Capitulo Ocho

Se encoge de hombros, como dándome largas.

— Es un buen negocio —murmura.

Pero me resulta que no está siendo sincero, como si evadiera el tema.

Soy muy buena leyendo a la gente.

No tiene sentido. ¿Alimentar a los pobres del mundo? No veo por ningún lado qué beneficios económicos puede proporcionar. Lo único que veo es que se trata de una idea noble.

Me muerdo el labio evitando sonreír al pensar en Jill y Mia.

— ¿Le parece divertido, señorita Ivashkov?

Le miro seria — Discúlpeme, solo me hizo recordar a un par de amigas que soñaban con hacer crecer enormemente los cultivos y acabar con las sequías. Esperando que eso disminuyera el hambre y parara guerras. Evidentemente, no lo han logrado.

Su ceño se frunce con seriedad. — Los sueños no son posibles para los que no tienen los pies en suelo firme.

Echo un vistazo a la siguiente pregunta, confundida por su cambiante actitud y un poco cortante respuesta.

— ¿Tiene una filosofía? Y si la tiene, ¿en qué consiste?

— No tengo una filosofía como tal. Quizá un principio que me guía… de Carnegie: «Un hombre que consigue adueñarse absolutamente de su mente puede adueñarse de cualquier otra cosa para la que esté legalmente autorizado». Soy muy peculiar, muy tenaz. Me gusta el control… de mí mismo y de los que me rodean.

—Entonces solo quiere poseer cosas... Es usted un obseso del control.

—En realidad, quiero merecer poseerlas, pero si, al final, es eso.

—Parece usted el paradigma del consumidor.

—Lo soy, pero dígame, ¿en el fondo no lo somos todos? ¿No buscan los demás, también, maximizar el bienestar o satisfacción de sus necesidades individuales?

—El mundo, la sociedad ya es un lugar feroz. He visto lo que puede hacer y la magnitud de destrucción de las personas. Si realmente, todo fuera como lo dice el señor Grey, todas las personas fueran así, esto, el ahora, sería nada más un pequeño pasea en carriola.

Sonríe, pero la sonrisa no ilumina su mirada.

De nuevo no cuadra con una persona que quiere alimentar al mundo, así que no puedo evitar pensar que estamos hablando de otra cosa, pero no tengo ni la menor idea de qué.

Trago saliva.

En el despacho hace cada vez más calor, o quizá sea cosa mía. Quiero que esto termine pronto. Echo un vistazo a la siguiente pregunta.

— Fue un niño adoptado. ¿Hasta qué punto cree que ha influido en su manera de ser?

Vaya, una pregunta personal. Lo miro con la esperanza de que no se ofenda. Frunce el ceño.

— No puedo saberlo.

Me pica la curiosidad.

— ¿Qué edad tenía cuando lo adoptaron?

— Todo el mundo lo sabe, señorita Ivashkov —me contesta muy serio.

Mierda. Sí, claro, es muy famoso en los últimos años. Si hubiera sabido que iba a hacer esta entrevista, me habría informado un poco. Aun así, quería gritarle que no soy de las que anda investigando la vida de los demás y mucho menos de multimillonarios ególatras.

 Suspiro y cambio de tema rápidamente.

— Ha tenido que sacrificar su vida familiar por el trabajo.

— Eso no es una pregunta —me replica en tono seco.

No me disculpe como silenciosamente él esperaba.

— ¿Ha tenido que sacrificar su vida familiar por el trabajo? - mi tono sale un poco frío.

— Tengo familia. Dos hermanos, una hermana y unos padres que me quieren. Pero no me interesa seguir hablando de mi familia.

— ¿Es usted gay, señor Grey?

Respira hondo.

Estoy avergonzada, abochornada. Mierda. ¿Por qué no he echado un vistazo a la pregunta antes de leerla? ¿Cómo voy a decirle que estoy limitándome a leer las preguntas? Malditas sean Kate y su curiosidad.

— No, Rosemarie, no soy gay.

Alza las cejas y me mira con ojos fríos. No parece contento.

Ha sido la primera vez que me ha llamado por mi nombre y me hace pensar en mis maestros queriendo castigarme o echándome fuera del aula durante mis días en la academia. El corazón se me ha disparado y vuelven a arderme las mejillas. Nerviosa, me coloco el mechón de pelo detrás de la oreja.

— Le pido disculpas. Está… bueno, está aquí escrito.

Inclina un poco la cabeza.

— ¿Las preguntas no son suyas?

Quiero que me trague la tierra.

— Bueno, no, la señorita Kavanagh, me ha pasado una lista.

— ¿Son compañeras de la revista de la facultad?

Oh, no. No tengo nada que ver con la revista. Es una actividad extraacadémica de ella, no mía. No importa los proyectos en los que le ayudaba en la revista, ya fuera porque me obligaba o me ofrecía, esta era su actividad extraacadémica, no la mía. Me arden las mejillas.

— No. Es mi compañera de piso.

Se frota la barbilla con parsimonia y sus ojos grises me observan atentamente.

— ¿Se ha ofrecido usted para hacer esta entrevista? —me pregunta en tono inquietantemente tranquilo.

Su mirada me quema por dentro.

— Me lo ha pedido ella. No se encuentra bien. - No me voy a dejar molestar por este tipo, todo el tiempo, sin siquiera darle un pedazo de mi mente. —Ha enfermado el día anterior, esta entrevista significa mucho para ella, pues cerrara su transcurso en la revista de la universidad, por eso me lo ha pedido. Debería estar estudiando para mis exámenes, pero es mi mejor amiga y no pude negarme. - Le contesto en voz suave, pero firme. Haciéndole saber estoy aquí por Kate, no por ti.

— Esto explica muchas cosas.

Llaman a la puerta y entra la rubia número tres.

— Señor Grey, perdone que lo interrumpa, pero su próxima reunión es dentro de dos minutos.

— No hemos terminado, Andrea. Cancele mi próxima reunión, por favor.

Andrea se queda boquiabierta, sin saber qué contestar. Parece perdida. El señor Grey vuelve el rostro hacia ella lentamente y alza las cejas. La chica se pone colorada. Menos mal, no soy la única.

— Muy bien, señor Grey —murmura, y sale del despacho.

Él frunce el ceño y vuelve a centrar su atención en mí.

— ¿Por dónde íbamos, señorita Ivashkov?

Vaya, ya estamos otra vez con lo de «señorita Ivashkov».

— No quisiera interrumpir sus obligaciones. - le digo queriendo marcharme.

— Quiero saber de usted. Ya que me ha cuestionado bastante y no es periodista ni pertenece a la revista, debería contarme un poco sobre usted. Creo que es lo justo.

Sus ojos grises brillan de curiosidad.

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