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QUIEN MATÓ A IVY SAWYER?

QUIEN MATÓ A IVY SAWYER?

Status: Terminada
Genre:Casos sin resolver / Escuela / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:618
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

En Markhan College, los secretos tienen precio… y algunos se pagan con sangre.

Ivy Sawyer era hermosa, brillante y aparentemente perfecta. Todos querían ser su amigo, todos la admiraban y muchos la envidiaban. Hasta que apareció muerta.

Rose Dawson no está dispuesta a aceptar la versión oficial. Mientras comienza a investigar, descubre que Ivy había dejado detrás una colección de secretos, mentiras y enemigos. Profesores destruidos por acusaciones, alumnos expulsados injustamente, becas obtenidas mediante accidentes, estudiantes acosados hasta la tragedia y una misteriosa Orden que controla silenciosamente los pasillos de Markhan.

Pero cuanto más investiga Rose, más incómoda se vuelve la verdad.

Ivy no era la víctima inocente que todos creían.

Era una estratega.

Una manipuladora.

Y quizá, la persona más peligrosa de toda la academia.

Ahora Rose deberá descubrir quién la mató… antes de convertirse en el próximo secreto enterrado de Markhan.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La hermana que conocí

Ivy tenía siete años.

Yo tenía seis.

Y el mundo era pequeño. Cabeía perfecto dentro de las cuatro paredes de nuestra casa y la verja de hierro del parque del barrio. En aquel entonces no había secretos escondidos en fondos falsos de armarios. No había "Catálogos de Daños" ni guerras planeadas con frialdad. Solo estaba el sol entrando por la ventana de la cocina y el ritmo tranquilo de una vida que parecía no tener fin.

La casa siempre olía a pan recién hecho por las mañanas. Ese aroma tibio y suave subía las escaleras y nos sacaba del sueño. Mamá cantaba mientras preparaba todo; no era un espectáculo, solo una melodía baja y alegre que llenaba cada rincón entre el ruido de los platos. Papá leía el periódico en la mesita pequeña de la cocina, con las gafas siempre resbalando por la nariz… pero levantaba la vista en cuanto Ivy empezaba a hablar. La miraba como si fuera algo extraordinario que todavía no terminaba de entender del todo.

—Ivy, no corras —le decía él, su voz suave pero con cuidado.

—No estoy corriendo —respondía ella al instante.

Lo decía siempre así, aunque sus pies golpeaban fuerte el suelo de madera, marcando el paso rápido por todo el pasillo. Lo decía con la cara seria y esa pequeña chispa de desafío en los ojos que hacía sonreír a papá sin poder evitarlo.

Yo corría justo detrás de ella. Siempre. Era su sombra, su eco, la copia más pequeña de alguien que parecía saber siempre exactamente a dónde iba.

—Ivy, espérame —gritaba yo, con mis piernas cortas luchando por alcanzarla.

—Ya voy más despacio —me contestaba sin detenerse.

Mentía. No reducía la marcha… pero siempre llegaba antes a cualquier sitio solo para girarse y asegurarse de que yo seguía ahí. Nunca me dejó perderme. Agarraba mi mano cuando cruzábamos la calle: no con fuerza para aprisionarme, sino suavemente. Su palma pequeña y tibia sobre la mía.

—Mira bien —me decía señalando el asfalto.

—Ya miro.

—Mira otra vez.

Y yo volvía a mirar. Porque si Ivy lo decía… era importante. Si ella decía que un coche era peligroso, se convertía en un monstruo. Si decía que podíamos pasar sin miedo, ese camino se volvía seguro. Su palabra era la única ley que yo conocía, y la seguía sin dudar.

En el parque Ivy hablaba con todo el mundo. Se acercaba a los niños con las rodillas raspadas y a las niñas solas en los bancos. Incluso a los que se quedaban apartados, sin querer jugar con nadie.

—¿Quieres venir con nosotras? —preguntaba inclinando un poco la cabeza.

A veces decían que sí. A veces no, y se abrazaban más fuertes a sus juguetes. Si la rechazaban, Ivy simplemente les sonreía igual: sin falsedad, sin enfadarse.

—Está bien —decía.

No insistía. No necesitaba controlar a los demás para sentirse bien. Solo te ofrecía estar a su lado; si no lo aceptabas, ella seguía adelante.

Una vez encontré una hormiga caminando por la acera. Era diminuta, arrastrando un trozo de hoja mucho más grande que ella. Levanté el pie sobre ella, curiosa por ver qué pasaba cuando lo pequeño se encontraba con algo enorme.

—Ivy, mira.

Y empecé a bajar el pie.

—No.

Solo una palabra. No un grito. Una orden clara y firme.

—¿Por qué? —pregunté congelada en el sitio.

—Porque está viva —dijo ella agachándose junto a mí.

—Solo es una hormiga.

—Da igual. Sigue viva.

Me arrodillé también. La miré diferente entonces: valiente, con un propósito claro.

—¿A dónde va?

—A su casa —respondió segura. —Tiene una casa bajo tierra, con pasillos y habitaciones.

Nos quedamos mucho rato así, dos niñas mirando cómo seguía su camino sin pisarla. Después seguimos jugando como si cuidar lo pequeño fuera lo más natural del mundo.

En casa ayudaba a mamá en la cocina, subida en un taburete para llegar a la encimera.

—Ven, Rose —me llamaba siempre. No quería hacer nada importante sin que yo estuviera ahí. Me enseñaba despacio, sin impacientarse cuando me equivocaba: —Así… sin prisa, porque si te apuras sale mal.

Por la noche compartíamos cuarto, y siempre terminábamos juntas en la misma cama cuando la oscuridad parecía crecer demasiado. —Si hay monstruos… los espantamos las dos —decía. Y eso bastaba para no tener miedo a nada.

Esa niña que defendía hasta a una hormiga… ¿cómo se convirtió en alguien que disfrutaba destruyendo vidas enteras? ¿En qué momento dejó de buscar lo bueno en los demás para dedicarse solo a encontrar sus puntos débiles? ¿Cuándo aprendió que romper a las personas daba más poder que protegerlas?

Me miro en el espejo ahora. Ya casi no nos parecemos en nada; ella se encargó de borrar hasta nuestros rasgos comunes. Pero yo sigo recordando a la verdadera Ivy: la que me tomaba la mano para cruzar, la que veía hogares donde solo había tierra, la que creía que estar juntas era suficiente contra todo mal.

Esa Ivy murió mucho antes de que la encontraran sin vida en el campo de fútbol. Alguien se la llevó, la cambió… y yo solo quedo yo para averiguar cuándo empezó todo. Y quién apagó su luz.

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