— Ja, sabía que me echabas de menos. - saluda la suave voz de mi amiga del otro lado del teléfono.
— Es un servicio a la comunidad, así no mueres de tristeza al saberme lejos- digo con una dulce sonrisa.
— ¿Está todo bien?
Después de todo lo que sucedió casi cinco años atrás -los eventos que me llevaron a dejar la corte- ella fue la única persona que realmente se puso en mi lugar, me apoyo y nunca, nunca cuestiono ni una sola de mis decisiones. Claro, mis padres, la tía Tatiana, entre otros, también estuvieron allí para mí, pero no me comprendieron de la forma que ella lo hizo. Desde entonces nuestra amistad se hizo muchísimo más fuerte y sin duda alguna puedo decir que es una de las personas más importantes en vida.
— Todo en orden, Syd -murmuro viendo por la ventana. — ¿La estás pasando bien?
Sydney Sage, es una alquimista. Los alquimistas son humanos que trabajan ayudándonos a mantener nuestra existencia en secreto, entre sus tareas está la elaboración de pócimas para deshacernos de los cuerpos de los strigois después de haberlos asesinado y el hacer parecer que en el sitio donde probablemente sucedió una lucha sangrienta nunca sucedió nada. Aunque los alquimistas trabajen junto a nosotros, no significan que les agrademos, al contrario, la mayoría de ellos nos detesta tanto como a los strigois. Para ellos todo aquel que no sea cien por ciento humano es una criatura malvada de la noche. A pesar de ello, Sydney y yo, somos extremadamente cercanas con nuestra relación, ha visto que todos no somos iguales. No somos como le enseñaron. No somos asesinos despiadados. No somos como los strigois.
— Genial, jamás terminaré de agradecérselo a Abe. -suspira soñadora.
Abe, mi padre, Ibrahim Mazur. A quien suelo llamar viejo. Había movido sus hilos y logró que los alquimistas reubicaran a Sydney por seis meses en Italia, cumpliendo así uno de sus sueños.
— El próximo destino será Grecia, pero allá iremos todas juntas. -digo haciendo referencia a Kate y Tash. — Eso sí, nada de trabajo. Piénsalo, tú, Kate, Tasha y yo tomando el sol, mientras, unos hermosos adonis griegos nos abanican y dan de comer uvas en la boca.
A través del móvil puedo escuchar una risita coqueta, sorprendiéndome, pues no es de esas chicas que chillan como colegialas enamoradas.
— ¿Cómo marcha todo por allá?
No quería molestarle con toda la confusión que ha habido en mi mente los últimos días, en especial por todo lo vivido el día de hoy, así que solo actué lo más tranquila posible.
— Genial, Kate no ha traído a ningún chico a casa en semanas. -No era que este hecho me molestara o que ella actuara como una puta, pero no es nada cómodo escuchar la vida sexual de tu mejor amiga, gracias a tu audición mejorada. — Estudiamos para nuestros exámenes finales ¿Puedes creer que la Rose Hathaway, que conociste en Rusia, este por graduarse de la universidad?
— Por supuesto. - Responde segura. — siempre has logrado todo lo que te propones. Estoy muy orgullosa.
Continuamos hablando de cosas triviales, sobre los días de Sydney en Italia, los hermosos lugares que ha conocido, el arte, la arquitectura. Cuando me di cuenta ya pasaban las dos de la madrugada y yo mañana tendría un largo día por recorrer.
— Nos vemos pronto, Sage.
— Rose. -llama antes de que cuelgue. — No sé qué estás haciendo o que sucedió, pero me alegra escuchar la alegría en tu voz, los comentarios sarcásticos vivaces y no los cínicos y llenos de felicidad fingida. No sé qué estás haciendo, pero no dejes de hacerlo. Te extrañaba Rose, extrañaba la chispa, el espíritu que te hace ser tú, la maldita mejor persona que conozco.
Antes de que pudiera decir algo, ella me colgó, decir que sus palabras me dejaron sin habla sería el eufemismo del año. Cuando termino de levantar mi desorden del comedor voy a revisar a mi amiga para ver como siguió su gripe, hace ya mucho rato que Kate se ha ido a dormir. Feliz de verla mejor me voy a mi habitación agotada, pero contenta, llena de una excitante precipitación, como si algo grandioso estuviera por suceder.
En mi camino, somnolienta tropiezo con la cartera que utilice hoy al ir a Seattle. Recuerdo el grueso sobre en su interior, lo tomo y lo vuelco sobre la mullida manta. Sobres cafés y blancos más pequeños, caen en una pequeña pila. Los ordeno, mientras los blancos solo tienen mi nombre escrito, los cafés están marcados con nombres diferentes: Mia Rinaldi, Edison Castile, Jillian Dragomir, Vasilisa Dragomir, Christian Ozera e incluso uno con el nombre de mi antiguo mentor Dimitri Belikov. Por el peso en ellos y el tamaño puedo intuir de que se trata, cierro los ojos y tomo uno probando mi suerte. Suspiro. MIA RINALDI. Lo abro tomando el contenido en mi mano, tres fotografías como pensé. Un par de veces al año La tía Tatiana me envía fotografías de ellos, las personas con las que me niego a volver.
La primera vez que lo hizo fueron eran tantas fotografías que me sentí abrumada y perdí el control de mis emociones llevándome a autolesionarme. No porque quisiera morir, para mí era una manera de dejar fluir el dolor. Sé que estuvo mal y fue horrible para mis padres, mis familiares, pero sobre todo conmigo misma. Desde entonces, solo me envía tres fotografías de cada uno de ellos, dos veces al año. No para presionarme o herirme, sino para recordarme que estas personas me aman y me están esperando. Al menos la mayoría de ellos.
Sin detallar en la imagen, la guardo de vuelta en el sobre correspondiente y recojo los demás metiéndoles a todos en donde estaban para empezar. Hoy no tengo la energía para esto. Ya es suficiente con no poder sacar de mi cabeza a Christian Grey. Me acurruco y envuelvo fuertemente entre las mantas, sin esperar caigo en el mundo de los sueños donde ojos grises me escudriñan desde todos lados. Al menos, no son muertos ni jodidos strigois.
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