roberto retrocedió, quería conocer el lugar y conmigo en brazos, continuó explorando la mansión, parecía un niño divertido, mostrándome cada espacio del lugar

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