Capitulo Seis

— Bueno, la verdad…

Me callo. Si este tipo tiene más de treinta años, yo soy un strigoi. Le doy la mano y nos saludamos. Cuando nuestros dedos se tocan, siento un extraño y excitante escalofrío por todo el cuerpo. Esta sensación nuevamente que recuerdo, pero no reconozco o ¿qué reconozco y no recuerdo?

Es tan confuso.

Retiro la mano, incómoda.

Debe de ser electricidad estática por tocar la alfombra hace un momento. Parpadeo rápidamente, al ritmo de los latidos de mi corazón.

— La señorita Kavanagh está indispuesta, así que me ha mandado a mí. Espero que no le importe, señor Grey.

— ¿Y usted es…?

Su voz es cálida y parece divertido, pero su expresión impasible no me permite asegurarlo. Parece ligeramente interesado, pero sobre todo muy educado. Otro tipo de miedo me apareció por segunda vez en el día, este tío era un dhampir y sin duda alguna reconocería mi nombre, no podía decírselo, pero tampoco podía mentir, metería a Kate en problemas.

— Rosemarie Ivashkov -odio mi nombre en momentos como este. Momentos en los que no quiero decirlo, pero simplemente salió de mis labios —Estudio con Kate… digo… Katherine… bueno… la señorita Kavanagh, en la Estatal de Washington.

— Ya veo —se limita a responderme.

Creo ver el esbozo de una sonrisa en su expresión, pero no estoy segura. Parece que no supo quién soy yo.

— ¿Quiere sentarse? —me pregunta señalándome un sofá blanco de piel en forma de L.

En cuanto me da la espalda, mis ojos evalúan su cuello, deseando saber la cantidad de molnija que él lleva en su cuello. Para mi sorpresa no traía ninguna ni siquiera la marca de la promesa, ¿sería alguno de aquellos que se dedica a cazar por su cuenta? No, no parece de ese tipo. Agradecí al cielo, que mi suéter fuera cuello tortuga, ocultando mis tatuajes. Definitivamente, si él no decía nada al respecto, yo no lo mencionaría ni de coña.

Cuando los dhampir novatos nos graduamos de la academia y nos convertimos en guardianes oficiales, recibimos la marca de la promesa, que es un tatuaje con forma de una S estirada en el medio con extremos rizados, que envuelve a las marcas molnija en una especie de abrazo. Bueno, al menos a las primeras, cuando asesinas una gran cantidad de strigoi debes seguir dibujándolas alrededor de esta. Por otro lado, las molnija se reciben cada vez que se asesina un strigoi son como dos rayos irregulares que se cruzan en forma de X.

Su despacho es exageradamente grande para una sola persona observo.

Delante de los ventanales panorámicos hay una mesa de madera oscura en la que podrían comer cómodamente seis personas. Hace juego con la mesita junto al sofá. Todo lo demás es blanco, el techo, el suelo y las paredes, excepto la pared de la puerta, en la que treinta y seis cuadros pequeños forman una especie de mosaico cuadrado. Son preciosos, pintados con tanto detalle que juntos parecen una enorme fotografía de una tormenta eléctrica. Colgados juntos en la pared, resultan impresionantes. Mi corazón late un poco más fuerte al mirarlos con detenimiento y no puedo evitar caminar hacia ellos. Son extrañamente familiares.

— Un artista europeo —me dice el señor Grey cuando se da cuenta de lo que estoy observando, se para junto a mí.

— Son muy bonitos -digo acariciando el cristal que los protege con la yema de mis dedos, ansiando poder sentir la pintura bajo el vidrio — Elevan lo cotidiano a la categoría de extraordinario —murmuro distraída, tanto por él como por los cuadros.

Ladea la cabeza y me mira con mucha atención.

— No podría estar más de acuerdo, señorita Ivashkov —me contesta en voz baja.

Y por alguna inexplicable razón me ruborizo. Yo, Rose Hathaway, simplemente me ruboricé bajo la atenta y misteriosa mirada de este hombre.

Aparte de los cuadros, el resto del despacho es frío, limpio y aséptico. Me pregunto si refleja la personalidad del Adonis que ahora está sentado con elegancia frente a mí en una silla blanca de piel.

Bajo la cabeza, alterada por la dirección que están tomando mis pensamientos, y saco del bolso las preguntas de Kate. Luego preparo la grabadora con tanta torpeza que se me cae un par de veces en la mesita. El señor Grey no abre la boca. Aguarda pacientemente o eso espero, y yo me siento cada vez más avergonzada y me pongo más roja.

¿Qué demonios?

Cuando reúno el valor para mirarlo, está observándome, con una mano encima de la pierna y la otra alrededor de la barbilla y con el largo dedo índice cruzándole los labios. Creo que intenta ahogar una sonrisa.

— Perdón —balbuceo —No suelo utilizarla.

Me defiendo de la inexplicable torpeza y nerviosismo que me dominan el día de hoy.

Basta Rose, me regaño, deja de actuar como estúpida, solías ser toda una rompe corazones. Por el amor de dios enfrentas la muerte constantemente, joder, moriste y volviste del otro lado. No te comportes como una niñata asustadiza, como un ciervo cegado por los faros en medio de la carretera.

— Tómese todo el tiempo que necesite, señorita Ivashkov —me contesta.

— ¿Le importa que grabe sus respuestas?

— ¿Me lo pregunta ahora, después de lo que le ha costado preparar la grabadora?

Inevitablemente me ruborizo. ¿Está bromeando? Eso espero.

Parpadeo, por primera vez en mi vida no sé qué decir, y creo que se apiada de mí, porque acepta. Bueno, podría decirle muchas cosas, pero no creo que el resultado de ello le agrade a mi querida amiga.

— No, no me importa.

— ¿Le explicó la señorita Kavanagh para dónde era la entrevista?

— Sí. Para el último número de este curso de la revista de la facultad, porque yo entregaré los títulos en la ceremonia de graduación de este año.

Vaya. Acabo de enterarme. Y por un momento me preocupa que alguien no mucho mayor que yo —vale, quizá cuatro o cinco años, y vale, un mega triunfador, pero, aun así, no demasiado mayor— me entregue el título. Frunzo el ceño e intento centrar mi caprichosa atención en lo que tengo que hacer.

— Bien —digo tragando saliva —Tengo algunas preguntas, señor Grey.

Me coloco un mechón rebelde detrás de la oreja.

— Sí, creo que debería preguntarme algo —me contesta inexpresivo.

Está burlándose de mí. Al darme cuenta de ello, me arden las mejillas. Me encantaría bajarle los humos. Me incorporo un poco y estiro la espalda para parecer más alta e intimidante, no tan intimidante, no quiero que se asuste o que terminemos en medio de un combate. Pulso el botón de la grabadora pareciendo profesional.

— Es usted muy joven para haber amasado este imperio. ¿A qué se debe su éxito?

Le miro y él esboza una sonrisa burlona, pero parece ligeramente decepcionado.

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