Su mirada es intensa y su atisbo de sonrisa ha desaparecido. De pronto siento que unos extraños músculos me oprimen el estómago. Aparto los ojos de su mirada escrutadora y me contemplo los nudillos, aunque no los veo. ¿Qué está pasando? Tengo que marcharme ahora mismo. Guardo la grabadora en mi bolso.
—¿Le gustaría que le enseñara el edificio? —me pregunta.
—Seguro que está muy ocupado, señor Grey, y yo tengo un largo camino.
—¿Vuelve en coche a Vancouver?
Parece sorprendido, incluso nervioso. Mira por la ventana. Ha empezado a llover.
—Bueno, conduzca con cuidado. —me dice en tono serio, autoritario.
—¿Me ha preguntado todo lo que necesita? —añade.
—Sí —le contesto metiendo la grabadora en el bolso.
Cierra ligeramente los ojos, como si estuviera pensando.
—Gracias por la entrevista, señor Grey.
—Ha sido un placer —me contesta, tan educado como siempre.
Me levanto, se levanta también él y me tiende la mano.
—Hasta la próxima, señorita Ivashkov.
Frunzo el ceño. ¿Cuándo volveremos a vernos? Que el infierno se congele si vuelvo aquí. Oh, sí, vendrá a la graduación, si tengo suerte alguien más me entregará mi diploma. No creo que un tipo con su estatus quiera darle la mano a todos y cada uno de los cientos de graduados. Estrecho la mano de nuevo, perpleja de que esa extraña corriente siga circulando entre nosotros.
Son solo los nervios Rose.
— Señor Grey.
Me despido de él con un movimiento de cabeza. Él se dirige a la puerta con gracia y agilidad, y la abre de par en par.
—Asegúrese de cruzar la puerta con buen pie, señorita Ivashkov.
Me sonríe. Está claro que se refiere a mi poco elegante y para nada ágil entrada en su despacho. Me ruborizo.
—Muy amable, señor Grey. —le digo bruscamente, sin soportar ya sus burlas.
Su sonrisa se acentúa. Me alegro de haberle divertido.
Salgo al vestíbulo echando chispas y me sorprende que me siga. Andrea y Olivia levantan la mirada, tan sorprendidas como yo.
—¿Ha traído abrigo? —me pregunta Grey.
—Chaqueta.
Olivia se levanta de un salto a buscar mi chaqueta, que Grey le quita de las manos antes de que haya podido dármela.
Un pequeño puchero inconforme adorna el rostro de la rubia, pero él no lo nota, ya que sus ojos no se separan de mí.
Nunca vi a un dhampir ser tan brusco con un moroi, bueno, no un contexto tan… tranquilo. La sostiene para que me la ponga, y lo hago con naturalidad. Por un momento, Grey, me apoya las manos en los hombros, y doy un respingo al sentir su contacto.
Si se da cuenta de mi reacción, no se le nota.
Su largo dedo índice pulsa el botón del ascensor y esperamos, yo siendo consumida por la molestia, y él, sereno y frío. Se abren las puertas y entro. Cuando me vuelvo, está inclinado frente a la puerta del ascensor, con una mano apoyada en la pared. Realmente es muy guapo. Guapísimo. Me desconcierta.
—Rosemarie —me dice a modo de despedida.
—Christian —le contesto.
Y afortunadamente las puertas se cierran.
El corazón me late muy deprisa.
El ascensor llega a la planta baja y salgo en cuanto se abren las puertas. Con pasos rápidos y firmes me escabullo hacia las grandes puertas de vidrio y por fin salgo al tonificante, limpio y húmedo aire de Seattle. Levanto la cara y agradezco la suave llovizna que me refresca. Cierro los ojos y respiro hondo, dejo que el aire me purifique e intento recuperar la poca serenidad que me queda.
He trabajado tantos años en mi autocontrol, no voy a tirarlo por la borda por un desconocido sin importar cuán enigmático, guapo, aprendió y molesto parezca.
Ningún hombre me había impactado como Adrian Ivashkov, pero hoy Christian Grey estremeció mi mundo, y no entiendo por qué ¿Por qué es guapo? ¿Educado? ¿Rico? ¿Poderoso? No entiendo mi reacción irracional. He conocido muchos hombres como eso, guapos, ricos, poderosos y esas no son cosas que en realidad me interesen. Lo que según Ivashkov lo hizo amarme más.
Suspiro, profundamente triste por pensar en mi chico de ojos verdes y aliviada por haber salido de ese maldito edificio.
¿De qué diablos va esta historia?
Me apoyo en una columna de acero del edificio y hago un gran esfuerzo por tranquilizarme y ordenar mis pensamientos. Como me encantaría un palillo de cáncer en este momento. Muevo ligeramente la cabeza. ¿Qué ha pasado? Mi corazón recupera su ritmo habitual y puedo volver a respirar normalmente.
Me dirijo al coche. Cuando estoy a punto de entrar, escucho pasos sigilosos y rápidos acercarse, me giro enfrentando al hombre frente a mí, pulcra y elegantemente vestido. Era un dhampir, rodee los ojos mentalmente, si no fuera por su expresión estoica y por el arma que sé que trae, pasaría por un hombre de negocios, al igual que Grey, pero no, esté si era un guardián.
Nos miramos fijamente, esperando que el otro cediera primero.
—Trabajo para el señor Grey. - comienza después de unos minutos. —Puedo decir, que sabes que somos como tú. Asiento en silencio por la extraña conversación. —Él no lo sabe. - mis ojos se abren de sorpresa ante la revelación, así que no me equivoque. Grey, no sabe quién soy yo, no porque él fuera un no prometido, sino, porque simplemente no sabe de la existencia de los vampiros. Ni siquiera sabe que es.
El hombre continúa, leyendo las preguntas en mis ojos.
—Creció entre los humanos, alejado de nuestro mundo. No se lo digas, a menos, de que su vida esté en riesgo.
Asiento de acuerdo, un sentimiento de protección se apodera de mi pecho, él estaría más seguro sin saber nada de esto. Lo mantendría lejos de los problemas.
—Taylor -dice estrechando mi mano.
—Rose – murmuro. —Te ves en buena forma ¿Qué te parecería entrar un poco juntos? Hace un par de meses no tengo un contrincante decente.
Le invito deseosa por sacar un poco de estrés y por supuesto, ¿Quién en su sano juicio se resistiría a una buena pelea? Yo no.
—No creo que sea una buena idea. -asegura sin vacilación.
—Tú te lo pierdes -bufo alejándome —No te preocupes por mi silencio, no creo que nos volvamos a ver.
Con eso subo en mi auto y me marcho.
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